La triste osadía del Señor Segovia (V)

V

Aguardo entre las tinieblas, vestido con gabardina y sombrero, al estilo de algún personaje de Los intocables (la escena, por lo tanto, es en blanco y negro). Conforme el auto se aproxima entre una tormenta que, por el pavimento empapado, se intuye lleva ya mucho tiempo, las luces de los faros cortan las tinieblas hasta que se estaciona a unos metros de donde estoy. Es un automóvil de modelo reciente que contrasta con la tonalidad del contexto. De mi ropa. Salgo de las sombras despacio y de ese modo me aproximo hacia el vehículo. Llevo los brazos cruzados; cuando estoy a unos centímetros me coloco del lado del piloto. Desde ahí miro a mi exesposa quien, sentada en el asiento del copiloto, no se percata de la presencia de quien fuera su marido hasta que me mira un momento, sorprendida primero y aterrorizada después, cuando nota que saco de aquellos brazos, que descruzo, una pistola de un cañón muy largo, modelo para mí indefinible, para con ella apuntarle al personaje que va en el asiento tras el volante. Este, una cosa sin rostro, pues en vez de cara tiene un ruido, parecido al de una televisión sin señal, también voltea a ver al hombre que le apunta. 

Recordé el sueño en ese momento, cuando Volpi empezó a hablar, a probar el micrófono. Entonces noté que en la parte de atrás del salón ya no estaba mi ex. La busqué entre el resto de las butacas, junto a mi madre, junto a mi hermana y su pareja, junto a JJ y junto a Frida, pero no la encontré por ninguna parte. 

¿De verdad 

estuvo aquí

alguna vez?

Traté de despabilarme sacudiendo dos milímetros la cabeza; el dolor por el calambre en el cuello me obligó a hacerlo. Escuché sin mucha atención las palabras que el director de cultura de la universidad pronunció para irse de ahí casi de inmediato, excusándose porque tenía “otro compromiso” que, supe después, era el evento que había enfrente, con el premio Nobel Orhan Pamuk, al que se encargó de presentar porque él también era (es, Volpi) un importante escritor. 

Luego habló Lourdes, leyendo un texto que me conmovió hasta el hueso que en ese momento no podía mover. Porque decía, palabras más y mejores, que Metal se trataba de una historia hermosa, digna de lectura para cualquier joven. Y ella era una experta en literatura juvenil.

Luego leyó Alberto Portales, el ganador anterior del concurso, quien también llenó de loas mi trabajo. Y aunque por un momento hubo polémica entre ambos, entre él y Lourdes, ambos estuvieron de acuerdo en la pureza de la novela que los convocaba esa ocasión.

Hasta que llegó el turno de José Carreño, el director de la editorial, quien comenzó a leer un par de hojas impresas llenas de tachaduras. Vi las anotaciones (estaba junto a él, con el cuello bien torcido), hechas a mano con bolígrafo negro sobre una serie de palabras igualmente halagadoras, pero falsas

como todas las palabras

halagadoras

porque, me di cuenta de inmediato, no eran suyas. 

Volteé a ver a Nayeli desde ahí; ella sí estaba muy cerca de mi madre y de mi hermana, con sus hermosas ojeras negras, del color de su vestido, mirando un poco preocupada, quizá, al director de la editorial por aquello que estaba leyendo. Pero él, hay que decirlo, tenía mucha destreza para leer en voz alta sin que pareciera que lo hacía; era un prestidigitador que ilusionaba a su público con el “producto” de su ronco pecho. 

—La madre del autor está aquí presente —dijo en algún momento de su discurso—. Señora, ¿dónde está? —y me preguntó en un susurro su nombre y en un susurro se lo dije—: Doña Lucero, por favor —y mi madre se puso de pie, entonces, y el público aplaudió como si aquella dulce señora se tratase de un político recién electo (tipo Andrés Manuel). 

Así fue como me percaté de que el público ocupaba una tercera parte de la capacidad del lugar. Eso noté cuando el director de la editorial dijo, tras pronunciar por completo las palabras que Nayeli había terminado de escribir esa misma mañana, y luego de una nueva secuencia de aplausos:

—Bueno, ahora toca el turno del propio autor para que hable de su obra. 

Entonces el dolor, el calambre del cuello, no tuvo piedad. Lo sentí transitar desde la altura de los hombros hasta la parte posterior del cráneo. Traté de mirar la hojita que llevaba, la pequeña lista en la que había anotado los temas de los cuales podría hablar:

Agradecimientos

Cómo surgió

Por qué el género musical

—Mierda —alcancé a decir, en voz baja, ya que la engarrotadez me impidió mover el cuello hacia arriba. La gente frente a mi esperaba a que dijera algo, pero por mi boca solo emergió un quejido. 

Uuuhhhgh.

Entonces logré alzar un poco el cuello. Y hablar. Ya no recuerdo muy bien qué dije, pero recuerdo que se me quebró la voz pues

qué

chingados 

hago aquí, estoy tan feliz 

de estar aquí, no puedo

negarlo. 

Frida lo grabó con su cel y quedó inmortalizado en algún lugar del feis que ahora no encuentro. Y al final hubo aplausos y todos nos abrazamos y nos tomamos fotos. Algunas personas se acercaron para que les firmara el libro. En realidad solo fueron un par de personas, entre ellas una reportera a la que llamaré Sara, quien fue a cubrir el evento, y Libertad, la redactora del pelo crespo, quien llegó con Vicente a mitad del acontecimiento. 

Y alguien más.

Bueno, ciertamente Libertad no llevaba consigo el libro, pero sí fue a saludarme.

La gente, en general, me saludaba; hablábamos un poco, nos decíamos cosas sin mucha importancia.

Y de pronto ya estábamos afuera: mi madre, mi hermana y su pareja, Frida y yo. 

Nos dirigimos hacia el stand de la UNAM, donde tenían una ceremonia no recuerdo a propósito de qué, pero donde hubo vino de honor que no bebí, porque entonces muchos (entre ellos mi jefecita) aún pensaban que ya no bebía para nada, así que tuve que disimular. Ahí me entrevistaron un par de jóvenes para Notimex

Conforme la entrevista se llevaba a cabo no dejó de dolerme el pinche cuello. Pretendía ver hacia los costados, pero no podía y no tuve más opción que mirar siempre al reportero.

Luego conversé con Alejandro Ortega Neri, a quien conocí en ese momento, aún con bastante dolor en la parte superior de mi espina dorsal.

—Mijito, ¿no quieres comer algo? —me preguntó mi mamá una vez que terminaron las entrevistas— Seguro te me mueres de hambre.

La neta no tenía apetito, pero le dije que sí porque seguramente ella sí tenía.

Y así, tras despedirnos de la gente del stand de la UNAM, donde compré el reeditado, por la universidad, Operación masacre de Rodolfo Walsh, mi madre, mi hermana y su pareja, Frida y yo, deambulamos un poco por los pasillos de la feria. No sé cómo dimos, de pronto, con una especie de salida de emergencia, donde había un comedor al aire libre donde varias familias departían los alimentos. Tras una breve deliberación en conjunto, estuvimos de acuerdo en que aquella era la mejor opción para sentarnos en una de las mesas; de inmediato nos servimos algo de lo que ofrecían, tras habernos formado en una fila como de escuela, o como de reclusorio a la hora del almuerzo; yo apenas y probé bocado mientras mi hermana Fer y su pareja, mi madre Lucero y Frida, comían contentas. 

—La transmisión que hice en vivo de la presentación fue todo un éxito —dijo Frikiplaza, como le digo acá de compadres a mi Frida, mi Carmela (nombre real), y le dio play al video que ya tenía varios cientos de reproducciones. No había transcurrido ni una hora de haberse publicado. 

—Gracias por acompañarme, a todas —dije un momento después, y me percaté de aquella posible fotografía en la que las mujeres más importantes de mi vida (con excepción de la pareja de mi hermana) estaban ahí conmigo como ya habían estado otras veces antes.

Pero no la tomé. 

De ese modo, al terminar de comer, volvimos a entrar al hangar donde se desarrollaba la feria. Mi hermana me dijo:

—Daremos una vuelta con mi mamá por aquí y luego por Guadalajara, para que conozca la tierra de su madre.

—¿Cuándo se regresan a Ecatepec?

—Mañana.

—Muy bien.

—En nombre del padre, del hijo y del espíritu santo —me dio la bendición mi jefecita. Y entonces se fueron, tras despedirnos con abrazos y besos, y pronto desaparecieron entre aquel mar de gente.

—Necesito un trago —le dije a Frida, el dolor del cuello punzándome bien recio. 

—Maravillosa idea, señor —y puso su brazo para que la sujetara, al modo más caballeresco posible, y la tomé. Conforme avanzamos, Frida continuó: —No puedo creer que estemos aquí. Es como un sueño hecho realidad. 

—Gracias por siempre estar conmigo, Fri —le dije. 

Ella había viajado desde la entidad en la que vivía desde hacía unos meses, lugar donde conoció a un mecánico automotriz-filósofo de profesión al que le decíamos el Mecánico, y que siempre quise conocer porque era un tipo libre, viajero del país en su motocicleta, intelectual, mujeriego, alcohólico y drogadicto.

Todo lo que nunca me había atrevido a ser (de lleno).

—¿Cuándo te vas? —le pregunté.

—Pues… pensaba volver hasta mañana… y no tengo donde hospedarme… 

Avanzamos un poco más. Pasamos a un lado del stand del Fondo. 

—Ah, ¡y no sabes lo que pasó! —gritó Fri de repente, como suele gritar de repente. La gente en torno a ambos volteó a vernos.

—¿Qué? —pregunté en voz baja.

—Lo primero que hice cuando llegué a la feria —dijo en voz baja, imitándome— fue ir al stand de la editorial y buscar tu novela. De pronto ahí estaba el libro: brillante, entre las novedades editoriales. Wow, me dije, y avancé hacia él. Estiré mi mano, y cuando iba a sujetarlo, otra mano me ganó el ejemplar que estaba a punto de tomar. Dios, ¿te imaginas quién me lo ganó?

—Emmm, no —dije en voz más baja.

—¡Tu mamá!, ¿no es genial? —dijo en voz más baja aún.

—¡No! —le dije todavía más bajo, y reí.

—Y entonces, al verme, como tenía mucho tiempo que no nos veíamos —Fri seguía susurrando—, se le salieron unas lágrimas y a mí también, y nos abrazamos. Luego vi que estaba tu hermana y su pareja, y me dio muchísimo gusto, y también nos abrazamos.

—La verdad es que a mí también me dio mucho gusto verlas —dije ya en un volumen normal—. No me las esperaba. Pensé que nadie vendría a verme —dije y miré los pasos que uno tras otro daban mis chuecos pies enfundados en las botas de Bob. 

—Pues ya ves, hay gente que te ama… —dijo Frida.

Y yo permanecí en silencio, pero por dentro 

explotó un grito

que se desparramó 

por todas partes; llegó incluso

a mi corazón, tan inmerecido

de cariño.

Luego le dije que fuéramos al hotel, para que dejara ahí sus cosas; le dije que si quería podía quedarse conmigo, pues al fin había dos camas en la habitación. Aceptó y así lo hicimos. Al llegar a las afueras del hotel, externó:

—¡Ay papaya de Celaya!

Tomamos el elevador. Ciertamente, pensé en ese momento, no estaría en un lugar como ese en mucho tiempo. Así fue que caminamos por el pasillo alfombrado, y al llegar al número 222 abrí la puerta. No pude encender la luz al primer intento. Cuando lo logré, Frida dijo: 

—¡Qué bonito está!

La habitación, constató ella, tenía dos camas. Luego le ofrecí un café, que aceptó. Sostuvo la taza humeante entre las manos.

—Mañana tengo que irme —le dije, desasosegado, sosteniendo mi propia taza entre mis horrendas manos. 

—No mames, ¿por?

—La editorial solo contempló que estaría un par de días, para la presentación. Pero yo me quedaré toda la semana, para poder ver a Moonspell —le dije—. Van a tocar.

—No mames que van a estar…

Eso dijo Frida, y pronunció el nombre de aquella banda que entre sus éxitos tenía canciones que nos encantaban, como ‘Nocturna’, la cual le había dedicado una vez, varios años atrás, sin mayor razón que por el gusto de aquella música. Ya los habíamos visto en vivo juntos, en el Circo Volador, un montón de años antes, en 2006. Recuerdo que, en un momento del concierto, como estuvimos casi hasta adelante, de alguna forma ella logró llegar hasta al vocalista, Fernando Ribeiro, y lo jaló de la especie de bufanda que llevaba puesta hacia sí, para besarlo, aunque solo logró ahorcarlo. No recuerdo cómo fue que yo me fui por mi cuenta aquella vez (seguro fue mi padre fue a recogerme), pero ella se quedó más tiempo, con algún otro amigo suyo, y entraron al backstage, donde ella logró disculparse con Fernando por el malentendido.

No sabía yo que en esa feria terminaría por conocerlo.

Por lo tanto a Frida también le pareció una hermosa casualidad que Moonspell estuviera en la misma feria que su mejor amigo. 

Tras el café ambos tomamos una siesta, empanzonados, en lo que llegaba la hora de lo que siguiera, fuese lo que fuese.

Hasta que un mensaje me despertó. Solo había pasado una hora. Era Vicente, quien me daba los pormenores de una fiesta que ocurriría en la noche, de una importante editorial “independiente”. Antes, dijo, estaría en la feria con Libertad, la redactora. 

¿Vienes?, me preguntó. No contesté en ese momento, aunque mi respuesta era un rotundo sí: Libertad, admití, me había gustado (un poco). 

Volteé a ver a Frida entonces: aún dormía, en la otra cama, con un apacible sueño, uno en el que tal vez soñaba que viajaba a París conmigo, cuando el libro fuera traducido al francés. 

La traducción sucedería, lo mismo que su intento de suicidio número n, dos meses después de estos hechos relatados, tras arrojarse al mar luego de tomarse un bonche de pastillas, mientras escuchaba en su cel una hermosa canción que habla de un profundo amor a las indomeñables aguas: ‘Ocean cloud’, de Marillion. 

Una escena que tomó prestada de una vez que le conté cómo me gustaría suicidarme.

Pero hay un luchador en su corazón

y su cuerpo es resistente;

los años han sido severos,

pero lo suficientemente amables.

El olor de la tierra

es su olor favorito,

pero de alguna forma está obligado

al punzante y salado infierno,

al lugar donde se lastima

y se asusta.

Y no hay nadie a quien contárselo

y nadie que lo escuche.

canta Steve Hogart, el letrista-vocalista, al principio de esa obra maestra de casi dieciocho minutos.

Mientras tanto Frida despertó, y tras hacerlo nos lanzamos a la feria para encontrarnos con Vicente y con Libertad. 

Como íbamos con buen tiempo dimos un rol por casi toda la feria. Cada vez que lo hacía, cada vez que entraba, me sorprendía por la grandeza de aquel espectáculo. Frida también volvió a sorprenderse:

—Está muy chida —dijo.

Dimos una vuelta especialmente en aquella parte donde se alojaban las editoriales extranjeras. Nos detuvimos un buen rato en Taschen, donde había libros sobre Kubrick, Jackson Pollock o H R Giger. Libros que no podíamos costear, y que además estaban muy pinches pesados. 

Así que salimos de ahí y a Frida le apeteció hacer de la pipí. La esperé a unos metros del baño, más o menos cerca de donde se alojaba el puesto en el que estaba la editorial Sangre de las musas, de Carlos Camaleón, a quien vislumbré a la distancia. 

No me acerqué. 

—¿Quieres un café? —le pregunté a Friduki una vez que estuvo de vuelta.

—Bueno —dijo.

Pero cuando preguntamos a la especie de cafetería que estaba a unos metros de nosotros, nos dijeron que ya no tenían servicio. Eran pasadas las cuatro de la tarde. Aún tenía resabios del dolor del cuello. 

—Chale, yo creo que mejor nos regresamos al hotel —le dije de pronto a Frida.

—No seas puto —dijo Frikiplaza—. Me dijiste que te gustó Libertad y la mamada, así que ahora vamos a verla. 

Para entonces ya le había contado los acontecimientos de la noche anterior, de la fiesta que ofreció el Fondo, mi anécdota alternada con su relato resumido de los meses que estuvo con el Mecánico. 

—Bueno, deja le mando un mensaje a Vicente para ver cómo va —le dije.

Entonces le mandé un mensaje de texto al editor de libros académicos para saber cómo iba. Me contestó no mucho después, diciendo que ya rondaba los pasillos de la feria. 

Así fue que Frida y yo nos acercamos hacia el punto donde nos encontraríamos con él. Demoramos un poco por la enorme distancia que había desde donde estábamos hasta donde sería la presentación de, supe en el momento en que llegamos, una novela de Álvaro Enrigue, a quien leí en La muerte de un instalador en mis años de universitario. 

Esta ocasión Enrigue presentaba Ahora me rindo y eso es todo, una novela que sonaba bien pero que no me apeteció comprar (porque además estaba muy cara). 

Vicente ya estaba esperando afuera de donde sería la presentación. La cabeza gacha que de pronto volteó a verme. Me sonrió como solía sonreírme; la suya es de las sonrisas más genuinas que una persona me ha regalado. Luego miró a Frida y su sonrisa se, cómo decirlo, se perturbó; no se deshizo, no, pero se tornó hacia algo que identifiqué de inmediato como aquello que Frida causa irremediablemente en los hombres: un trastorno, una turbación.

Un impacto.

Se la presenté.

Mucho gusto, se dijeron. 

Mucho gusto.

Entonces yo miré a Libertad, quien se aproximaba a lo lejos. 

Seguí con la mirada cada uno de sus pasos; unos botines que avanzaban con elegancia bajo los pantalones de corte pescador,

aquellos lentes, sus ojos

detrás de ellos.

Los rizos, el cuello 

que dejó de dolerme 

en ese preciso momento, 

cuando le sonreí.

No recuerdo si ella 

hizo lo mismo.

Me temo que no.


Texto publicado originalmente en CanCerbero.

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