Por la calle de Jesús María

Por Armando Ramírez*

Esta mañana después de muchos años caminé por la calle Jesús María. Muchos años quiere decir: cinco años. Pero no es eso lo que quiero apuntar en este cuaderno de notas que de muchas maneras cumple la función de un diario. Por la calle de Jesús María, a la altura de la calle La Corregidora, me encontré con una figura majestuosa envuelta en un grueso abrigo que se sentía pesado, tal vez por la mugre acumulada de años, y que daba la impresión de nunca haberse quitado de ese cuerpo; la barba era rala y larga, y en el rostro las costras de mugre no evitaban sentir hacia ese hombre una sensación de divinidad. Eso fue lo primero que me llamó la atención; pero a medida que me puse a observarlo con mayor detenimiento se me fue haciendo conocido, hasta que recordé que ese hombre era alguien que en el pasado, durante algunos meses, había influido de manera determinante en mi personalidad, o en mi forma de ser. Entonces no sabía qué quería en la vida; ahora tampoco creo saberlo muy bien, pero en esa época era más joven, cinco años. No sé si sea un buen pretexto, pero el hecho es que viví intensamente esos pocos meses, aquí en la Merced. Yo ahora me gano la vida escribiendo reportajes, soy un freelance. A veces tengo buen dinero, digo, más de de lo que estuve acostumbrado a tener en la primera etapa de mi vida; otras no tanto, pero no soy más pobre de lo que he sido. Soy un autodidacta. Lo que me salva, dicen los que se las dan de saberlo todo, es que leo, desordenadamente pero leo todo lo que cae en mis manos. Me gusta mucho leer novelas, por eso es que ahora que he visto a ese hombre dirigiendo el tráfico de la calle de Jesús María, me he propuesto escribir una novela de una cosa que viví en parte y en la otra fui un testigo poco fiel. Soy periodista porque me es una forma fácil de ganarme la vida. Digo esto porque la historia que me propongo escribir no quiere ser una historia que resulte una investigación donde el autor se gasta decenas de cassetes interrogando a los protagonistas, ni gasta tinta en libretas apuntando fechas, lugares, en parte porque él es güevón y en parte porque le gusta imaginarse las cosas.

Por lo mientras apunto, a lo mejor, algún día lo haré, ese es mi propósito y esta nota en mi cuaderno me servirá para no olvidarme de mi intención.

Creo que ese hombre que vi esta mañana puede ser el hombre que vivió mi historia, la que algún día contaré.


*Fragmento de su novela Noche de califas.

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