Supermán

Íbamos en tercero de primaria, y en realidad no éramos amigos.

Se llamaba Kevin y tenía unas gruesas pestañas negras que rodeaban sus ojos grandes, azules.

Kevin era un poco más bajo que yo. Quizá media cabeza. Cosa rara, porque los dos años anteriores yo fui siempre el primero en la fila. Ahora era él, y luego yo, quienes nos formábamos hasta el frente cuando había que hacer, por ejemplo, honores a la bandera.

Portábamos un uniforme típico de secundaria gubernamental: pantalón gris, zapatos negros, camiseta con cuello blanca y suéter azul. El mío estaba roto de los codos. El de Kevin solía tener mocos secos, verdes, en las puntas de las mangas.

Ambos éramos los más burros del salón. Así nos decían. El maestro, de nombre Inaudito, nos colocaba unas grandes orejas por reprobar los exámenes o por no llevar la tarea. Y nos ponía en un rincón del salón.

—Miren —le decía al resto del grupo—, esto es lo que pasa cuando no estudian. ¡Se vuelven burros! —y replicaba el sonido de uno—: Maaaahhhiiii, maaaahhhiiii.

Y todos se reían, menos nosotros.

*

Decía que Kevin y yo no éramos amigos. Yo tenía un par, pero tras haberme agarrado a golpes con ellos (con uno, en el baño, después de que se burló de mi suéter; cayó al piso mojado de meados; y el otro, un mediodía, en el recreo, luego de que no me compartiera de su sándwich) ya no tuve ninguno, y Kevin a veces se juntaba con las niñas.

Digo que a veces porque el resto le hacíamos burla y le decíamos maricón. O putito.

Los insultos no iban a más porque Kevin tenía un hermano mayor, que iba en sexto. Se llamaba Azael. Y contrario a Kevin, era grande y fornido, y se le conocía por ser muy bueno en los madrazos.

Kevin solía acusar a sus bullies con su hermano y este no escatimaba, ni preguntaba, al momento de llegar y reventar narices con sus puños.

A mí nunca me acusó. Primero pensé que era porque yo no lo hacía tan evidente. Eso de insultarlo. Siempre fui un cobarde y le gritaba cosas entre las otras cosas que le gritaban los otros. Por lo bajo.

Porque, en realidad, yo no tenía ningún problema con él. Lo tenían los demás, pero había que mostrarse de acuerdo con ellos si no se quería ser una más de sus víctimas.

*

Tanto Kevin como yo vivíamos muy cerca de la escuela. Mi casa estaba a un par de cuadras y la de él a unas seis. Lo supe una vez que, tras comprar un paquete de estampas para el álbum del mundial (yo fungía de portero en los juegos de futbol que se armaban en la clase de deportes, y la verdad era lo mejor que hacía, pero como no tenía pants jugaba con el pantalón gris y los zapatos negros del uniforme, que solían terminar hechos mierda, provocando la furia de mi madre), lo vi caminando solo rumbo a su casa, con una rebosante bolsa de chicharrones.

—¿Me das? —le dije cuando estuve a un lado de él. Kevin, sin decir nada, me extendió su bolsa de frituras ahogadas en salsa que compartió conmigo varios metros, hasta que llegamos a la esquina donde era mi casa, y donde, en ese momento, no había nadie: no tenía padre ni hermanos y mi madre trabajaba. Era sirvienta en la ciudad.

—¿Dónde vives? —me preguntó Kevin, y en vez de decirle ahí, en esa calle que ves, para adentro, en una de las últimas casas, una con techo y puerta de lámina, sin baño y sin número, donde apenas cabemos mi madre y yo, le dije:

—Más pallá delante, ¿y tú?

Kevin hizo una seña con el rostro indicando que también, que siguiéramos.

Los chicharrones no duraron todo el camino. La panza me rugía de hambre, 

al igual que la de él, pero ninguno se lo hizo ver al otro en ese momento.

Su casa también se adentraba en una de las calles, pero estaba bien construída, con techo de concreto y puerta de acero.

—Pásale —dijo Kevin cuando abrió dos chapas con su llavero.  

Adentro era pequeño, pero las paredes estaban aplanadas y había una sala, un comedor, un par de cuartos y un baño. 

Tampoco había alguien.

—Mi mamá todavía no llega de trabajar —dijo Kevin mientras se encaminaba a su habitación y sobre su cama colocaba su mochila.

—¡Ven! —me dijo, pues yo me había quedado ahí, en la entrada, de pie. No pasaba a una casa si no me decían que podía hacerlo.

Entré.

—Deja ahí tu mochila —dijo Kevin, y la dejé en el suelo. Junto a su cama había un bote, como los que en mi casa usábamos para llenar de agua con una jícara y una manguera, pero repleto de juguetes. De muñecos. Figuras de acción, personajes de los cómics. 

Superhéroes.

—¿Quieres jugar? —me dijo, señalando el bote. Yo no tenía ningún juguete en casa. Jamás había recibido uno en mi cumpleaños, o en el día de reyes, o en navidad. En ninguna fecha, ningún día de mis nueve años.

Sin responderle miré al interior de este. Así como la salsa se desparramaba de su bolsa de chicharrones, así el bote de monos.

—Tú sácalos, no te dé pena. Son míos y de mi hermano.

Tomé los que había en la superficie. Eran personajes que en mi vida había visto. Los sostuve con ambas manos y los miré. A los que podían flexionar piernas y brazos, se los flexioné. Era increíble el detalle de aquellos trajes y musculaturas.

Entonces, entre los otros muñecos que ahí había, me encontré con un Supermán, pero que llevaba una chaqueta de cuero puesta, y unos lentes de sol.

—Ese es Superboy —dijo Kevin—. Es de mis favoritos.

Miré al muñeco y luego lo miré a él.

—¿No es Supermán? —dije.

—No, es Superboy.

Permanecí en silencio. Flexioné los brazos del muñeco: también llevaba guantes negros, como de motociclista.

Lo hice volar frente a Kevin. 

—Fiuuu, fiuuuuuu.

Kevin se rió. Luego me dijo:

—¿No quieres comer? Ya me muero de hambre…

Me limité a asentir.

*

Una olla de sopa de letras reposaba sobre la estufa, que él mismo encendió; un comal para las tortillas y otra olla con carne de puerco con verdolagas.

—Mi mamá hace de comer antes de irse al trabajo —dijo Kevin mientras comenzaba a servir en unos platos de porcelana hondos. Colocó uno de estos lleno de sopa humeante frente a mí, que aguardaba hambriento por la comida como si aquel que servía fuese mi propia madre, aunque ni ella lo habría hecho tan bien.

—Gracias —le dije, y de inmediato, a pesar de que la sopa hervía, comencé a tragar.

—Cuidado, está caliente…

—Ajám…

Kevin se sentó después de mí y comenzó a comer delicadamente, soplando cada una de las cucharadas que se servía.

—¿Y tienes papá? —le pregunté de repente.

—Sí —dijo—, solo que anda en otro estado trabajando.

—Y tu hermano, ¿no va a venir?

—Sí, solo que llega más tarde, porque se va con sus amigos a jugar futbol y a fumar.

—¿A ti no te gusta?

—¿Qué?

—El futbol…

—No, para nada —dijo y luego pestañeó. Nunca había visto unas pestañas tan grandes. Me le quedé mirando y luego sonrió, por lo que tuve que devolver la mirada al plato de sopa.

En cuanto terminamos de comer volvimos hacia el bote de los juguetes, y Kevin encendió la televisión. En ese momento se transmitía una telenovela. Me quedé mirando la pantalla, apendejado.

—¿También te gusta esa novela? —dijo.

—No sé cuál es —le dije. En mi casa tampoco había televisión.

—Se llama Rosa salvaje, ¿a poco no las has visto?

—No.

—Ella es Verónica Castro, ¿la conoces? —dijo cuando salió en la pantalla Verónica Castro.

—No.

—Ash —dijo Kevin, de esa forma por la cual lo molestaban en la escuela. Acto seguido se puso de pie y se encaminó a la que, supuse, era la habitación de su madre. Estuvo ahí unos minutos, revolviendo cosas del ropero (en mi casa tampoco teníamos ropero). Aproveché para ir hacia el bote de muñecos y de ahí tomé el Supermán de juguete que me guardé en uno de los bolsillos de mi pantalón, en el que no tenía un hoyo, hasta que Kevin volvió a aparecerse…

…vestido de mujer.

—¿Cómo me veo? —dijo.

Primero escuché su voz y luego, de la pantalla de la televisión que miraba sin pestañear, mi mirada se dirigió hacia él.

—¿Por qué traes vestido? —dije.

—Porque me gustan.

—Eres puto.

—Tú también eres puto —dijo, y se rió.

—No, yo no…

Entonces Kevin empezó a caminar hacia mí, con los tacones de su madre que también se había puesto. Sonaban a cada uno de sus pasos chuecos. Le quedaban grandes.

—A ver, te reto a que camines con ellos —dijo.

—No, yo no soy mujer.

—No te pasa nada, ¡eres puto si no te atreves!

Me levanté de golpe, como si llevase resortes en el culo y casi grité:

—¡Puto tú!

—¡No, puto tú! —dijo.

—¡Que no, puto tú! —dije.

Puto tú

No, tú

Que tú

Y entonces Kevin me agarró por los cachetes y me dio un beso en los labios, que él llevaba pintados de rojo. Me sostuvo unos segundos y luego me soltó y me miró. Yo también me le quedé mirando, y en ese momento, luego de que mis ojos comenzaran a humedecerse por un incomprensible llanto, se escuchó cómo abrían la doble chapa de la puerta.

Era Azael, su hermano, quien al ver vestido como mujer a Kevin, dijo:

—¿Qué haces, pinche joto?

Kevin me soltó y echó a correr hacia la habitación de su madre. Azael me vio ahí, de pie, congelado, con los labios también semipintados, mientras iba detrás de su hermano. Una vez que estuvo frente a mí, me dijo, tomándome por la solapa de la camiseta blanca con cuello:

—Si no te vas ahorita también te parto la madre.  

Corrí hacia la puerta e intenté abrir, pero no supe cómo, al principio. Esos segundos perdidos bastaron para escuchar cuando Azael surtía a puñetazos a su hermano.

Finalmente la puerta cedió y pude salir.

Antes de echar a correr, logré escuchar con claridad el llanto de Kevin.

*

Por la noche, cuando llegó mi madre a casa, como siempre cansadísima, me miró jugando con el Supermán.

—¿Y ese mono? —me dijo al verme.

—Es Supermán —le dije.

Mi mamá se adentró a la casa y tan pronto se sentó sobre la cama le quité los zapatos y le acerqué sus chanclas para que en ellas posara sus pies desnudos e hinchados.

—De dónde lo sacastes —dijo.

Al principio no supe qué responder.

—Que de dónde lo sacastes —repitió.

—Me lo regaló un amigo —dije.

Mi madre fue ahora quien se quedó callada un instante.

—Mañana se lo devuelves —dijo.

Yo permanecí en silencio.

—¿Me oyes? —dijo.

Alcancé a asentir, pero no tenía esas intenciones. Ya vería la forma de esconder al muñeco, para seguir jugando a que podía volar con él.


Texto publicado originalmente en Neotraba.

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