Me explicabas cosas (o Afuera ocurría un accidente)

Me apresuro a llegar
aquí
a teclear las líneas que me dicta
la voz
que me dicta
todas las líneas
que escribo.
Conforme transcurren los segundos (sí, los segundos)
toda la emoción que acabo de sentir
en el sueño
que acabo de tener
en el sueño, un torbellino
que se esfuma mientras tecleo, se desvanece, pero aún tengo frescos
tu rostro, tu voz explicándome
por qué dejaste de quererme;
viajábamos en el asiento trasero
del auto de tus padres, tus últimas palabras
tenían que ver con una revista que habías leído hace años, en ese mismo camino que transitábamos,
aquí
en Ecatepec, por el san Carlos, la prepa y secundaria a la que fui, íbamos
por la parte trasera, no la de enfrente, la que vimos cuando vimos a Flor y te la presenté, en la vida real, en el Mexibús, una vez que fuimos a la casa
de Diego.
Antes estuvimos en unos quince años, esto en el sueño, o una fiesta así; al padre
de Diego
le urgía un encendedor, yo lo tomé de una mesa y se lo entregué
a mi amigo, en las manos, algo nos dijimos, gracias, me sonrió, no recuerdo. Ahí habían otras varias personas que conozco, tú estabas ahí, en una mesa distinta de la mía, terminé ese día, esa noche, qué era, no sé, postrado en una camilla, tú a mi lado, sujetándome las manos, un compañero de la prepa ya era enfermero para entonces, y me atendía; me miró como solía mirar, ni él ni su mirada habían cambiado
un ápice.
Sé que nunca vas a leer esto, mi vida, creo que no importa si lo haces, después estábamos en el auto, tus padres en el asiento delantero, tus padres sin rostro pues nunca los conocí, pues nunca
me los presentaste.
Me explicabas cosas.
Tu voz.
Tu rostro
hablándome.
Me decías por qué ya no me querías, algo dijiste sobre una vez que me enojé, decías que me exasperaba por todo (también en mi sueño, por lo visto, solo hablaste de ti); eso lo decías cuando caminábamos rumbo al auto de tus padres, por la mañana, era, supongo, la mañana después
de aquella fiesta.
Decías que leíste esa revista, que no conocías por entonces otra forma
de entretenimiento, que eras muy joven (eso me pasaba a mí, en la realidad, lo de leer revistas), que leías revistas de espectáculos, eso no lo dijiste, pero lo pensé, sentado ahí a tu lado, que Luis Miguel decía en entrevista que era una persona imposible de querer porque le gustaba ser libre, que por eso también amabas al Sol, algo más me ibas a decir pero afuera ocurría un accidente, alguien tocaba la ventanilla del piloto, donde iba tu padre, nos pedían a todos que bajáramos del coche; conforme te vi bajar, salir del auto, desperté, el corazón me dolía como duele un dedo cuando te machucas, o te lo cortas, como duele el dolor de despertarse y darse cuenta de que fue un puto sueño ese donde estabas ahí conmigo, explicándome porqué habías dejado de quererme.
Debí haberme dado cuenta, que era un sueño, y que aquella última vez que nos vimos, en la realidad, era la última vez. Me aterra y duele recordarla; traté de llegar a tiempo (diez minutos llegué tardé; cuando desperté estas fueron
las primeras líneas
que me dictó la voz, pero apenas he encontrado
su sitio),
y ahí estabas, en la esquina del parque, acababas
de caerte
estabas
de mal humor, quise
abrazarte, me dijiste
que no
me dijiste vámonos
a la casa,
caminamos, traté de cerrar la maldita boca, pero por dentro me llevaba la verga: qué manera de recibir a quien amas, pensé, pero cerré la maldita boca
al grado de que ya estando en casa, mientras tú cocinabas para ambos, me preguntaste que porqué tan callado, yo dije:
por nada.
Comimos.
Luego hicimos el amor, te desnudaste
lentamente frente a mí, percibí de lleno
tu aroma
luego de percatarme que la foto de nosotros ya no estaba por ninguna parte, en tu habitación (tu hermana había estado ahí una noche antes), imaginé
que la escondiste
para que no la viera,
para no tener que decirle
quién era yo.
Como para qué
tomarse
esa molestia
si te ibas
a ir.
La foto
de nosotros
la escondiste,
pero cerré la maldita boca y no te pregunté
por la foto
que escondiste
de nosotros
y de ahí, luego de cogerme luego de que me dijeras que también tú te habías masturbado pensando en mí, nos fuimos a un café que recién había conocido, yo, un día, por el Chopo, y ahí conversamos a gusto, como siempre, entre cerveza y café, más una chapata. No recuerdo en realidad qué cenamos, pero recuerdo que salimos de ahí ya de noche, tomamos el metrobús, te despediste con la cierta frialdad
de siempre, tú
ibas hacia el lado contrario de mí, yo
cerré la maldita boca y no te dije
que me abrazaras más fuerte, que me dieras
un beso
más duradero, no sabía,
mi amor
que no volvería a verte,
que ese era el último
beso
que ibas a darme.

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