
«La señora, la señora, la señora», coreó el respetable cuando una señora de la limpieza se subió al escenario a echar un trapazo veloz antes del arranque del show de In Flames en el Circo Volador,. El calor estaba sabroso (aquello estaba hasta el culo), por lo que tuve que quitarme la chaquetita que llevaba puesta y amarrarla a mi nula cintura. Ahí me entremetí la playera que compré apresuradamente en las afueras del recinto (y que terminó quedándome un poco grande, maldita sea). Tenía un buen rato que no me paraba en el Circo como espectador, como aquel que fui muchos años en mis veintes, cuando trataba de ir a cada concierto que podía. La sensación está casi intacta y es muy chula; es nostálgica y es bella por permanecer viva. La antepenúltima vez que vi a In Flames (creo que esta fue la tercera; mi memoria es un chiste) los vi ahí. Quizá hasta iba con una ex cuyo nombre he enterrado en el olvido, y la penúltima los vi en el Pabellón, cuando les abrió, inexplicablemente, Strike Master. Esta vez la banda telonera fue un poco más ad hoc, y les fue muy bien, lo cual me alegra, me alegra por las bandas nacionales que al fin se están abriendo camino más constantemente en estos espacios, pero hubo un momento en que me cansaron. Además de que aplicaron la vieja y confiable treta de tocar un cover pa prender a la banda. Será que cada vez soy más un viejo irritable (y, si me hubiera tomado una foto con la vocalista, quizá un tanto libidinoso), pero una vez que esta banda (honestamente se me ha escapado su nombre) concluyó su acto de apertura, me dije: al fin. Fue que apareció La Señora, seguida del staff de In Flames, quienes fueron abucheados juguetonamente en el acto y ella aplaudida como la estrella que hasta el propio Anders Fridén reconoció en algún momento del espectáculo. The cleaning lady. Fue que vi al Vladi a la breve distancia. Me choca la banda que te ve en los conciertos y no se acerca a saludar (en un texto previo, te acordarás, hablé de mi aversión hacia la falta de modales). Así que me aproximé a su persona. Nos dimos un abrazo y me presentó a sus compas. Él también iba en manada. Vladi es un baterista espectacular, y su banda, Spirit Crusher, fue pionera en el Edomex para hacer death melódico como el que estábamos por presenciar. Aún así, con la modestia y grandeza que distingue a los músicos cabrones, me dijo: Pensé que ustedes abrirían este show. Le comenté que estuvimos a punto de, pero que no se pudo por causas de fuerza mayor. Su rostro no se descompuso del todo, el mío tal vez sí, y nos despedimos con otro abrazo. Al salir también vi a Alex, vocal de Putrescence, y a su señora, a quien no conocía en persona (creo). Fue un saludo breve, pero cordial. También vi a Yura y a su marido. Tenía ratísimo que no la veía. Ese saludo fue también veloz y cordial. Como son los saludos en los conciertos, supongo. Yo iba con Maestro Vini y Perfecta, su pareja, con el Ander (cuyo nombre pensé que era un apodo en honor a su gusto por los de Gotemburgo, pero resultó que sí era de verdad) y con el mismísimo Abbath Reinkaos Morales, quien me pichó el boleto. Segunda vez que una amistad me invita a ver una banda que me mama en el año. Tú dime si no soy afortunado. In Flames se arrancó a su hora (9 pm) con Pinball Map, imagínate. Tocaron Deliver us. Tocaron Cloud connected. Tocaron Trigger, Alias, The mirror truth. Only for the weak. Digamos que esas eran las de mis tiempos, pero también tocaron las nuevas, las que no topo (excepto por The great deceiver, pinche rolón), las que creo que no todos topaban. De pronto daban ganas de hacer slam (como cuando cerraron con Take this life), y se armó uno chiquillo allá adelante, pero la gran mayoría que andábamos por ahí, rukos próximos a la mediana edad, nomás observamos, aunque sí gritamos, sí medio matéabamos, medio movíamos las cabezas locas. Anders se veía emocionado, lo mismo que Björn Gelotte, los dos que quedan del In Flames antaño. Tuve suerte de ver una alineación casi original alguna vez. Ahora, un par de mamados tocaban la batería y la lira, respectivamente (uno resultó ser Chris Broderick, el que estaba en Megadeth). Ambos eran mayores en edad que el bajista, Liam Wilson, quien se rifa las cuatro cuerdas también, y ni más ni menos, que en The Dillinger Escape Plan, y quien parecía bastante anciano decrépito, pero que apenas me lleva siete años. Joder. Celebré su actitud jovial de cualquier modo. Supongo que así me veré en unos añitos, cuando el tío Asedio siga haciendo de las suyas, esperando algún día reunir, finalmente, al sonido de Gotemburgo con el de Ecatemburgo.

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