Los hombres vacíos

Puedo sentir el exterior
alimentándose
de mi interior.
Deja una creciente oscuridad
en su lugar.
Creo que me he convertido en uno
de los hombres vacíos.

Bastó una nota, la primera de The Hollow Man, para que mis ojos, mis oídos, se aferraran a tu mirada. A tus manos sobre el teclado, a tu cabello lacio, todavía oscuro, que de pronto se enreda entre la honesta intensidad de tus movimientos. Steve Hogarth, hay un momento, quizá después de esto, un instante, en el que creo que tú también me miras. Entonces, en ese breve contacto visual, trato de agradecerte por todos estos años de escuchas solitarias, o en compañía, durante todos los estados de ánimo posibles; especialmente te agradezco por permitirme estar esta noche frente a ti. Desde que lo hice por primera vez, desde que te escuché una década atrás (quizá más, quizá menos), tu música me ha trastocado por completo. Tus letras, tu voz. Me has hecho trizas, me has sacudido, me has salvado… has aliviado por completo mi corazón. Para mí es suficiente oírte para no oír nada más, y por lo tanto no hay día en que no lo haga, en que no te escuche, ya sea con Marillion o en solitario, y es en esos momentos en que agradezco también a la vida por permanecer un día más en este mundo, aunque sea tan siniestro, tan vil, porque a veces es así de hermoso. Tu concierto transcurre en dos horas y media, yo de pie, a escasos metros, diría centímetros, de ti, entre covers de Kraftwerk, Bowie, John Lennon y Peter Gabriel. Entre individuos que superan la cuarentena, personas de visible alcurnia (o no); entre tu música y la de la banda con la que llevas más de treinta años tocando, entre un par de vasos de cerveza y frente a una pareja que no desperdicia un segundo para demostrarse su amor. Qué fortuna mirarte de nuevo, Steve, me habría gustado decirte si hubieses bajado del escenario para interactuar un rato más con nosotros, con un trago entre las manos y tu sonrisa eterna de por medio. Era mucho pedir, lo sé, mucho más de lo que ya habías hecho por nosotros, así que ni modo: perdí mi oportunidad de preguntarte algo cuando así lo solicitaste al público y el barullo de aquellos que disfrutamos con tu canto se hizo latente y acaso una única pregunta, la más obvia, la de siempre, fue la única que resonó en aquel espacio llamado Sala, en la Roma. México, el lugar más chingón para estar, respondiste, y continuaste con tu show que incluyó chistes, equivocaciones, improvisaciones, parones súbitos, popurrís. Por suerte hubo alguien, una periodista, que acudió a mí para hacer su listado de preguntas para entrevistarte. Sé que eres fan de Marillion, me dijo, y contesté que sí aunque no fuera del todo cierto. Creo que solo soy fan de Steve Hogarth, pienso ahora, de los discos que la banda ha grabado desde que tú eres su vocalista (aunque también me gusten los otros, los de la era Fish); de la forma en la que cantas, de la forma en la que compones, de la forma en la que interpretas, no solo en los discos sino especialmente en vivo, sobre el escenario. Sostener dos horas y cacho así, tú solo, solo tú. Y por eso me ves ahora, como otras noches, viendo videos tuyos en internet, en vivo, de las canciones que más disfruto y de aquellas que, a Dios gracias, suelen ser para mí un hallazgo. Esta noche me hizo falta Hurt, de Johnny Cash (NIN mediante, ya sabemos), pero me bastó y sobró con Fantastic Place, Ocean Cloud, Neverland, House, When I Meet God… quizá también me hizo falta The Great Escape, la razón de ser de uno de mis tatuajes, de tal modo que pensé en si a ti te hicieron falta o no tus compañeros de banda. Tal vez, en ciertos momentos, pero no, no cuando volteo y miro el recinto, no atascado, todos en calma, aplaudiendo, coreando, cantando. Aquellas almas vueltas una sola frente a ti, frente a las luces y el humo que combinados crearon una atmósfera que podría adjetivar de melancólica. No sé, Steve, no sé qué es lo que guarda tu corazón además de la nostalgia que impregna tus letras. Solo sé, supongo, que esa luz que irradian nos permite a quienes nos acercamos a ellas encontrar cierto camino. Cierta paz. Para aliviar el dolor y no perderse en él por mucho tiempo.

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