La cucaracha

Puntual, la cucaracha se apareció en el baño a las tres de la madrugada. Sobre la baldosa mugrienta desplazó sus pequeñas patas muy cerca de donde yo ponía la barra de jabón con la cual me bañaba. No era una cucaracha, digamos, kafkiana, de ésas que salen de las coladeras a mediodía y hacen gritar a la gente de horror. Era más bien pequeñita, no bebé, sino de otra especie, pero como no tengo idea sobre especies de cucarachas, en una de esas se trataba de otra cosa. Como de costumbre, la saludé mientras me bajaba los pantalones y me sentaba sobre la taza. ¿Por qué tan triste?, me preguntó como hacía cada vez que nos encontrábamos a esa hora, que era la única hora a la que nos encontrábamos. Por nada, le dije. La cucaracha insistió: Sueles estar fregado, pero hoy lo estás más que de costumbre. Una chica, solté finalmente, cabizbajo como estaba, me abandonó a media pista de baile. No soy un buen bailarín. Bailar es fácil, me dijo, lo único que hay que hacer es seguir el ritmo de la música. No veo el problema. Si me vieras, respondí, opinarías otra cosa: nunca he aprendido bien, y siempre pospongo el momento de tomar unas clases. Aunque, a decir verdad, nunca me habían botado así en plena pista… todos alrededor se dieron cuenta, algunos se rieron de mí… La cucaracha permaneció un momento en silencio, avanzó unos centímetros en diagonal y dijo: Yo puedo enseñarte, si quieres. Me reí y se me salió un pedo ruidoso. Disculpa, le dije a la cucaracha, no sabía que te gustaba bailar. Uno tiene que aprender, dijo, si quiere sobrevivir en esta pinche vida. Jalé la palanca y me limpié el trasero con lo que quedaba de papel de baño; un tubo de cartón quedó en su lugar. Al ponerme de pie y subirme los pantalones (ah, y de lavarme las manos, sí señor) me acerqué a ella; por lo general nuestras charlas no duraban más de diez minutos y ya me andaba por irme a la cama. ¿Y cómo le hacemos?, le pregunté. Acerca tu dedo índice, dijo, el derecho de preferencia, que es con el que te limpiaste el culo. Así lo hice. La cucaracha dio un salto rapidísimo y avanzó sobre él. Nunca nos habíamos tocado; era demasiado pequeña y temía aplastarla sin querer. La cucaracha se movió de atrás hacia adelante un par de veces. ¿Ves?, es fácil, dijo resuelta. No logré ver nada…, le dije. Mira, va de nuez, y la cucaracha se movió de atrás hacia adelante nuevamente. Pero, ¡ni siquiera hay música! Sí hay, me replicó, ¡está dentro de ti!, y se cagó de la risa que, como su voz, era muy grave, cavernosa, como de ultratumba. Seguro bailas así de mal, ¿verdad? Así de gacho, le dije. No puedo ayudarte entonces, dijo, devuélveme a la pared. Así lo hice. La cucaracha saltó de nuevo hacia la baldosa, mugrienta y humedecida, y me dijo: Espero que hoy puedas dormir. Entonces le di las buenas noches, apagué la luz y me dirigí a mi habitación, la cual también estaba en tinieblas.

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