Hermanas (los tres)

Para Cindy y Martha

Es verdad, hermanas, aquella semana estuvimos de vacaciones en la escuela y todas las mañanas fuimos al canal, donde ahora no queda más que una autopista federal por la que transitan coches, tráileres y motos, una y otra vez, sin parar, sin descanso. Ahí, antes, había árboles, maleza, la quietud del bosque urbano, el sonido de los insectos y del sol golpeando la yerba al amanecer; yerba que bordeaba, que aún bordea en algunas partes, el caudal de aguas negras que por aquel entonces no significaba más que el caudal de aguas negras repleto de mierda y basura, por el que quizá, de repente, rara vez, aparecía un cadáver. Y había un columpio, colgado de uno de aquellos gruesos troncos de aquel bosque; ¿era una llanta, un pedazo de madera, en el que te sentabas y te desplazabas en círculos sobre la tierra gracias a la enorme liana que lo sostenía? ¿Alguna de ustedes se cayó alguna vez de ahí? No lo recuerdo. Lo que recuerdo son las risas, los gritos de emoción. La alegría. Sobre todo mi miedo, porque no recuerdo haberme subido nunca a aquella cosa; las observaba, eso sí, nervioso, a ustedes dos y al amiguito con el que íbamos, de quien recuerdo bien su apodo y su nombre, lanzarse con ganas de aquella cuerda a ese incipiente vacío. Y recuerdo el miedo, insisto, porque toda mi vida he sido un cobarde, un sacatón; muy contrario a ustedes, hermanas, que hasta el día de hoy transpiran fortaleza y valentía. Hace poco me llamaron ‘sentimental’. Pudieron haber usado cualquier otra palabra, algo más ofensivo, sin duda, pero eligieron ésa, y sentí que en efecto me definía. Que me pertenecía. Porque ustedes me conocen de verdad. Y es cierto: desde que lo publicó una de ustedes, cada que observo este collage con las fotografías de nuestra infancia los recuerdos se me agolpan todos y con ellos las lágrimas anegan estos ojos que madreé por tanto rascarlos, dada mi pronunciada alergia de aquellos años. No, tampoco recuerdo la última vez que jugamos juntos. Y es que si algo hacen estas imágenes es llevarme irremediablemente a aquellos sitios, a aquellos momentos en los que, es cierto, la pasamos mal, a veces muy mal, pero otras tantas, muchas más, como bien narran las sonrisas de estas mismas fotos, la pasamos increíble. Quizá fue un viernes por la noche, en aquella mesita donde colocaban sus barbies, donde armaban una casa para ellas y donde montaban una auténtica pieza en un acto, interrumpido por mí, porque quería ser el ken, el perro, el súperheroe que se escapa de su universo de villanos para conocer de primera mano el amor. Porque disfrutaba tanto jugar con ustedes a las muñecas, al futbol, a las luchas, al nintendo, a todas esas cosas que jugamos juntos. No, no sé cuándo fue la última vez. Lo que sí es que no le recomendaría a esos niños que llegaron a imaginarse, también juntos, los tres, cómo sería la vida cuando fueran grandes, el momento en que rondaran los treinta años y tuvieran una familia, sus propios hijos, una casa, un auto, un perro… el presente que vivimos hoy y que es un poco distinto; no les recomendaría, pues, a esos niños, que pensaran demasiado en eso. Les diría que jugaran y que rieran, como hicimos, hermanas, muchas veces, aunque fuera tarde, aunque fuera el momento de irse a dormir.

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