Pártele su madre a quien no te diga la verdad

Para Edmundo Martínez

El Doktor recargó el lomo contra la barda baja y de su morral extrajo Pulp de Charles Bukowski.

Le quitó el retractilado, que guardó en uno de los bolsillos de su saco con coderas, y le dio la vuelta al ejemplar que recién había comprado y que sostenía con ambas manos.

Leyó la cuarta de forros que decía, entre otras cosas, que aquella era la última novela del hombre cuyo apellido destacaba en letras grandes, mayúsculas, sobre la portada.

Luego el Doktor olió el papel. Aspiró profundamente su aroma. Era tan fresco y agradable como aquella mañana.

Cuando levantó la mirada aquel joven ya estaba frente a él.

Un tipo de barba, greñudo, más bien pequeño, con unas cuantas hojas sueltas recién impresas en aquellas manos, también pequeñas.

Doktor. Así le decían a este profesor retirado, sexagenario ya, que cuando tenía la edad de aquel joven que estaba frente a él (treinta y tantos años antes) era fanático de la política y la literatura rusas. De Trotsky y de Dostoyevski por igual.

—Buenos días —le dijo al joven, quien fumaba un cigarrillo. Este levantó la cabeza tras sacar el humo por la nariz, los también pequeños ojos del joven escudriñaron un instante la mirada del Doktor detrás de aquellas gafas desgastadas.

—No es lo mejor de Bukowski —dijo finalmente, y ahora el joven miraba el ejemplar que el Doktor sujetaba con firmeza; miró de paso la argolla de compromiso todavía en el anular izquierdo del hombre que llevaba varios años divorciado.

—Ya veremos qué tal —le contestó el Doktor.

Entonces se abrió la puerta de aquel edificio desgastado, y el asesor del taller literario, sonriente, recién bañado, los invitó a pasar a su departamento luego de saludar a cada uno con un apretón de manos (y un abrazo).

El Doktor se sentó en el mismo lugar que había ocupado la sesión anterior. Esta era la segunda a la que asistía. Tenía tiempo buscando un taller literario en el cual poder trabajar la novela que llevaba escribiendo desde hacía cinco años, en la que un detective veterano, todavía en activo, de apellido Gardel, resolvía los misteriosos asesinatos de unas jóvenes en una colonia popular de la Ciudad de México.

No recordaba el nombre de aquel joven, pero sí el de su novela, intitulada Por tu maldito amor, la cual narraba las peripecias de un grupo de inexpertos mariachis que buscaban hacerse de un nombre en la escena de la música popular mexicana.

El Doktor reconoció la agilidad del texto, no así su hondura literaria. Aquel escrito, pensaba, estaba muy lejos de los grandes que él estaba acostumbrado a leer.

Sin embargo algo le intrigaba de aquel joven, quizá su mirada extraviada en la melancolía y el malcomer; en su aroma de no haberse bañado un par de días, o en aquella ropa oscura de siempre.

Así esperaron unos minutos a que el resto de los talleristas llegase. El Doktor extrajo entonces de su morral una bolsa con panes recién hechos, directos de su pueblo, Amecameca, que estaba a un par de horas de ahí. Eran unos cocoles. Les ofreció tanto al tallerista como al joven barbado y él mismo tomó uno, que partió al momento por la mitad y lo remojó en el café instantáneo que el tallerista acababa de prepararles a ambos.

—¿Qué libro traes ahí, eh? —le preguntó el tallerista al Doktor, quien de inmediato le extendió el ejemplar.

—¿Te gusta Bukowski, maestro? —le preguntó el Doktor de rebote al tallerista. Este asintió e hizo una especie de puchero de placer. Mucho, le dijo.

Una rápida mirada al frente y el Doktor notó cómo aquel joven barbado miraba al tallerista. Pensó que le diría algo, pero no lo hizo.

Entonces llegó alguien más, una tallerista más joven que el joven barbado, y sonriente, recién bañada, fresca. Ella estaba trabajando en una novela fantástica sin ser fanática de las novelas fantásticas. El Doktor no recordaba el nombre de su escrito, pero sí el de ella, Diana, a quien saludó levantándose de su silla, como los demás, para darle la mano y un beso en la mejilla.

Al cabo de unos minutos, y al ver que nadie más llegaría, los talleristas iniciaron la sesión.

—¿Quién llegó primero? —preguntó el tallerista y observó casi al mismo tiempo al Doktor y al joven barbado, quien en su mano derecha ya sostenía un bolígrafo rojo con el que hacía sus marcas, y con el cual señaló al Doktor.

—Adelante, por favor —dijo el tallerista, y el Doktor extrajo esta vez de su morral un pequeño bonche de hojas con el avance de su texto, copias recién impresas que colocó sobre la amplia mesa rectangular (tras guardar el libro de Bukowski) y las repartió a todos. Luego comenzó a leer.

Cuando terminó dijo algo, algo como que le hacía falta mucho trabajo. Lo mismo había dicho la ocasión anterior. Cada una de las líneas que había pergeñado tenían insatisfecho al Doktor. Quizá eran buenas, como se lo señalaron ésta y la previa vez sus colegas, pero no lo suficiente, no tan buenas como las de los maestros rusos, pensó, a sabiendas de que compararse, que comparar a cualquiera con ellos era un despropósito.

Salieron de ahí un rato después, pasado el mediodía, luego de que conversaran sobre películas, libros y música tras haber leído y comentado todos los textos, y de haberse terminado los cocoles más dos tazas de café (cada quien).

Diana se fue por su cuenta en su coche y tanto el joven barbado como el Doktor caminaron hacia la esquina de la cuadra luego de despedirse del tallerista del mismo modo en que hicieron al saludarlo (de apretón de manos y abrazo).

—¿Vas para el metro? —le preguntó el Doktor al joven, quien levemente asintió.

Avanzaron en silencio las varias cuadras que había desde el departamento del tallerista hacia la estación. Y al pasar frente a una fonda, el Doktor notó cómo el joven se le quedó mirando al local y al par de comensales que ahí había, sentados, comiendo; también vio cómo miró el menú que en una cartulina reposaba, pegado ahí afuera, en la derruida pared.

—¿No tienes hambre? —le preguntó el Doktor al joven cuando este se disponía a sacar un cigarrillo para colocárselo entre los labios. Miró a los ojos al Doktor y le dijo:

—Algo…

Era un establecimiento pequeño. Se sentaron en una de las mesas y cada quien tomó uno de los menús enmicados que estaban ahí dispuestos.

Una joven les preguntó qué iban a querer. El Doktor le indicó los platillos de su preferencia y el joven barbado, luego de pensarlo unos segundos con la mirada clavada en la hoja laminada por el plástico endurecido, le dijo que lo mismo que el señor.

—Me gusta tu novela —dijo el Doktor un momento después—, tiene gracia.

El joven acaso sonrió. Luego, tras quedarse callado, dijo:

—Gardel me cae muy chido. Se parece al personaje de Pulp.

—¿Ah sí?

—Seguro. Además ahí Bukowski también mezcla el género negro con la ciencia ficción.

De pronto el Doktor sintió que aquel chavo entristecido era muy elocuente. No tan callado como pensó. La joven que atendía colocó en ese momento, frente a ambos, una jarra de suculenta agua de limón. Y un tortillero, del cual el joven extrajo una tortilla humeante a la cual le espolvoreó un poco de sal para devorarla al instante, de dos mordidas.

—Creo —dijo el joven con la masa todavía en su boca— que el título de su novela no le hace justicia.

El Doktor sirvió agua de limón hasta el tope del vaso del joven, luego se sirvió él, también al tope, y dio un gran trago con el que dejó casi vacío el vaso. Entonces se sirvió más. El agua era fresca y dulce.

—Tienes razón, a mí tampoco me tiene muy contento el título —contestó el Doktor.

—Es que yo —dijo el joven— no puedo escribir nada si no tengo el título.

—”Dame el título y te daré el poema”, ¿quién dijo esa frase? —preguntó el Doktor.

—Sepa —dijo el joven levantando los hombros, agarrando otra tortilla, conforme un par de platos con consomé de pollo arribaban a la mesa.


—Yo te invito —le dijo el Doktor al joven cuando terminaron de comer.

—Cómo cree —dijo el joven, y amagó con sacar su cartera, seguramente vacía, pensó el Doktor.

—En serio —dijo el Doktor, y de su billetera casi repleta extrajo un par de billetes y pagó la cuenta dejando también la propina—. Ámonos.

Caminaron hacia el metro de nuevo en silencio. El joven sacó un cigarrillo, esta vez lo encendió y fumó conforme avanzaban.

—¿Y hasta dónde vives? —le preguntó el Doktor.

El joven se quedó pensando, como si no lo hubiera escuchado.

Así estuvo unos segundos.

—¿Usted pistea, Doktor? —le preguntó el joven entonces.

—Mmm, sí.

—Vamos por una caguamita. Yo lo invito —le dijo el joven, sonriendo por primera vez.

—Tengo que llegar a casa, vivo hasta Ameca, cerca de los volcanes. Si tardo me agarra un trafical. Mejor otro día, si quieres, te invito a pistear allá.

—Que se arme de una vez, Dok —insistió el joven, la sonrisa todavía en la cara.

El Doktor se le quedó mirando.

Abordaron juntos el metro y se dirigieron hacia la estación desde la cual salían los camiones que se dirigían hacia donde la vivienda del Doktor.

En el paradero había una fila moderada de pasajeros listos para abordar.

Subieron y encontraron dos lugares juntos. El joven se sentó del lado de la ventana, el Doktor del lado del pasillo.

Tan pronto recargó la cabeza en el respaldo luego de que el camión iniciara su trayecto, el joven se quedó dormido, con el hocico abierto, un poco de baba escurriéndole por una de sus comisuras.

De tal modo que el Doktor sacó de nuevo del morral el libro de Bukowski, y empezó a leerlo luego de aspirar sus páginas otra vez.

El viaje duró poco más de hora y media, y para cuando se acercaron a donde tenían que bajar, el Doktor había leído casi la mitad del libro. El joven aún dormía.

—Llegamos —lo despertó el Doktor tocándole delicadamente el hombro. El joven reaccionó atolondrado, mirando hacia todos lados, hacia el exterior, sin saber muy bien dónde se encontraba hasta que vio al Doktor, quien se puso de pie y se encaminó hacia la puerta trasera del autobús y tocó el timbre.

Bajaron en la siguiente esquina. El sol aún golpeaba con fuerza el pavimento de las calles de la colonia donde vivía el Doktor. Caminaron así unas cuadras hasta que en una esquina el Doktor señaló una tienda. Entraron. El joven volvió a amagar con sacar su cartera, de hecho lo hizo, cuando el Doktor puso sobre el exhibidor dos six de chelas y le pidió unos cacahuates al tendero.

—Yo pago —le dijo el Doktor al joven con un billete grande entre las manos que el tendero recibió al momento para darle a continuación su cambio.

La vivienda del Doktor aún quedaba un poco lejos. Esta vez avanzaron por la banqueta esperando refugiarse en la escasa sombra que ofrecían las orillas de las casas. Cuando llegaron (ahí es, le dijo el Doktor al joven) la casa tenía un pequeño jardín al frente, un árbol, y la fachada era de ladrillos rojos, lo cual le hizo imaginar al joven barbado que el Doktor la había construido con sus propias manos.

Dentro los recibió un enorme cuadro con mucho azul y rojo, de figuras disímiles superpuestas, un collage estilo Basquiat, pensó el joven, pues aquel era uno de sus pocos referentes de artistas pictóricos, y le preguntó al Doktor si él lo había pintado.

—Sí, acá hay más —le dijo el Doktor, y señaló con la cabeza hacia el interior conforme ingresaban en la negrura del espacio hasta que el Doktor encendió una luz y los cuadros desperdigados por todas partes se aparecieron frente a ambos.

El estilo era el mismo, pensó el joven, aunque las temáticas de cada obra eran distintas, y de pronto vio en el Doktor la figura de un auténtico artista. Un verdadero pintor y escritor.

—Siéntate donde puedas —le dijo el Doktor al joven y este vio libre un taburete y ahí se sentó. Notó que frente a él había un pequeño escritorio sobre el que reposaba una computadora del modo en que lo haría una máquina de escribir.

—¿Ahí está escribiendo la novela sobre Gardel?

—Sí, ahí mismo —le contestó el Doktor mientras le entregaba una de las latas de cerveza al joven y destapaba la suya—. Salud.

—Salud, Dok.

Ambos bebieron un buen trago de aquella chela helada, y entonces el Doktor jaló una silla de alguna parte y se sentó enfrente del joven, quien le preguntó conforme sacaba su paquete de cigarrillos:

—¿Puedo fumar?

—Sí, deja te traigo un cenicero —dijo el Doktor, y se incorporó de donde acababa de sentarse, caminó hacia la cocina y volvió con un encendedor tan rústico como todo lo demás.

—Ese también lo hice yo —le dijo el profesor cuando el joven arrojó la primera voluta de ceniza sobre el recipiente.

—Disculpe…

—No hay problema, para eso es.

El joven fumó y preguntó:

—¿Y… vive aquí solo?

El Doktor asintió conforme daba un trago a su cerveza, con el cual la terminó, y tomó otra. El joven no llevaba ni la mitad de la suya.

—Mi esposa, quiero decir mi ex, vive en otro lado, y mis dos hijos también, cada quien con sus familias. Uno de ellos debe de ser de tu edad —continuó el Doktor luego de haber dado el primer trago de su nueva chela.

El joven miraba al Doktor con atención conforme asentía.

—¿Y tú, tienes novia? —le preguntó el Doktor.

—Sí —dijo el joven—. Pero ella tiene novio.

—Ja. Suele pasar. La señora con la que salgo también tiene esposo —dijo el Doktor, y ambos se rieron—. ¿Te late Pink Floyd?

—Mmm, sí —dijo el joven, aunque la neta nomás topaba un par de sus hits. El Doktor volvió a ponerse de pie, acudió a un mueble donde tenía su tornamesa, sacó un acetato de una modesta colección apilada en forma vertical dentro de un huacal, y la música de la banda británica comenzó a sonar.

El joven no tenía idea de qué disco era aquel, y la verdad tampoco le importaba.


La noche los alcanzó cuando se habían acabado los dos six y el Doktor ya había sacado una botella, casualmente de vodka, que estaba a poco menos de la mitad.

Brindaban en sendos vasos de plástico, como pal licuado, dijo el joven, cuando el Doktor le hizo una confesión:

—Por las madrugadas, cuando estoy ahí sentado escribiendo la historia de Gardel, él mismo se me aparece. Toca la puerta, lo dejo pasar, y platicamos.

—Tal y como pasa en su novela, Doktor.

—Exacto. Todo mundo cree que es un invento, pero no, es la mera verdad: Gardel viene y platicamos sobre sus aventuras. Yo solo las escribo.

El joven sacó entonces uno de sus últimos cigarrillos, fumó, y aún sin haber producido ceniza trató de lanzarla al cenicero que para ese momento estaba repleto.

—También así pasa en la novela de Bukowski —dijo— nomás que ahí es la muerte la que visita al personaje.

A lo lejos se escuchaba el sonido del plato vacío de la tornamesa girando una y otra vez, con la aguja estacionada a un lado.

—Oye, y cómo le pondrías tú a mi novela —le preguntó el Doktor al joven, quien al escuchar la pregunta le hizo una seña de que le permitiera un momento, y entonces rebuscó en su mochila y sacó su cuaderno. Dijo:

—Por acá lo apunté, es una frase que uno de los malos de su historia le dice a su subalterno.

El joven buscó con trabajos la frase que según él había anotado en el cuadernito, hasta que dio con ella:

—”Pártele su madre a quien no te diga la verdad” —dijo.

El Doktor se le quedó mirando y dio un trago a su vaso. Paladeó la bebida. Dijo:

—No sé, está un poco rebuscado…

—A lo mejor sí. Aunque se me hace muy bukowskiano, ¿no cree?  —dijo el joven y se rió—. Me encantaría que Bukowski mismo se nos apareciera ahorita, para poder platicar con él.

—Voy a preguntarle a Gardel si lo conoce, yo creo que sí —dijo el Doktor—. Él conoce a todo el mundo. Quién sabe si le caiga bien el viejo borracho…

—Todo mundo dice cualquier mamada sobre él —dijo el joven—: que si es mal escritor porque es un briago, que si solo es un pinche misógino… no alcanzan a distinguir el enorme corazón sensible del poeta bajo la cruda coraza del narrador.

El Doktor se le quedó mirando al joven como si aquel le hubiese revelado el universo.

—Salud por eso —le dijo el Doktor al joven, y ambos chocaron sus vasos y bebieron hasta culminar el contenido.

—Creo que tengo que vomitar —dijo el joven y se paró como pudo y corrió hacia el baño. El Doktor se quedó un momento en silencio, tambaleándose a pesar de que estaba sentado; observó su hogar casi siempre solitario esta vez de fiesta, y luego se puso de pie y se encaminó hacia el mueble de la tornamesa, donde reposaba, impaciente, el disco de Pink Floyd. En cuanto colocó la aguja sobre el vinil, escuchó que alguien tocaba a la puerta. El Doktor miró uno de los relojes que tenía sobre una de las paredes: eran pasadas las nueve de la noche, notó y se dijo: Muy temprano para que llegue Gardel.

De cualquier modo caminó hacia la puerta y al abrir, sin preguntar previamente quién tocaba ni asomarse por ninguna ventana, vio del otro lado de la puerta a una figura enorme y panzona; un rostro semibarbado cubierto de cicatrices de un antiguo pero poderoso acné.

—Buenas —le dijo aquel hombre.

—Buenas —contestó el Doktor.

Conforme la luz del interior de la casa le iluminó un poco el rostro, el Doktor trató de distinguir de quién se trataba aquel hombre. 

—¡Puta madre! —gritó el joven detrás de él. El Doktor volteó a verlo— Doktor, ¿ese cabrón es Bukowski?

El Doktor volteó a ver al hombre, y al verlo bien le preguntó:

—¿Es usted Bukowski?

—Sí —dijo Bukowski.

—Que si es Bukowski —dijo el Doktor volteando a ver al joven, quien permanecía boquiabierto mirando la figura del norteamericano escritor.

—¿Puedo pasar? —le preguntó esta vez Bukowski al Doktor.

El Doktor lo pensó un instante.

—Adelante, le dijo.

Bukowski llevaba puesta una enorme gabardina que lo hacía parecer más bien Hemingway, pensó el Doktor, y también lo pensó el joven. Conforme se la quitó y colocó en el respaldo de un sillón que eligió para sentarse, extrajo de uno de sus bolsillos una botella de vino.

—¿Tiene destapacorchos? —preguntó esta vez Bukowski al Doktor.

—Sí —dijo el Doktor—. Lo que no tengo son copas.

—Dame un vaso licuadero como el de ustedes —dijo Bukowski, señalando el vaso del que el joven ya estaba bebiendo otra vez.

En cuanto le trajo el destapacorchos, Bukowski abrió la botella con destreza y se sirvió a sí mismo y le sirvió al Doktor. El joven declinó porque aún tenía vodka en su vaso (acababa de servirse cuando el no invitado irrumpió).

—Soy uno de sus más profundos admiradores —le dijo entonces el joven a Bukowski, luego de que los tres brindaran. Y al escuchar eso, el Doktor sacó su ejemplar de Pulp y le dijo:

—Mire, yo me acabo de comprar la que fue su última novela —dijo el Doktor, y miró al joven y este lo miró a él, y ambos miraron a Bukowski, reparando en que le estaban hablando a un muerto.

—De acuerdo —dijo Bukowski, y de un trago se bebió el vino—: no soy Bukowski, me llamo Alberto Contreras.

El Doktor y el joven volvieron a mirarse.

—Aunque siempre me dicen que me parezco a él. La verdad no tenía idea de su existencia, pero ya hasta he leído algunos de sus libros, y eso que no me gusta leer. Están chidos.

—¿Y qué es lo que hace usted aquí, entonces? —le preguntó el Doktor a Alberto Contreras.

—Gardel me pidió que viniera a visitarlo ya que él no podrá venir esta noche. Trabajo para él, precisamente enviando mensajes y recados. Soy una especie de mensajero.

El Doktor y el joven volvieron a mirarse.

—Y le mandó esta botella de vino, para que la degustáramos —dijo Alberto Contreras, y se sirvió más vino, casi a la mitad del vaso licuadero, y bebió empinándoselo como lo haría el verdadero Bukowski.


El Doktor despertó recargado contra el pequeño escritorio donde tenía su computadora como si hubiese pasado la noche escribiendo, pero con un terrible dolor de cabeza y una sed de aquellas inconmensurables.

Conforme se incorporó notó que a su alrededor había más latas de cerveza de las que recordaba, más las botellas del vodka y del vino vacías. Le pareció ver una pequeña botella de tequila, de un cuarto, también tirada, a la mitad.

Alberto Contreras dormía boquiabierto sobre el sillón, la panza inmensa asomándosele por la playera desfajada. Roncaba como una bestia celestial.

El Doktor apenas logró ponerse de pie y avanzar hacia la cocina para servirse un vaso con agua más dos alcaseltzer. Conforme las pastillas se disolvían en el líquido produciendo burbujas, se preguntó dónde estaría el joven.

Con vaso en mano el Doktor se asomó en el baño, en su habitación, en cada rincón de su vivienda, pero el joven no estaba.

Abrió la puerta que daba a la calle para ver; el sol se reflejaba en cada partícula del pavimento provocando una luz blanca que lo obligó a cerrar los ojos y echarse para atrás; cuando volvió a asomarse el Doktor se dio cuenta de que ahí afuera tampoco estaba el joven.

Entonces tomó una enorme bolsa negra y en ella fue echando la basura. Ahí vació el cenicero y vertió todas las latas y las botellas, las envolturas de frituras que no recordaba haber comprado tampoco. Cuando fue el turno de la botella de tequila a medio terminar, el Doktor le dio un trago hasta casi culminarla y luego la tiró.

Entonces halló una nota, escrita a mano, en la cual estaba la frase que el joven sugirió como título para la novela del Doktor (era esa misma hoja de papel, de hecho), la cual decía:

Muchas gracias por su hospitalidad, Dok.

Tenía un buen rato que no la pasaba tan bien.

Despídame de Alberto.

No venía firmada ni nada parecido, cosa que el Doktor lamentó un poco porque, a pesar de lo vivido, en ningún momento logró recordar (ni lo preguntó) el nombre de aquel joven, a quien por cierto nunca volvió a ver.


Texto publicado originalmente en Máquina.

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