Como rockstar, divinidad y presidente

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Tan pronto Andrés Manuel López Obrador comenzó su discurso, abandoné el estadio.

El solo hecho de imaginarme a toda esa gente -la capacidad del Azteca y mucho más, aunque quizá muchos menos de los que habrían ido al Zócalo- queriendo hacer lo mismo, cuando acabara todo, me obligó a decidirlo.

Qué incómodo resulta el Azteca para escaparse, pensé.

Qué incómodo que se celebre el fin de una campaña antisistema en la casa del sistema.

Qué incómodo celebrarlo en donde los adversarios de los dos sexenios pasados también lo celebraron (aunque dudo que en ambos casos haya ido tanta gente).

Así que miré avanzar a Andrés a través de las pantallas, entre la gente, dando abrazos, saludando a todas esas manos que, como el rockstar, divinidad y (casi) presidente que es, buscaban tocarlo, poseer un momento de su gracia. De su grandeza.

Como lo hice yo alguna vez.

Ya había pasado el 2012. Era la presentación de uno de sus libros. Por la Bombilla, en San Ángel, en la Ciudad de México. El recinto estuvo, vaya sorpresa, atascado. Pero no de este modo. Y cuando todo terminó, Andrés y los suyos caminaron por la pequeña explanada. Era de noche: recuerdo al príncipe de Macuspana caminando lento, entre las sombras. Y me recuerdo a mí pensando: acércate, es ahora o nunca. Me recuerdo acercándome. Nadie se me interpuso, aunque por un momento pensé que eso sucedería.

El recuerdo se distorsiona ahora.

Quizá le tomé el hombro y el antebrazo, la mano, y le dije: Mucho gusto, presidente. Él sonrió, quizá puso su mano sobre mi hombro y sujetó mi antebrazo. Y siguió su camino: ahora avanzaba iluminado por una luz que lo seguía por todo aquel trayecto del Azteca también repleto de tinieblas hasta que arribó al estrado en el que ya estaba todo su equipo.

Al menos eso imaginé, pues me encontraba muy lejos de él a diferencia de aquella vez: a espaldas del escenario, en una grada lejana.

Y entonces habló Claudia Sheinbaum, la todavía candidata para gobernar la CDMX que un día gobernó -y bien- Andrés, pero sus palabras se me extraviaron entre el rebote de las estructuras pambolísticas y el estruendo ensordecedor de toda esa gente que no paraba de gritar: Presidente, presidente.

Y salí.

Conforme abandonaba el estadio la voz del tres veces postulante al ejecutivo se fue perdiendo junto con la algarabía de sus seguidores, y así cada vez más hasta que me acerqué a la escalera que conduce a la estación del tren ligero homónima del recinto casa de la bipolar Selección Mexicana de Futbol (acertadísimo, un colega puso en sus redes: El mundo al revés: fútbol en el Zócalo, y política en el Azteca). Pensé que ahí afuera me encontraría, como había rumorado la gente cuando llegué cuatro horas antes, con unas pantallas que estarían transmitiendo el evento ahí afuera. Pero no, al parecer todo el que tenía que entrar entró; incluso hubo algunos que apenas llegaban, corriendo, vociferando que no querían perderse a Andrés Manuel.

Yo tampoco quería perdérmelo, por lo que accedí a escribir esta crónica (ojo: que no por eso se me considere periodista, no; como puede leerse, acaso soy un chismosín que balbucea) y me alisté para encontrarme nuevamente con López Obrador. Pero como no quería chutarme el cartel completo que compondría el Amlofest, procuré salir de casa a la hora en que el espectáculo dio inicio: a las cuatro de la tarde. Supe de otros colegas (ellos sí, periodistas en toda regla) que ya estarían ahí cubriendo, gafete de prensa en cuello, desde temprano. Yo, en cambio, caminé muy relax hacia el metro y antes de sumergirme hacia los torniquetes me detuve a comer en un puesto de tortas donde además venden comida corrida y otros antojitos. Pero ya no había menú, así que pedí de la carta unas quesadillas de papa y unos tacos dorados de pollo. Ya había visto ese puesto antes, pero nunca me había detenido a comer ahí. Lo atienden tres mujeres de tres generaciones distintas. La más grande ya estaba levantando todo y me miró feo. La de enmedio fue la que me atendió amablemente: la comida estuvo maravillosa. La más joven, quien me preparó un licuado de fresa, era también un poco malencarada. Regañó a su hijo (bueno, al mocosín -literal- que estaba ahí) por comerse las piedras que le sobraban a la pared de la casa ruinosa que estaba frente a ellas.

—¿Desde qué hora están aquí? —le pregunté a la mayor, mientras levantaba una lona y yo mordía las quesadillas. Me miró feo y me dijo:

—Desde las siete de la mañana.

Entonces pensé en aquella inmensa mamada (perdóname, lector) de que el cambio radica en uno mismo. Algo tendrá de cierto, puede ser, pero estas mujeres, pensé, rifándose el físico desde las siete a eme, todos los días, preparando una deliciosa comida, apenas y sobreviven.

Y pensé: ¿Pos qué más quiere uno de uno mismo?

Bienestar. Un poquito de bienestar, pienso.

Y entre otras cosas eso ofrece Andrés Manuel. (Los otros también, pero se lo han pasado siempre por el arco del triunfo de la corrupción.)

Cualquiera puede decir: acabar con la corrupción no acabará con todos nuestros problemas. Puede ser. Pero será un avance. Un cambio. Que hará que en cincuenta, en cien años, quienes vengan no padezcan como nosotros.

Los que padecemos.

Los que viajamos en el metro en el que ya voy a bordo. Releo El club de la pelea. Su idea de la anarquía me invade lo que dura el trayecto hasta Tasqueña. Cuando llego guardo el libro porque en el tren ligero las cosas ya están pesadas: un chingo de gente aborda el mini convoy hacia el Estadio Azteca. Va directo y sin escalas. En el camino observo a las personas que van apretujadas junto a mí: por ejemplo, un par de ancianos que se dirigen hacia allá (todos vamos hacia allá). Van comentando, emocionados, lo que les espera, la inminente victoria de su candidato. En el exterior una gasolinera de una empresa privada se vislumbra; unos camiones de acarreados estacionados en hilera, uno tras otro. La gente que por voluntad propia camina hacia allá.

Salimos a duras penas. El puente peatonal está repleto y hacia la explanada del estadio se aprecia un océano de caminantes. Alguien expresa: Nunca se había visto algo así aquí. Me desplazo entre la gente con la habilidad de quien ya ha experimentado otros conciertos: en ese sentido el Amlofest es como cualquier otro: hay playeras, gorras, tazas, carteles, bolsas, plumas, máscaras y toda la parafernalia imaginable en torno al Peje.

Me adentro en aquella marea de gente: hay filas por doquier, así que me dejo llevar.

Tomo algunas fotografías.

No todos tienen boletos -que son gratuitos- y cuando alguien osa repartirlos -organizadores o almas caritativas- las olas embravecen y todo el mundo se abalanza por ellos.

Yo no tengo.

La “fila” en la que voy avanza hacia la entrada del estadio. Llevo la mochila a cuestas. Tomo más fotografías. La gente alrededor platica muy entusiasmada por estar ahí, por ser parte de un hecho histórico. Que no quepa duda, pienso, López Obrador hace tiempo que hizo historia (de Anaya y Meade nadie va a acordarse en seis años, pienso también). Y lentamente avanzamos. Me detengo en un punto, en una carpa que es puesto de dulces, chicles, refrescos y cigarros. Desde ahí tomo otras fotos mientras espero por un boleto. Unas personas intercambian algunos; precisamente traen playeras de los partidos de la coalición Juntos haremos historia. No me atrevo a pedirles uno (insisto en que no soy reportero). Aguanto un poco más hasta que alguien grita: ¿Alguien necesita boletos? Y alzo el brazo, lo pasan mano a mano hasta que llega a mí y avanzo con ellos. Alguien me dice de pronto: Traes abierta la mochila. Mierda. Supuse que pasaría por llevarla así. Reviso, pero al parecer no me robaron nada. Avanzo. Avanzamos. Se lanzan algunos cánticos, mezclas de lo que se canta cuando juega el América aquí, en su casa, con los que se cantan en los mítines de AMLO, y que ahora se me escapan los dos juntos (gracias a Dios).

Cuando llegamos a la reja de entrada ahí hay más gente pidiendo boletos. Solidaricémonos con quienes no tienen uno y rolen, por favor, dice un hombre trepado en las alturas de algún sitio. En cuanto la gente entra, en cuanto entramos, en la explanada que ya conduce directo al estadio la gente se dispersa, se abre, y cada quien trata de ir hacia la entrada que marca su boleto. Para entonces ya es un desmadre y los guardias, a diferencia de los conciertos de a deveras, son flexibles y dejan pasar casi por donde sea. Pienso entonces en la inutilidad de los boletos. En que quizá debieron dejar abiertas las puertas y ya.

Tomo fotos.

Retumba el sonido en las estructuras del estadio; la música se hace más nítida conforme me acerco. Entro por cualquier pasillo y vislumbro, ya en las altas gradas, un asiento. Margarita, la diosa de la cumbia, se está rifando en el escenario. Una pareja solitaria, en la lejanía, baila bajo su ritmo.

Tomo asiento y tomo fotos.

El cielo amenaza con lluvia: algunas gotas comienzan a caer pero el agua brinda una tregua y no ocurre sino hasta la medianoche, cuando todo ya ha terminado. Cuando ya estoy en casa, hecho polvo pese a las pocas horas ahí; más por los apretujones, el gentío, los gritos, y el entusiasmo que por otra cosa. Quizá por el hartazgo que finalmente vislumbra su fin.

El tiempo se pasa rápido y de pronto Belinda ya está arriba. Como una amiga posteó en sus redes, no sabía que tenía un set list tan vasto. Conozco un par de sus canciones (aunque desconozco los títulos) y, no puedo negarlo, su belleza me cautiva por primera vez (nunca me había cautivado). Será que soy un observador solitario.

Tomo fotos.

Belinda cierra el concierto con su hit ‘Sapito’, seguido de un cover a Alejandro Fernández y la previa aparición de un artista del que no supe su nombre pero que todo el mundo ovacionó.

Y arriba el cielo comienza a oscurecerse.

Pienso que la cosa va a extenderse mucho más, a sabiendas que el señor López viene de algún lugar del interior de la república, pero no, ya está por llegar. Así lo anuncia el presentador. Así lo anuncian las pantallas.

Es que la gente se levanta.

Y, en cuanto llega, los miles que están ahí aplauden y le gritan a Andrés Manuel López Obrador: Presidente, presidente.

Es cuando abandono el estadio.

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Texto publicado originalmente en Kaja Negra.

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