Escribir Hecatepec con H

—Me gustó mucho su libro —dijo la mujer—, solo que tiene un problema.

—Cuál será —me pregunté antes de leer lo que había escrito ella después de los dos puntos.

—Hecatepec se escribe sin H.

La mujer, que escribió eso no recuerdo dónde, o que quizá me lo dijo personalmente, tenía razón. Incluso, estrictamente hablando, se trata de una falta ortográfica. Porque Ecatepec, el municipio mexiquense, va sin H.

Eso también ocurrió cuando Metal, novela de la que hablaba aquella mujer, y que tuvo la dicha de ganar el premio universo de letras, comenzó a ser editada. Violeta, la correctora de estilo a cargo, me dijo tan pronto se dio cuenta:

—¿Es adrede que Hecatepec vaya con H?

—Sí —le dije, y en adelante aquel fue un tema recurrente, sobre todo cuando se me ha entrevistado a propósito de ese trabajo: ¿Por qué escribirlo así? ¿Por qué Hecatepec con H?

Hay una respuesta corta y una larga.

La corta es: porque es mí Hecatepec.

La larga… bueno, no hay larga.

La verdad es que solo es un juego de palabras. Por alguna razón quise, cuando comencé a escribir esa novela, alejarme un poco de la realidad, poner distancia con ella para poder contar lo que me pegara en gana. Y la forma más sencilla de hacer eso, creo, es cambiando los nombres; una treta recurrente entre escritores, especialmente cuando se trata de personas “reales”, pero también de lugares (y acá uno encuentra ejemplos en Rulfo, García Márquez o Faulkner, quienes entre otras cosas tienen eso en común). 

Acá, sin embargo, suena absolutamente igual. El nombre del lugar. Porque en realidad el cambio es casi inocuo. Y si no lo es del todo es porque la intención detrás, además de poner distancia con el Ecatepec real, este donde estamos ahorita, y de divertirme haciéndolo, era emparentar el nombre del municipio con la palabra hecatombe, que proviene del griego y latín ídem, y que significa, según la RAE:

1. f. Mortandad de personas.

2. f. Desgracia, catástrofe.

3. f. Sacrificio de 100 reses vacunas u otras víctimas, que hacían los antiguos a sus dioses.

4. f. Sacrificio solemne en que es grande el número de víctimas.

Bien sabemos que nuestro municipio es un lugar peligroso para casi todos sus pobladores (en especial para las mujeres). Lamentablemente no es que uno pueda enorgullecerse de eso: de vivir en uno de los lugares más violentos de Mexico. Es incluso vergonzante. 

Yo he sentido vergüenza de mí mismo.

Pero ahora vuelvo a eso.

Seguiré hablando de Hecatepec, con H, como un universo literario que se me apareció de pronto posible.

Recientemente, un editor amigo mío, quien ahora tiene en sus manos mi más reciente novela, inédita, me dijo:

—Me late la propuesta, carnal, pero yo le quitaría la H a Hecatepec.

Le dije que podría ceder en eso, pero que no estaba del todo de acuerdo con hacerlo. Que sentía feito despreciar aquel lugar por el que fui de pronto «conocido». Por escribirlo. Por inventarlo.

Él me dijo que aunque entendía el por qué se llamaba así, y las razones de esa posible popularidad, le parecía vacuo, por lo menos, o insensato, de plano, llamarlo así. Quizá hasta infantil. Que quizá, incluso, no le gustaba cómo se veía esa palabra impresa. Que por sí misma era fea.

Le dije que probablemente tenía razón, pero que por favor primero leyera el trabajo completo (cosa que no ha hecho) y ya luego viéramos eso. Que, en efecto, no era tan importante, al menos no para el desarrollo de los hechos que se desarrollan en las páginas de esa novela, el nombre del lugar.  

Me gustaría revelar un poco de la trama de esta, pero prefiero que sea sorpresa y que cuando salga a la venta la busquen y la lean. Porque eso me ayudará a seguir comiend/ quiero decir, escribiendo. Eso en caso de que se publique con una editorial que haga el legítimo pago de regalías, que normalmente representan el 10% sobre el precio de venta al público. Pero si sucede en una editorial independiente, supongo que incluso terminaré poniendo dinero de mi bolsillo.


Es posible que mi novela anterior, llamada El sufrimiento de un hombre calvo, y que también se llevó un premio (este llamado de novela breve de humor), también se desarrolle en Hecatepec con H. Digo que es posible porque en realidad nunca se menciona dónde sucede la acción, pero conozco a alguien, una guionista gabacha que se interesó, primero, por traducirla al inglés, y luego por adaptarla para el cine (aunque no hizo ni una ni la otra), quien me dijo:

—No hay historias como esa contadas en el cine mexicano. No hay historias sobre Ecatepec.

Ella supuso que en Ecatepec suceden los hechos de esa novela. Y me temo que sí. Y creo que tiene razón, porque quisiera ser optimista y decir que debe haber alguna película mexicana que hable sobre o se desarrolle en Ecatepec. Pero la verdad lo ignoro (quizá alguien aquí lo sepa). Prefiero decir eso, que no lo sé, a tajantemente decretar, frente a ustedes, que «en efecto no hay películas mexicanas que hablen sobre nuestro municipio».

Y es que un problema que tengo es que soy muy ignorante (bueno, en realidad no lo veo como un problema, sino como una bendición) y a veces desinteresado, por lo que antes de conocer a los autores que participan en esta feria del libro —digo, no es que ya los conozca muy bien—, muchos de ellos ecatepenses, o ecatepequenses (yo ya no sé yo cuál es el correcto, o si lo son ambos), pensaba que estaba solo, que era el único autor de Ecatepec.

Sé que también era un engreimiento, pero la ignorancia, me temo, también es sabia, pues cierto día, en un botadero de libros en la ciudad de México, me encontré una novela llamada Musofobia, de un tal Jorge Harmodio. Supongo que era un dato falso, o quizá leí mal, pero en la solapa, donde viene la información biográfica del autor, decía que era de Ecatepec. (Y si digo que quizá es falso es porque en internet dice que nació en Mexicali.) Ese dato fue suficiente para mí para, muy emocionado, comprar la novela y dejarla varios meses arrumbada en algún rincón de mi librero y tratar de leerla mucho tiempo después. Digo tratar porque lo intenté, pero el libro me bateó y no pude sobrepasar las primeras diez páginas. No digo, en absoluto, que sea malo, sino que, simplemente, no era para mí.

Ese fue el «primer» autor de Ecatepec que conocí. El otro fue Jorge Belarmino Fernández, quien creo que también fue invitado a esta feria, con su novela San Ecatepec de los obreros, que me regalaron en la fiesta librera Para leer en libertad que se hizo aquí enfrente en 2019, antes de la pandemia. Aunque la verdad la tuve antes, en una de esas fiestas pero de varios años antes y llevada a cabo en la ciudad. 

La verdad no la he leído, lo admito y lo siento, pero suena muy bien. Espero hacerlo algún día, aunque supongo que ese día debió haber sido hace mucho, para que ahorita pudiera hablarles también de eso, de esa novela, y no solo de mí.

Y es que fue Eusebio Ruvalcaba, el escritor jalisciense muerto en 2017, quien fuera mi maestro y con quien trabajé la novela del hombre calvo, quien alguna vez le dijo a los alumnos de su taller que:

—La grandeza de un escritor radica en cómo reconoce la grandeza de otros escritores.


Un día como hoy, pero de hace treinta y cinco años, nació María del Carmen Hernández Sánchez, la primera escritora ecatepense que conocí.

Fue en un salón de una secundaria privada que se encuentra sobre la Vía Morelos, no muy lejos de donde estamos; específicamente fue en una clase de Español. Aquella clase la daba una maestra de nombre Arely Cruz Montes, de las pocas, si no es que la única, maestras de las que recuerdo su nombre completo, y de quien ya no he sabido nada, pero a quien le agradezco muchísimo el haber puesto en mi camino, entre otros, las novelas Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, y Aura, de Carlos Fuentes.

Iba a decir que por ella también conocí El Apando, del enorme José Revueltas, a quien celebramos hoy y lo que dure esta feria organizada por el centro cultural que ahora lleva su nombre, pero no fue así. A Revueltas, José, lo conocí después, pero lo que sí es cierto es que a esas tres las considero piezas clave de la novela breve mexicana, editadas todas ellas por ERA hasta el día de hoy.

Cierto día Arely Cruz Montes nos pidió a sus alumnos hacer, como tarea, un cuento que tuviera que ver con el día de la bandera. Teníamos carta blanca: podíamos escribir lo que quisiéramos, pero tenía que hablar de eso.

En ese entonces yo era un puberto precoz entusiasta de los juegos de video, y pretendí desarrollar mi historia en esos términos: con una trama complicada llena de personajes con nombres extranjeros. Me aventé como diez páginas, que en ese entonces era muchísimo, como si hubiese escrito una novela. Y antes de hablar sobre mi entusiasmo por los libros, la lectura y la escritura, les cuento la cara que puso la maestra Arely cuando terminé de leer aquel bodrio: una de esas caras que uno pone cuando la comida sabe fea. Yo me la había chaqueteado de una manera inusitada en una época en la que aún no me había chaqueteado literalmente.

Luego leyó Carmen.

Su cuento era de una sencillez asombrosa: unos niños en una escuela se organizaban para el dichoso día de la bandera. No recuerdo la trama, pero Arely Cruz Montes la felicitó frente a todos, quienes quizá le aplaudimos a Carmen, quien me había dado la primera lección de literatura, lección que profeso hasta la fecha: claridad y condición. Como lo hicieran Revueltas, Pacheco y Fuentes en sus novelas.

Y aunque ese no fue el hecho definitorio que nos unió, y aunque nuestras vidas han tomado rumbos distintos, Carmen y yo seguimos siendo amigos hasta el día de hoy, 21 años después de aquello.

Y yo le sigo agradecido.


No puedo hablar de Ecatepec, el municipio real, y sobre escritura, si no hablo un poco de mi niñez.

Yo espero que entre el público que haya aquí se encuentre mi hermana Cindy. Ella fue mi primera maestra, o una de las primeras, junto con mi madre (que espero también esté aquí) y mi abuela materna (que ya no puede estar porque está muerta, pero cuyo cadáver estuvo muy cerca, en el panteón local que está a un par de cuadras de este recinto cultural, aunque sus cenizas ahora reposan en la vitrina de la casa materna); en fin, que a las tres les agradezco sus enseñanzas, a Cindy y a mi abuela en particular.

A mi hermana porque ella me enseñó a leer. En el mito que he construido sobre mí mismo digo que a los tres años. En buena onda: me recuerdo leyendo, o aprendiendo a hacerlo, antes de pisar cualquier tipo de salón de clases. Recién corroboré el dato con ella y asegura que habría sido a los cuatro o cinco años. Espero que no pretenda escamotear mi inteligencia, que es mucha, pero supongo que no pues la memoria suya es envidiable.

El caso es que ella me enseñó a leer.

Y mi abuela, con quien vivimos los dos y mi otra hermana (quien sé que no estará aquí porque me avisó que no vendría), me enseñó también a leer. Me gusta mucho contar cómo no nos dejaba salir con nuestros amigos de la cuadra si no le leíamos en voz alta durante una hora. El castigo, como me dijo un colega recién, se tornó en premio: de pronto prefería quedarme a leer en vez de salir a la calle. Mis amigos de entonces, quienes de algún modo siguen en mi vida, pensaban que estaba loco.

Y quizá así era.

Fue gracias al hábito aprendido en casa que en la primaria el gusto empezó a agrandarse. Y como ahí también pensaban que la lectura era un castigo (ahora que digo esto, mi abuela no necesariamente nos castigaba, sino que buscaba que fuéramos un poco menos idiotas, y lo logró), si te cachaban haciendo alguna travesura, te mandaban al llamado «Rincón de lectura», un salón polvoso y abandonado donde tenían, sobre una estantería de hierro, varios títulos. Y como en la escuela me portaba muy bien, la vez que me regañaron, no recuerdo por qué, me regañaron en serio e hicieron que leyera, por lo menos, una decena de esos títulos para el fin de semana.

Yo, como siempre he sido un nerd, un ñoño, un anticuado, lo hice. Aún recuerdo que ese sábado se fue la luz, pero que no importó y bajo la tenue iluminación de una vela seguí leyendo, como no había hecho en toda mi vida hasta entonces, imaginando mundos ajenos, quizá hermosos, alejados de aquel que era el mío, a veces tan triste y doloroso.


Antes de concluir, porque sé que diez minutos seguidos de lectura pueden ser eternos, quisiera contarles que hace quizá un par de años, antes de la pandemia, caminaba por la avenida que está aquí a un lado, y que tiene un nombre de inusitada originalidad: Avenida Morelos.

(Ah, porque aquí todo tiene que ver con Morelos, o con el Viento, o con el dios Ehécatl… excepto esta feria, lo cual celebro.)

Caminaba, pues, por ahí, solo y triste como estaba, y miré a unas mujeres como de mi edad detenerse frente a un puesto de esquites mientras compraban unos con molleja y patitas. Las miré tan felices que no pude evitar pensar: no todo está perdido, me gustaría casarme con una oriunda de aquí.

No mucho después hablé con mi padre (quien espero que esté aquí) al respecto. Me preguntó:

—¿No tienes prospectos de novia?

—Un par —le dije.

Y me preguntó por sus características. Le hablé entonces de aquella mujer que estudiaba un doctorado en una universidad muy importante, que era sonriente, sencilla y alegre; aquella mujer que siempre me había tratado muy bien… y que era de Ecatepec.

Su nombre era Marcela, y ahora está también conmigo (hoy también). Se lo agradezco.

Ella ya me había acompañado antes de que tuviéramos una relación (llevamos más de una década de conocernos) en un par de presentaciones, tanto de Metal como de El sufrimiento de un hombre calvo, o de mi libro de relatos Cada monstruo tiene su debilidad (que edité yo mismo, y que no tiene premios). Una vez, cuando estábamos en uno de los varios departamentos en donde ha vivido, me dijo:

—Leí Metal y me gustó mucho, especialmente el final.

Ese comentario me hizo notar dos cosas: la primera, que era muy generosa conmigo pues a nadie le había gustado el final. Y la segunda, que aquel era el mayor reconocimiento que alguien podía darme (más allá de cualquier premio literario): el haber leído mi trabajo y, de algún modo, el haber conectado con él.

Supongo que esa es la única búsqueda «noble» de la escritura. Más allá del propio bien que puede hacerle a uno mismo, a la persona que escribe, el bien que pueda hacerle a la persona que lo lee. Lo cual no está en manos del escritor, por cierto. Por eso pienso que eso no ocurre a un nivel masivo y a gran escala, sino poco a poco. Es decir: la lectura por sí misma no es generadora de cambios sociales. ¿Y entonces qué haces aquí?, me preguntarán ustedes, con justeza. Creo que la lectura sí genera un cambio, pero paulatino, en los individuos. Y no solo una lectura, sino varias, y después de mucho tiempo. Y no siempre para bien. La lectura, como el arte, es amoral. Ya sabemos: por ella puedes convertirte en una persona decente, con un empleo, que va a la iglesia todo los domingos. O volverte un escritor como yo: sin varo, barbudo; a veces malo, a veces bueno. Muchas otras sonriente. Otras ni una ni otra. Escribiendo, casi siempre.

Solo.

Porque la escritura es un ejercicio que se ejecuta en la más absurda soledad; es una batalla constante con uno mismo. Con nuestros ángeles y demonios. Nada más lejos de lo gregario. Salvo cuando hay taller de escritura, como el que tendré al rato, donde los escritores nos congregamos y comentamos nuestros textos.

Quizá Kurt Vonnegut, autor del que recientemente he hablado mucho, tenía razón cuando decía que lo único que busca una persona es no estar sola, y que en compañía es donde se encuentra la felicidad. Y la felicidad va más allá del arte o de la escritura.

Por eso les agradezco mucho que hayan estado esta tardenoche conmigo.

Fotografías de Marcela Martínez.

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