Trópico de Chilpancingo

«Una vez que has entregado el alma, lo demás sigue con absoluta certeza, aun en pleno caos.»

HENRY MILLER

EXT. CALLE – MADRUGADA
En la lejanía de una calle oscura y solitaria, cercana al metro Chilpancingo, dos hombres se aproximan.

Uno, HENRY (34), va recargado sobre el otro, ABE (29). Henry sostiene una anforita.

HENRY
(arrastrando las palabras)
Te quiero, carnal, no se te olvide, no creas que te lo digo
nomás porque sí, o por que estoy un poco hasta la madre.

Abe voltea hacia atrás, y no muy lejos mira las luces de un taxi que se aproxima. Alza el brazo que lleva libre para que se detenga.

El taxi se para justo a un lado de ellos. El conductor baja lentamente la ventanilla del copiloto. Es una mujer.

TAXISTA MUJER
Buenas noches, jóvenes, a dónde los llevo.

ABE
(arrastrando las palabras)
Buenas noches, seño. Se lleva aquí a mi colega.
A San Pedro de los Pinos.

Abe abre la puerta trasera del vehículo y arroja en calidad de bulto a su compadre.

HENRY
(acomodándose en el asiento)
Ay, ya, mamón, vente conmigo a la casa, te quedas en la sala.
Aunque ronques como bestia, no hay problema, de verdad.

ABE
No no, cómo crees. No quiero broncas con Kari, carnal.
Pero neta muchas gracias.

HENRY
¿Y cómo te vas a ir ahorita?

Abe le arrebata la anforita y da un breve trago al instante.

ABE
Acá en Insurgentes pasa un camión toda la noche.

HENRY
No mames.

ABE
N’serio. No te preocupes, broder, mañana
nos vemos en la oficina.

Abe le sonríe a la taxista y levantando un poco la cara señala un “adelante, váyanse”, y cierra la puerta. Mira al taxi alejarse y desaparecer a bocacalle.

Camina un poco tambaleante un par de cuadras hasta que llega a la esquina de Insurgentes. A unos metros vislumbra una parada de camión.

Da otro trago a la anforita.

Luego extrae su teléfono celular y mira la hora: 12.45 de la madrugada. Se guarda la anforita en la chaqueta y el teléfono en uno de los bolsillos del pantalón.

En la parada de camión hay una PAREJA DE PERSONAS MAYORES (73, 70, hombre y mujer).

ABE
Buenas noches.

La pareja no le corresponde el saludo; lo miran con desconfianza, y tan pronto lo hacen vuelven a ver hacia la avenida vacía, en espera del camión.

Sobre la banqueta, entre las sombras, a un costado de los dos adultos mayores, hay algunas prostitutas transexuales, de pie. Una PROSTITUTA DE VESTIDO ROJO (?) se incorpora de su sitio y camina sobre sus altos tacones hacia Abe, quien la mira aproximarse.

PROSTITUTA DE VESTIDO ROJO
¿No quieres seguir la fiesta conmigo?

Abe la observa de pies a cabeza.

ABE
Me encantaría señorita, pero ahorita no,
muchas gracias.

La prostituta se acerca entonces a Abe hasta ponérsele de frente. Es bastante más alta que él. Sus enormes pechos le quedan prácticamente en la cara; a Abe le es imposible no mirarlos.

PROSTITUTA DE VESTIDO ROJO
No vas a arrepentirte.

Entonces ella pasa delicadamente su mano por encima del pantalón de Abe, la zona del miembro viril, por lo que, nervioso, Abe da un paso hacia atrás.

ABE
No lo dudo, pero estoy muy cansado
y mañana debo trabajar.

La prostituta de vestido rojo hace una mueca de disgusto y al momento devuelve sus pasos por donde vino.

La pareja de ancianos mira a Abe con más desconfianza que antes.

El camión no pasa.

Abe saca entonces la anforita y da otro trago. Luego mete la mano en su bolsillo del pantalón para sacar su teléfono y ver la hora, pero se percata de que no lo tiene.

ABE
Ah chingá.

Abe se rebusca entre sus ropas, por todas partes, pero no lo encuentra.

Se queda quieto un momento.

Desde donde está mira al grupo de prostitutas. Trata de encontrar a la de vestido rojo que se le acercó hace un momento, pero no logra verla. Entonces camina hacia ellas. Una PROSTITUTA DE VESTIDO AZUL se acerca.

PROSTITUTA DE VESTIDO AZUL
¿Quieres una mamadita?

ABE
(sin arrastrar palabras)
No, muchas gracias… Disculpa, hace un momento se me acercó una de tus compañeras y… creo que me robó el celular.

PROSTITUTA DE VESTIDO AZUL
¿Cuál?

Abe vuelve a mirar a las chicas. De pronto distingue que sí está la de vestido rojo, y la señala.

ABE
Es ella, la de vestido rojo.

La prostituta de vestido azul chifla y con la mano de uñas largas le pide a su compañera de vestido rojo que se acerque. Esta así lo hace.

PROSTITUTA DE VESTIDO AZUL
(sonriendo)
Aquí el chaparrito dice que le robaste el celular.

La prostituta de vestido rojo se ríe.

PROSTITUTA DE VESTIDO ROJO
(a Abe)
No te robé nada, mi rey.

ABE
Hace rato que te acercaste y me tocaste muy cerca
de las bolsas del pantalón…
un momento antes yo había visto la hora y,
de pronto, después de que te fuiste, ¡púm!
el teléfono ya no estaba.

Entonces la prostituta de vestido rojo se quita el diminuto bolso del mismo color que lleva consigo, y lo abre frente a Abe.

PROSTITUTA DE VESTIDO ROJO
Búscale.

Abe solo se asoma ahí dentro; no, no ve el teléfono.

PROSTITUTA DE VESTIDO ROJO
¡Búscale!

ABE
No no… tú misma sácalo, por favor.

Entonces la prostituta de vestido rojo le acerca sus enormes tetas a Abe. Toma su mano y la acerca a una de ellas.

PROSTITUTA DE VESTIDO ROJO
O búscale aquí.

Abe se echa de nuevo un paso hacia atrás.

ABE
Si me lo robaste no hay ningún problema,
en serio, de verdad, solo dame el chip y listo.
Tú ganas.

Las prostitutas se miran la una a la otra. Y se ríen.

PROSTITUTA DE VESTIDO ROJO
No te robé nada, mijito.

Y la prostituta de vestido rojo regresa a su sitio. La prostituta de vestido azul le hace a Abe un gesto de “ni modo”.

ABE
¿Sí me lo robó, verdad?

Luego de sonreír, la prostituta de vestido azul también se aleja.

Resignado, Abe se queda ahí de pie. Mira hacia la avenida Insurgentes: no pasa nadie, no pasa el camión.

Entonces, de una calle próxima, un vehículo sale derrapando a toda velocidad y se estaciona ahí de golpe, la música hip hop a todo volumen, a unos centímetros de la parada del camión donde todavía está la pareja de adultos mayores.

Por lo menos la mitad de las prostitutas que están ahí se suben al vehículo, un acto semejante al de los payasos en el circo cuando entran varios en un diminuto vocho. Entre ellas va la del vestido rojo, y también la del vestido azul.

Y así como llegó, el automóvil se esfuma a toda velocidad hacia otra avenida; al pasar junto a Abe, el conductor, un tipo malencarado, de gafas negras, lo mira.

Abe se queda un instante más ahí de pie, como la PROSTITUTA DE VESTIDO AMARILLO que también permanece ahí, sola, un poco alejada de las demás, y que Abe de pronto mira. Se acerca a ella.

ABE
Disculpe, señorita.

PROSTITUTA DE VESTIDO AMARILLO
¿Sí?

ABE
Una de sus compañeras me robó hace un momento el teléfono…

PROSTITUTA DE VESTIDO AMARILLO
Lo siento.

ABE
¿Cree que se pueda hacer algo, que pueda hablar con alguien,
con su… cómo decirlo…

PROSTITUTA DE VESTIDO AMARILLO
¿Quieres hablar con el padrote?

ABE
Sí.

La prostituta de vestido amarillo no lo piensa y enseguida saca un pequeño teléfono, desechable, que lleva en su bolso. Marca. Alguien le contesta.

PROSTITUTA DE VESTIDO AMARILLO
Hay un muchacho que dice que le robaron su teléfono.
Ajá… (a Abe, tapando la bocina) ¿Te dieron servicio?

ABE
No, fue aquí en la parada. Del camión.

PROSTITUTA DE VESTIDO AMARILLO
No, fue aquí en la base.

La prostituta de vestido amarillo se le queda mirando a Abe conforme escucha aquello que le estén diciendo del otro lado. Abe también la mira.

PROSTITUTA DE VESTIDO AMARILLO
(a Abe)
Dice que lo esperes ahí en la gas.
Que ahorita lo arreglan.

Abe voltea al lado contrario al que está mirando. Allá, a unos metros, hay una gasolinera.

ABE
(sonriendo)
Muchas gracias.

La prostituta del vestido amarillo le sonríe.

Entonces, cuando Abe se encamina hacia la gasolinera, se detiene y devuelve sus pasos hacia la prostituta de vestido amarillo.

ABE
Disculpa…

PROSTITUTA DE VESTIDO AMARILLO
¿Sí?

ABE
¿Cuál es tu nombre?

La prostituta de vestido amarillo sonríe.

PROSTITUTA DE VESTIDO AMARILLO
Tengo el nombre que tú quieras.

Abe hace una sonrisa de “darse cuenta”, y entonces ahora sí camina hacia la gas.

En la gas hay un DEPENDIENTE (50). Abe se aproxima hacia él.

ABE
Buenas noches…

DEPENDIENTE
Buenas.

ABE
Disculpe, acaban de robarme el teléfono,
¿habrá uno aquí que pueda usar?
Aunque sea de monedas.

DEPENDIENTE
Uy, no. No hay teléfono aquí.

ABE
Usted, ¿no tendrá celular?
Y le pago lo de la llamada.

DEPENDIENTE
No tengo celular, joven.

ABE
Bueno, le agradezco…

Abe, de espaldas al dependiente, saca de nuevo la anforita. Da otro trago.

DEPENDIENTE
Joven…

ABE
¿Sí?

DEPENDIENTE
A lo mejor ahí en el minisúper lo dejan llamar.

Con tan solo girar un poco la cabeza, Abe nota el minisúper.

En cuanto encamina sus pasos hacia allá, el coche que se había estacionado junto a la parada del camión unos minutos antes vuelve a hacerlo.

De él desciende EL PADROTE (35, es el que iba manejando de gafas negras; más chaparro que Abe, musculoso, de tatuajes), y luego de que una de las chicas señale a Abe con su mano, el padrote camina hacia Abe.

PADROTE
Qué pues, vato.

ABE
(arrastrando un poquín las palabras)
Mire, una de sus chicas me robó el teléfono.
Yo solo quiero el chip, de verdad,
en serio, no quiero dar más molestias.

El padrote voltea a ver hacia donde están las chicas. Éstas, a su vez, miran la escena.

ABE
¿Puede ayudarme?

El padrote permanece un momento en silencio.

PADROTE
Mira, vato, dame mil quinientos ahorita, en caliente,
y yo mismo te traigo el teléfono hasta aquí.

Abe abre los ojos.

ABE
Híjole, no, no traigo tanto conmigo.

El padrote se le queda mirando.

PADROTE
Eso es lo que te ofrezco, vato. Lo tomas o lo dejas.

ABE
Pero, señor, cómo voy a darle dinero,
si una de sus trabajadoras fue quien me robó.

El padrote voltea a ver a sus chicas, quienes a los lejos esperan, expectantes.

Entonces, de algún espacio de sus amplios pantalones, el padrote extrae una especie de desarmador con la punta afilada.

PADROTE
Mira, perro, si no le llegas en este momento,
aquí mismo te pico, cómo ves.

Abe alza ambos brazos en automático, aterrorizado. En ese momento, a la distancia, mira llegar al camión. Abe mira cómo lo abordan la pareja de personas mayores, y cómo se va sin que lo aborde nadie más.

ABE
(voz que tiembla de nervios)
Así la dejamos, mano. De verdad, sin bronca.

El padrote mira a Abe un momento más antes de irse hacia su automóvil y arrancarse.

Abe lo observa así, con los brazos en alto todavía.

INT. MINISÚPER – MADRUGADA
La ENCARGADA (48) habla por teléfono con alguien. Ella escucha a quien sea quien le hable cuando mira entrar de golpe a Abe.

ABE
(agitado y gritando)
¡Señora, por favor déjeme usar su teléfono!

La encargada mira a Abe con recelo.

ABE
¡Acaban de robarme aquí afuera, por favor,
tengo que llamarle a la policía!

ENCARGADA
(tapando la bocina)
Señor, por favor no grite.

La voz de la encargada es la voz de una persona extranjera.

ABE
¡Señora, por favor, me acaban de robar!

ENCARGADA
(tapando todavía la bocina)
Este no es un teléfono público, señor.

ABE
(se arrodilla)
Señora, le pago, se lo ruego.

ENCARGADA
(a quien esté del otro lado del auricular, en voz baja)
Al rato te llamo.

En cuanto la encargada cuelga, Abe se pone frente a ella en el mostrador.

ENCARGADA
Señor, cálmese. Este teléfono no es para clientes,
es solo para emergencias.

ABE
Señora, ¡esta es una emergencia!

La encargada traga saliva.

ENCARGADA
No, yo no sé quién es usted, que además viene borracho
y gritando. No lo voy a dejar usar el teléfono.

ABE
¿Ah no?

ENCARGADA
No, señor.

Abe toma aire. Trata de calmarse.

ABE
(voz más tranquila)
No querrá que las autoridades se enteren
de que usted es ilegal en México, ¿verdad?

La encargada abre un poco los ojos. Y la boca.

ENCARGADA
(un poco asustada)
¿Qué dice?

ABE
Lo que ha escuchado. Déjeme usar ese teléfono
y yo no la denuncio ante Migración.

La encargada toma aire.

ENCARGADA
(inflexible)
No señor, no voy a darle el teléfono.
Lo que voy a hacer es llamarle a la policía.

ABE
¡Eso es precisamente lo que quiero!
¡Adelante, llámeles!

La encargada descuelga el teléfono y marca.

ENCARGADA
¿Sí, policía? Mire, hay un loco aquí que
me está amedrentando.
Por favor vengan de inmediato.
Sí, es el minisúper de la gasolinera
de Chilpancingo.

La encargada cuelga el teléfono.

ENCARGADA
Ya vienen.

Entonces, desde donde está, Abe ve cómo una patrulla se estaciona en las afueras del minisúper. Dos uniformados se bajan y de inmediato entran al establecimiento.

ABE
(para sí mismo)
Qué rápidos…

Entra caminando el UNIFORMADO 1 (48), y a sus espaldas viene el UNIFORMADO 2 (49).

UNIFORMADO 1
(a la encargada)
¿Usted reportó un incidente, señora?

ENCARGADA
Sí, mire, este loco que entra borracho
y gritando a este lugar.

ABE
(al uniformado 1)
Oficial, acaban de robarme aquí afuera, yo solo/

UNIFORMADO 1
(interrumpiendo, a la encargada)
¿La lastimó, señora?

ENCARGADA
No alcanzó a hacerlo, gracias a Dios.

El uniformado 1 se aproxima a Abe, con el uniformado 2 a sus espaldas. Se pone frente a él.

UNIFORMADO 1
Acompáñenos, señor.

ABE
No…

UNIFORMADO 1
¡No se resista!

Entonces el uniformado 1 le da con la rodilla en la pierna a Abe, tirándolo. En ese momento se le cae la anforita.

UNIFORMADO 2
(recogiéndola)
¡Miren nada más!

Entonces entre los dos uniformados deslizan el cuerpo de Abe por el piso del minisúper, como trapeador, hacia la salida.

ABE
¡Suéltenme, suéltenme, esto es una injusticia!

EXT. CALLE – MADRUGADA
Del cinturón y la espalda los uniformados levantan a Abe y lo someten contra la patrulla.

UNIFORMADO 1
¡Entre en la unidad!

ABE
¡No!

UNIFORMADO 1
¿Ah no?

El uniformado 1 le hace una seña al uniformado 2 y entre los dos tratan de meter a Abe en la patrulla, pero este se sujeta con brazos y piernas en las orillas del vehículo, como gato que no quiere entrar a una tina llena de agua.

ABE
No me van a subir, conozco mis derechos,
ustedes no pueden subirme nada más
porque sí a esa patrulla. Soy un ciudadano que
necesita su apoyo (dice Abe, con algunas
lágrimas escapándosele de los ojos)

y lo único que recibo es este trato de mierda.

UNIFORMADO 2
(sin soltarlo)
¿Qué dice que le pasó?

ABE
Me robaron mi teléfono. Una de las prostis
que están en aquella esquina.

El uniformado 1 voltea a mirarlas.

UNIFORMADO 1
(sin soltarlo)
Es que sí es peligroso por aquí.
Y luego vienes tomado.

ABE
(ojos lacrimosos)
¿Y porque ando tomado no puedo pedirle ayuda?

Ambos uniformados permanecen en silencio. Al mismo tiempo sueltan a Abe.

ABE
(llorando de plano)
Y no conforme con eso, el padrote de todas ellas
me amenazó de muerte aquí mismo:
con una punta de hierro en la mano dijo
que si no me iba en ese momento, me iba a picar.

UNIFORMADO 2
(con cara constreñida, le extiende la anforita)
Ya joven, tranquilo, dele un trago.

Abe da un trago largo.

ABE
Gracias.

UNIFORMADO 2
Si quiere yo le presto mi celular, para que haga una llamada.

El uniformado 2 saca su teléfono, y se lo entrega a Abe, quien lo toma y empieza a marcar un número, pero luego se detiene.

UNIFORMADO 2
¿No funciona? ¿Se le acabó el crédito?

ABE
No, no es eso…

UNIFORMADO 2
¿Tons?

ABE
(devolviéndole su cel al poli)
No me sé el número de nadie.

Los dos uniformados se miran.

UNIFORMADO 1
Ay, joven, mejor ya retírese, no le vayan a hacer algo.
Ándele, acá no pasó nada.

Abe mira preocupado hacia las prostitutas.

UNIFORMADO 1
(al uniformado 2)
Acompáñalo, yo orita te alcanzo.

El uniformado 1 se sube a la patrulla, y a toda velocidad desaparece de la escena.

Abe y el uniformado 2 caminan juntos. Pasan justo enfrente de donde están las prostis. En ese momento pareciera haber más de las que había.

PROSTITUTA DE VESTIDO AZUL
Uy, le robaron su celular.

Y todas se ríen, o casi todas. Abe voltea a verlas. Ahí entre ellas está la prostituta de vestido amarillo, mirándolo, y él a ella, quien con una seña de su mano le dice adiós.

ABE
Le agradezco mucho su ayuda, oficial.

En ese instante, de pronto, se aparece la patrulla, derrapando y frenando.

UNIFORMADO 2
¡Nos vemos!

Y el uniformado 2 se sube a la patrulla, que se arranca a toda velocidad y se pierde en el horizonte.

Abe se queda un instante solo, ahí entre las calles vacías.

Saca entonces la anforita: trata de darle un trago, pero ya no le sale nada. Abe se la guarda y sigue avanzando.

A lo lejos mira cómo se va a acercando un taxi, poco a poco. Sin que levante el brazo, el taxista se le empareja y le toca el cláxon.

TAXISTA
¿Pa dónde vas?

ABE
Para La Raza.

TAXISTA
Me queda, ¿cómo ves?

ABE
No, gracias.

TAXISTA
Está lejos, y es muy tarde. No te arriesgues, no te vaya a pasar algo.

Abe entonces se detiene, lo mira, y comienza a carcajearse. El taxista lo mira con extrañeza, hace una mueca de “ni modo”, y se sigue por la solitaria avenida.

Poco a poco el coche se vuelve más y más pequeño conforme se aleja.

Lo mismo que Abe.


*Quiero agradecer a las siguientes personas: Carlos Guerrero el Rebel, Enrique Calderón Savona, Marcela Martínez y Cynthia Rangel, por sus amables comentarios y anotaciones; a Gonzalo Trinidad Valtierra y Enrique I. Castillo, por escuchar esta historia de viva voz, cuando la conté cierta noche ante un público cautivo en el metrobús de la Ciudad de México.

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