Sobre robarse algunos libros

Yo sé que nadie va a creerme.

Pero ese día, no tiene mucho, sentado en aquella hermosa biblioteca pública, mientras miraba uno de los anaqueles iluminados por una tenue y verdosa luz, pensé en Bruce Davidson.

En específico pensé: “Estaría pocamadre que aquí hubiera algún libro de él…”, y de inmediato me reviré: “… pero por supuesto que no habrá ninguno”.

No tengo idea de por qué pensé en él precisamente, más tratándose de un fotógrafo (los libros de esta disciplina artística son más difíciles de hallar), pero entonces giré un poco el cuello, mientras un joven y ambicioso diseñador gráfico hablaba sobre los pros y contras en la creación de un logo, y lo vi.

Vi a Bruce Davidson.

Increíble: arrumbado junto a otros volúmenes, estaba Subway.

“Debo estar alucinando”, pensé entonces, pero el lomo de aquel volumen, de fondo negro y letras doradas, me dijo: “Ven y compruébalo”.

Así que levanté el trasero tan discretamente como pude, mientras hablaba aquel joven y ambicioso diseñador gráfico, y me acerqué. Conforme lo hacía miré a la bibliotecaria, quien me quiere mucho, por lo que me hizo un gesto de: “Tómalo, con confianza”.

Y lo tomé.

Yo sé que nadie va a creerme, y que me llamarán simplemente ladrón. Rata. Rata inmunda. Pero ya me había pasado una cosa así no mucho antes, con otro fotógrafo.

Iba levantando mi joroba de la silla reclinable, iba despidiéndome de la dentista, y en su librero alcancé a vislumbrar, entre un montón de libros y revistas sobre odontología y otros temas, un lomo rojo con negro, letras blancas, que llamó mi atención.

—¿Puedo verlo? —le pregunté.

—Adelante —me dijo, con la sonrisa que evidentemente la caracteriza.

Y lo vi.

Era el libro Rodrigo Moya. Una mirada documental. Recién le había entrado a este gran fotógrafo y cuentista mexicano, y no podía dar crédito a que estuviera ahí ese ejemplar (que estaba buscando), tan a la mano, tan…

—¿Me lo presta?

La dentista dijo que yes, no problem, myfriend, luego me guiñó el ojo, y hasta el día de hoy ese libro reposa en mi librero, ya acomodado con los otros libros sobre foto que tengo. (Y creo que quiere quedarse ahí, pues no me ha dicho lo contrario.)

La misma pregunta le hice a la bibliotecaria. Su respuesta fue: claro, Sami, llévatelo, te lo presto. Una amiga que me acompañaba aquel día dijo que al decir eso la bibliotecaria también me guiñó el ojo.

Yo no sé qué significa eso del guiño-guiño.

Lo que sí es que no entiendo muy bien a quienes están en contra del robo de libros.

A mí me han robado libros. Los que he prestado y los que no.

Al principio duele un poco, cierto, pero después se pasa, ¿no? (Veo que hay gente a la que nunca se le olvida.)

Estoy de acuerdo con que hay libros muy difíciles de conseguir, invaluables por su valor comercial o sentimental, ediciones raras, incunables. Pero quizá por eso mismo su atractivo para robarlos aumenta.

¿No?

No lo sé.

Esta ocasión, como siempre, tengo más preguntas que respuestas.

Así que de una vez lanzo un par:

  1. ¿Acaso robarse un libro no es lo mejor que alguien se puede robar?
  2. ¿No es incluso plausible que alguien robe un libro por su enorme deseo de poseerlo?

He pensado, sobre los libros que me han robado, que esa persona quiere llevarse un trozo de mí y pues qué mejor que se lleve un libro y no… em… la televisión o el licor (que también robé cuando pisteaba. Nadie habla sobre el enorme problema del robo de licor).

Yo mismo pensaba eso de ciertos libros que robé a ciertos amigos. Que lo hacía para quedarme con una parte de ellos. Aunque siempre terminaba pidiéndoselos prestados antes, porque sentía feito robarles, pero eso sí, se los pedía prestados con la firme intención de nunca devolverlos.

En cambio, con mis enemigos robaba sin piedad.

Solo lo hice un par de veces, con ayuda de un par de cómplices, y la verdad es que dichos volúmenes no los conservé. Porque me recordaban a la persona en cuestión todo el tiempo (lo cual, si se trataba de alguien querido estaba más o menos bien, pero no cuando se trataba de alguien que te aborrece). Así que opté por regalarlos a los más necesitados. Rolarlos. Abandonarlos en alguna estación del metro.

Yo mismo he sido testigo del robo de un par de libros a seres despreciables y jamás delataré a los robadores aunque eso me vuelva tan culpable como ellxs.

Pero antes de seguir con mi chafa dilucidación, tengo otra duda:

  1. ¿Qué clase de brujería fue esa de que dos libros fotográficos “me llamaron” antes de haberlos visto?

Y una más:

  1. ¿Ustedes han sentido ese llamado, ya sea con los libros o con cualquier otra cosa (siempre hablando de objetos, claro, sin guiño de por medio ;)), de que aquello en cuestión les pertenece por algo que ustedes no comprenden?

Bueno, eso me pasó, aunque de antemano sé que nadie va a creerme.

Sentí ese llamado imperioso del inframundo, y puesto que robar en ambos casos se preciaba imposible, pedí prestado, fiado.

De esa misma forma me pasó con otro libro, también recientemente, pero este de Roald Dahl, sus Cuentos completos (un libro que he regalado dos veces): estaba pensando tanto en él (pues no lo tengo y es de mis favoritos), que cuando lo vi en el librero de un gran amigo, con el que cenaba, le dije, de plano:

—¿Me lo vendes?

—Emmm… te lo presto… —me dijo a sabiendas que jamás volvería a él. (Me lo confirmó su rostro bigotón.)

Me lo llevé y ahora reposa con los otros libros de cabecera, y no puedo dejar de pensar de quién proviene, lo cual en este caso, insisto, está bien.

Y ahora que lo pienso, no recuerdo la primera vez que robé un libro.

Con claridad recuerdo, a lo mucho, cuatro o cinco de las veces en que lo he hecho.

Acaso la vez que robé el Hijo de Satanás de Bukowski, pues esa sí que es inconfesable. (Y no olvido a quién pertenece ese libro, desde luego.)

Chale, no tengo vergüenza (y a veces, como puede verse, no tengo dinero).

Recuerdo la vez que otro colega, en un trabajo que teníamos, me dijo:

—Tienes una manía por robar libros. Libros que son de otros y que se te antojan.

  1. ¿Codicia se le llama a eso?

Y es verdad: no he robado libros en librerías, ni siquiera en las de viejo, donde a veces se presta.

Soy incapaz, no tengo arrestos.

Así que, aunque me parezca a alguno, no soy de los ladrones que salen en las fotos que luego ponen en las entradas de las librerías o frente a sus cajas registradoras.

Una vez, a propósito, en un supermercado, con una chica, robamos una revista. Era una revista un tanto cara y que no estábamos dispuestos a pagar por lo poco que queríamos leer de ella (la hubiéramos leído ahí, pero la adrenalina del hurto también cuenta). Fue que ella se la metió entre el pantalón y la playera. Pasamos, nerviosísimos, con nuestras bolsas más o menos repletas, la zona donde tienen los detectores.

No sonaron.

Ya no recuerdo qué revista era y si aún la tengo.

Ni sé qué ha sido de esa chica.

Ah, creo que la primera vez que traté de robar un libro ocurrió cuando iba en la primaria.

Era un concurso de lectura, y para prepararme algún profesor sugirió que utilizara el material de la biblioteca. “El rincón de lectura”, que le llamaban. Era un sitio oscuro, sin luz, repleto de telarañas, con un mueble de hierro, una estantería donde tenían los libros apilados. Recuerdo que me llevé unos quince tomos, delgaditos, de cuentos que ya no recuerdo, pero que tenían dibujitos y todo. Seguro me lo estoy inventando, pero pensé no devolverlos: al fin y al cabo nadie más los leía.

Eso también pasa: un libro no robado es un libro no leído.

Muchas veces pienso que de no ser robado, ese libro está aún más condenado al olvido.

Pero bueno, no, no siempre pasa eso.

Recuerdo cuando una amiga de la universidad me prestó con mucho entusiasmo una novela que en ese momento ella acababa de leer y que había disfrutado mucho. Canon de Federico Reyes Heroles.

—Ni se te ocurra robártelo. Me lo devuelves en una semana y me dices qué piensas —me dijo, tan bonita y cachetona como sigue siendo.

Así lo hice, lo leí en chinga y se lo devolví. No me gustó mucho. Me pareció una mala copia de La insoportable levedad del ser, que yo recién había leído. No recuerdo si se lo dije. Creo que no.

Uno de mis mayores hurtos fue en la biblioteca de mi padre, justo en aquellos años de universidad. De ella tomé Cien años de soledad, Una realidad aparte, y el mencionado La insoportable levedad del ser; libros que él había leído en su juventud. Aunque luego se los pedí oficialmente y no tuvo reparo en dármelos.

Incluso robé un libro de mi autoría de una cafetería en la que se exhibía porque necesitaba un ejemplar para regalárserlo a una chava.

Carajo, eso ya fue demasiado.

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