En aquel océano color de hierro

Para Jocelyn, con todo mi amor

Conforme avanzó el concierto las luces se tornaron de un azul mucho más profundo.
Triste.
Azul al fin.
Y en él me sumergí, en aquel océano color de hierro.
Una o dos horas después avancé bajo la lluvia, cubriéndome con la playera del ‘Vulgar display of power’ de Pantera que acababa de quitarme por una que compré de Bad Religion tras salir del concierto en el que había estado soñando: Alcest. Lamenté en el camino mi decisión precipitada, junto a los tres amigos con los que iba, quienes dijeron sobre los músicos franceses que eran auténticos seres de luz navegando en las turbiedades de la oscuridad; que su música era un homenaje transgresor de lo simple volviéndolo complejo.
Algo así comentaron.
Y al quedarme solo, en un punto del camino, pensé en ella.
En si habría ido al concierto donde, es curioso también, me encontré a la persona que más odia a Pantera en este mundo.
Con él me tomé un par de fotos.
Él, a quien le digo ‘padre’ con mucho cariño.
Ella, en cambio, es una de las personas que más adora a Pantera.
Y en ella pensé.
Recuerdo su foto con Vinnie Paul.
En ella está escrito que él es su padre.
Lo parece de verdad.
Porque además ella es baterista. E, insisto: ama a Pantera sobre todas las cosas.
Recuerdo una vez en su casa -una ocasión más lejana de lo que quisiera- en la que bebimos whisky escuchando ‘Avoid the light’, mi canción favorita de ese grupo, quizá de las diez canciones de toda la vida que me llevaría a una isla desierta.
Nunca la había escuchado con nadie hasta ese día.
Y pensé en ella, pues, bajo aquel coro inmenso que lloraba, entre los interminables gritos empapados de demencia
que parecían
abrir
el infierno,
pensaba en si habría ido o no al concierto. Suplicaba por que sí, cubriéndome con aquella playera con el estampado de aquel disco de Pantera, y pensando un ’cuando llegue a casa le escribo’ acompañado de un agónico ‘habría sido bueno verla y acompañarnos de regreso’. Porque además vivimos cerca el uno del otro. Tan cerca como estaba ella de mí sin que ella lo supiera.
Pero así me fui, solo, pensando si escribiría o no algo acerca del enorme concierto que acababa de celebrar Alcest, y me dije ‘ya veré ahora, ahora que llegue a casa’. Y caminé bajo la lluvia pensando también en aquel otro amigo que me encontré ahí, ya afuera, quien los vio la vez pasada que vinieron y en cuya memoria aquella ocasión fue mejor que ésta.
Yo, de cualquier modo, me sumergí entre la muerte y el silencio. Entre aquellas luces que transitaban en la neblina fabricada, entre las larguísimas matas que se movían en el lento y contundente sincopado de la batería. Detrás de mí estaba mi gran amigo, el que me avisó a últimas de este concierto que ya había olvidado. (De nuevo le agradezco.) Al ponerme esa playera, la del Vulgar de Pantera, horas antes, pensé en que lo vería y en que llevaba con ella ya dos días. Él llegó a tener una sudadera con aquella imagen; le gustaba mucho la banda y a mí me gustaba tanto esa prenda que por eso me compré esta. Y pensé: a ver qué me dice cuando me la vea puesta, aunque no me dijo nada. Y pensé: no sé si sea indicado ir a un concierto de Alcest con una playera de Pantera: es la brutalidad pura contra la refinada pulcritud de la melancolía.
Melancolía
pensé
y pensé también en ella. En esa palabra y en ella. En el texto que le mostré hace no mucho, de mi maestro muerto, quien escribió una vez sobre ese demonio del mediodía, la melancolía, que era otra forma de sonreírle a la vida.
Y yo, ahí en el concierto, elucubré que algo de eso habría de mencionar en el texto sobre Alcest que probablemente escribiría, mientras a mi alrededor la gente estaba tan sumergida como yo en aquellas aguas luminosas cuya profundidad nos envolvió en su insondable negrura.
Y saludé a mi amigo que es mi padre, el que odia a Pantera.
Y a mi amigo que ya había visto a Alcest, con quien comparto la música y la escritura (como pasa con ella).
Y me despedí de mi broder de toda la vida. De los otros dos compas.
Y me fui solo, entre la lluvia, para llegar a casa, colgar la playera empapada en el respaldo de una silla, encender la computadora pensando en ella, en la forma en la que la agregaría en el texto que ya estaba tecleando en la cabeza, poniendo mientras tanto en YouTube ‘Sur L’Océan Couleur De Fer’, el océano color de hierro, para ambientarme más y lograrlo de inmediato al abrir las redes y enterarme que Vinnie Paul había muerto.
Muerto.
‘Y entonces la muerte y el silencio
emanan
como un muro oscuro’,
me gritó la canción
y su nombre, el de ella, me acaparó.

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