Nala

Para Gati

1)

El taburete había pertenecido a su madre. Cuando lo encontré estaba en muy malas condiciones, por eso lo llevé con el carpintero de la colonia: un viejo al que le hacía falta un brazo. No tardó mucho en restaurarlo. Las astillas y el color empobrecido de la madera, así como el pedazo hiriente de tela del cojín, fueron sustituidos por un blanco que brillaba y un anaranjado feliz.

Ese y otros muebles estaban abandonados en la abandonada casa de mi abuela, a la que fui luego de quedarme sin un lugar donde vivir.

Pasaron siete años para que volviera. La última vez que estuve ahí fue justo al día siguiente de su muerte. Aquella ocasión me acompañó quien era mi pareja en ese entonces: una mujer desabrida de piel blanca, pelo chino y varias arracadas en ambas orejas. De un empujón vencí la puerta del zaguán y con una llave cualquiera, que reposaba sobre el medidor de luz, abrí la puerta. (Como la chapa nunca funcionó ahí dejábamos, los miembros de la familia, esa llave: para abrir cuando quisiéramos.)

El lugar era un cagadero. Literal había mierda de gatos y ratones por todas partes. También era panteón de objetos e insectos; bastaba dar un paso para quebrar trozos de vidrio, madera y concreto, para aplastar el cadáver seco de alguna cucaracha o grillo. Fue cuando saqué la anforita de la que llevaba bebiendo desde el día anterior. El whisky barato se deslizó con suavidad por mi gañote. Ella, mi pareja, cuyo nombre era Marisol, me miró limpiarme el líquido de las comisuras con el antebrazo enfundado en una chamarra de cuero negro; me miró adentrarme en el lugar iluminado por la luz de la mañana que se irradiaba por un enorme y quebrado ventanal.

Marisol me miró entrar al baño y pasar mis manos por la pared; una pared de ladrillo pintada de verde agua en pintura de aceite cuyas gotas endurecidas formaban formas que solo yo podía distinguir: el torso de un robot, la cabeza de un rinoceronte.

Marisol me miró arrodillarme frente a la taza del baño y vomitar vómito oscuro y sangre sobre la loseta seca.

Me miró mantenerme de rodillas e, hincado frente a la pared, llorar a gritos por la muerte de mi abuela, la mujer con la que había vivido toda mi infancia y que me había educado con gritos aún más terribles.

Y con la furia inclemente de sus golpes.

2)

Una vez que me calmé, ese día, salí al patio trasero. Marisol iba detrás de mí. Allí la hierba había crecido y se había secado con el poderoso rayo de un sol ausente, un sol oculto detrás de unas grisáceas nubes que abarcaban el cielo por completo.

Salí y tan pronto di un paso algo crujió bajo una de mis botas. Ahí, cuando vivía con mi abuela, solía jugar rebotando una pelota contra las paredes, entre otras aventuras que me inventaba para sobrevivir estando solo.

Luego de dar dos pasos lo vi: un gato gris con rayas negras saltó de entre el hierbajo y trató de huir trepando por una de las paredes, pero no pudo. Era muy grande y gordo. Al caer al suelo se agazapó y trató de esconderse, pero pronto le hice saber que no lo había perdido de vista al lanzarle una roca que tomé de aquel piso repleto de rocas.

El golpe lo lastimó de tal forma que ahora el gato fue quien soltó un alarido. 

Marisol me miró y luego me dijo, sus ojos compasivos tratando de calmarme:

—Déjalo, por favor.

—No —le dije, balbuceando—, ese puto gato está invadiendo mi territorio.

—Déjalo… —repitió ella, y yo tomé lo que al parecer fue alguna vez el palo de una escoba, y me lancé tras el animal que, al verme tan decidido a reventárselo en el lomo, corrió por todo el patio tratando, en vano, de lanzarse contra las paredes para ahora sí huir.

No logré conectarle un solo golpe, y luego de diez minutos estaba tan exhausto como si lo hubiera perseguido veinte kilómetros, corriendo.

Entonces me senté al pie de la puerta que daba a ese patio, a un lado de Marisol, quien ya había encajado su mirada en alguna de las cosas que también estaban ahí tiradas. No supe en cuál.

Mejor saqué la anforita que ella misma me había regalado un par de cumpleaños antes. Bebí el poco whisky que le quedaba.

3)

Mi abuela amaba a los gatos.

Mucho antes de que yo naciera tuvo muchos, unos siete u ocho, y para cuando yo nací le quedaban, de aquellas camadas, solo dos.

Ese par de gatos rondaban por toda la casa; solían recostarse en los brazos de los sillones después de haberles encajado las garras.

El par de huevos que les colgaban a cada uno los confundía con sus nalgas. Y se los tocaba para que pandearan, como péndulos. En mi vida había escuchado mencionar la palabra testículos, los cuales, por cierto, me reventaron en alguna pelea callejera mucho tiempo después.

Para el momento de su muerte, mi abuela ya no tenía gatos. Terminó ahuyentándolos con la escoba o a jicarazos cada vez que podía.  La visitaban algunos callejeros, o con otro hogar, como aquel rayado gris que me encontré en su patio trasero el día siguiente de su muerte. 

Tenía 79 años.

4)

Tan pronto comencé a restaurar la casa de mi abuela, siete años después de su muerte, luego de quedarme sin nada, sin un lugar donde vivir, noté a aquel gato que rondaba la azotea.

Era pardo, desaliñado; su aspecto lo hacía parecer un pequeño gato salvaje.

Los primeros días no se acercó: solo me miraba a la distancia, sin parpadear, agitando ligeramente la punta de su cola. 

Yo hacía lo mismo: mirarlo a lo lejos. Tras volver de cualquier lado entraba a la casa sin más, sin hacerle caso.

Poco después fue que comencé a hablarle. Quiero decir, a lanzarle chiflidos, a llamarle con chasquidos, pero el gato me ignoraba y, si osaba acercarme, huía ágilmente por los techos.

Una noche que fui a la tienda que atendía un cabrón muy amable con toda la cara navajeada, por algo de cenar y de beber, compré un sobre de comida para gato. Al llegar a casa lo serví sobre un platito que coloqué al filo de la puerta. Supongo que le fue irresistible el aroma de aquellos trozos húmedos sabor a pollo pues, tras esperarlo un poco, el gato se apareció y se acercó sigiloso a comer mientras yo, desde la oscuridad, sentado y bebiendo una caguama tibia, lo observaba.

Hice eso algunas veces más hasta que el gato finalmente se acercó. Primero con muchas reservas y timidez, hasta que de plano permitió que le tocara la cabeza por un instante.

Fue hasta el día en que descubrí su género que decidí nombrarle. Antes me había importado poco, en realidad nada, pero fue gracias a una vecina a la que le pregunté si el gato era suyo que/

—No, quién sabe de dónde es, pero sí lo he visto por aquí —me dijo—. Pero no es gato, es gata. Si tiene tres colores, no hay pierde: es hembra.

Hasta ese momento tampoco me había percatado de sus tres colores: gris, negro y un castaño dominante en todo aquel cuerpecito.  

Pensé en ese momento en un nombre, pero no se me ocurrió ninguno.

5)

Nala.

Así decidí nombrar a la gata que ya todos los días iba a tomar su siesta en el taburete de cojín anaranjado y madera blanca, a tomar el sol en el pequeño jardín donde alguna vez hubo un árbol limonero, a comer bajo la pileta donde mi abuela lavaba su ropa.

Todos los lugares en los que la vieja solía estar.

Luego se iba. Nunca supe a dónde. Simplemente desaparecía. 

6)

Fue una de esas noches en que se quedó a dormir en el taburete, luego de que yo ya me había refinado media botella de ron, que me habló.

—Ismael —dijo—. Soy yo. 

Dada la inflexión de las palabras en la boca del animal, me fue muy difícil entenderle, por lo que le pedí que dijera de nuevo lo que había dicho. 

El gato lo repitió. Luego continuó:

—¿Qué haces en mi casa?

Mi abuela creía en la reencarnación. Decía que una persona, si se portaba mal en vida, podía reencarnar en algún animal, especialmente en el que detestara.

—¿Abuela?

—Sí. Contesta mi pregunta —dijo, con su voz de gato. Era tan ruda como la recordaba.

No me quedó más que explicarle los motivos por los cuales me había quedado sin hogar, entre ellos el alcoholismo recalcitrante que me había hecho perder, primero, a mi esposa de entonces, llamada Noemí, luego mi trabajo en una agencia de venta de automóviles, y luego la hipoteca, y luego…

—La historia de cualquier mortal —dije sin verla y di un trago al ron.

—No te eduqué para eso —dijo luego de lamerse una de sus patas—, para que terminaras viviendo en los escombros de una casa que yo sí terminé de pagar.

Me quedé mirando la botella de ron. Me serví otra cuba y, tras darle un buen trago, miré al gato. Bostezaba enseñando sus pequeños colmillos.

—¿Entonces para qué? —le dije.

El gato se estiró sobre sus cuatro patas y saltó del taburete. Lanzó un maullido que indicaba que quería algo de comer. Me puse de pie y lo alimenté por segunda vez en la noche. Luego de que terminó, lanzó otro maullido, el cual indicaba que tenía que abrirle  la puerta principal. Le abrí. El gato no salió de la casa de inmediato: observó a su alrededor, se lamió un poco el sitio donde los a los gatos machos les cuelgan los tanates, y saltó por la barda, donde se quedó un momento quieta, con el rayo de la luna iluminando su pelaje.

Yo cerré la puerta y seguí bebiendo hasta que se terminó la botella. Es decir, al amanecer del día siguiente. 

Luego me fui a dormir.

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