Ausencio

En una de sus manos lleva una cocacola de tres litros como si fuera una de a medio; es un tipo tan grande y grueso como un árbol, que camina encorvado, enfundado todo de negro, botas, mezclilla y una yera desgastada de Maiden (del Rock in Rio); una coleta de caballo hecha con una donita roja resguarda esa mata contundente y bien cuidada; su jeta es la de un corazón en extremo solitario, oscuro y amargado. Esos ojos son los que me miran y se pasan de largo un momento, pero al identificarme gira su inmenso cuerpo y me grita: “¡Tú!”. Su voz es aguda para tamaño cabrón, pienso, pero no deja de darme mucho miedo que ese wey al que desconozco se dirija a mí; con dos pasos ya lo tengo enfrente, aunque desde luego es un decir pues apenas le llego al pecho, más preciso sería decir que le llego a la panza, la cual es como una masa dura, un hoyo negro que no se mueve y todo lo absorbe. “Tú escribiste esa pinche novela culera sobre metaleros”, me dice con su voz infame, y yo le digo con mi voz chingona, chingoncísima (la que me dio tanto pegue en la radio) que no, que debe estar confundido, y trato de seguir mi camino de no ser porque el muchacho (no debe pasar los veinticinco) me sujeta por el hombro y me dice: “Cómo chingados no, eres tú, yo no me olvido de una cara, menos de una cara tan pinche fea”, y yo me río un poco, sin querer, y él me pregunta de qué chingados me río y yo le digo que es por los nervios, que por favor me suelte, que yo soy un bueno para nada, incapaz de escribir, mucho menos algo que denigre a tan subvalorada tribu urbana. Lo hago dudar un momento, me levanta del piso por el cuello, un instante, con una mano (pues en la otra lleva la coca de tres litros) y me inspecciona, me olfatea y dice: “Puto farsante, sí eres tú, ya chingaste a tu madre”, y es entonces que cierro los ojos esperando que me reviente la botella de su chesco ya sea en mi cara no tan fea, como él dijo, o en los huevos, pero entonces suena una voz gruesa, infernal, de ultratumba, que grita a lo lejos: “Ausencio, ¿qué chingados estás haciendo?”, y cuando abro los ojos ya estoy en el piso, sano y salvo, y veo la espalda con las fechas de los conciertos del hombre gigante y encorvado moverse pesadamente hacia donde una señora con, sí, lo siento pero así fue, tubos en el pelo, chanclas y un delantal, que cuando tiene a su hijo (creo que eso es) que le triplica el tamaño enfrente, lo jala de la patilla y lo mete consigo dentro de su edificio, para mi absoluto e inesperado regocijo.

2 comentarios sobre “Ausencio

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