Steve Rothery (o de todo lo que perdimos pero seguimos recordando)

Inventaré que sueño.

Y que cuando miro al frente está el mar.

A un lado mío, construida sobre la arena blanca, hay una enorme tortuga.

Y frente a ella, tú.

Sobre el caparazón escribes nuestros nombres.

Conforme las olas golpean nuestros pies, el polvo infinito y las rocas, me miras sonriendo.

Solo estamos tú y yo en ese sitio: a nuestras espaldas una ciudad devastada, poblada por fantasmas, nos observa a nosotros.

Luego miras hacia el frente y ahí, al fondo, teñido de rojo, está el cielo.

Tu cabello, dorado por la luz, cubre la sonrisa de tu rostro.

Inventaré que al acercarme a ti hago a un lado el mechón que atraviesa tu mejilla y que ese sitio de tu rostro es el que beso.

Luego me abrazas.

Inventaré que al hacerlo alcanzo a percibir tu olor, pues un hueco en el corazón que no he logrado aniquilar del todo me despierta sin remedio.

–Notalgia, éste álbum va de eso. De la niñez, de aquél verano, de cuando teníamos cabello, de todo lo que perdimos pero seguimos recordando –dice Steve Rothery, sonriendo, a quienes lo vemos desde unas sillas negras de metal, numeradas por detrás con un brochazo amarillo. O acaso es cinta de ese color.

Acaba de tocar ‘Morpheus’, el track abridor de su álbum debut como solista: The ghosts of Pripyat.

O quizá acaba de tocar ‘Old man of the sea’, el tercer tema de aquel disco y segundo de este set list. Lo digo porque aquella ensoñación en la playa de arena blanca sería, sin duda, musicalizada por esta pieza que de inmediato me transporta a un bote sobre el mar en el que se rema frente a la persona amada mientras el cielo, nublado, amenaza con tormenta.

–¡De cuando estabas delgado! –le grita a Rothery un sujeto a mis espaldas.

O te recuerda a Hemingway, como también lo hace ‘Ocean cloud’, de Marillion, la banda que este hombre (sí, gordo y calvo) fundó cuarenta años atrás.

Así lo resalta el flyer de este concierto, que anuncia también un abridor, llamado Gabriel Agudo, guitarrista argentino que ha colaborado con Rothery, entre otros destacados músicos del mundillo progresivo.

–¡Trovador de metro! –le grita a este guitarrista otro sujeto, que está precisamente a un lado del que gritó primero.

En una de mis manos llevo una bolsa de plástico rosada, dentro de la cual hay una playera negra con el estampado del álbum Brave de Marillion, pero con el logo de la era Fish, imagen que la banda usó en su discografía hasta el Seasons end, por lo tanto también en el último larga duración que grabó con ellos el legendario vocalista (aunque prefiero a Hogart), el Clutching at straws, que para mi absoluto regocijo y sorpresa tocará la Steve Rothery Band en su integridad esta noche.

En la otra mano llevo unos cacahuates japoneses que compré también afuera, por diez pesos, luego de comprar el disco y la playera. Los devoro con sigilo tras haberlos depositado en una de las bolsas del saco que llevo puesto; los hombres que están detrás de mí continúan haciendo chistes y comentarios de los que solo ellos se ríen.

El disco que está en la bolsa rosa de plástico es un sencillo de ese álbum de Marillion que casi es mi favorito si no existiera Marbles: Alone again in the lap of luxury. Un cd que hallé por cien pesos. Los vendedores foráneos ya solo tenían esos materiales: sencillos extraños y discos en concierto también raros; material que solo los coleccionistas compran. Y aunque no me considero uno muy serio, husmeo junto a ellos en búsqueda de algo que engrose mi pequeña colección, la cual aún carece de un par o tres títulos de la discografía de esta banda inglesa que esta noche de viernes, tranquila y huachicolera, ha congregado a un montón de encopetados individuos.

Y es que los hombres que están detrás de mí parecen ser de esos coleccionistas de los que hablo. Sujetos con la cartera repleta que ya alcanzan el medio siglo y que conversan sobre bandas míticas, impronunciables, inalcanzables para el resto de nosotros: mortales cualesquiera que hemos de escuchar sus sabios comentarios, que hemos de apreciar su exacerbado fanatismo.

Individuos que visitan el tianguis del chopo cada sábado para intercambiar sus valiosísimos viniles o solo para hablar de ellos.

Yo lo único que quiero es golpearlos.

Bueno, no tanto, pero estoy a nada de pedirles amablemente que se callen.

(Y ahora mismo recuerdo que la primera vez que vi a Marillion, en el Metropolitan, precisamente iba agarrarme a golpes con un individuo, en la fila de entrada, no sé por qué motivo.)

–Esta canción habla de un momento muy importante para mí, un parteaguas en mi vida: hace un año exactamente tuve un accidente de automóvil que casi me cuesta la vida y la de mis hijas… –dice Agudo, el guitarrista, y pide al público que aprecie sus composiciones, las cuales toca él solo en compañía de su guitarra electroacústica.

–¡Échate la de ‘Señora de las cuatro décadas’! –grita un tercer sujeto, aunque quizá sea alguno de los dos primeros.

Volteo a mirarlos.

En efecto, están en la cincuentena, llevan cada uno una cuba repleta en las manos, ropa deportiva y jeans de marca; estos individuos se regodean de conocer músicos mucho más capaces -técnicamente- que Agudo, quien espera que al público, es decir a ellos, a mí y a todos los que estamos, le lleguen sus canciones tanto como a él le llegaron al componerlas.

–Pinche Bon Jovi, este wey, me cae –dice, sin gritar por fin, para su compañero, uno de los dos. Ambos ríen, brindan y beben.

Yo coloco el vaso de chela y la bolsa rosa en el piso, por si acaso es necesario usar las manos, pero la música de Agudo nomás no me llega. Odio darme cuenta de eso de inmediato, y de inmediato lo lamento por él: lo observo tocar sus rolas con entusiasmo, pero mejor recupero la cerveza del piso y la bebo tranquilamente luego de empinarme dos cacahuates, sentado, al ritmo de sus melancólicos aunque fríos acordes. Lo bueno es que aquí, en el Auditorio Blackberry, hay quienes le aplauden más o menos eufóricos; quizá se trate de las mismas personas que momentos antes también aplaudieron a los organizadores, quienes por iniciativa propia y con apoyo de nosotros, fans de Rothery, según dicen, a la manera de Marillion (precursores del crowdfunding) trajeron a la banda solista del guitarrista solista.

–¡Este aplauso es para ustedes! –dice un organizador y la gente aplaude.

Yo no.

Demasiado optimismo para mí.

Porque también invitan al público a apoyar ésa y otras causas nobles que organizan. “Ahí afuera hay un stand con toda la información, entren a nuestra página web, a nuestras redes sociales…”. Escucho eso mientras un hombre mayor me conduce en la incipiente oscuridad hacia mi asiento. Le rolo diez pesos que encuentro en mi bolsillo trasero del pantalón y le doy las gracias. Mi lugar está entre dos individuos, en un espacio por el cual nuestras piernas necesariamente se rozan.

Gabriel Agudo inicia unos cinco minutos después. Se presenta, presume su currículo, y toca tres canciones. O cuatro. O dos. Todas con un discurso de preámbulo que aborrezco. Luego invita al tecladista de la Steve Rothery Band a subir con él al escenario, y luego invita al hombre por el cual estamos todos aquí esta noche.

El autor de The ghosts of Pripyat.

Ese disco reposa en una de mis repisas junto a la discografía incompleta de Marillion. En algún lugar debo tener la nota que lo acompañaba, si es que lo acompañaba alguna nota. Una felicitación por mi cumpleaños, quizá la última que recibí de tu parte esa fecha.

Tú, la mujer a la que sueño en la playa, con una tortuga y nuestros nombres en la arena blanca.

Lo tengo ahora, junto a mí, mientras tecleo estas palabras. No recordaba que salió a través del sello Inside Out, el cual recordaba solo metalero o para bandas metaleras progresivas, como Evergrey.

El arte, a cargo de Lasse Hoile, evoca de inmediato a la ciudad fantasma ucraniana de Pripyat, la cual fue devastada en un accidente nuclear. El diseño gráfico y las fotografías que ilustran el booklet también son un viaje melancólico (este sí cálido, pese a la imperante agonía y desolación que muestran) que pronuncia la fuerza de la música de Rothery y sus colegas.

Música que no requiere de palabras que la acompañen.

Nunca.

Apenas de una sucinta presentación:

–A continuación, uno de mis tracks favoritos del álbum: ‘Summer’s end’ –dice Steve y el público aplaude.

Yo también.

No sé por qué, pero en ese momento me da la impresión de que no todos están muy familiarizados que digamos con dicho material, y que muchos están aquí porque se trata del guitarrista de Marillion celebrando las cuatro décadas, éstas sí, de una señora banda. Razón suficiente, sin duda, pero ni los señores que están detrás de mí, todos unos conocedores, parecieran estar al tanto de estas composiciones o de sus músicos, porque cuando Yatim Halimi al bajo, Leon Parr en la batería, Riccardo Romano en los teclados, y Dave Foster en la guitarra rítmica (a quien estos mismos simpatiquísimos hombres apodan ‘Aguinaga’ con tan solo verlo) suben al escenario, nadie parece reconocerlos.

–Qué diferencia, luego luego se siente el poder –dice uno de ellos y esta vez, para mi desagrado, coincido con él. Y aunque no se callan por completo, de inmediato la Steve Rothery Band acapara la atención del silencio. Al terminar el primer track, Rothery anuncia que en total tocarán tres temas de su disco solitario, seguido por el cuarto larga duración de Marillion en su totalidad. (Y algunas sorpresas para el encore, como ‘Afraid of sunlight’.)

La limpieza en la ejecución de quienes están sobre el escenario retumba en cada una de las sillas numeradas por la espalda de color amarillo; entre los vendedores de cerveza que, como si estuvieran en el Foro Sol, pasean con sus charolitas gritonenando su producto; la potencia del bombo sí golpea los rostros de los señores expertos en rock progresivo y a los jovencitos que frente a mí miran atentos a este maestro de las seis cuerdas del que probablemente sus padres -también presentes- les hablaron.

Un virtuoso que va más allá de lo técnico.

Sé muy poco de guitarras, y lo que Steve Rothery toca no se mira tan complicado como lo que hacen otros muchos guitarristas solistas; por lo que su potencia reside en el punch, en la consecución de las notas que toca. En aquello que no se ve, de lo cual no se teoriza porque es imposible de enseñar. Ese algo que podríamos llamar talento. O feeling. Los dos juntos más una maestría propia del trabajo continuo durante cuarenta años.

Es el cómo lo hace.

Rothery suele permanecer en un su lugar casi quieto, y acaso cuando se estremece mira hacia el cielo con los ojos cerrados conforme sus dedos se desplazan con soltura por el diapasón de la guitarra, desgarrando con ello la piel de quienes lo escuchan.

Erizándosela.

Invitándola a soñar.

–Recuerdo la última vez que estuve en México y vi a gente en el público llorar cuando tocaba los solos de ‘The Great Escape’ –dice Rothery en esta entrevista. El periodista, Juan Carlos Villanueva, le pregunta de inmediato qué se siente trastocar de ese modo a su público.

Rothery dice:

–Abrazar al prójimo desde el alma. Si tan solo puedes hacer eso con tu música, será uno de los actos de comunicación más nobles y hermosos que puedas hacer como ser humano.

No fueron pocas las veces que bebí frente a mi computadora, solo, escuchando la música de este hombre y su banda insuflado por la pérdida y el dolor. Un alma ensombrecida con deseos de arrojarse por la ventana oyendo una y otra vez, precisamente, “The great escape”.

–Siempre he creído que nos reflejamos en el dolor. La sensación de aislamiento y de congoja son emociones universales. Esa es la base melódica de la música que he hecho junto a Marillion. No se trata de un drama, sino de compasión: el acto de reflejarse en el otro. Es una catarsis. Cuando hicimos Brave, muchas personas, sobre todo mujeres, nos agradecían porque ese disco las había salvado del suicidio –agrega Rothery.

A mí también me salvó.

Por lo que me sirvo un trago y en las mismas circunstancias (no las emocionales, sino las de las tinieblas y mi escritorio) escucho y observo este video de mis dos canciones preferidas del Clutching: ‘Warm wet circles’, que en algún momento dice:

Ella se desnudó nerviosamente
en los danzantes rayos del faro de Fidra
entregándolo todo
antes de que sea demasiado tarde.
Dejará a una lengua amante moverse
en un cálido círculo húmedo
entregándolo todo
sin mostrar vergüenza…

y ‘That time of the night’:

Así que si me preguntas
cómo me siento por dentro
podría sinceramente decirte
hemos tomado un muy largo viaje.
Y si mis dueños me dejan tener
algo de tiempo libre algún día
con toda la buena intención
probablemente escaparía…

Y así, otra vez solo frente a la única luz del monitor, su fuerza poética, tanto de las líricas como de los solos de guitarra, me arranca las lágrimas sin contemplaciones.

Por lo que trato de llorar sin hacer mucho ruido.

Le subo al volumen de los audífonos.

Mientras, los señores a mi espalda y otras personas se levantan hacia el frente del escenario para tomarle fotos a Steve y su banda, sin importar ya la asignación de lugares, en el momento en que muy viejos temas de Marillion inundan el recinto (de cuando Rothery era delgado y con cabello). El final se siente cerca.

Es cuando me retiro al baño y desde ahí escucho.

Pienso que es buen momento para irme.

Salgo del lugar junto a otros dos hombres, y el frío y solitario pasillo nos conduce a la fría, oscura y con algunos vendedores ambulantes calle de la ciudad.

Abordo el transporte público con la sensación de que me he perdido de algo.

Y esa noche, luego de un par de tragos y de llorar, deseo soñar con el mar y la arena blanca, pero lo único que sueño es un todo negro.

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