Las raíces de la tristeza son indestructibles

Para Eunice

Dormí bajo el manto de una luz ajena al sol,

a la luna y a las nubes.

Era tu luz, y amanecí

con el ruido del tren atravesando

mis párpados. Y aunque pasaron solo un par de horas entre la noche y el día, fue la misma placidez, el mismo dar las gracias por estar

tan vivo,

ahí,

contigo,

que desperté sonriendo. Feliz.

Bien lo dijiste, mujer: ustedes son más bellas que los hombres básicamente porque tienen más curvaturas, rasgos mejor delineados que nuestras formas a veces tan grotescas… y así, fue así como te vi, a varios metros de distancia antes de encontrarme contigo en las afueras del nuevo edificio en el que vives. Tu cuerpo curvilíneo al que el tiempo ha hecho caso omiso; tu cabello largo y rizado que sobrepasa tus hombros, la sonrisa que no pude ver a través del cubrebocas, pero que tan bien conozco, y tu voz saludándome, preguntando cómo estaba, esa pregunta que siempre debe hacerse, para luego pasar a la tienda y comprar un par de chelas: este será un encuentro rápido, dijimos, después de tantos días de no vernos.

Y tan tan.

Es en los techos altos de tu nuevo reino que descubro los alcances de tu magnificencia. Me recibe también Chucho, tu perro salchicha sobredesarrollado. Y Reyna, la perico enorme y muy verde encerrada en una jaula aún más enorme que ella, quien parece decir algo, no le entiendo a la primera,

—Hola —dices—. Es lo que dijo.

No me había fijado

en tu barba partida,

esta noche la veo

claramente. Me habría gustado

ser fotógrafo

para retratarla. Quizá

tú notaste la mía, no lo sé,

pero me ves, luego de horas de estar hablando de cosas, unas más importantes que otras, ya se sabe, hasta que hablamos sobre nuestro maestro, por el cual nos conocimos, y entonces un mail inesperado llega a mi bandeja de entrada. Te lo muestro en cuanto sales del baño.

Tu sonrisa invaluable me deja

sin valor

para decirte nada.

Ahí estaba él, con nosotros dos, dijiste, dijimos, que estábamos solos, ahí, aunque no tan solos, dije, dijiste, pues también estaban tus mascotas.

Pero estábamos solos. Era cierto.

Ahí.

Y nos abrazamos.

Traté de olerte, seguro tú intentaste lo mismo, eso pienso, pues acabábamos de hablar de la importancia del olor en las relaciones de pareja. Dijiste que era un asunto crucial. Te secundé: ese era mi problema ahora, y también lo era el tuyo: no nos gustaba el olor de

nuestras parejas.

Teníamos que volvernos locos por aquella fragancia o de plano no funcionaría.

Estuvimos de acuerdo. Brindamos.

Fue así que oré porque olieras

mi perfume.

Yo te olí.

Nos sentarnos de nuevo, el uno frente al otro. Las palabras siguieron sucediéndose. Y cuando quise poner una canción, el alcohol apenas sacudiendo

mi inconsciente, decidiste que era buen momento para ir por más. Salimos con Chucho, quien sin correa caminó al borde de la peligrosa avenida, pero siempre siguiendo tus pasos. Lleva años contigo, y aunque no lo querías al principio terminaste por hacerlo.

Me ha pasado.

A mí me has dicho, por lo menos dos veces, que no te gusto. Quizá tres.

Quizá muchas más.

Pensaba en eso mientras caminábamos y te tomaba del hombro. Lo entiendo, de verdad, quise decirte conforme la calle oscura se extendía frente a nosotros, no sabes cuánto tiempo he vivido aprendiendo a sobrellevar el rechazo. Pero esta vez no lo habías dicho. Que no te gustaba. No todavía. En la tienda un joven nos atiende como los reyes de la noche que somos. Pedimos una botella roja con un cuarto de Johnnie Walker. Y más chelas. Unas papitas,

los cigarrillos que ambos

hemos intentado dejar.

Al volver a tu palacio te animas y prendes unas bocinas. Es un subwoofer que retiembla en los primeros acordes de un Cerati ecléctico cuya canción es la única suya que nos gusta.

Y te miro.

Te soy sincero: no quería acercarme y no supe cómo fue que terminé haciéndolo. Intuí el rechazo, te digo que soy experto en eso, pero no terminaste por hacerlo. Por rechazarme. Me dejaste posar mis labios en tus labios, primero, un momento, y luego sobre tus hombros semidesnudos. Quizá fue eso: el tirante púrpura de tu sostén que se asomaba ahí, en ese tramo imposible de piel, lo que mi subconsciente tomó como una invitación, pero

no estoy lista, me dijiste, y yo supe que no, sin embargo me acerqué, de nuevo, y otra vez,

discúlpame, te dije; intuí que más que nada me estabas dando chance, otro gesto de generosidad de tu parte, digo que otro porque no fue el único del día, ni el único que has tenido

conmigo

otros días.

Así fue que te olí y paladeé tu piel

salada; era como besar el mar

más embravecido,

y te miré

de reojo, tus ojos tristes cerrados esta vez; no quise moverme con tal de ver, para siempre, la cara que hacías

olas sacudiéndose sobre piedras,

pero me moví y tú también, a un lado, y me repetiste:

no estoy lista.

No mucho después me preparaste la cama, en tu sofá, y tú dormiste en la hermosa habitación que ahora es tuya, solo tuya.

En unas horas irías a trabajar, yo

volvería a casa en un taxi con un bulto de varios kilos de papel en la espalda; entre ellos viajaría el libro de una escritora inmensa que resultaste ser tú. Me robaría, por lo menos, tus palabras, para titular un texto que solo buscaría aferrarse al éxtasis que dejaste en mí: fue como si alguien hubiera alumbrado los recovecos más oscuros de mi alma, un momento, con un reflector y lo dejara así,

prendido

durante muchas horas.

Quizá días.

Yo qué sé,

corazón.

Quizá sea solo por ahora.

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