Ser Feliz o entregarse por completo a la locura (u otra crónica caótica sobre Joker/Arthur Fleck)

La lata repleta de ceniza reposa sobre la mesa. Es una lata sin etiqueta, completamente gris, como las otras latas que invaden la habitación de Rosalinda. Un Delicados sin filtro permanece en los labios de su desdentada boca: la mujer lanza el humo frente a sí, sin dar el toque, y de ese modo el tabaco incinerado cae en volutas sobre la lata, una tras otra, hasta formar una pequeña montaña blancuzca.

Su sobrino, un niño pequeño, de unos seis años, la observa fumar como la ha observado desde que recuerda: Rosalinda mira la televisión sentada en la silla de siempre, en medio de la enorme mesa; detrás de ella hay una vitrina llena de figurillas, platos y tazas que volverán a usarse nunca; la pantalla, a unos ocho metros de ella, reposa sobre un mueble con tres generaciones de existencia.

El paquete de Delicados descansa junto a la lata. Pareciera ser siempre el mismo: jamás lleno, jamás recién abierto, con unos cuantos tabacos, siempre a punto de acabarse.

Rosalinda fuma mirando la tele, quizá una telenovela, una película mexicana en blanco y negro, un noticiario o un programa de concursos. Su mirada de pronto se extravía en algún otro sitio y ahí se queda un momento; navega hacia el techo, va de vuelta a la tele y otra vez a la lata. A veces mira el aparato cuando no está encendido y su reflejo se aparece en el negro cristal de la pantalla.

Su sobrino, sea como sea, la mira reír de repente, a carcajadas, sin razón alguna o motivo aparentes.

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Arthur Fleck se mira al espejo y fuerza una sonrisa con sus dedos. La tristeza de su mirada no contrarresta el entorno, un lugar llamado Ha-has, donde se contratan payasos, que es tan gris como su gesto. No es en balde esa cara: en las calles, mientras trabaja como payaso en las afueras de una tienda de música, unos jóvenes, sin razón alguna o motivo a aparentes, le arrebatan el letrero que reza “Everything must go!” (¡Todo tiene que irse!) y que, al intentar recuperarlo en una corretiza, aquellos jóvenes le dan una buena madrina, a patadas, en el piso, luego de que le rompan ese mismo letrero en el mero hocico.

Al verlo, mientras las inmensas letras amarillas (JOKER) se apoderan de la pantalla, de inmediato pienso en Rosalinda. Cuando salíamos de la casa de la abuela para “dar una vuelta”, es decir, para caminar un rato por las feas calles —como feas son las calles de Gotham— de nuestro viejo barrio, en Ecatepec, y despejarnos así un poco de aquel mundo inconmovible, desaliñado, como el Ha-has, que era nuestra casa.

Apenas avanzábamos unas cuadras y ya el grupito de maleantes de la colonia comenzaba a insultarla. La llamaban de un modo que no pienso repetir, y lo hacían del modo más impune y ruin que he experimentado en mi vida. Yo era un niño entonces, y sentía la enorme impotencia de no poder defenderla, de no poder agarrar a golpes a esos miserables (pues a golpes me harían más pedazos), así que me aguantaba y ambos seguíamos caminando por la calle como si nada, o como escribe Arthur Fleck en su diario de enloquecida caligrafía: como si ella no tuviera una enfermedad mental y tuviera que actuar como el resto de la gente para que la respetaran.

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Nunca me quedé a dormir en casa de mi abuela, pero ella decía que por las noches era imposible hacerlo por la risa de Rosalinda. La imaginaba entonces, acostada en su cama, sumergida en aquella nube de humo gris que era posible distinguir entre las tinieblas; la leve brasa de su Delicados intensificándose a cada calada; escuchaba su risa siniestra a la distancia: aquel era el único sonido posible de aquella casa casi abandonada a pesar de que ambas mujeres vivían ahí.

Ríe, incontrolable, mientras fuma un cigarrillo. Y frente a él, frente a Arthur Fleck, una mujer lo mira con gesto serio y le pregunta cómo se encuentra. Ella, su psicóloga, le pregunta por el diario que le encomendó. Él se lo entrega y le advierte que ha escrito chistes en él porque ha decidido ser comediante. Las páginas pasan muy rápido frente a nosotros y apenas vemos entre dibujos hostiles, recortes de unas mujeres desnudas y rayones, la caligrafía maltrecha del hombre escrita a veces con la mano izquierda y con un bolígrafo de esos cuya tinta tarda un momento en secarse.

Entre basura y pequeños objetos desperdigados junto a las latas, Rosalinda tiene una pila de libros vaqueros, historietas para adultos que lee cuando no mira la tele sentada en el mismo lugar del comedor mientras fuma y la nube de humo comienza a posarse sobre ella. Los lee frente a su sobrino, el niño de seis años, y él a veces los hojea aunque jamás lea sus tramas y solo se detenga en sus dibujos.

Con la cabeza, con la frente, Arthur Fleck golpea el cuadro transparente de la puerta del hospital psiquiátrico donde se hospeda; un recuerdo o una premonición que anhela, parece, ante la hostil realidad que vive en el presente.

—Estuvo un tiempo internada en un hospital —le dice su madre—, pero no nos gustó el ambiente, a tu tía no le gustó, y nos la trajimos de regreso a la casa.

Un día, borracho, mientras fuma, el sobrino, de unos veintisiete años, le pregunta a su madre por el origen del padecimiento de su tía. Lo único que él sabía era que tenía esquizofrenia. Si acaso eso era, porque el diagnóstico fue siempre incierto.

—No mejoraba a pesar de las medicinas —continúa su madre— no sabíamos por qué, y un día, mientras limpiaba su cuarto/

Arthur le pregunta a la mujer, a la psicóloga, si es posible que le den más medicamentos, para sentirse mejor.

—Arthur, tomas siete medicinas al día… alguna debe estar sirviendo— le responde la psicóloga a Fleck.

—…encontré todas las pastillas debajo del colchón —concluye su madre.

Y a partir de ese día Rosalinda jamás volvió a tomarlas. Ni volvió a un hospital. Y permaneció con su madre hasta que murió y las ratas comenzaron a apoderarse de la casa.

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Muchas veces he caminado al modo de Arthur Fleck: con los hombros caídos, el cabello medio largo sobre la cara, la misma chamarra de siempre, subiendo escaleras y más escaleras, avanzando a pie lo necesario hasta llegar a mi destino.

He sentido esa pesadez en cada paso, ese tedio rutinario de la pinche vida diaria sobre la espalda. Lo he sentido yo y lo he visto en otras personas de mi entorno, en amigos, en familiares.

Lo vi en Rosalinda, cuando salíamos a dar la vuelta.

(Quizá lo vi en Armando.)

—¿Quiénes son? —me pregunta mi madre cuando Arthur y Penny Fleck aparecen en la pantalla, juntos, en la cama de ella, mientras miran la televisión en pijama y esa luz los ilumina. Para escribir este texto a gusto adquiero la versión blue ray + dvd del Joker el día de su salida al mercado, y la miro con mi madre, en su casa, acostados los dos sobre su cama, a oscuras, en pijama, mientras la luz de la pantalla también nos ilumina.

—¿Cómo que quiénes son?

A un lado, en la otra habitación, Rosalinda mira otra película. Tendrá unos seis años que dejó de fumar, y ahora vive con mi madre. Su hermana.

—Somos tú y yo —dice mi madre, y suelta una risa. Me rio con ella, ruidosamente, porque es cierto: llevo el cabello de un largo semejante al de Fleck, una cicatriz me atraviesa el labio por la parte superior izquierda igual que a él, y sus dedos chatos son casi tan feos como los míos, aunque mucho menos feos. Y el mentón, si me rasuro la barba, es parecido.

Y mientras yo me identifico con Fleck, él de pronto imagina que asiste al programa de Murray Franklin, el conductor del programa que observan, y que éste lo llama y le da unas cuantas palabras de aliento que lo motivan. Y que lo abraza como si fuese el padre que nunca tuvo.

El padre que Rosalinda y mi madre perdieron cuando eran muy niñas.

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A Rosalinda parecen no molestarle los insultos y sigue su camino. Su sobrino, en cambio, guarda dentro de sí un rencor que acumula junto a otros resentimientos que también tiene a pesar de ser tan pequeño y piensa que, cuando sea grande, se cobrará todo eso muy caro y vengará a su tía de esos cabrones perversos.

Como un justiciero.

Ella no, ella no piensa en venganza, como tampoco Arthur Fleck, aunque reciba un pequeño revólver de un compañero suyo del Ha-has, “para defenderse”, o algo así le dice al entregárselo “de buena fe”, aunque Arthur quizá sepa que es una trampa y lo acepte más por cordialidad que por otra cosa. Hay una bondad inherente en ambos (en Rosalinda y en Arthur) que el resto de nosotros no comprendemos, que somos incapaces de ver; un mundo sin malicia que nos hace tomarlos como seres sin albedrío ni decisión, que harán todo lo que queramos sin rezongar ni rebelarse.

Sin embargo en el sobrino, como también en Arthur, hay una furia que se esconde y que saldrá, no importa cómo, algún día, casi siempre de golpe.

Poco después aparece Sophie y su hija en el maltrecho elevador del edificio donde todos viven, y con ellas viene la explícita referencia a Taxi Driver de Scorsese (una de mis películas más preciadas), cuando con su mano la mujer forma una pistola sobre la sien. Me parece una referencia temprana, sin mucho caso. Su repetición inmediata, en Arthur, unos segundos después, es aún más innecesaria.

Todd Phillips ha dicho que su película por supuesto se vio influenciada por la historia que escribió Paul Schrader (cosa que agradezco y aplaudo, por el bien del cine), como de otras cintas (como cualquier otra película de cualquier otro director). No entiendo muy bien la molestia de los críticos al respecto cuando esta película rinde franco tributo a un grande (en una extraña paradoja, pues Martin Scorsese, lo ha manifestado, no es muy fan que digamos de las películas de superhéroes, en específico de las de Marvel), por lo que no es una copia, ni es una calca (a mi The Irishman me recordó al Padrino, por cierto. Y qué bueno). Phillips admite sus referencias y a partir de ahí crea una nueva obra que está a la altura de éstas sin ninguna bronca. Pero, claro, al hacerlo, al buscar profundizar de ese modo en la condición humana, Joker sobresale entre todas las otras cintas, las que se hacen para un público masivo (o para un público “culto”, también). Y eso lastima, por supuesto, el selecto criterio de los que escriben profundísimas reseñas de cine: Ustedes no han visto nada, qué van a saber, dicen, encolerizados, a sus ignorantes lectores.

JOKER

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La primera bala aparece con el primer baile. Arthur, en soledad, durante la noche, mientras mira una película en su casa, de nuevo imagina una situación: habla con alguien mientras baila, pero termina por disparar, sin haber disparado nunca (o no sabemos) un arma, hacia un muro, o contra sí mismo, contra su propia sombra.

—Feliz, ¿estás bien? —le grita su madre a la distancia, desde su habitación.

Feliz, así le llama Penny Fleck a su hijo Arthur, ese individuo profundamente triste cuyo nombre de payaso es Carnaval (lo dice en algún momento, y la verdad tampoco importa).

Luego del balazo en la sala, se ve cómo Arthur persigue a Sophie, la mujer que se encontró en el elevador con su hija. Quizá sobra ese personaje, pienso, y sobre todo esa situación (no viene mucho a cuento). Así nos ahorraríamos el incómodo momento en que “la imagina”. Si uno quita eso, la historia avanza sin problema. Al fin y al cabo quedará claro que nadie sería capaz de enamorarse de un hombre como Arthur.

—Si quitas a Bruce Wayne tampoco pasa nada —me dice Federico, hombre que fue medicado cuando niño luego de perder a su padre; él, quien ha cuidado de su madre, una mujer mayor. Él, escritor, guionista y músico. Un hombre sensible, pues, me dice lo mucho que le gustó esta película. Es verdad, le digo, no pasa nada si quitas a los Wayne, pero, parece ser que el Guasón no es nada sin su Batman.

Porque —pienso también—, este Joker podría seguir siéndolo sin ser el personaje de DC.

—Podría haber sido cualquier payaso  —me dice mi hermana menor, unos minutos después de ver la película en una sala de cine cercana a mi vivienda.

—Tal vez —le digo.

Ella también vivió con Rosalía.

—¿No te recordó a mi tía? —le pregunto.

—Sí, claro.

Y aunque mi hermana lo dijo a modo de crítica (lo de que el Joker podría ser cualquier payaso), creo que ahí radica su mayor virtud.

Todd Phillips aborda el tema en una de las cápsulas extras que vienen en el blue ray:

—Nunca pensé en hacer una película basada en un cómic. Para mí se trataba más de hacer el estudio de una personalidad, sobre alguien que la gente no tuviera idea de quién se tratara, de qué o de dónde venía. Y surgió de ese modo, no fue: “Quiero hacer una película sobre el Guasón”. Surgió de hacer un estudio de la personalidad y lograr que la gente quisiera verla. Nos desviamos mucho del cómic. Inventamos un personaje nuevo. Le dimos un nombre y lo elegimos de la nada. Y, quizá para disgusto de los verdaderos fans de cómics, no veíamos a Arthur Fleck cayendo en un tanque y volviéndose blanco [refiriéndose a la versión del origen de este personaje que escribió Alan Moore]. No era la película que buscábamos. Queríamos hacer algo que estuviera anclado en la realidad.

Lamento que a veces pareciera que no importa lo que este hombre pueda decir. Los críticos, los que de verdad saben de cine, no se han cansado de vituperarlo. No lo bajan del director de aquellas feas películas cómicas (que por lo tanto es incapaz de dirigir una buena película). No dejan de sobreinterpretarla, de asignarle características que no posee. Porque sí, sí es el mismo hombre que dirigió aquellas películas. Pero también es quien debutó dirigiendo un documental sobre el endemoniado GG Allin, que hay que ver para entender mejor el porqué del Joker, las razones del director, la clara línea que une su primera con su última película.

—Me encantan los malos —dice Phillips en ese mismo especial—. Es divertido decir: ¿Por qué él es así? ¿Qué hizo que fuera así? Ese es el verdadero objetivo de la película. No es una declaración grandilocuente acerca del mundo actual. Se presentan temáticas, pero en realidad es: ¿Qué hace que alguien sea así? Y de Guasón me gustó su idea del desorden y el caos. […] Hablamos mucho de quién sería y de por qué sería así, de su particularidad, y el por qué de su risa, por qué usa maquillaje o no… y empezamos a leer mucho sobre narcisismo y ego, y cosas que creemos se tratan en nuestra versión de Guasón. Es un narcisista, pero a nuestro parecer carece del yo. El yo es Arthur. El yo es lo que intenta controlar al caballo salvaje que es Guasón, pero Guasón es puro ello. Así que pensamos cómo es cuando uno va por la vida detrás de una máscara, algo que le pasa a muchos. Uno lleva una máscara y finge ser de cierta manera, pero Arthur en eso es muy cuidadoso. Sin embargo, se ven esas actitudes que reflejan quién es él en el fondo y qué sucede cuando uno se quita esa máscara, que es lo opuesto en este caso, porque Guasón usa una, o maquillaje, pero la idea es qué sucede cuando uno deja de vivir esa vida para pasar a vivir en la penumbra.

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El segundo baile de Arthur se da frente a unos niños enfermos, en un hospital, cuando de pronto su pistola se le resbala entre los pantalones y ruidosa cae al suelo.

—Son muchos bailes —me dijo, molesta, Angélica, amante del cine, entusiasta de los críticos que he mencionado (siempre los retuitea en su timeline), y se lo concedí al principio. Pero mirando la peli con calma, poniendo pausa cuando se necesita, todo el relato adquiere su lógica y uno logra mirar con más nitidez su sólida construcción (el guion puede leerse aquí). Quizá sean muchos bailes, pero van de la mano con el trabajo del actor, lo que éste quiso decir sobre el personaje: el Guasón baila tanto no para entretenernos, sino porque lo necesita.

Un par de secuencias después Arthur está en el metro, cabizbajo tras ser despedido de su mísero trabajo en el Ha-has. Viaja en aquel convoy tapizado de grafitis, puesto así adrede, al estilo neoyorquino de los setenta/ochenta, y que me recuerda a The Warriors, pero también a Bruce Davidson.

Arthur ríe entonces sin filtro mientras tres sujetos adinerados molestan a una mujer que viaja sola. Los sujetos se van sobre el payaso cuando este se ríe “de ellos”. Como su risa no se detiene lo madrean sin tregua (y sin razón o motivo aparentes, como al principio de la película, o como cuando insultaban a mi tía en la calle, nomás porque sí, nomás porque podían) y el payaso que se carcajea de pronto parece estar llorando, entre las sombras que se cruzan por su rostro y que le dan un aspecto, cómo decirlo, de villano de cómic, de furia pura que bien pudo ser dibujada por Lee Bermejo.

Aunque el villano sean los otros, los que son malos porque sí, no él.

(Sobre la fotografía, por cierto, vale la pena escuchar a quien estuvo a cargo de ella: Lawrence Sher. Sencilla y contundente explicación sobre cómo funciona el color en el cine.)

Desde el suelo, no más inofensivo, Arthur explota y saca el arma que un momento antes le hizo perder el trabajo. Y dispara. El relámpago rompe la oscuridad en la que están todos ellos sumergidos. Y mata a uno, y luego a otro y luego al otro, tras perseguirlo por el andén, ansioso, extasiado, libre finalmente de esa máscara, no de “buen hombre”, sino de “hombre normal”, de “hombre cuerdo”.

Han pasado apenas treinta minutos de las dos horas y cacho que dura la película.

¿Muy pronto?

Quizá.

Entonces, por segunda vez, Arthur corre. Y, tras guarecerse en un ruinoso baño público, la respiración entrecortada por los tumbos de su corazón, baila por tercera vez. La belleza de ese momento, de ese baile con la muerte musicalizado por las cuerdas del infierno, desoladoras, del chelo que va detrás, la iluminación verdoazulada y el lugar en el que se encuentra la cámara, la forma en que se mueve junto con el actor, es cine puro, duro y bello que los más exquisitos —los ya mencionados críticos, sin tocar por supuesto al maestro Ayala Blanco, porque él es Dios— se niegan, necios, en reconocer.

De eso se trata el cine, pues, de conjuntar de esa forma esos tres elementos, cosa que hace esta película todo el tiempo.

(Sobre la música hay que escuchar a la propia compositora, Hildur Guðnadóttir, un portento que además se hizo cargo de la banda sonora de la brutal serie Chernobyl de HBO.)

Cuando termina de bailar, Arthur Fleck se mira al espejo, los brazos abiertos, malévolos, amenazantes: algo ha triunfado en él y no es el ángel que lo protege.

O sí.

Para la siguiente secuencia, cuando se despide del Ha-has, Arthur borra parte de la frase que está por ahí pintada: “Don’t forget to smile”, dejándola en un simple “Don’t smile”.

A partir de ahí él ya no deja de sonreír.

Entonces le dice a su psicóloga:

—Toda mi vida ni siquiera yo sabía si en realidad existía. Pero sí existo. Y la gente está empezando a notarlo.

Arthur se ha liberado de ataduras y su mundo empieza a florecer. Se ha convertido, sin buscarlo (en cine el personaje no siempre obtiene lo que quiere, a veces obtiene lo que necesita), en un héroe de los desheredados, de los olvidados, de los no vistos. De los que nadie quiere ni se atreve a mirar, pero que siempre han estado ahí.

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Camino al modo de Arthur rumbo a casa. Es medianoche. En la esquina un hombre muy alto, calvo, se refugia entre las sombras. Se sienta ahí. Yo llevo el rostro cubierto, no por una máscara sino por una bufanda y una gorra. Observo al hombre un instante, esa cara desvanecida por la oscuridad. Al día siguiente amanece tirado a varios metros de donde lo vi la noche previa. El sol le agrede la piel blanca, que se torna rojiza, y la gente pasa junto a él esquivándolo apenas, como si fuese un bulto de basura, como si no existiera. El hombre reposa en el piso al modo de Arthur Fleck en la secuencia del principio, donde lo quiebran a patadas, casi en posición fetal, con las manos metidas entre las piernas. Su respiración es apenas perceptible. El hombre calvo podría morir ahí mismo, en ese instante, y a nadie le importaría.

(La voz tenue de Arthur me recuerda la tenue voz de Armando. Su caminar delicado, el movimiento de sus brazos. Su cabello. Pienso que esta película, él siendo guionista, cronista y amante del cine, le hubiera encantado.)

—Es muy difícil ser feliz todo el tiempo —le dice Arthur al hombre que resguarda el archivo del manicomio de Arkham, donde se guarecen los documentos de su madre. Arthur corre de nuevo entonces, esta vez para robar esos papeles y leerlos, escondido, en las escaleras de emergencia de dicho lugar. Ahí descubre que fue adoptado por Penny, y posteriormente que fue maltratado y abusado con brutalidad por sus parejas. Seguramente ella también sufrió los mismos abusos.

—¿Cómo fue que Rosalinda empezó a mostrarse así, cómo fue que pasó? —le pregunta el sobrino, fumando otro cigarrillo, a su madre. Alguna vez le contaron que su tía no siempre fue así, que alguna vez vivió sin la atormentada risa permanente, que tuvo un empleo, una vida común y corriente.

—Creemos que fue… algo le pasó en su lugar de trabajo.

Mientras Arthur lee los documentos se sitúa en aquel lugar, un recuerdo imaginado por él, con su madre joven siendo impelida por alguien que lee su expediente. Conforme lee, Arthur ríe. Ríe y los mocos y las lágrimas se le abultan en la cara.

Ríe porque está llorando.

Y yo alcanzo a crear un recuerdo que no es mío, como él, y miro a mi tía perdiéndose en las calles, como según cuenta mi madre que fue, volviendo días después, sucia, perdida en las elucubraciones que solo ella podía oír, a su casa.

Y también lloro.

Bajo la lluvia camina Arthur Fleck a partir de esa lectura dolorosa, brutal, dispuesto a entregarse a su lado más negro, el lado al que, dirán algunos, siempre ha pertenecido. La reminiscencia a Taxi Driver vuelve a aparecer, la del dedo sobre la sien, y quizá éste debió ser el momento más indicado para hacerlo, no antes. Y quizá ese momento, dentro de la casa de su vecina Sophie, la niña durmiendo en la otra habitación, la madre aterrada por la presencia de este hombre extraño, amenazante a pesar de ser su vecino, sentado ahí en su sala, mojado, quizá tuvo que ser la segunda vez en que la viéramos, y así nos ahorrábamos el, insisto, incómodo momento de saber que ella nunca estuvo ahí con él.

Las notas graves y estridentes del chelo acompañan a Arthur de vuelta a su casa, donde solo, ya sin su madre en casa, sentado en el sofá, ríe sin parar mientras se fuma un cigarro. Un vecino, a lo lejos, le grita que se calle.

Yo escucho a mi tía reír, a lo lejos, mientras mira la película. La noche anterior escuchó que mi madre y yo la veíamos. Me pregunta si puede verla. Sí, claro, le digo. Muero por saber tu opinión.

Al oírla reír me pregunto qué habrá sido lo que le causa gracia.

—No he sido feliz ni un maldito día de mi vida —le dice Arthur a su madre en el hospital un momento antes de asesinarla poniéndole una almohada en la cara, para, una secuencia después, asesinarse él, simbólicamente, cuando se pone el revólver bajo el mentón, se “dispara”, y luego se maquilla el rostro de blanco.

Le dice a Penny como despedida:

—Creí que toda mi vida era una tragedia, pero ahora me doy cuenta que es una pinche comedia —y, tras cometer su cuarto asesinato, se acerca a la ventana, aliviado, y el sol, luminoso, le acaricia la cara; es el mismo sol que luego ilumina la ducha donde se baña y la habitación en la que se maquilla, las escaleras de la calle empinada donde majestuosamente baila…

—Está muy triste. Y hay mucha sangre —me dice Rosalinda una vez que termina de verla.

—¿Te pareció muy triste?

—Bueno, no tan triste, pero pobre muchacho.

La escena más brutal de la película, cuando Arthur asesina con unas tijeras al colega que le dio el arma con la que iniciaría ese descenso a las tinieblas (su quinto asesinato), es digna del Joker, del villano de DC cómics por el que todos hemos visto esta película. Una violencia en escalada que nos prepara para lo que venga, en la película en sí misma y en una imaginaria secuela. Nos dice: Sí, este es el Guasón que todos esperaban, su rostro blanco manchado de sangre, el loco al que todos debemos temer. El Guasón habría hecho eso en sus inicios, el Guasón de Azzarello, y el de Nolan.

Y el chiste, la broma asesina con el enano y la puerta. Otro triunfo para esta cinta, para la escritura cinematográfica, un momento culminante que, uno se pregunta, a lo mejor los críticos no vieron por andar en el tuiter.

Y aunque es el momento más aterrador, donde Arthur ya ha dado rienda suelta a su maldad, es también el más tierno, cuando besa la calva de su pequeño amigo y le da las gracias por siempre haber sido bueno con él.

E inmediatamente después hay que subir el volumen. Porque viene un clímax, el del Guasón que baila —no Arthur Fleck—, y baila muy bien en su luminoso descenso al inframundo mientras los dos detectives que lo persiguen lo miran a la distancia. Un momento de gracia dirigido por un director de películas cómicas, actuado por uno de los actores gringos más brillantes de nuestro tiempo.

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—¿Qué obtienes cuando cruzas un solitario enfermo de la cabeza con una sociedad que lo abandona y lo trata como basura? Te diré lo que obtienes: ¡Obtienes lo que te pinche mereces! —le grita Arthur Fleck a Murray justo antes de asesinarlo, con la misma pistola con la que comenzó a matar, con unas líneas que casi casi sintetizan la trama. El balazo en la cara le avienta la cabeza hacia atrás a Robert De Niro. Sexto asesinato. La sangre le salpica el rostro al Joker, y luego su mirada tiembla y él —Arthur sigue ahí, en algún sitio— tiembla otra vez, se levanta, no sabe dónde poner la pistola, no sabe dónde ponerse él mismo, y trata de reír y de bailar, y lo hace, pero aturdido, de nuevo, por lo que acaba de hacer, como si lo hubiera hecho por vez primera.

Ya en la patrulla, con un solo policía custodiándolo a pesar de su peligrosidad, Arthur sonríe como nunca antes, mientras observa el caos que ha provocado en las calles. Luego una ambulancia choca al vehículo policial y libera, un instante, al súper villano: dos hombres con máscara de payaso lo extraen del vehículo como si se tratase de un recién nacido (Federico dixit).

Entonces, por primera vez en una película del universo Batman, no como un recuerdo reconstruido, Bruce Wayne presencia en tiempo real el asesinato de sus padres por un payaso que idolatra al Guasón (Rick Dalton dixit). La cámara, que observa los pasos previos de esa familia al salir del cine, mira la escena desde una esquina incómoda, puesta como si la mirara un artista del cómic.

Entonces, ahí, entre los aplausos de los proscritos, el Joker baila otra vez, con el chelo que rememora las notas de las películas del hombre murciélago: esa atmósfera ennegrecida, detectivesca, que suena de fondo, mientras feliz, con sangre, dibuja su sonrisa.

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