Entre mudanzas, mis abuelas, sus casas y el olvido

Mi primer nombre es el de mi abuelo paterno, y cuenta la historia familiar que hubo un día en que compró el predio que está en la esquina que une las calles de Dvorak y Leon Cavallo, en la colonia Vallejo, al norte de la Ciudad de México. Cuando murió, ese terreno se lo repartieron entre varios de sus hijos, los cuales, de los dos matrimonios que tuvo, sumaron más de diez (digo sumaron porque muchos ya se murieron; si no me equivoco, ya solo viven los hijos del segundo). Yo pasé ahí mi primer año de vida, con Lucero y Abraham, mis padres, en un pequeño cuarto de azotea construido encima de la casa que habita mi abuelita Chenchita (abuelita paterna) desde hace setenta años (llegó ahí a los catorce; al momento en que escribo esto tiene ochenta y cuatro).

Crescencia Zamora Camilo es su nombre completo, y de lo poco (o mucho) que sé de su historia es que nació en Temascalapa, municipio del Estado de México, lugar al que la familia paterna solemos llamarle, de cariño, el Pueblo.

Hace poco fuimos juntos. Ella, su hija Ruth (tía paterna), los hijos de Ruth, Domingo y Andrea (primos), y yo. Como hasta el día de ayer viví en una de las casas que conforman el domicilio de Dvorak 54, una que está junto a la de Chenchita, y como Ruth suele ir a visitarla para monitorear, entre otras cosas, su estado de salud (Ruth es médico), ese fin de semana que fueron al Pueblo me les pegué. Y aunque esa es otra historia, tenía más de quince años de no ir, y como esas ocasiones suelen ser así de distantes, opté por acompañarlos para tomar algunas fotografías.

A primera vista el Pueblo es un lugar hermoso y apacible, aunado a que fuimos en días de la feria municipal, lo cual le dio ese toque aún más ‘pintoresco’, por sus habitantes y comerciantes conviviendo en sus calles, en su centro.

No pude evitar comentarle a mi abuelita, una vez que llegamos a casa de la tía Félix (sobrina de Chenchita), y tras degustar rico pollo con arroz:

–Usted que siempre vive encerrada… debería venirse para acá, abue, con su gente, al campo…

–No, no me gusta, nunca me ha gustado –dijo, seca, y quienes estábamos en torno suyo, además de la tía Félix, su nuera y sus nietos, enmudecimos y no dijimos nada más.

Y es que de esos setenta años que lleva viviendo en Vallejo, entre sus plantas y sus pájaros, con la poca luz del sol que entra ahí (una novia que tuve y que me acompañó un par de veces ahí, al ver el lugar dijo que aquella era la casa de Aura, personaje y novela de Carlos Fuentes), y a pesar de que mi padre, o mis tíos o yo estamos al pendiente, creo que mi abuelita Chenchita ha ido cayendo, con su casa, en una especie de (¿inevitable?) abandono y soledad que, vaya, supongo, no son buenos para una persona mayor.

Qué más me encantaría que estuviera apacible en su pueblo (al que cada vez visita menos), en el campo, en el sol, sin preocuparse de mucho. Pero creo que ni siquiera imagino lo que para una persona debe ser vivir en el mismo sitio siete décadas (o por qué no le gustaría volver al sitio que alguna vez dejó). No sé si algún día podré entenderlo.

Así que opté por irme con Domingo a dar el rol para tomar unas cuantas fotos en la feria. Porque las fotografías, así como las historias, la narración oral de anécdotas ‘heroicas’ (¿heroizadas, debería decir?) del pasado, han acompañado mi vida, especialmente del lado de mi familia paterna (y, recientemente, de la familia materna, con el desempolvamiento –y por lo tanto redescubrimiento– de algunas fotos que estaban arrumbadas por ahí).

He visto fotos de mi abuelita Chenchita donde se le mira muy joven. Una, especialmente, en la que aparece junto a mi abuelo paterno, quien le llevaba más o menos cuarenta años. Una inmundicia propia de la época, la del hombre blanco ojiverde que acude a un pueblo, ‘enamora’ a una muchacha y se casa con ella. O se la roba, que es casi lo mismo.

Se le mira, insisto, muy joven, acaso alegre.

Dicen que me parezco a ella.

En los ojos.

En el tono de la piel.

He visto algunas otras fotos suyas, pero no muchas más. Son fotos de la época más reciente, de los últimos treinta años, los años que, digamos, tengo de conocerla. En muchas de esas fotos mi abuelita Chenchita sonríe, y su sonrisa es de las más bellas que he visto (ojalá yo tuviera su sonrisa).

En fin que luego de vivir ese primer año de existencia en Dvorak 54, nos mudamos a Ecatepec. La razón, al menos la que me han contado mis padres, es que mi abuelita materna, mi abuelita Mari (quien falleció hace ocho años, postrada en una cama, dejándose arrastrar por sus ensoñaciones) se ofreció para cuidarme. A mí y a Martha, la hermana menor que estaba en camino. A mí y a Cindy, mi hermana mayor (media hermana), a quien ya cuidaba desde seis años antes.

A partir de entonces mi abuelita Mari nos recibió, a mis hermanas y a mí, en su casa de Melocotón 20, en Jardines de Ecatepec, Ecatepec, Estado de México. Nos cuidó hasta que tuvimos la edad necesaria para ya no necesitarlo (por ay de los quince años), y murió cuando yo rondaba los veinticinco, cuando poco a poco dejó de recordar quiénes éramos aquellos con los que vivió tanto tiempo.

Lo último que me dijo, su cuerpo inerme aunque apacible sobre la cama de mi madre Lucero (porque mi abuelita Mari, sin duda, fue como una madre para todos), era que me quería mucho. Y me dio un beso.

El día de su funeral, borracho de whisky en anforita, al amanecer, visité Melocotón 20 con quien entonces era mi pareja. Entramos (se podía entrar usando prácticamente cualquier llave), y recuerdo haberme dirigido a cada rincón de esa casa, una casa que ya daba grandes visos de abandono (que mantuvo los ocho años posteriores). Me recuerdo hincado en el baño, llorando como pocas veces he llorado, y recuerdo haberme ido de ahí despidiéndome de una vecina suya, de la edad de mi madre, quien aún vive casi enfrente y quien me abrazó como nunca me había abrazado.

Un año antes de eso, a los veinticuatro, me mudé a Dvorak 54 en mi primer intento por ser libre, independiente. Adulto. No tenía idea, desde luego (como seguro no la tengo ahora de lo que viene por delante), del fracaso que atravesaría, pero bueno, por aquel entonces me recuerdo muy entusiasta al respecto. Y es que cuando uno vive en Ecatepec se ve propenso, además de a ser asaltado en el transporte público, a llegar tarde a su destino por los terribles problemas de tránsito que provoca la sobrepoblación (de automóviles). Así me ocurrió en mi primer trabajo formal (llegué una hora tarde, el primer día. Obvio me regresaron), por lo que no quería que me pasara otra vez. Al no poseer ingreso alguno (parecido a la actualidad), y al saber que el pequeño cuarto de azotea en el que viví mi primer año de vida estaba, digamos, disponible para usarse, hablé con mi padre sobre esa posibilidad. Aceptó, y me mudé tan rápido como pude (al tampoco tener recursos para pagar una mudanza, me recuerdo llevándome mis pocas cosas poco a poco; una de esas veces salí de Ecatepec a Dvorak 54 un domingo en la noche, en una combi, con mi mochila llena de triques. Puedo decirlo ahora: me sentí un tanto desamparado, triste, melancólico; como suelo ser, pues, pero un poco más agravado por la sensación de no saber si estaba haciendo lo correcto. En el fondo pensaba que sí, en el fondo ansiaba que así fuera).

Creo que estuve ahí menos de un año cuando empecé a salir con quien fue mi pareja, quien se mudó conmigo no mucho después. (Muy temprano en la relación, quizá, pero no me arrepiento.) Del cuartito de la azotea donde vivimos nuestro primer año no pasó mucho para que nos mudáramos a la casita a un lado de la de mi abuelita Chenchita, donde viví hasta ayer.

Creo que fue en ese tiempo, tras prácticamente jamás haber convivido con ella, con Chenchita, en el que pude platicar y conocer más aspectos de su vida pasada; de pronto degustábamos una copita, o lavábamos algo en el patio, en nuestras respectivas piletas, al mismo tiempo, y ahí se suscitaba la conversación. A mi abuelita Chenchita siempre le ha gustado platicar (con mi pareja platicó mucho), sin embargo suele ser una mujer seria, dura, hermética. De pronto no tiene ánimos ni de saludarte. Y creo que,  en el fondo, siempre ha sido así. Y es absolutamente comprensible: llevar setenta años ahí en Dvorak 54, su vida entera desde que era una adolescente, en las circunstancias en las que lo vivió: enviudando en sus treintas, enfrentando las chingaderas de los parientes de su esposo (quienes nunca, en realidad, la aceptaron), trabajando cincuenta años en un mercado vendiendo escobas para sacar a sus hijos adelante, y demás asuntos turbios que seguramente desconozco, simplemente me hace entrever (porque estoy seguro de que jamás lograré comprenderlo del todo, ni aunque escribiera sus memorias) el dolor por el que ha atravesado esta mujer.

Un dolor que también atravesó mi abuelita Mari, quien enviudó dos veces.

Un dolor que atravesó la que fue mi pareja al vivir conmigo.

El dolor que infringe el machismo, sin duda, en los tres casos, motivo por el cual, en el nuestro, en el de mi pareja y yo, nos separamos hace casi cuatro años (honestamente ya no sé el día, ni la fecha. La he ido olvidando entre el dolor.) Vivimos un par de años, o tres, o cuatro, en Dvorak 54, y yo viví un poco más ahí solo, quizá el doble. Ahora que hago la cuenta me sorprende. Demasiado para mí, pues fue muy pesado el fracaso que conllevó todo ese tiempo (y que es materia de otro texto), tiempo en el cual no le había tomado una sola foto a mi abuelita Chenchita. Le había tomado al espacio (que es una especie de vecindad, pero sin serlo), a sus pájaros, a las ventanas, a su casa por fuera, pero nunca a ella.

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Y ni queriéndolo hacer pude. No como hubiera querido. Es decir: sé que mi abuela es renuente, quisquillosa, desconfiada. Y aunque quizá no se habría negado a que le tomara un retrato frontal, autorizado, busqué, como fotógrafo en ciernes que me considero, tomarla al natural, en su entorno.

Así lo intenté.

El resultado son las fotos que acompañan este texto.

Al verme tomarle una, y luego otras a los rincones de su casa, como un invasor, como un intruso (por más discreto que pretendí ser), me preguntó:

–¿Para qué las quieres?

Como un novato no supe bien qué decir.

Creo que me resultaría más fácil explicarle a un desconocido que a un familiar con el que, a pesar de vivir siete u ocho años juntos, el hielo de la relación no terminó por derretirse del todo.

–Para un artículo de una revista sobre personas de la tercera edad que acompañaré con este material, abuela, si me lo permites –quise decirle, pero balbuceé alguna otra cosa que ella aceptó porque no alcanzó a distinguir lo que dije. (De tal modo que, ante mi tranza, acudió a mi padre para preguntarle para qué quería yo esas fotos, si para subirlas al feis –su hija Ruth usa feis y sube fotos, por eso mi abuelita topa– o pa qué. En fin que yo espero que este texto no le moleste –ni las fotos, que le compartiré junto con el escrito si acaso se publica–.)

Creo que en uno de los retratos que le hice alcanzó a reír luego de que ella misma dijera que iba a ‘salir como una momia’. Espero que no sea solo mi impresión y logre verse esa hermosa sonrisa suya de la que ya he hablado. Una que me regaló como despedida hoy, cuando fui a verla a su casa, a un lado de la mía, para darle las gracias por todo el tiempo compartido (por su arroz rojo, el mejor de la vida), por todas las atenciones que tuvo conmigo. Le dije que finalmente me mudaría (ella ya lo sabía, pues me dijo: será para bien, ya verás) a Melocotón 20, la casa que fuera de mi otra abuelita, Mari, un espacio al que, no sé por qué, siempre quise rescatar del abandono.

Del olvido.

Tal parece que hoy que tecleo esto (en mi segunda mudanza, con el vacío natural del primer día, con el firme propósito de dedicarme aquí a escribir), en este lugar que hasta hace no mucho solo era polvo y escombros (hoy limpio y lleno de luz), jorobado frente a mi nuevo escritorio (aunque en la misma compu), lo estoy haciendo.

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Etgar Keret, la escritura como plan B

Tomé mi lugar en la fila, a la hora señalada, una hora antes de lo anunciado, y como el resto de la gente que iba llegando, esperé. Unos días antes anunciaron que Etgar Keret (Official) estaría cotorreando con sus lectores un rato, hablando sobre su trabajo como escritor, en la Conferencia “La escritura como plan b” por Etgar Keret, organizada por Editorial Sexto Piso, quienes lo publican en México. Ahí estaría firmando su nuevo libro, titulado, chingonamente, ‘La penúltima vez que fui hombre bala’. “¡Tomen todo mi dinero!”, expresé muy emocionado, y deposité el varo requerido para tener acceso a tan exclusivo evento, y como el adolescente lleno de barros que fui (¿o sigo siendo?) me sentí todo un fan del autor israelí, aunque quizá no lo sea. (Lo digo porque apenas he leído un par de libros suyos: ‘Extrañando a Kissinger’, libro de cuentos, donde viene uno especialmente supremo llamado “Buenas intenciones”, y el libro de no ficción ‘Los siete años de la abundancia’, que disfruté enormidades, literal, como un chiquillo jugando Nintendo. Lo que sí es que su estilo ha influenciado mucho mi propia escritura.) Nos pasaron, pues, en Librerías Gandhi sucursal Quevedo, a un pequeño auditorio que tienen en el segundo piso tras darnos el ejemplar nuevísimo del mencionado título, y fuimos sentándonos. Llevaba yo, como ya siempre, mi cámara colgando del pescuezo por si podía tomarme una foto con él, pero especialmente por si podía tomarle una foto a él solo, así que traté de colocarme lo mejor que pude. Esperamos unos minutos más en lo que se llenaba el lugar con cien asistentes –según me dijo la cifra una de las organizadoras– hasta que Keret llegó, con la advertencia de que estaba malón de la garganta, por lo que tenían que bajarle al aire acondicionado. A mi lado había un joven rollizo cuya apariencia me resultó muy agradable, quien empezó a sudar, en efecto, mientras el escritor hablaba (traductor instantáneo mediante, su editor en México) de experiencias que ha narrado antes, en otras entrevistas o de plano en su propio libro de casi memorias, haciendo muy feliz a todos, casi siempre moviendo a risa. Como en las historias que escribe. Al final hubo preguntas –muy interesantes– del público, que constó casi de puros jóvenes, muy sonrientes todos ellos, entusiastas, felices, no mamalones intectualoides que suelen pulular en este tipo de reuniones, y que por desgracia a veces conozco. Ni siquiera un joven (bueno, no tan joven) que estaba hasta adelante, y quien declaró a Keret su amor y su agradecimiento porque por él él también se dedicó a escribir (con becas y todo, dijo) sonó arrogante; al contrario, se vio muy emocionado al grado de sonrojarse, por lo que todo mundo le aplaudió. Yo hasta quise abrazarlo, pero luego de que su autor amado le firmara su libro y se tomara una foto con él, se fue corriendo (bueno, la verdad es que sí lo vi en la tienda, abajo, viendo libros, cuando yo también bajé con mi ejemplar firmado, pero ya me dio penita hablarle). Cuando tocó mi turno de saludar a Keret, libro y cámara en mano, luego de tomarle una foto al joven rollizo que me cayó bien (y a quien ayudé a tomarle su respectiva foto con su cel para el recuerdo –espero que le haya gustado–), y tras pensar en qué le diría a Keret, acaso un muy pinche “I’m also a writer”, con mi aún más pinche inglés que tanto mal me ha hecho en público, Keret se me adelantó cuando le apunté con mi Nikon: “¿Eres fotógrafo?”, preguntó. Me quedé un poco helado y le dije que sí, que uno bastante malo. Es cuestión de intentarlo, me dijo sonriente, tras darme la mano y empezar a dibujar algo en una de las páginas iniciales del libro, donde está el título, y luego de escribir mi nombre arriba de él. Así de cerquita no noté la enfermedad que dijeron que tenía, por lo que le di un medio abrazo, que consistió en mi fea mano puesta sobre su espalda. Qué tipo tan sencillo y agradable, pensé. Es un placer conocerte, le dije al despedirnos, y él dijo que lo mismo, y ambos nos sonreímos. Así nos quedamos un momento más, le di otra vez la mano, y me marché.

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Texto también publicado en Neotraba.

Televators

Dijeron que tenía 18 años de no ir al pueblo, y quizá era verdad. Así que caminamos a su centro –al que nunca había ido–, y vimos sus animales, los gruesos elotes en la milpa y en la olla cociéndose; con chinicuiles y pulque avanzamos por las calles ya pavimentadas para luego darnos unos tacos “del mejor suadero de la comarca” y escuchar, a lo lejos, lo que menos esperábamos encontrarnos en aquella plaza cada vez más concurrida, con esa lona que anunciaba la feria de Temascalapa 2019: una propuesta de rock mexicano (Mexican Experimental Psicodelic, como se definen ellos mismos) explosiva, dolorosa, honesta, con miembros oriundos del lugar y del cercano poblado de Tizayuca. Era una de esas bandas que de inmediato te engancha por su calidad, de esas a las que les deseas, y en especial les auguras, no solo el éxito y el reconocimiento, sino que encuentren a su público. Cómo se llaman, le pregunté entonces, con urgencia, al vocal al acercarme, y me dijo dos veces, pero las dos no le entendí, así que esperé hacia el final de su breve set (que gocé al máximo, incrédulo) y me acerqué al tecladista, quien me aclaró el nombre de la banda y de inmediato lo apunté lo mejor que pude en la memoria enrevesada por el curado de piñón y de guayaba. Y prometimos buscarlos. Y aquí están.

Como rockstar, divinidad y presidente

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Tan pronto Andrés Manuel López Obrador comenzó su discurso, abandoné el estadio.

El solo hecho de imaginarme a toda esa gente -la capacidad del Azteca y mucho más, aunque quizá muchos menos de los que habrían ido al Zócalo- queriendo hacer lo mismo, cuando acabara todo, me obligó a decidirlo.

Qué incómodo resulta el Azteca para escaparse, pensé.

Qué incómodo que se celebre el fin de una campaña antisistema en la casa del sistema.

Qué incómodo celebrarlo en donde los adversarios de los dos sexenios pasados también lo celebraron (aunque dudo que en ambos casos haya ido tanta gente).

Así que miré avanzar a Andrés a través de las pantallas, entre la gente, dando abrazos, saludando a todas esas manos que, como el rockstar, divinidad y (casi) presidente que es, buscaban tocarlo, poseer un momento de su gracia. De su grandeza.

Como lo hice yo alguna vez.

Ya había pasado el 2012. Era la presentación de uno de sus libros. Por la Bombilla, en San Ángel, en la Ciudad de México. El recinto estuvo, vaya sorpresa, atascado. Pero no de este modo. Y cuando todo terminó, Andrés y los suyos caminaron por la pequeña explanada. Era de noche: recuerdo al príncipe de Macuspana caminando lento, entre las sombras. Y me recuerdo a mí pensando: acércate, es ahora o nunca. Me recuerdo acercándome. Nadie se me interpuso, aunque por un momento pensé que eso sucedería.

El recuerdo se distorsiona ahora.

Quizá le tomé el hombro y el antebrazo, la mano, y le dije: Mucho gusto, presidente. Él sonrió, quizá puso su mano sobre mi hombro y sujetó mi antebrazo. Y siguió su camino: ahora avanzaba iluminado por una luz que lo seguía por todo aquel trayecto del Azteca también repleto de tinieblas hasta que arribó al estrado en el que ya estaba todo su equipo.

Al menos eso imaginé, pues me encontraba muy lejos de él a diferencia de aquella vez: a espaldas del escenario, en una grada lejana.

Y entonces habló Claudia Sheinbaum, la todavía candidata para gobernar la CDMX que un día gobernó -y bien- Andrés, pero sus palabras se me extraviaron entre el rebote de las estructuras pambolísticas y el estruendo ensordecedor de toda esa gente que no paraba de gritar: Presidente, presidente.

Y salí.

Conforme abandonaba el estadio la voz del tres veces postulante al ejecutivo se fue perdiendo junto con la algarabía de sus seguidores, y así cada vez más hasta que me acerqué a la escalera que conduce a la estación del tren ligero homónima del recinto casa de la bipolar Selección Mexicana de Futbol (acertadísimo, un colega puso en sus redes: El mundo al revés: fútbol en el Zócalo, y política en el Azteca). Pensé que ahí afuera me encontraría, como había rumorado la gente cuando llegué cuatro horas antes, con unas pantallas que estarían transmitiendo el evento ahí afuera. Pero no, al parecer todo el que tenía que entrar entró; incluso hubo algunos que apenas llegaban, corriendo, vociferando que no querían perderse a Andrés Manuel.

Yo tampoco quería perdérmelo, por lo que accedí a escribir esta crónica (ojo: que no por eso se me considere periodista, no; como puede leerse, acaso soy un chismosín que balbucea) y me alisté para encontrarme nuevamente con López Obrador. Pero como no quería chutarme el cartel completo que compondría el Amlofest, procuré salir de casa a la hora en que el espectáculo dio inicio: a las cuatro de la tarde. Supe de otros colegas (ellos sí, periodistas en toda regla) que ya estarían ahí cubriendo, gafete de prensa en cuello, desde temprano. Yo, en cambio, caminé muy relax hacia el metro y antes de sumergirme hacia los torniquetes me detuve a comer en un puesto de tortas donde además venden comida corrida y otros antojitos. Pero ya no había menú, así que pedí de la carta unas quesadillas de papa y unos tacos dorados de pollo. Ya había visto ese puesto antes, pero nunca me había detenido a comer ahí. Lo atienden tres mujeres de tres generaciones distintas. La más grande ya estaba levantando todo y me miró feo. La de enmedio fue la que me atendió amablemente: la comida estuvo maravillosa. La más joven, quien me preparó un licuado de fresa, era también un poco malencarada. Regañó a su hijo (bueno, al mocosín -literal- que estaba ahí) por comerse las piedras que le sobraban a la pared de la casa ruinosa que estaba frente a ellas.

—¿Desde qué hora están aquí? —le pregunté a la mayor, mientras levantaba una lona y yo mordía las quesadillas. Me miró feo y me dijo:

—Desde las siete de la mañana.

Entonces pensé en aquella inmensa mamada (perdóname, lector) de que el cambio radica en uno mismo. Algo tendrá de cierto, puede ser, pero estas mujeres, pensé, rifándose el físico desde las siete a eme, todos los días, preparando una deliciosa comida, apenas y sobreviven.

Y pensé: ¿Pos qué más quiere uno de uno mismo?

Bienestar. Un poquito de bienestar, pienso.

Y entre otras cosas eso ofrece Andrés Manuel. (Los otros también, pero se lo han pasado siempre por el arco del triunfo de la corrupción.)

Cualquiera puede decir: acabar con la corrupción no acabará con todos nuestros problemas. Puede ser. Pero será un avance. Un cambio. Que hará que en cincuenta, en cien años, quienes vengan no padezcan como nosotros.

Los que padecemos.

Los que viajamos en el metro en el que ya voy a bordo. Releo El club de la pelea. Su idea de la anarquía me invade lo que dura el trayecto hasta Tasqueña. Cuando llego guardo el libro porque en el tren ligero las cosas ya están pesadas: un chingo de gente aborda el mini convoy hacia el Estadio Azteca. Va directo y sin escalas. En el camino observo a las personas que van apretujadas junto a mí: por ejemplo, un par de ancianos que se dirigen hacia allá (todos vamos hacia allá). Van comentando, emocionados, lo que les espera, la inminente victoria de su candidato. En el exterior una gasolinera de una empresa privada se vislumbra; unos camiones de acarreados estacionados en hilera, uno tras otro. La gente que por voluntad propia camina hacia allá.

Salimos a duras penas. El puente peatonal está repleto y hacia la explanada del estadio se aprecia un océano de caminantes. Alguien expresa: Nunca se había visto algo así aquí. Me desplazo entre la gente con la habilidad de quien ya ha experimentado otros conciertos: en ese sentido el Amlofest es como cualquier otro: hay playeras, gorras, tazas, carteles, bolsas, plumas, máscaras y toda la parafernalia imaginable en torno al Peje.

Me adentro en aquella marea de gente: hay filas por doquier, así que me dejo llevar.

Tomo algunas fotografías.

No todos tienen boletos -que son gratuitos- y cuando alguien osa repartirlos -organizadores o almas caritativas- las olas embravecen y todo el mundo se abalanza por ellos.

Yo no tengo.

La “fila” en la que voy avanza hacia la entrada del estadio. Llevo la mochila a cuestas. Tomo más fotografías. La gente alrededor platica muy entusiasmada por estar ahí, por ser parte de un hecho histórico. Que no quepa duda, pienso, López Obrador hace tiempo que hizo historia (de Anaya y Meade nadie va a acordarse en seis años, pienso también). Y lentamente avanzamos. Me detengo en un punto, en una carpa que es puesto de dulces, chicles, refrescos y cigarros. Desde ahí tomo otras fotos mientras espero por un boleto. Unas personas intercambian algunos; precisamente traen playeras de los partidos de la coalición Juntos haremos historia. No me atrevo a pedirles uno (insisto en que no soy reportero). Aguanto un poco más hasta que alguien grita: ¿Alguien necesita boletos? Y alzo el brazo, lo pasan mano a mano hasta que llega a mí y avanzo con ellos. Alguien me dice de pronto: Traes abierta la mochila. Mierda. Supuse que pasaría por llevarla así. Reviso, pero al parecer no me robaron nada. Avanzo. Avanzamos. Se lanzan algunos cánticos, mezclas de lo que se canta cuando juega el América aquí, en su casa, con los que se cantan en los mítines de AMLO, y que ahora se me escapan los dos juntos (gracias a Dios).

Cuando llegamos a la reja de entrada ahí hay más gente pidiendo boletos. Solidaricémonos con quienes no tienen uno y rolen, por favor, dice un hombre trepado en las alturas de algún sitio. En cuanto la gente entra, en cuanto entramos, en la explanada que ya conduce directo al estadio la gente se dispersa, se abre, y cada quien trata de ir hacia la entrada que marca su boleto. Para entonces ya es un desmadre y los guardias, a diferencia de los conciertos de a deveras, son flexibles y dejan pasar casi por donde sea. Pienso entonces en la inutilidad de los boletos. En que quizá debieron dejar abiertas las puertas y ya.

Tomo fotos.

Retumba el sonido en las estructuras del estadio; la música se hace más nítida conforme me acerco. Entro por cualquier pasillo y vislumbro, ya en las altas gradas, un asiento. Margarita, la diosa de la cumbia, se está rifando en el escenario. Una pareja solitaria, en la lejanía, baila bajo su ritmo.

Tomo asiento y tomo fotos.

El cielo amenaza con lluvia: algunas gotas comienzan a caer pero el agua brinda una tregua y no ocurre sino hasta la medianoche, cuando todo ya ha terminado. Cuando ya estoy en casa, hecho polvo pese a las pocas horas ahí; más por los apretujones, el gentío, los gritos, y el entusiasmo que por otra cosa. Quizá por el hartazgo que finalmente vislumbra su fin.

El tiempo se pasa rápido y de pronto Belinda ya está arriba. Como una amiga posteó en sus redes, no sabía que tenía un set list tan vasto. Conozco un par de sus canciones (aunque desconozco los títulos) y, no puedo negarlo, su belleza me cautiva por primera vez (nunca me había cautivado). Será que soy un observador solitario.

Tomo fotos.

Belinda cierra el concierto con su hit ‘Sapito’, seguido de un cover a Alejandro Fernández y la previa aparición de un artista del que no supe su nombre pero que todo el mundo ovacionó.

Y arriba el cielo comienza a oscurecerse.

Pienso que la cosa va a extenderse mucho más, a sabiendas que el señor López viene de algún lugar del interior de la república, pero no, ya está por llegar. Así lo anuncia el presentador. Así lo anuncian las pantallas.

Es que la gente se levanta.

Y, en cuanto llega, los miles que están ahí aplauden y le gritan a Andrés Manuel López Obrador: Presidente, presidente.

Es cuando abandono el estadio.

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Texto publicado originalmente en Kaja Negra.