Hamburguesas Bucanero

El encargado de Hamburguesas Bucanero les sonrió a ambos, con sus varios dientes de oro, casi todos chuecos; con su verruga debajo de los ojos verdes; con las canas bajo el tinte caoba, y les pidió que cenaran ahí, con él, en esa, su sucursal, en la que los atenderemos como en casa, les dijo. La pareja se miró, y por un momento él pensó que no debieron dar un paso más hacia delante, que tenían que retroceder, que el restaurante chileno de a lado, en la terraza, parecía mejor opción aunque quizá el doble o triple de cara. Pero ella quería una hamburguesa, insistió, y las Bucanero eran las más cercanas. La primera vez que las probé no estaban tan mal, pero la última -dijo él- fueron decepcionantes. Además, el lugar me parece desangelado, triste. Ella chasqueó con la boca cuando miró al bucanero de la entrada, que sostenía una espada en una mano y en la otra un cráneo calaveresco, por lo que dijo: No se ven tan mal. Eligieron entonces entre los seis tipos de hamburguesa que la casa ofrecía; quien atendía la caja, un tipo musculoso y malencarado, les dio su ticket y acotó sin mirarlos: Orita les llamo. La pareja se sentó en una de las mesas metálicas de sillas ensambladas en el suelo, y esperó. No había nadie más ahí, solo el sonido de una pantalla de televisión que transmitía un partido de futbol, y varios kilos de cáscara de cacahuate y polvo o pelusa desperdigados por el suelo. Un poco de refresco regado. Un par de alimañas por ahí reptando y recogiendo algo de todo eso. Él se lo hizo notar a ella con la mirada, quien horrorizada peló su par de ojazos (enmarcados por gruesas gafas). Con gesto de telodije él se puso de pie, y cuando iba hacia el encargado, el de la verruga y los dientes de oro, éste ya estaba a unos pasos de él. El joven también le señaló con la mirada la falta de aseo, por lo que el encargado barrió el piso, por lo menos con sus ojos verdes, y dijo: Ya vienen a limpiarlo. Entonces se apareció Aparicio. Consigo llevaba una escoba y un recogedor, más el uniforme de conserje con el logo bordado de Hamburguesas Bucanero, y arriba del logo su nombre. Una gorra conmemorativa de un partido político. Panza desbordando la pequeña playera. Se sentó a pocas mesas de distancia de la pareja y se puso a mirar el futbol. Luego se sacó un moco. Se tiró un pedo. Se rascó el culo. Se sacó otro moco y gritó gol, pero nomás no se ponía a limpiar el piso. Disculpe, le dijo ella, ¿va a limpiar esto?, y señaló el suelo de adoquín blanco/negro mugriento. Aparicio la miró, no con desdén, sino con indiferencia, alcanzó a hacer un ligerísimo gesto de hastío, y lentamente se puso de pie y a barrer. Así durante diez minutos. Oye, ya se tardaron con nuestro pedido, y somos los únicos clientes, le dijo él a ella, quien volteó a ver hacia la caja, donde estaba el tipo mamado, y junto a él una joven que miraba su celular en vez de preparar algo en el inmenso comal que tenía enfrente. Disculpe, ¿ya está nuestro pedido?, le preguntó ella al musculoso, quien sin mirarla preguntó a la joven que estaba a un lado suyo, frente al comal: ¿Ya está el pedido? ¿Cuál?, respondió la chica. El mamado entonces le enseñó el talón del ticket. La chica hizo un gesto de nilohabíavisto, y se puso manos a la obra. Orita le llamo, dijo el mamado, y ella regresó a donde él. Aparicio se había sentado en otra de las mesas a mirar el futbol, dejando así la mitad del piso tan repugnante como estaba. Chale, es peor de lo que contaste, le dijo ella a él, quien, amoroso, tomó sus manos y le dijo: No es tu culpa, miamor, tan solo querías una hamburguesa. Ambos se miraron apendejados unos segundos más, cuando el mamado gritó un número, y él le dijo a ella: Es nuestro número, y se puso de pie para recoger las burguers. Fue entonces que se le adelantó el encargado, y él mismo las llevó a su mesa, sonriendo. Al recibirlas ella le preguntó si no tenía queso amarillo extra, y el encargado le dijo que ese regularmente lo vendían aparte, pero que por ser esa su noche, y esa su sucursal, él les regalaría uno.

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