Los perfumes del miasma

Armando Vega Gil, In memoriam

 

Debo arrancar con furia. La misma furia con que me arrancó la vida tu existencia. Armando, maestro, amigo, no sé cómo decirte, no sé cómo gritarte, que fuiste decisivo en mi incipiente trayectoria. Quizá sí te lo dije, quizá sí te lo externé esa vez en la que estuvimos juntos, un montón de personas frente a nosotros, cierto día de enero, hace no mucho de este año que no ha parado de ser tan desgraciado. A mis 17 (¿18, 16?), te lo dije, conocí tu obra. Tu novela: Diario íntimo de un guacarróquer. Te lo dije, se los dije esa vez: esa historia me voló la cabeza. ¿Por qué? Porque nunca había leído a alguien que se atreviera de ese modo con el lenguaje; nunca había leído a nadie que escribiera de esa forma tan descarnadamente ingeniosa. Tan vil. Tan amorosa. Tan atroz. Creo que no ha vuelto a pasarme, no hasta ahora: podías verme en el metro, en el camión, cagado de la risa con aquel texto tuyo; un volumen delgado, breve, negro, desgastado, pero tan contundente que hasta el día de hoy no he querido leer aquella extensión que escribiste de ese libro que a mi parecer no requería de una palabra más. Ni una sola. Y entonces leí tu semblanza: performancero, cortometrajista; buzo de aguas saladas, escalador de montañas nevadas. Wow, Armando. Yo solo quería ser como tú. Un poquito. Por lo menos no solo ser un escritor en ciernes de textos periodísticos y literarios, sino también de textos cinematográficos (ah, y un fotógrafo, jamás a tu nivel). Porque esa cualidad, además, estaba consignada en tu breve pero gigante biografía: guionista. De cine y de televisión. Joder, qué cabrón es este wey, pensaba (aún lo pienso). Y un buen día, luego de una gran depresión, entré al CCC para seguir tus pasos. Porque también habías estado ahí, no solo en tus reseñas de cine en la revista Emeequis, que eran tan maravillosas (vi varias de las películas que recomendaste en tu espacio, Permanencia voluntaria, un lugar que se extendió a la radio, Radio Cinema Paradiso), sino porque tú bien podrías estar detrás de ellas. Como escritor. Como guionista. Y entonces me metí a esa escuela de cine, tan prestigiosa, tan chingona, para salvar mi vida. Y escribí. Escribí una novela al margen de mis incipientes guiones de cortometraje, cuyo título ahora es Metal, pero que algún día se llamó Maldito sea tu nombre (en honor, sí, de aquella canción de los Ángeles del Infierno). Y te la mostré cuando pude. Cuando me había quedado huérfano de taller. Cuando dos años atrás se había ido Eusebio. Eucario Eusebio Ruvalcaba Castillo; oh, chingá, el más grande maestro que he podido tener. Tú y él, sin saberlo yo, más bien sabiéndolo, las grandes estrellas de aquella revista que un día se llamó La mosca en la pared. Entonces te busqué, y otro buen día tuiteaste tu dirección de correo electrónico a un incauto lector. A un incauto tallerista que resulté ser yo. Abrí el mail y te escribí, te pregunté cómo podía entrar a tu taller. Un taller que llevaba años esperando. Neta, no exagero Armando: lo sabes porque ese día, aquel en el que estuvimos tú y yo frente a un montón de gente, te lo dije: cuánto deseaba aprender de ti. Y entonces me respondiste, no mucho tiempo después, unas horas apenas, y me dijiste, me pusiste: debes tener un trabajo terminado porque esto es como un workshop, un espacio que busca que aquellos que entren publiquen. Y publiqué. Yo tenía la segunda versión de la novela, en la que ya la protagonista era una mujer; una mujer en un barrio terrible llamado Hecatepec, en el que mataban, carajo, a mujeres. Un sitio violento, sin piedad. Tan cercano al real. Una historia protagonizada por una joven en un mundo de pinches machines: el heavy metal que el día de hoy, mi querido Armando, no he dejado de escuchar (jamás, te aseguro, dejaré de hacerlo). No sé si te conté un poco de eso, algo al respecto, pero un lunes me recibiste en tu departamento. Traté de ser puntual (tenía un buen rato que ya lo era, después de muchos años de no serlo), pero ahí afuera, diez minutos antes que yo, ya estaba el maestro Edmundo esperando su momento para entrar mientras leía una novela del inmenso Charles Bukowski, creo que Pulp; un autor que, alguna vez te pregunté, respetabas mucho. Te gustaba. Déjame decirte que ni él logró esas “líneas desafiantes de belleza”, como diría Ruvalcaba sobre su persona en un desgarrador poema que le dedicó, que tu lograste en el Diario íntimo, y que lograste muchos años después en La música de las esferas o en El ritual del Lagarto. Porque, pinche Armando, eras bien cabrón. Procuré decirlo a la menor provocación en algunas presentaciones, en algunas entrevistas que se suscitaron después del premio que gané gracias a ti: no había escritor o escritora mexicanos que se te compararan. Pero tú estabas ahí, en tu casa en la Narvarte, a todo dar, apacible, recibiendo talleristas tan nefastos como yo, con sus incipìentes trabajos bajo el brazo. Y leí. Leí porque sabía que tú podías ayudarme a desentrañar los mecanismos ocultos de esa historia. Y lo hiciste. Lo hicieron tú y mis compañeros. Edmundo, Abraham y Fernando. Eso de las canciones que aparecen desplegadas como poemas (porque eso son) jamás lo vi venir. Pero era tan necesario, era tan necesario decirle al lector: ESTO ES EL HEAVY METAL, que las incorporé. Que puse por delante a Celtic Frost. Y que al final, cómo no, puse a Metallica y a Hetfield con su nota suicida llamada Fade to black. Armando, maestro, quiero decirte que yo también estuve ahí. Que contemplé aquella oscuridad por un momento, un momento tan largo como la vida de cualquiera y que, supongo, atisbando el infierno, no se comparó con la oscuridad que tú encarnaste. Los perfumes del miasma, como nombraste a tu capítulo primero de tu Picnic en la fosa común que apenas estaba leyendo luego de haberlo comprado, por lo menos, cinco años atrás. Aquella putrefacción colectiva y subterránea que nos consumiría y que acabó por consumirnos. A todos. A cada unos de nosotros. Que me consumió por un momento. Y que no me dejó respirar ni ver más allá de las cuatro paredes en las que me encontraba. Ay, Armando. Si supieras que jamás tomé a la ligera tus palabras, mucho menos las últimas: “Más vale un final aterrador que un terror sin final”. Al contrario, carnal. Yo miré ese abismo y nunca pude decírtelo. Y sin embargo hoy lo único que me invade es este deseo de escribir. De escribirte. De gritarte lo mucho que tu existencia marcó la mía. De decirte que escribiré hasta el último de mis días.

Como lo hiciste tú.

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