Reflexiones sobre la escritura

Por Norman Mailer*

Una regla simple

A lo largo de los años, he descubierto una regla. Es una regla simple. Si te dices a ti mismo que vas a estar ante el escritorio mañana, con esa declaración le estás pidiendo a tu inconsciente que prepare el material. En efecto, estás celebrando un contrato para recoger tales objetos de valor en un tiempo acordado. Cuenta conmigo, le estás diciendo a unas pocas fuerzas de abajo: estaré ahí para escribir. El punto es que tienes que mantener unas relaciones confiables. Si te levantas por la mañana con resaca y no puedes ponerte a trabajar literariamente, tu inconsciente, después de fallar varias veces en aparecer, se retirará.

[…] Para repetirlo: la regla es que si te dices a ti mismo que vas a escribir mañana, entonces, no importa lo mala que sea la resaca o lo prometedora que sea una invitación repentina por la mañana para hacer algo más disfrutable. No, te sientas con diligencia, como un esclavo, y trabajas. Esta orden es del todo antirromántica en espíritu. Pero si te sometes a esta imposición, este decreto que te obliga a ser confiable, entonces, después de cierto periodo de tiempo –puede llevar semanas o más–, el inconsciente, cuidando sus desilusiones, puede empezar a confiar otra vez en ti.

[…] La regla en una cápsula: si no logras presentarte por la mañana después de que juraste que estarías en tu escritorio cuando te fuiste a dormir anoche, entonces, andarás dando vueltas con hormigas en el cerebro. Regla general: la inquietud mental puede medirse por la cantidad de promesas que no cumples.

Todo es ficción

A menudo los lectores tienen un problema cuando un autor mezcla personajes reales y ficticios. A mí nunca me ha molestado. En lo que tiene que ver conmigo, todo es ficción. Digamos para beneficio de la discusión que hay mil detalles pequeños y grandes necesarios de un historiador en particular para capturar un momento dado el tiempo: el regreso de Napoleón de Elba o el ascenso de Robespierre. Elija lo que elija, el historiador tiene que decidir cuál de esos detalles es más relevante. No puede usarlos todos. Digamos que elije cien piezas de información que adhiere a sus diversas presuposiciones sobre lo que probablemente ocurrió dentro del acontecimiento. Estos trozos de detalle por lo común se llaman hechos.

Si llegara el novelista, también dispuesto a escribir sobre el mismo suceso, no es ni de cerca tan bueno, sin duda, en la investigación y presenta solo cuarenta o cincuenta detalles que parecen vitales. No obstante, yo argumentaría que el historiador y el novelista están dedicados ambos a escribir ficción. La diferencia es que el historiador y el novelista están dedicados ambos a escribir ficción. La diferencia es que el historiador usa más hechos, aunque nunca pueden ser lo bastante numerosos como para encerrar la realidad. Además, por lo común, el historiador escribe en un estilo más pedestre. Pero los dos están haciendo ficción. Lo que importa es que cada uno, el novelista y el historiador, está haciendo un ataque sobre la naturaleza posible de la realidad. Tales ataques son el elemento fundamental de la buena ficción, ya sea que el modo de asalto es la historia o la novela.


*Fragmentos de su libro Un arte espectral.

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