Trini

Aquella tarde, al salir del taller que dirigía Eusebio Ruvalcaba en el centro del Tlalpan, Gonzalo Trinidad Valtierra (conocido como Trini entre sus más íntimos), a quien honramos el día de hoy, Eusebio y yo, fuimos a comer a un lugar en los alrededores, un restaurante donde Ruvalcaba, como casi en todos los lugares a los que íbamos con él, era tratado con sobrados (y merecidos) amabilidad y respeto, por lo cual nosotros, sus acompañantes, también éramos tratados así aunque de ningún modo tuviéramos dicho mérito.

Esa vez fuimos a comer porque celebramos que Gonzalo Trinidad Valtierra recién había recibido la beca que otorga la Fundación para las Letras Mexicanas, ya no recuerdo si en la modalidad de cuento o novela o cómo se llamaba, cosa que no importa ya porque aquel lugar, a decir del propio Trinidad (y espero que aquí no haya gente que pertenezca a dicha organización) estaba tan lleno de farsantes que el Gonzo (como le digo yo) terminó por aborrecerlos.

A ellos, primero, pero también a sí mismo.

Y lo entiendo.

Pero en ese momento qué iba a saber yo que aquella institución mamalona se iba a comportar como tal. Así que le dije a Gonzalo, ya los tres sentados y bebiendo unos vodkas, unas chelas, lo dije por lo menos un par de veces, que me daba mucho gusto por él, que tenía bien merecida esa beca y que seguro sabría aprovecharla muy bien…

Ruvalcaba dio un trago a su trago y me dijo, la mirada seria, el gesto un tanto asqueado:

–¿No te parece una obscenidad decir eso?

La verdad no, no me lo parecía, pero tuve que admitir que lo era. Porque entre las muchas cosas que Ruvalcaba dijo o escribió sobre el ejercicio de la escritura, una de las más importantes fue la de no ser complaciente ni zalamero con los colegas. Tampoco ser un miserable hijo de puta como lo han sido algunos de los miembros de su taller, los que destrozan al prójimo, pero hay que evitar llenar de flores los oídos de los jóvenes escritores: porque nada es más dañino para una carrera en formación que los elogios.

Así que brindamos, de cualquier forma, por Gonzalo Trinidad, porque a su manera Eusebio así le decía que estaba orgulloso de él y que también le daba gusto y que sabía que Gonzalo merecía y aprovecharía ese apoyo. Brindamos como los amigos que éramos. Que somos desde que bebimos por primera vez juntos cierta tarde, también después de un taller, en una cantina en las alturas de un cerro. Ahí Trinidad Valtierra, Ruvalcaba y yo creamos un vínculo que nos mantiene hasta ahora aquí sentados, aunque solo seamos nosotros dos y él en espíritu. Por eso evoco a Eusebio, aunque estoy seguro de que antes de haber leído esto ya habrá sido evocado por lo menos dos veces. Porque fue gracias a él que nos conocimos y que nos hicimos amigos, porque fue gracias a él que hoy está publicado este libro titulado muy acertadamente, y como versan las líneas de uno de los cuentos más sanguinarios del volumen, Dios prefiere a los bastardos. (No, no fue gracias a la FLM. O quién sabe, que Gonzalo nos lo cuente.)

El caso es que dicho vínculo amistoso Eusebio lo inmortalizó en uno de los textos de su serie de minificciones llamada Mis amigos muertos. En una parte, en la que enlaza los textos que nos dedicó a Gonzalo y a mí, Eusebio describe la tragedia que una mujer provocó entre nosotros: nuestra inminente ruptura y posterior e inevitable muerte.

Porque no había otra manera de morir si no era en manos de una mujer. Y de la misma mujer. Y es que claro, Eusebio ya lo veía venir: aquel día que celebramos lo de la beca de Gonzalo en un restaurante del centro de Tlalpan, los tres compartimos ese irremediable gusto que tenemos por ellas, quizá lo que verdaderamente nos unía, mucho más allá del trago y de la literatura. Basta decir, con el perdón de las personas decentes que hoy nos acompañan, que aquella tardenoche asistió a nuestra velada una joven de prominentes senos a la que Eusebio, ya avanzados todos en los tragos, le preguntó:

–¿Podemos verlos?

Los tres nos quedamos mirando a aquella mujer conforme, sin titubeos, se quitaba la chamarra que llevaba encima y lentamente bajaba su blusa y su brasier para que pudiéramos mirar con calma sus indudablemente firmes pechos de hermosos pezones.

Y brindamos.

Como brindamos la vez que fue un cierre de año del taller en la casa de uno de los integrantes. Allí estábamos de nuevo Trinidad Valtierra, Ruvalcaba y yo. En cierto momento de la noche, con vino, whisky y chelas de por medio, Eusebio preguntó a todos cómo era que habíamos llegado a la literatura. Cada quien dijo lo suyo, hasta que llegó el turno del Gonzo, quien contó, a grandes rasgos, que había sido gracias a su padre. Y aunque por supuesto era un hombre muy sensible con su entorno y con sus amigos, no recuerdo haber visto, en los pocos años que lo conocí, a un Eusebio tan conmovido como en aquella ocasión con el relato de Trinidad (que ojalá nos pueda compartir en cuanto acabe de leer este panfleto).

Yo también me conmoví, por supuesto, y estoy seguro de que le di un abrazo.

Y un beso.

A los dos.

Sí, soy muy de abrazar y besar a la gente, especialmente a los amigos. Y sí, considero a Trinidad Valtierra uno de ellos (como lo fue Eusebio). Especialmente por lo que me dijo aquella vez que bebimos en el aniversario de una estación de radio independiente por internet en la que él era locutor de un programa que nunca escuché. Había un chingo de trago y de mujeres hermosas. La chica de la barra era la más. Yo traté de ligármela, pero hubo un momento de la briaguez en el que yo ya no tenía idea de qué estaba haciendo (y ahora que escribo esto recuerdo que esa vez me encontré a un joven poeta, famoso en las redes, becario del Fonca, y lo molesté como casi siempre que nos vemos, porque es un mamón insoportable). Y de pronto, no era muy tarde, Gonzalo y yo salimos de ahí. En las escaleras de salida me tropecé y me di un buen putazo en la frente (en esas épocas ya me caía a tiro por viaje, aquí hay testigos de eso). Me salió un chichón y seguimos avanzando luego de ser medianamente amedrentados por unos cholos de aquel barrio. Caminamos entre las calles oscuras y probablemente encharcadas, aunque no recuerdo si por aquellos días llovía. Luego entonces le confesé entre lágrimas al Gonzo un par de cosas que siguen siendo inconfesables y que he preferido enterrar en mi maltrecha memoria. Él me escuchó, me dio un abrazo, y me dijo que me entendía. Que no me sintiera mal. Que éramos hombres, y que por lo tanto éramos falibles. El Gonzo medio me cargó y me ayudó a avanzar unos metros más hacia el metro, hacia mi casa, pues yo lo único que quería era arrojarme dramáticamente a la carretera y morir frente a sus ojos gracias al putazo letal de un carro conducido por otro borracho, y no por las garras de una mujer de la que inevitablemente nos enamoraríamos los dos como Ruvalcaba había predicho.

Y bueno, como esas cosas que les he contado habrán pasado un par más. Tampoco han sido tantas. Pero para mí han sido suficientes para conocer la pasta del hombre, que a fin de cuentas es la misma pasta que la del escritor. Me disculpo entonces con Eusebio porque van un par de halagos más para Trinidad Valtierra (y pues para eso son las presentaciones de libros, ¿no?): es un escritor con hondura, de altos vuelos. Uno de esos autores con los que soñamos ser los que escribimos, que sabe darle peso específico a las palabras, a los párrafos, a cada línea que teclea concienzudamente. Por lo tanto es un escritor serio, no solo por las tramas que se desarrollan en este Dios prefiere a los bastardos (y yo doy fe de que así es), sino por la forma en la que lo hace. Uno lee en el metro, de camino acá, este libro, y uno siente que las páginas le pesan. No por aburridas, ojo (bueno, quizá a veces lo sean), sino porque lo que está contando es siniestro, oscuro; las puertas del infierno abiertas de par en par en nuestra tranquila cotidianidad. Uno se siente asfixiado, triste, y el único deseo es bajar del vagón y parar de leer, no mirar más aquel abismo que tenemos frente a nosotros. Porque sí, es cierto, ese lugar es al que todos pertenecemos: somos muchos los proscritos, los bastardos, los malditos, diría cierta canción que me gusta mucho.

Pero cuidado, no se me vayan a confundir, que ésa es la mayor cualidad de este libro: sacudir violentamente a su lector. En eso estaríamos de acuerdo Ruvalcaba, Valtierra y yo: si un libro no te hace eso, la literatura no sirve absolutamente para nada.


Texto leído durante la presentación del libro de cuentos de Gonzalo Trinidad Valtierra, Dios prefiere a los bastardos (Vodevil, 2018).

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