Café Juan Rulfo’s

Para Marsi

I)

Luego de una larga caminata por el tianguis de rock, Arcelia dio con el Café Juan Rulfo’s sin saber que se llamaba así. 

Entró atraída por su aspecto: un sitio discreto y solitario que la recibió con un par de libreros repletos. En la barra, en la entrada, uno de los despachadores preparaba un expresso.

—Buenas tardes —dijo ella.

—Buenas tardes —contestó él, conforme levantaba la cara—. Toma asiento donde gustes.

Arcelia observó el espacio: un lugar, además, acogedor, donde podría leer sin apuro el volumen que llevaba en su bolso. Un libro sobre biología.

Ella era bióloga.

Se sentó al fondo, donde había una pequeña mesa atornillada al suelo. Alguien más trabajaba con su laptop. Ahí también había otro pequeño librero, igual de repleto que los demás. Tras un minuto de haberse sentado y observado a su alrededor, donde notó un par de cámaras de seguridad empotradas al techo, el mesero, que era el mismo despachador de la entrada, le entregó la carta a Arcelia, que ella rechazó al momento:

—Solo quiero un café, por favor. Un americano.

El mesero asintió tan pronto escuchó el pedido y se retiró de ahí en silencio, dando largos pasos. El individuo que estaba a un lado, casi enfrente de Arcelia, seguía muy atento en lo suyo, sin despegar los lentes de la laptop.

Era un tipo apuesto, se dijo ella, aunque demasiado engominado, con pinta de financiero, pensó.

Entonces se puso de pie y avanzó hacia uno de los libreros. Había ejemplares sobre arte, diseño y fotografía. En otro había algunos ensayos y novelas. Todos en inglés. Cosa que no era impedimento para ella, pues dominaba muy bien el idioma. Después, en otro, observó algunas novelas gráficas. Y de entre aquellos gruesos volúmenes, un lomo amarillento llamó su atención. Lo extrajo. Era un libro antiguo, editado en español. Se llamaba La pesca de truchas en Norteamérica, de un tal Richard Brautigan.

Arcelia jamás había escuchado un título como ese ni conocía al autor; se imaginó que se trataba de eso: de un libro sobre pesca.

Alzó la mirada y con ésta buscó al mesero. No logró vislumbrarlo, así que avanzó hacia donde estaba preparando el café, y le preguntó:

—Los libros… ¿los venden?

—No, señorita —dijo—, están para que los clientes los lean aquí.

Afuera la tarde era soleada. Agradable.

Arcelia volvió a su mesa con el ejemplar de Brautigan entre las manos. Y aunque tenía ganas de seguir leyendo el libro de biología que llevaba consigo, no pudo soportar la curiosidad y empezó a leer, colocándose de manera aleatoria entre sus páginas:

El dueño de la librería no era un mago. Tampoco era un cuervo de tres patas que revoloteara sobre la hierba de la montaña. Era, por supuesto, un judío, un marino mercante retirado que había sido torpedeado en el Atlántico del Norte donde estuvo flotando días enteros hasta que la muerte no lo quiso. Tenía una esposa joven, un ataque cardíaco, un Volkswagen y una casa en Marin County. Le encantaban los libros de George Orwell, Richard Aldington y Edmund Wilson.

A los dieciséis años supo lo que era la vida, primero a través de Dostoievski, luego a través de las putas de Nueva Orleans.

Qué chingados es esto, pensó honestamente Arcelia, y siguió leyendo, una página tras otra; el mesero sirvió su café, frente a ella, quien no se dio cuenta y acaso, un momento después, dio un trago mientras seguía humeante, pero la bebida se enfrió sin que tampoco lo notara porque no dejó de leer a ese tal Richard Brautigan, cuya foto aparecía ilustrando la portada. Le pareció, incluso, que aquel hombre tenía un ligero parecido con su expareja.

Un wey del que pretendía olvidarse.

II)

Pasaron dos horas y media, y una vez que el día cedió ante la noche Arcelia se retiró del Café Juan Rulfo’s. Le preguntó al mesero por qué se llamaba así, con el apóstrofe y la ese.

—Es que si no la fundación nos demanda.

—¿Cuál fundación?

—La fundación… —y el mesero dijo el nombre de la fundación.

Arcelia esperó en la esquina el camión que la conduciría a su casa, observando el pequeño cupón que el mesero le había entregado al pagar la cuenta, y que marcaba el café que se tomó, indicando que en el quinto sería gratuito.

No dejó de pensar en el libro de Brautigan todo el camino, y en cuanto llegó a su departamento realizó una búsqueda rápida en internet para comprar el libro. Pero se llevó un grotesco fiasco cuando descubrió que no lo había por ningún lado, y que la edición antigua con la que se había encontrado hacía muchos años que estaba fuera de circulación.

No puede ser, se dijo conforme bebía ahora una cerveza de doscientos cincuenta mililitros que recién había sacado del refri. Pensó entonces que lo mejor sería volver a la librería y terminarlo de leer ahí; al fin había dejado una servilleta entre sus páginas, a modo de separador.

No contaba con que unos días después una pandemia mortífera asolaría a la humanidad, y que aquella cafetería tuvo que cerrar por esa misma razón.  

III)

Tres años duró la pandemia, a la que se le denominó la Fiebre del beso, y que se transmitía, básicamente, a través de los besos que la gente se daba entre sí, o a sus mascotas, o a lo que fuera que tocaran unos labios. Así fue que no solo las parejas fracasaron en su intento por sobreponerse ante dicho mal, sino que los saxofonistas, los árbitros de futbol, los sexoservidores y demás oficiantes de sus bocas hubieron de retirarse por ese tiempo de su actividad.

Las abuelas ya no pudieron besar a sus nietos, ni los nietos a sus abuelas.

Las madres a sus hijos.

Los hijos a sus padres. 

Y demás.

Fue triste, cierto, aunque para Arcelia no lo fue tanto. Ese tiempo, quién iba decirlo, habló mucho con su ex y, de algún modo, podría decirse, terminaron reconciliados. La ausencia del contacto físico, el cual era mortal (si unos labios te tocaban, prácticamente estabas muerto), acrecentó el gusto que las almas sentían por otras almas. 

Los espíritus por otros. Las mentes…

Arcelia descubrió así que su ex no era tan despreciable como lo recordaba. Lo mismo descubrió él, quien fue quien dio el primer paso al preguntarle, cierto día, cómo estaba.

Para entonces Arcelia había olvidado por completo el libro de Brautigan. Hasta que la humanidad toda, o casi toda, se curó de la bacteria que había infectado los labios de todos por su invisible viaje a través del aire: un día, así como llegó, desapareció, y Arcelia pudo salir de nuevo, como los otros, a las calles.

Así fue como quedó de verse con su ex en el Juan Rulfo’s.

Caminó por aquella calle donde se encontraba. Sonrió al verlo a la distancia, y notó que en realidad no era el mismo, sino que se habían cambiado al local de a lado.

Afuera barría la banqueta el encargado. Ya no era el mismo de la vez anterior.

—Buenas tardes —dijo ella.

El individuo levantó el rostro. Dijo:

—Buenas tardes. Bienvenida.

—¿Hace cuánto que abrieron?

—Hoy es el primer día —dijo el joven, y sonrió.

Dentro todo era mejor que antes. Un espacio más amplio con ventanales que dejaban ver la calle. Arcelia caminó despacio hacia una de las mesas, hacia el fondo. Era la única clienta. Notó, intercalados entre las mesas, los libreros. Se acercó a uno, y en ese, el primero al que le echaba un vistazo, notó de inmediato el libro de Brautigan. Lo sacó guiada por un extraño impulso, y tomó asiento.

Abrió el libro y, sí, ahí estaba la servilleta que le había puesto.

Algo, no supo bien qué, estuvo a punto de provocarle el llanto.

Pero resistió y pasó un par de páginas bronceadas, una lentamente tras la otra hasta que leyó:

El dueño de la librería estaba sentado ante su escritorio, detrás de la caja registradora.

—Voy a decirte lo que pasó allí arriba —dijo con su hermosa voz de cuervo de tres patas que revolotea sobre las hierbas de la montaña.

—¿Qué? —dije.

—Tú luchaste en la guerra civil española. Fuiste un joven comunista de Cleveland, Ohio. Ella era una pintora judía de Nueva York, que anduvo turisteando en la guerra civil española como si ésta hubiera sido el Mardi Grass de Nueva Orleans representado por estatuas griegas. Cuando tú la conociste ella estaba pintando el retrato de un anarquista muerto. Te pidió posar junto al anarquista y actuar como si lo hubieras matado. La abofeteaste diciéndole algo que para mí sería vergonzoso repetir. Tú y ella se enamoraron mucho. Y una vez, cuando tú estabas en el frente, ella leyó Anatomía de la melancolía e hizo 349 dibujos de limón. El amor de los dos era más bien espiritual. Ninguno de los dos se condujo en la cama como millonario. Cuando cayó Barcelona, huísteis a Inglaterra y luego tomásteis un barco a Nueva York. Vuestro amor quedó en España. Fue solo un amor de guerra. Os amabáis únicamente a vosotros mismos y al hecho de amarse en España durante la guerra. Algo los cambió en el Atlántico y cada día os volvísteis como quienes se han perdido entre sí. Cada ola del Atlántico era una gaviota muerta que arrastraba sus despojos de artillería de un horizonte a otro. Cuando el barco encalló en Norteamérica, os despedísteis sin decir nada y nunca os volvísteis a ver.

Arcelia cerró el libro y miró al mesero. No había nadie más allí, salvo él y ella, y él estaba mirando hacia algún lado mientras preparaba el café americano que ella le había pedido al llegar.

Arcelia abrió su bolso y, cuando iba a lanzar el libro hacia él, notó las cámaras de seguridad empotradas en lo alto de aquellas altas paredes. Se detuvo. El mesero, a su vez, ya se aproximaba hacia ella con la taza humeante entre las manos.

—Aquí tienes —dijo conforme la colocó sobre la mesa. No notó siquiera que Arcelia sostenía un libro. Le dio la espalda y, al hacerlo, Arcelia notó su suéter hecho bolas dentro de su bolso. Sin pensarlo lo sacó y lo colocó sobre el libro, que un milisegundo antes colocó sobre la mesa. Fingió buscar algo ahí dentro y se encontró, entre otras cosas, con aquella tarjeta de cliente frecuente que le entregaron aquella primera vez.

La sacó. 

Y sin haberlo visto, el mesero ya estaba a su lado.

Arcelia saltó.

—¿Se te ofrece algo más?

Ella le mostró la tarjeta.

—¿Aún aceptan éstas?

El mesero la vio y le dijo que sí, que todavía las aceptaban, que en cuanto pidiera la cuenta registraría en ella su consumo.

—Solo pediré este café, gracias —dijo ella y le entregó el papel al mesero, quien al momento se dio la vuelta y se fue con él hacia la caja.

Arcelia aprovechó y lanzó su suéter con todo y libro hacia su bolsa, como si nada, como si no se hubiera dado cuenta. Dio un trago a su café y por ningún motivo volteó hacia alguna de las cámaras.

El corazón comenzó a trepidarle; la verdad era que nunca había robado nada en su vida.

El mesero llegó con la cuenta un momento después. La colocó en la mesa. Arcelia pagó el monto en efectivo y el consumo de esa ocasión quedó registrado en su tarjeta: ahí quedaron selladas dos tacitas.

Salió dando pasos largos; sus tacones resonaban con fuerza en esa noche que comenzaba a manifestarse. Volteó hacia atrás y nadie la seguía; quiso correr pero pensó no solo en que podía caerse sino que eso delataría su crimen. Así que siguió caminando, sin voltear atrás.

Pero volvió a voltear, pensando que el mesero saldría en cualquier momento tras ella. Entonces corrió un par de cuadras; sus taconazos eran lo único que se escuchaba a la redonda. Vislumbró la micro que la dejaba muy cerca de su casa. Corrió hacia él y le lanzó un chiflido. La unidad se detuvo a unos metros de ella. Abordó de un salto.

Una vez que se sentó, sintiéndose a salvo, sacó el ejemplar de su bolsa, tras  sacar el suéter que colocó sobre sus piernas. Ahí estaba Richard Brautigan y el título de su novela: La pesca de truchas en Norteamérica.

No supo por qué, pero Arcelia le dio un beso a aquella portada. Tenía mucho que no besaba nada. 

Cuando alzó la mirada notó que alguien, a un par de asientos, la miraba. Era el mesero de la ocasión anterior. Primero se detuvo en la portada del libro y luego en la cara de ella. 

Arcelia también lo miró y, tan pronto pudo, se puso de pie, libro y suéter entre las manos, y se acercó hacia la puerta. 

El hombre también se puso de pie.

Arcelia tocó una y otra vez el timbre para que el chofer le hiciera la parada. El mesero estaba a un par de pasos de ella. 

La micro se detuvo en la siguiente esquina. Arcelia bajó de un salto y el mesero detrás de ella, quien volvió a correr calle arriba luego de escuchar un ¡señorita, su suéter! Arcelia se aventó otras dos cuadras a todo galope, y entonces volteó hacia atrás: nadie la perseguía. 

Fue que recordó que había quedado de verse con su ex en el Juan Rulfo’s. No lo pensó mucho: no podía volver. 

Prefirió seguir caminando; de vez en vez echaba una miradita hacia atrás. No tardaron en dolerle los pies. En cuanto estuviera en casa, luego de ponerse unas chanclas, se comunicaría con él. Seguro la entendería. 

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