La triste osadía del Señor Segovia (XII)

Me habría gustado quedarme 

un poco más 

en La Perla (Books and Records), que era casi 

el paraíso (Spota dixit), pero seguí 

caminando en búsqueda 

de un lugar donde quedarme, de un lugar donde 

caer.

Lo encontré casi media hora después, conforme avanzaba sobre una avenida de cuyo nombre no puedo acordarme. Ahí vi un pequeño letrero azul con letras blancas que decía:

INTERNET

TELEVISIÓN 

AGUA CALIENTE

El letrerito anunciaba otros servicios y estaba en lo alto de una ventana (desde ahí era, en realidad, casi que invisible, así que no sé cómo fue que lo vi). También indicaba un teléfono celular al que mandé un whats para preguntar por el costo por hospedarme tres días –lo que me quedaba de tiempo en Guadalajara–, y para saber si era posible hacerlo así. 

En lo que me respondían el mensaje, seguí caminando. 

Esta ocasión opté por seguir Google Maps, con la finalidad de ver qué tan lejos quedaba la Feria de la dichosa casa, que era enorme, rojiza, con un blanco zaguán –gigante– y un patio largo donde había estacionado un coche. 

No era un asiduo usuario de la aplicación. Entre otras razones –que tenían que ver mucho menos con la idea de que sabía muy bien el camino (en este caso no lo sabía)–, porque la batería del teléfono, como ya he dicho, se desgastaba a la menor provocación. Así que vi el camino, procuré memorizarlo lo más posible y, si lo necesitaba, pensé, consultaría el mapa nuevamente, pero muchos metros después. 

Así lo hice: avancé tanto como pude, sin ver, y volví a consultar el mapa tan pronto lo necesité. No fue tan difícil porque, por fortuna, el camino era casi todo recto. Lo cual me pareció un poco extraño en algún momento, pero seguí avanzando.

El cielo, sobre mí, comenzaba a oscurecerse

era, acaso, el anuncio

de un mal augurio, la advertencia

de que debía correr, escapar

o guarecerme

de todo. 

Conforme caminaba, una sensación de extrañeza, como de aislarme de ese mundo donde todo transcurría con normalidad, de saber que no todo en Guadalajara era la Feria (aunque para mí lo era), me hizo sentir que me movía dentro de una burbuja y como tal, 

una burbuja frágil, capaz de romperse

con el simple pinchazo

de una aguja.

O de no romperse

nunca

bajo ninguna circunstancia.

La primera gota de agua que sentí cayó sobre mi frente amplia. Levanté la mirada hacia ese cielo cada vez más gris, más negro, y luego miré de nuevo el mapa. Me faltaban algunos metros para llegar, pero ¿dónde diablos estaba la Feria? 

A la distancia solo se veían más casas, más tramos de avenida común y corriente. Nada de lo que había visto antes. Pensé entonces que quizá había llegado por otra parte, por un camino oculto para el visitante común, sentí

que era un afortunado, nuevamente

un bendecido por Dios

–o por el Diablo–

cuya mano sobre mí –de cualquiera de esos dos– se cernía

sin abandonarme. 

Entonces vino la tormenta. 

El agua se dejó caer como cubetada inacabable sobre los pocos que caminábamos sobre la banqueta. Fue así que corrí, corrí con las botas de Bob el constructor puestas y la maleta de rueditas girando a tope queriendo hallar la gigantesca Feria que de pronto se ocultaba ante mis ojos, hasta que di con un edificio cualquiera, camuflado entre el resto de las viviendas, en cuya fachada decía:

FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE GUADALAJARA
Oficinas centrales

Me cubrí debajo del edificio, en una especie de arco donde había un pequeño espacio para aparcar un coche. Miré de nuevo el mapa: había llegado, decía. Y cuando estuve a punto de mentarle la madre al universo, y especialmente a mi soberana estupidez, recibí una llamada telefónica. 

Era la persona de la habitación. Me indicó que normalmente no aceptaban huéspedes momentáneos, pero que lo intentarían esta vez. Me citó, entonces, ese mismo día, más tarde, para ver la habitación.

–De acuerdo –le dije. La persona, una mujer, me dijo algo más, pero entre la lluvia y el volumen bajísimo de la bocina, no alcancé a escucharla. Yo solo le decía que sí, que estaba bien, a todo. 

Al colgar, la batería se había bajado casi a la mitad. Fue así que opté por viajar, gracias a su último resquicio de energía, en Uber hacia la Feria con todo y mis tiliches. Esta vez me aseguré de poner la dirección correcta (bueno, pensé aliviado, no hay manera de volver a llegar aquí, si aquí estoy) y solicité el vehículo (que, por entonces, aún te ofrecía una botella de agua al subir). Esperé unos siete minutos su arribo. 

Una señora fue quien se estacionó enfrente. Puso las intermitentes. Tras mirar a ambos lados, crucé. La conductora abrió la cajuela sin bajarse y subí la maleta de rueditas. Llevé conmigo, en el asiento trasero, mi mochila (“La mochila es la vida”, comentamos Vicente y yo alguna vez por alguna anécdota etílica que en algún otro relato contaré –mejor no–) y mi bolso. 

–Buenas tardes –le dije al subir, un poco mojado.

–Buenas tardes, joven. 

Le pedí a la conductora si podía conectar mi teléfono porque ya casi se me acababa la pila. Me dijo que sí y me pidió el respectivo cable. Lo saqué de algún lugar de la mochila. Era un cable demasiado corto, que apenas y permitió que el celular permaneciera sobre el asiento del copiloto. 

En algún momento del viaje –que duró unos diez minutos– la conductora me preguntó por qué motivo visitaba la Feria.

–No me diga que usted es escritor –dijo, con cierta emoción que dejó ver a través del retrovisor.

Por alguna razón, con la conductora me sentí con la plena confianza de decirle que sí. Sin avergonzarme. 

–Así es.

–No me diga que es famoso, porque no lo reconozco –la conductora alternaba su mirada entre el espejo y el camino.

–No, no lo soy. Afortunadamente.

La conductora se puso un poco seria.

–¿Y sobre qué escribe?

Le hablé entonces de Metal. Le conté un poco de la trama. La conductora, luego de hacer un gesto como de que no sonaba tan mal, me dijo:

–Tengo un hijo adolescente, ¿cree que le interese? Se la pasa todo el día viendo el cel…

–Yo espero que sí… –dije.

Entonces me preguntó mi nombre y dónde podía conseguir el libro. Le ofrecí dicha información hasta que, finalmente, llegamos a la Feria. 

Para entonces la lluvia había cesado y la gente entraba y salía del centro de convenciones. Fue así que decidí, con la pila recargada del teléfono apenas un poco, echarle un mensaje a un colega que, supe, estaría ahí dentro a partir de ese día –y hasta el día de mi partida. 

Qué onda, Darío, cómo estás, carnal, dónde andas, le escribí. Darío es un hombre alto, robusto (por alguna razón, que le atribuyo a mi alcoholismo, en algún momento, cuando lo conocí, sentía que era de mi tamaño), de gafas y bigote bien recortado. Lector empedernido y corrector implacable, unos meses antes había presentado conmigo el libro de relatos Cada monstruo tiene su debilidad, que autopubliqué y que llevaba conmigo en mi bolso. 

Darío es, sobre todo, un hombre sensato. Y amoroso, pues me contestó: Estoy acá en la FIL, manito, ¿y tú? ¿Sigues por acá? ¿Nos tomamos un café?

Salió unos minutos después y, tras abrazarnos apretando un poco nuestras respectivas jorobas –y lonjas–, acudimos a un café que estaba en las orillas del centro de convenciones. Por aquel entonces había descubierto el chai latte y no dejaba de pedirlo –si lo tenían– en las cafeterías a las que iba. 

–¿Cómo te fue en la presentación? –preguntó Darío una vez que tomamos asiento y que cada quien pidió lo suyo en la caja. Le conté los pormenores que ya he detallado en capítulos anteriores–. Me habría gustado estar –dijo–. En cuanto pueda consigo la novela.

Así lo hizo, creo, poco después.

Quien atendía, un joven vestido con un mandil y gorro negros, trajo consigo los cafés. Pero el chai latte no era como lo imaginaba. Estaba, no sé, como flojo. No se lo hice saber al joven y me aguanté. Mejor esperé a que se enfriara para poder beberlo. Tras el primer trago, le pregunté a Darío:

–Oyes, ¿conoces a Libertad? –me refería a la redactora de rizos y gafas negras.

–Sí, mano, cómo no. Trabajó un tiempo con nosotros –dijo Darío, refiriéndose a la editorial donde presté mis servicios. 

Di otro trago a mi chai latte y luego dije:

–La conocí la otra vez, un día antes de la presentación, en la fiesta del Fondo y…

–Te gustó –dijo Darío y bebió de su café. El suyo era negro, sin crema ni azúcar. Negro, derecho, como se debe beber, pensé.

Hice un gesto como de lamentación antes de decirle que sí. 

–Sé que no tengo oportunidad –agregué. 

–Pues quién sabe, mano, podrías intentarlo –dijo. 

–No sé –le dije y di un tercer trago al feo chai latte. 

Nos quedamos un momento en silencio. Luego, Darío preguntó:

–¿Sabes con quién anduvo? 

–No tengo la menor idea –le dije.

–Con el Wicho –dijo–. El Wicho también era colaborador de la editorial. Un individuo con rostro y voz de ser muy mamón, pero buena onda en el trato. 

–¡Órales! –le dije, verdaderamente sorprendido–. No pues definitivamente no soy su tipo –insistí. 

Darío bebió de su café. Se le quedó un poco en el bigote, que limpió delicadamente con una servilleta. 

–Yo creo que deberías mandarle stickers. Le gustan –dijo. 

En ese momento tomé mi teléfono. La batería estaba a poco menos de un cuarto de su capacidad. Abrí el Whats. Busqué el número de Libertad, que me había dado María Cristina (la otra redactora que me encontré en la fiesta). Ahí estaba. Libertad no tenía foto de perfil. Aún así evoqué su belleza, la pantorrilla suya de la que me había enamorado. Busqué entre mis stickers. ¿Cuál le enviaré?, me pregunté. Usé alguno que pensé indicado y, al otro lado del espectro informático, se marcaron un par de palomitas.

–Ya veré si le envío algo –le dije a Darío.

Entonces en el café comenzó a sonar una rola que para mí era desconocida, pero que me gustaba. La había escuchado en varios lados, no tenía idea de dónde. 

–¿Sabes de quién es esa, carnal? –le pregunté a mi excolega. 

–Simón, de Daft Punk.

–¿Y cómo se llama? 

Instant Crush.

Luego, no mucho después, me despedí de Darío con la promesa de que nos veríamos al día siguiente para echarnos una chelita. Él volvió a la Feria y yo me fui rumbo a la casa rojiza. 

Antes, todavía en el centro de convenciones, previo a decidirme a abordar un Uber, descubrí –gracias a mi poder de observación–, que había una larga fila esperando un camión. Consulté el letrero, luego le pregunté al chofer si me dejaba en la avenida sobre la que estaba la casa. Me dijo que sí. Tras formarme, lo abordé.

Transcurridos unos veinte minutos, bajé del camión y vi un bar en la esquina de esa calle. Apetecí un trago, sin duda, uno de tequila, pero mejor caminé hasta llegar a la casa. 

Me paré afuera del zaguán junto con mis cosas. Llegué diez minutos antes de la hora acordada –ya empezaba a ser puntual–, así que esperé.

Una camioneta pick up tipo narco se estacionó de pronto, a unos metros de mí. Una pareja bajó luego de unos segundos. El hombre llevaba jeans, botas y camisa a cuadros. Una joven de pelo largo y rojizo iba con él. 

En realidad era al revés: él iba con ella, quien se acercó hacia mí. 

Al estar a un par de metros, me preguntó mi nombre. 

–Hola –le dije–. Soy yo.

Ella sonrió. No exagero cuando digo que aquella era la sonrisa más deslumbrante que había visto en mucho tiempo. Me dijo su nombre, que olvidé al momento. Luego abrió el zaguán y me invitó a pasar detrás de ella. El joven que la acompañaba se quedó a bordo de la camioneta. 

–La razón por la que no aceptamos foráneos –dijo mientras abría la puerta principal– es porque los inquilinos de siempre se quejan mucho cuando eso pasa… dicen que hacen mucho desmadre y que desacomodan las cosas. 

La casa era enorme y dentro era muy oscura. La pelirroja me mostró la sala, la cocina, el baño, el comedor. Me dijo que podía usar todo –incluso la televisión, un modelo de los noventa, negro y rechoncho–. 

Pero el silencio reinaba en aquel sitio.

–¿Y los inquilinos? –le pregunté.

–Algunos trabajan, otros deben estar en sus habitaciones. 

Pero parecía que ahí no había nadie más. 

–Ven, es acá arriba –dijo la pelirroja mientras me señalaba unas escaleras. Subió. De nuevo fui tras ella. Ahí arriba había varias puertas, todas cerradas. Me indicó la única que estaba abierta. 

–Es aquí. 

–¿Y los inquilinos ya saben de mi presencia? –le pregunté.

–No, pero al rato les avisamos –dijo. Le pregunté a quién más se refería (pensé, en principio, que al joven de la camioneta).

–A mi mamá –dijo–. Ella es la dueña de la casa, pero luego me encarga a mí el negocio. Si por ella fuera no estarías aquí, pero yo no tengo ningún problema: vas a estar en la FIL, seguro es muy caro hospedarse por allá…

–Sí, lo es –le dije mientras colocaba mis cosas sobre el piso de aquella estrecha habitación. Entonces la pelirroja me mostró el ropero, un pequeño escritorio y la cama, que estaba “destendida”. 

Por lo que comenzó a tenderla. Mientras lo hacía y me decía que qué pena, acomodaba su cabello como si fuese una modelo de algún shampoo en comercial de televisión. Y me miraba. Y sonreía. 

–¿Eres escritor? –me preguntó.

Permanecí en silencio. Nunca me habían hecho esa pregunta mientras me sonreían de esa manera.

–Sí, algo así –le dije. 

Por un momento la pelirroja se quedó sentada al borde de la cama, que ya estaba lista. El silencio de la casa entera se instauró ahí mismo, su mirada

me penetró como daga recién afilada;

el mío era el corazón de una víctima

del más insensato

estremecimiento. 

–Bueno, cualquier cosa que necesites, me echas un mensaje –dijo.

–¿Es contigo con quien he hablado? –pregunté.

–Sí –dijo, sin dejar de sonreír. 

Luego bajamos de nuevo, me entregó un juego de llaves y se despidió de mí dándome la mano. Su mano era pequeña y fría. Todavía, luego de cerrar el zaguán, me hizo una seña de adiós con esa misma mano y subió a la camioneta que, segundos después, arrancó y se fue por donde vino. 


Texto publicado originalmente en Cancerbero.

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