Bajo mi propia piel

—En ese disco me chingué la voz —me dijo aquél día el Lagarto conforme conducía (yo) el Topaz guinda de mi padre, un auto que nunca fallaba en poncharse de una llanta para dejarme botado estuviera donde estuviera. Esa vez íbamos casi todos los Asedio y el vocal de Garrobos hacia el estudio casero del George, donde grabaríamos nuestro primer material, demo homónimo, en el cual incluimos la canción No matarás, para la que Miguel aceptó echarse unos coros.

El prrragghh que hizo el neumático fue tan acá que se escuchó sobre los gritos de Chris Barnes de Six Feet Under en el disco Maximum Violence, redondo que por cierto jamás abandonó aquel estéreo pues un día simplemente no quiso salir de ahí.

—¿Fuimos nosotros? —preguntó Miguel, y como yo ya sabía la respuesta me orillé como pude estando en medio de Insurgentes norte, poco antes de la Raza, dirección sur.

—¿Traes refacción y gato? —me preguntó una vez me detuve del todo en las afueras de un supermercado.

—Sí —le dije, y nervioso abrí la cajuela. Ahí estaban, para mi alivio, la llave de cruz, la refacción y el gato.

—A ver, amigo del rock —expresó Miguel al tomar el gato y la llave, y de inmediato puso manos a la obra mientras nosotros lo observábamos.

—Hay que aprender a hacer esto en chinga cuando estás en la carretera —nos dijo a todos, quienes en nuestras vidas habíamos cambiado una llanta con semejante habilidad y rapidez.

Una vez más, el Lagarto era nuestro ejemplo.

Mi hermana mayor nos había invitado a la fiesta que un amigo suyo, trovador de bar, había organizado por su cumpleaños (cumpleaños de él). Recién habíamos formado la banda y aún maltocábamos covers de rock en español. La casa era cerca del Puente de fierro, Ecatepec, ése armatoste abandonado a pesar de que el mismito de la Torre Eiffel parisina lo diseñó.
Fue en el patio, donde habían por mucho diez personas.

Por mucho.

Ese día tocaba la banda de punk que tenían los dueños de la emblemática tienda de rock Virus, ubicada en el centro de San Cristóbal. Tocamos después de ellos nuestras inmundicias mezcladas con Master of Puppets y Seek and Destroy. Entre el público estaba Miguel. El Lagarto.

—Miren, es el vocal de Garrobos —nos dijo alguien, no recuerdo quién.

—Un honor —dijimos todos, aunque no teníamos puta idea de quiénes eran los Garrobos.

—Si quieren tocar metal, metal es lo único que tienen que tocar: sacar rolas propias, centrarse en lo suyo —nos aconsejó Miguel a petición de la misma persona que nos lo presentó. Fue muy respetuoso a pesar de nuestras evidentes deficiencias, pero sin saberlo nos alentó de tal modo que todavía es fecha en la que lo mencionamos como uno de nuestros mentores.

Al fin de semana siguiente lo vimos cantar en la televisión, creo que en el 22 (las redes no eran lo que son hoy) y apoderarse como pocos del escenario; los Garrobos eran una banda de una brutalidad natural como no habíamos visto nunca, por lo que emocionados, cuando compusimos aquella rola del demo, decidimos invitarlo a cantar en agradecimiento y él muy amablemente aceptó. Lo único que pidió fue que lo lleváramos con nosotros. Por aquellos días yo era el amo del volante (y así como manejaba dejé de hacerlo), y por aquellos días yo había descubierto la que para mí (pos sí) es la obra maestra de Garrobos: su cuarto disco, el Jinetes Calavera. Creo que el cráneo rojo que ilustra la portada se me apersonó uno de esos días en un local donde todavía venden rock urbano en el mercado de Indios Verdes, y sin titubear demasiado (en aquel tiempo era más pobre, pero todavía suelo derrochar mis centavos sin pensarlo mucho en discos, libros y pelis) lo compré. Puedo decir que desde la primera escucha me maravilló. Una producción limpia, melódica, poderosa, llena de fuerza descarnada en sus ritmos thrasheros inyectados de hardcore, armónicos, y sobre todo letras que de inmediato incendiaron mis venas, mi corazón todo. La forma en que el Lagarto las grabó, literalmente dejando la voz en cada track, desgarrándose lo que las rolas le exigían, fue un hecho sin precedentes para mí al escuchar a una banda nacional (cosa que no me ha vuelto a pasar, por cierto, ni siquiera con cualquiera de los otros discos garroberos. No de ese modo).

—En ese disco me chingué la voz —me dijo Miguel, contestando a una de las preguntas que yo trataba de hacerle como el reportero en ciernes que quería ser, mientras lo miraba por el espejo retrovisor. Aquel material, el último de su formación original (del cual Garrobos tocó tres temas en un poderosísimo show en el extinto Hard Rock live de Polanco; un concierto que recién descubrí pero que demuestra ese pinche poderío ecatepense del que he tratado de hablar) se grabó en 2004, tres años antes de que Asedio naciera. Miguel quizá no lo sabe, pero influyó de tal modo en mí que dos canciones nuestras han heredado algo de sus líricas: Batalla contra la esperanza y Sangre inocente. Y es que el Jinetes Calavera posee canciones que se entierran en el alma, se incrustan y permanecen ahí para siempre; van desde un mundo distópico cimentado por nuestras chingaderas, hasta un clásico de clásicos amoroso como Estoy hambriento, un rolón apasionado, propicio para dedicarlo y cantarlo a la persona que te vuelva locx. Jinetes Calavera, pues, sobra decirlo, se convirtió desde entonces en uno de mis discos favoritos entre mis discos favoritos, sin importar género, nacionalidad ni ninguna de esas nimiedades. Lo llevo bajo mi propia piel.

Decía que traté de sacarle al Lagarto lo más que pude la sopa sobre el origen de cada canción en lo que llegábamos al estudio, preguntándole sobre mis favoritas: Fantasmas, Suelten bombas, El juez, Telarañas, y él trató de contestarme lo más que pudo pues en la vida habíamos platicado, aunque fue como si nos conociéramos de siempre (quizá así era). El Lagarto grabó su parte, sorprendido por lo mucho que logramos con tan poco (pequeño estudio, buen demo), y de ahí celebramos en la casa donde ensayábamos entonces, bebimos harto Tonayan, fumamos como locos Delicados con filtro y tocamos improvisadamente Sacude el cráneo, clásico de esta banda que covereamos mucho tiempo en cada toquín al que íbamos, también en agradecimiento, pero sobre todo como el mayor de los tributos que podíamos hacerle a un músico que nació, como nosotros, en el sórdido municipio de Ecatepec, cuya música perdurará cuando ya ninguno siga vivo.

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