Descansa, papá

Para Abraham

He ahí a mi padre,
bajo las tablas
que él mismo puso
sobre la pared.
Su cuerpo yace, inmóvil, en el piso,
aunque con su mano izquierda
sostenga, intacto,
un vaso con tequila (que todavía
pensaba
beber).
Lleva algunos años sin hacerlo, aunque esta noche
lo ha hecho
por última vez.
Quito las tablas
que mantienen su cuerpo
sobre el suelo.
“Seguro está muerto”,
pienso,
pero el hombre balbucea algo, mueve su mano, y es así que lo pongo
de pie.
Conforme se levanta, me dice:
“Ya no aguanto como antes,
hijo”,
y cuando bebo lo que resta de su vaso, él insiste:
“Apenas tomé un par de copas, y mírame, no queda nada
de mí”.
(Su cuerpo es delgado, empequeñecido, débil. Acabado
por la diabetes.)
Lo llevo a cuestas, entonces, a su casa,
y deposito a mi padre
sobre el sofá.
Lo tapo con una cobija, como hacía él conmigo,
cuando yo era un niño
y llegábamos a casa,
sanos y salvos,
luego de que condujera el auto
totalmente bebido.
Beso su cabeza calva en la oscuridad, la acaricio, y le digo:
“Descansa, papá”,
aunque el hombre
ya esté dormido.

Un comentario sobre “Descansa, papá

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