Piedras heridas

Por Eusebio Ruvalcaba*

Antes que de palabras y preposiciones,
los hombres estamos hechos de huesos
y vísceras. Recordamos a nuestro padre
y las lágrimas sobrevienen. Antes
de reflexionar que aquel desencantado viejo
fue nuestro padre.
Pocos, escasísimos poetas resisten la prueba
de fuego de ser leídos durante una cruda mortal.
Ordena uno su trago,
se abre el libro donde caiga,
o, si se trata de un libro conocido,
se lo abre en uno de los poemas favoritos,
justo ahí donde está el separador o el subrayado.
Y de pronto aquel poeta se reblandece.
Se va haciendo agua hasta que gota a gota
va a dar al suelo.
Naturalmente que nadie somete la poesía a estas
pruebas. La poesía es sublime.
Tan grande, tan solemne, tan importante,
que no es para leerse en una cantina
donde todo es vulgar, procaz, inhóspito. La poesía
debe leerse en las aulas universitarias,
las alcobas cuando han sido prolijamente aseadas.
O también en el avión
o, a lo más, en el café. La feroz cruda todo lo echa
a perder. Pero también ayuda. Esto es extraño.
¿Cómo va a ayudar una cruda? Simplemente
coloca al lector en el umbral de la muerte.
Algo que un abstemio nunca podrá sentir.
Entonces se lee sin complacencias.
Porque no hay atrás de ese acto de leer un afán
que vaya más allá del acto de leer.
Nadie se preocupa por someter
la poesía a un análisis riguroso.
Sencillamente se trata
de no quedarse dormido, de que la poesía
te dé una mano,
te ayude a entender que estás vivo,
de que entre poesía y cruda
sacudan tu espíritu
levanten tu mano y te permitan
ordenar la siguiente.
La cruda no se deja sobornar –la poesía sí.
No admite concesiones.
Nada de quedarse
en la superficie del lenguaje,
por más apacible y sugestivo que parezca.
De algún modo la cruda te obliga a ser honesto.
Los crudos nunca dicen cosas importantes,
pero sí profundas. De dos centímetros
de profundidad. Cosas hechas de jirones
de vida, resabios de una existencia
que está por irse. Los crudos se sienten miserables.
Los persigue una angustia que no los deja
ni marcar el teléfono. Sudan
todo el tiempo.
Las manos les tiemblan, y lloran a la menor
provocación. Creen que el mundo se va a acabar
a la vuelta de la esquina. Por eso desconfían de todo.
Porque no saben
dónde se va a producir
el primer golpe. Y, acaso por eso, aquilatan como
nadie la dulzura
y la comprensión. Aunque sea unas cuantas gotas.
Porque si no le entra la desconfianza.
Leer en una cantina aísla más al individuo.
Lo pone más en contacto con su mundo interior.
Una cantina no es una biblioteca. Y digo que aísla
más al individuo porque es él y el libro.
Afuera el mundo bulle. En forma de violencia o de
arte, de desplomes
financieros o de encuentros amorosos
afuera nadie se detiene a pensar
en ese lector encontrándose con la poesía.
Un encuentro intrascendente.
Aquí no hay suplementos ni canales
culturales para tomar nota.
Nadie le pide una entrevista
a un crudo
para saber cuáles son sus libros de cabecera.
Nadie se acerca a un crudo para mirarle los ojos
mientras lee. Para captar en su mirada
esa chispa de misericordia divina,
de que aún le está permitido leer ese poema.
El crudo no tiene más elementos para gustar
de un poema de los que tiene un niño.
Ambos sienten en carne propia el misterio
de la poesía. Ambos levitan cuando escuchan
o leen ese poema.
Tal vez por eso un crudo lee un poema como si
fuera el último.
Porque está harto de palabras.
Quiere hechos. Quiere sentir.
Quiere que el poema le haga sentir cosas.
Sentir alivio o conmiseración. Si ya siente
sobre sí toda la podredumbre humana,
es justo que el poema le retribuya piedad.
Una cruda reduce a un hombre a su condición
verdadera: la de un insecto.
Un bicho que puede ser aplastado
de un pisotón. A su lado, todo es grandioso y
vale la pena de ser enaltecido y ponderado.
Un crudo sabe que una brizna de hierba
tiene más importancia que la que él podrá
cosechar algún día. Un crudo lo sabe y no opone
resistencia. Por eso lee con fruición.
Porque el poema no le exige cuentas.
Lo acepta como es. Sin reparos.
Menos que una brizna de hierba.

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*Poema incluido en su libro El frágil latido del corazón de un hombre, titulado como un poema de Malcolm Lowry.

Imagen: fotograma del documental De cuatro cuerdas.

52 tips para escribir claro y entendible

*Por Eusebio Ruvalcaba

  1. Cuando sientas que la mano te tiembla al escribir, estás en el camino correcto.
  2. Las palabras son los ingredientes del platillo. Hay que dosificarlas. Cada quien a su gusto. Como cualquier cocinero.
  3. Escribir no es difícil –lo difícil es arrojar las palabras que sobran al cesto de la basura–.
  4. Entre dos palabras que signifiquen lo mismo, escoge la más corta.
  5. Imagínate a un lector de lo que escribes –si no tienes imaginación, asiste a un taller de creación literaria, o bien, contrata a alguien que te escuche (y deja a la literatura en paz)–.
  6. Sé flexible en el seguimiento de los preceptos literarios –sin dejar de ser firme; como el arco de un violinista maestro–.
  7. Cuando te atores, da la vuelta. No te detengas jamás. Prosigue siempre. Muchos escritores se pasan la vida esperando el modo de salir del paso. Aunque el obstáculo es la guía. Indica algo importante para ti.
  8. No quieras deslumbrar a nadie. Nadie te leerá. Cuando el lector siente que lo quieren impresionar, siempre sale decepcionado.
  9. Se llega a la sencillez cuando los demás caminos se agotan.
  10. Ten un espejo cerca de ti al momento de escribir. Para que los humos se te bajen. Eso te evitará que seas grandilocuente –y, por ende, excesivo–. Que creas que descubriste el hilo negro en literatura.
  11. Enamórate. Una persona enamorada escribe con pasión –de pronto esa persona quiere ser más que clara, clarísima, para que el sujeto de su amor la entienda–.
  12. Imagínate que eres un niño de cinco años y que tienes que entender lo que acabas de escribir. Si no lo entiendes, nadie lo va a entender; si así es el caso, reescribe todo de principio a fin.
  13. No muestres nada de lo que hayas escrito hasta que no te quede clarísimo. Tú eres el lector más capacitado para criticar lo que escribas.
  14. La gente siempre tiene prisa. No canses al lector. Son preferibles los párrafos cortos y precisos a los párrafos largos y profusos.
  15. A una idea, una emoción; a una emoción, una idea. Lo dijo Tolstoi. No divagues ni te disperses. Sé preciso. Como cuando el pecador se confiesa. Como cuando expone su crimen ante el confesor, que es Dios.
  16. Las frases cortas ayudan. Inmediatamente buscan su nicho en el cerebro. Y ahí se quedan. Además de que se leen más rápido, y eso ayuda a su entendimiento. Apóyate en una redacción simple para lograrlas. Y, mejor aún, en una corrección implacable. Como la que practican los correctores de estilo –en cuyo trabajo hay que detenerse–.
  17. El camino está hecho. Apóyate en la lectura. Lee lo más que puedas. Lee todo el tiempo. Siempre lleva un libro bajo el brazo. Te salvará de muchas cosas. A nadie le interesa asaltar a un lector.
  18. Vigila la puntuación. Es fundamental. Cuando se domina la puntuación se dominan muchas cosas. Pero no la conviertas en una diosa.
  19. Los adjetivos son como los caballos desbocados; si no te puedes trepar, déjalos pasar.
  20. La mitad del chiste de escribir consiste en pensar; la otra mitad, en tachar lo que se escriba. Hasta volverse loco. Hasta emparentar la literatura con la lectura.
  21. Cuando escribas ponte cómodo; vas a necesitar estar descansado al momento de revisar lo que has escrito. Tachar es lo que más tiempo lleva. Lo más arduo. Porque se tacha uno a sí mismo. Y eso pocos lo soportan.
  22. No te enamores. Porque el amor estorba al momento de escribir -y a veces también después–.
  23. Una frase bien escrita vale oro. Que diga algo consistente, que suene bien. Que se entienda. Lástima que esas frases no las venden en las joyerías. El escritor tiene que fabricarlas.
  24. Lograr la concentración lleva mucho tiempo, y perderla es cosa de segundos. Sea como sea, sin concentración nadie escribe. La concentración cuenta casi tanto como la ortografía. Por cierto, una ortografía excelente no se obtiene sin concentración. Hablemos de la ortografía.
  25. Ten siempre a la mano un diccionario, y consúltalo cuando hayas terminado lo que estés escribiendo. Por buscar la palabra se te puede ir la idea. No se te olvide. Los diccionarios son eficaces, pero estorban. A la hora de escribir –y de acomodarlos–.
  26. Al momento de escribir, los escritores se ponen un chaleco antibalas que los protege del ridículo. Si quieres escribir en serio, deja tu chaleco antibalas colgado en el clóset. O póntelo cuando salgas a las 2 de la mañana.
  27. No uses más palabras de las necesarias. La literatura está llena de palabras que sobran.
  28. A la mayoría de los escritores no les basta con la Secretaría de Gobernación que censura lo que escriben. Basta con desabotonarles la camisa para descubrir la Secretaría que llevan dentro. Aún más severa.
  29. Viajar no es imprescindible para escribir. Vivir sí. “Quédate en tu rancho”, dijo Tolstoi. Allí está todo lo que necesitas. La novela vendrá por sí misma. Si tienes suerte. Y arrestos.
  30. Adáptate a la sintaxis; la sintaxis nunca se va a adaptar a ti.
  31. No dejes que tu literatura se corrompa. Huye de las presentaciones de libros, de los círculos de elogios mutuos, de los suplementos culturales, de las revistas literarias, de las solapas zalameras. Huye de las frases huecas. Tanto como de las manzanas recubiertas de azúcar cristalizada. Terminan por empalagar, y por crear lombrices en el estómago y en el cerebro.
  32. Un escritor no debe aspirar a escribir obras maestras. En primer lugar porque las obras maestras no se planean –el escritor que descubriera la fórmula no dejaría de escribirlas–. En segundo porque no va a poder, y en tercero porque siempre es mejor perseguir un sueño que consumarlo.
  33. Entre la literatura y la vida hay semejanzas felices. Se da un paso, y otro, y otro más, y así sucesivamente hasta darle la vuelta al mundo y regresar al punto de partida. Del mismo modo se escribe una palabra, y otra, y otra más, y así sucesivamente hasta terminar un libro, que es quedarse exactamente en cero, es decir, en el mismo punto en el que ese libro se originó. Porque el escritor ignora lo que ha hecho, desconoce el secreto de lo que ha hecho. De ahí que en la escritura, como en la vida, lo importante, lo verdaderamente importante, es el viaje.
  34. Si quieres ser músico, sé músico, si quieres ser escritor, sé escritor, si quieres ser músico y escritor, selo; que hay un punto en que la música y escritura se unen –y no en “la música de las palabras”–, y otro (punto) en que la música y las escritura se separan como dos universos que corrieran paralelos. Digo yo, en esta declaración de principios.
  35. El título debe suscitar interés, despertar la curiosidad del lector; no ser la síntesis de lo que se va a leer.
  36. El uso de los aumentativos y de los diminutivos exige cierta malicia. Paradójicamente se nace sabiendo su práctica. Y es tremendamente fácil ser excesivo y recurrir a ellos en casos innecesarios. En realidad, el aumentativo y el diminutivo son las armas que el niño empuña para abrirse paso.
  37. Hay escritores modestos, cuya obra –piensan– no merece la atención de nadie, ni siquiera de ellos mismos.
  38. Escribe lo que se te ocurra. Como los siguientes aforismos. No sabes lo que pueda pasar. Como cuando una bala perdida se incrusta en la frente de un hombre que camina despreocupadamente hacia su casa. Que le da y lo mata. Porque le tocaba, dirán algunos. Porque atrás de cada bala perdida hay un acto de justicia, dirán los menos. Escribe lo que se te ocurra. Como los siguientes aforismos. No te exijas más de la cuenta.
  39. Como se le mire, escribir es evadirse de la realidad. Pero el escritor no debe olvidar que su misión es conmover a lectores de carne y hueso. Tan reales como una leona al acecho de una gacela. Matar a esa gacela le permitirá sobrevivir a esa leona, y permitirá que sus cachorros sobrevivan. Lectores tan reales como esa cacería son a los que hay que conmover.
  40. Cada texto tiene una extensión diferente. Propia. Pero nunca la extensión define la eficacia narrativa. No porque un cuento sea extenso es bueno. No porque un cuento sea breve es bueno. ¿Cómo debe ser un cuento para que sea redondo?
  41. Escribe tu historia. No la cuentes. Si la escribes luego de contarla, sentirás que pierde fuerza –y acaso sentido; sobre todo si te gusta más hablada que escrita–. Estás en tu derecho de que te guste más de un modo que de otro. Aunque en ese caso te vendría mejor un manual para contar cuentos, no para escribirlos.
  42. La carne cruda semeja la pasta narrativa con la que el escritor trabaja. Antes de comerse habrá de sazonarse y cocerse; tal como lo hace el escritor con las palabras que las deja listas. Y que está a punto de compartir con sus invitados.
  43. El corazón y el estilo. El escritor que siente que finalmente ha escrito una línea que sobrevivirá se engaña. No estaría en su mano reconocerlo. Exactamente como el amor; quienes se sienten amados se engañan. Y Dios, que es magnánimo, les concederá vida para confirmarlo.
  44. ¿Qué significa concentración en literatura? Significa concentrar la pasta del lenguaje y darle forma de una esfera –de ese amasijo de varas que corre al paso del viento–. Sin fisuras, sin fracturas. Que no sobre ni falte nada. La concentración obliga a un esfuerzo inusitado. Más otro tanto de sudor y maldiciones.
  45. Si no tienes talento, trabaja. Si lo tienes, trabaja el doble. No te dejes engañar por el talento. El fokin talento, del cual hay que saber desprenderse para avanzar. Hay que disciplinarse como si se fuera el más zafio de los escritores. No el más talentoso.
  46. Escribe una novela breve. ¿De verdad te parece imposible escribir una novela de largo aliento? Pues no tienes que esperar mucho. Escribir una novela breve es tentador. Una tentación que se presenta en la vida de todo escritor.
  47. Hay un mil 351 millones de novelas. Tú puedes escribir la un mil 352 millones. Apúrate antes de que sea la un mil 353. Pero detente en la estructura y el estilo. Ahí está todo. Más la pasión. Sin pasión no hay novela posible. Porque la pasión se transmite cuando se escribe, y es lo que les gusta a los lectores. Lo que leen los lectores: la pasión. Ese nervio que va del corazón a la palabra.
  48. Es preferible ser un escritor descuidado, maltrecho, burdo y despreciado, que ser un escritor inofensivo. Porque el único modo de abrirse paso es cuesta arriba.
  49. Los escritores que se toman en serio ven su nombre escrito en la historia de la literatura. A partir de ahí la literatura los estará educando. Ya no son como son. Sino como la leyenda que quieren ser.
  50. La imaginación nace con correa. Hay que aprender a soltarla. Pero no tanto. El escritor se siente enormemente complacido cuando “deja volar su imaginación”. Nada más peligroso para un narrador. Si no la sabe controlar, cuando su imaginación vuela, aquel autor escribe los ejemplos más conmovedores de la estulticia.
  51. Sé un hombre de letras, hasta las últimas consecuencias.
  52. Nadie tiene la última palabra. 10102019-image

    *Los 52 tips para escribir claro y entendible vienen desglosados y detallados en el libro del mismo nombre, editado por Lectorum en 2011. Imagen: Fotograma del documental De cuatro cuerdas.