La familia

Me mostró la herida que le atravesaba el vientre, una rajada que le engrapaba el estómago y que se hizo al caer sobre una máquina en horas de trabajo. Me pidió que lo ayudara a trasladar las únicas pertenencias que tenía en esta vida, señalando la parte alta de la estación. Sus cinco niños y su esposa rondaban el andén vacío, y el hombre y yo fuimos bajando uno a uno los carritos. El primero llevaba bolsas de basura, iba más o menos lleno, el segundo iba repleto de más bolsas, y el último llevaba a un bebé sonriente y semicalvo, descalzo de un pie. Las nueve veces que subimos y bajamos escaleras y convoyes lo miré fijamente al beibi y él a mí; el pequeño disfrutaba el zarandeo tanto como yo lo padecía. Al final le pellizqué delicadamente una mejilla, cuando esperamos el último vagón de la noche aquella familia y yo, el cual nos llevaría finalmente a nuestras viviendas, si es que ellos llegarían a alguna. ¿Y usted a qué se dedica, joven?, me preguntó el hombre, 50 años, diez más que su esposa. Él de Oaxaca, ella de Guerrero. Le dije lo que le contesto a últimas a toda la gente, y como que no entendió cómo era que sobrevivía dedicándome a lo que me dedicaba. ¿Y usted?, le pregunté en respuesta. El hombre y su esposa se miraron sin saber muy bien qué decir; los niños, en cambio, se sentaron en el piso para ver la pantalla del metro como si fuera la sala de su casa: en ella un hombre sin piernas, negro, musculoso, se sobreponía a su condición provocada por una extraña enfermedad. Miren, niños, es un ejemplo, le dijo el hombre a sus cuatro hijos, quienes no despegaron la mirada del aparato todo el rato hasta que arribó el metro. La mayor, la única niña, tenía nueve años, le seguía uno de siete y luego uno de seis y luego uno de cuatro. Apenas y sabían sus edades y sus nombres. Aquel vagón venía vacío y todos pudimos sentarnos juntos, con los tres carritos estacionados a un lado nuestro, en los pasillos. Qué habría hecho si no me ayuda usted, joven, me dijo el hombre, la barba canosa, unas entradas y un rostro endurecido que me recordó al mío propio, el del futuro: usted debe tener veintitantos años, me dijo el hombre por cortesía en una de las vueltas que dimos con los carros rellenos de inmundicia. Díganle al joven que les cuente una historia, él sabe de eso, les dijo a sus hijos, y los cuatro se sentaron en torno mío, ansiosos por escuchar algo. Tenía siglos que no veía a personas tan ávidas por escuchar de boca de alguien cualquier cosa, sin necesidad de un dispositivo de por medio. Uno de ellos, el de siete, quien me vendió una virgencita de plástico por cinco pesos, me dijo que les contara la historia del Chuqui. Sus hermanos lo celebraron. Pero les va a dar miedo y no podrán dormir, les dije, pensando que aquellos pobres niños seguro se morían de hambre y de sueño. Entonces un vago con un bastón, semidesnudo del torso, se subió al vagón y miró a la familia como si mirara nuevamente a la suya: una sonrisa, quizá la más reciente de los últimos años, se dibujó en su cara puteadísima y chimuela. Lo reconocí: alguna vez lo vi vendiendo rosas y le pedí permiso para tomarle una foto. A cambio le compré una flor. En la mirada de aquel hombre no había atisbo de que recordara aquella anécdota, y en cambio miró a aquellos niños sin dejar de sonreír. Luego le dijo quién sabe qué cosa, bajito, a la voz que escuchaba desde hace mucho. No nos da miedo, me dijeron casi todos, excepto el más pequeño, que con rostro angustiado me dijo: a mí si me da miedo. Lo abracé y le di un beso en su frentesita. Díganle al joven que les cuente una fábula, dijo ahora el hombre conforme su esposa dormitaba en el asiento reservado, y los niños repitieron: Sí, cuéntanos una fábula, y yo pensé que no me sabia más que la del escorpión, y que quizá era la menos indicada. El vago se bajó de pronto, parloteando. Que se invente una el joven, dijo el hombre, y que se las lea, remató, y yo no tuve de otra al mirar a aquella niña que ansiosa esperaba que cumpliera mi palabra de escritor. ¿Sabes leer?, le pregunté apenado, y con un gesto asintió. Así fue que saqué un cuaderno y una pluma y empecé a inventarme cualquier cosa, una pinche piltrafa, pero no había forma de detenerse y corregir: en dos estaciones habría de bajarme. Le enseñé el título a la niña y le pregunté qué decía. Deletreó sin mucha dificultad, y entonces continué escribiendo. Los otros me miraban, expectantes. Cuando terminé de caligrafiar aquellas letras arranqué la pequeña hoja y se la entregué a ella, diciéndole: Toma, guárdala… Y cuando llegue a mi casa la leo, completó la frase, con una sonrisa que espero no olvidar nunca.

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