Ser Feliz o entregarse por completo a la locura (u otra crónica caótica sobre Joker/Arthur Fleck)

La lata repleta de ceniza reposa sobre la mesa. Es una lata sin etiqueta, completamente gris, como las otras latas que invaden la habitación de Rosalinda. Un Delicados sin filtro permanece en los labios de su desdentada boca: la mujer lanza el humo frente a sí, sin dar el toque, y de ese modo el tabaco incinerado cae en volutas sobre la lata, una tras otra, hasta formar una pequeña montaña blancuzca.

Su sobrino, un niño pequeño, de unos seis años, la observa fumar como la ha observado desde que recuerda: Rosalinda mira la televisión sentada en la silla de siempre, en medio de la enorme mesa; detrás de ella hay una vitrina llena de figurillas, platos y tazas que volverán a usarse nunca; la pantalla, a unos ocho metros de ella, reposa sobre un mueble con tres generaciones de existencia.

El paquete de Delicados descansa junto a la lata. Pareciera ser siempre el mismo: jamás lleno, jamás recién abierto, con unos cuantos tabacos, siempre a punto de acabarse.

Rosalinda fuma mirando la tele, quizá una telenovela, una película mexicana en blanco y negro, un noticiario o un programa de concursos. Su mirada de pronto se extravía en algún otro sitio y ahí se queda un momento; navega hacia el techo, va de vuelta a la tele y otra vez a la lata. A veces mira el aparato cuando no está encendido y su reflejo se aparece en el negro cristal de la pantalla.

Su sobrino, sea como sea, la mira reír de repente, a carcajadas, sin razón alguna o motivo aparentes.

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Arthur Fleck se mira al espejo y fuerza una sonrisa con sus dedos. La tristeza de su mirada no contrarresta el entorno, un lugar llamado Ha-has, donde se contratan payasos, que es tan gris como su gesto. No es en balde esa cara: en las calles, mientras trabaja como payaso en las afueras de una tienda de música, unos jóvenes, sin razón alguna o motivo a aparentes, le arrebatan el letrero que reza “Everything must go!” (¡Todo tiene que irse!) y que, al intentar recuperarlo en una corretiza, aquellos jóvenes le dan una buena madrina, a patadas, en el piso, luego de que le rompan ese mismo letrero en el mero hocico.

Al verlo, mientras las inmensas letras amarillas (JOKER) se apoderan de la pantalla, de inmediato pienso en Rosalinda. Cuando salíamos de la casa de la abuela para “dar una vuelta”, es decir, para caminar un rato por las feas calles —como feas son las calles de Gotham— de nuestro viejo barrio, en Ecatepec, y despejarnos así un poco de aquel mundo inconmovible, desaliñado, como el Ha-has, que era nuestra casa.

Apenas avanzábamos unas cuadras y ya el grupito de maleantes de la colonia comenzaba a insultarla. La llamaban de un modo que no pienso repetir, y lo hacían del modo más impune y ruin que he experimentado en mi vida. Yo era un niño entonces, y sentía la enorme impotencia de no poder defenderla, de no poder agarrar a golpes a esos miserables (pues a golpes me harían más pedazos), así que me aguantaba y ambos seguíamos caminando por la calle como si nada, o como escribe Arthur Fleck en su diario de enloquecida caligrafía: como si ella no tuviera una enfermedad mental y tuviera que actuar como el resto de la gente para que la respetaran.

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Nunca me quedé a dormir en casa de mi abuela, pero ella decía que por las noches era imposible hacerlo por la risa de Rosalinda. La imaginaba entonces, acostada en su cama, sumergida en aquella nube de humo gris que era posible distinguir entre las tinieblas; la leve brasa de su Delicados intensificándose a cada calada; escuchaba su risa siniestra a la distancia: aquel era el único sonido posible de aquella casa casi abandonada a pesar de que ambas mujeres vivían ahí.

Ríe, incontrolable, mientras fuma un cigarrillo. Y frente a él, frente a Arthur Fleck, una mujer lo mira con gesto serio y le pregunta cómo se encuentra. Ella, su psicóloga, le pregunta por el diario que le encomendó. Él se lo entrega y le advierte que ha escrito chistes en él porque ha decidido ser comediante. Las páginas pasan muy rápido frente a nosotros y apenas vemos entre dibujos hostiles, recortes de unas mujeres desnudas y rayones, la caligrafía maltrecha del hombre escrita a veces con la mano izquierda y con un bolígrafo de esos cuya tinta tarda un momento en secarse.

Entre basura y pequeños objetos desperdigados junto a las latas, Rosalinda tiene una pila de libros vaqueros, historietas para adultos que lee cuando no mira la tele sentada en el mismo lugar del comedor mientras fuma y la nube de humo comienza a posarse sobre ella. Los lee frente a su sobrino, el niño de seis años, y él a veces los hojea aunque jamás lea sus tramas y solo se detenga en sus dibujos.

Con la cabeza, con la frente, Arthur Fleck golpea el cuadro transparente de la puerta del hospital psiquiátrico donde se hospeda; un recuerdo o una premonición que anhela, parece, ante la hostil realidad que vive en el presente.

—Estuvo un tiempo internada en un hospital —le dice su madre—, pero no nos gustó el ambiente, a tu tía no le gustó, y nos la trajimos de regreso a la casa.

Un día, borracho, mientras fuma, el sobrino, de unos veintisiete años, le pregunta a su madre por el origen del padecimiento de su tía. Lo único que él sabía era que tenía esquizofrenia. Si acaso eso era, porque el diagnóstico fue siempre incierto.

—No mejoraba a pesar de las medicinas —continúa su madre— no sabíamos por qué, y un día, mientras limpiaba su cuarto/

Arthur le pregunta a la mujer, a la psicóloga, si es posible que le den más medicamentos, para sentirse mejor.

—Arthur, tomas siete medicinas al día… alguna debe estar sirviendo— le responde la psicóloga a Fleck.

—…encontré todas las pastillas debajo del colchón —concluye su madre.

Y a partir de ese día Rosalinda jamás volvió a tomarlas. Ni volvió a un hospital. Y permaneció con su madre hasta que murió y las ratas comenzaron a apoderarse de la casa.

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Muchas veces he caminado al modo de Arthur Fleck: con los hombros caídos, el cabello medio largo sobre la cara, la misma chamarra de siempre, subiendo escaleras y más escaleras, avanzando a pie lo necesario hasta llegar a mi destino.

He sentido esa pesadez en cada paso, ese tedio rutinario de la pinche vida diaria sobre la espalda. Lo he sentido yo y lo he visto en otras personas de mi entorno, en amigos, en familiares.

Lo vi en Rosalinda, cuando salíamos a dar la vuelta.

(Quizá lo vi en Armando.)

—¿Quiénes son? —me pregunta mi madre cuando Arthur y Penny Fleck aparecen en la pantalla, juntos, en la cama de ella, mientras miran la televisión en pijama y esa luz los ilumina. Para escribir este texto a gusto adquiero la versión blue ray + dvd del Joker el día de su salida al mercado, y la miro con mi madre, en su casa, acostados los dos sobre su cama, a oscuras, en pijama, mientras la luz de la pantalla también nos ilumina.

—¿Cómo que quiénes son?

A un lado, en la otra habitación, Rosalinda mira otra película. Tendrá unos seis años que dejó de fumar, y ahora vive con mi madre. Su hermana.

—Somos tú y yo —dice mi madre, y suelta una risa. Me rio con ella, ruidosamente, porque es cierto: llevo el cabello de un largo semejante al de Fleck, una cicatriz me atraviesa el labio por la parte superior izquierda igual que a él, y sus dedos chatos son casi tan feos como los míos, aunque mucho menos feos. Y el mentón, si me rasuro la barba, es parecido.

Y mientras yo me identifico con Fleck, él de pronto imagina que asiste al programa de Murray Franklin, el conductor del programa que observan, y que éste lo llama y le da unas cuantas palabras de aliento que lo motivan. Y que lo abraza como si fuese el padre que nunca tuvo.

El padre que Rosalinda y mi madre perdieron cuando eran muy niñas.

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A Rosalinda parecen no molestarle los insultos y sigue su camino. Su sobrino, en cambio, guarda dentro de sí un rencor que acumula junto a otros resentimientos que también tiene a pesar de ser tan pequeño y piensa que, cuando sea grande, se cobrará todo eso muy caro y vengará a su tía de esos cabrones perversos.

Como un justiciero.

Ella no, ella no piensa en venganza, como tampoco Arthur Fleck, aunque reciba un pequeño revólver de un compañero suyo del Ha-has, “para defenderse”, o algo así le dice al entregárselo “de buena fe”, aunque Arthur quizá sepa que es una trampa y lo acepte más por cordialidad que por otra cosa. Hay una bondad inherente en ambos (en Rosalinda y en Arthur) que el resto de nosotros no comprendemos, que somos incapaces de ver; un mundo sin malicia que nos hace tomarlos como seres sin albedrío ni decisión, que harán todo lo que queramos sin rezongar ni rebelarse.

Sin embargo en el sobrino, como también en Arthur, hay una furia que se esconde y que saldrá, no importa cómo, algún día, casi siempre de golpe.

Poco después aparece Sophie y su hija en el maltrecho elevador del edificio donde todos viven, y con ellas viene la explícita referencia a Taxi Driver de Scorsese (una de mis películas más preciadas), cuando con su mano la mujer forma una pistola sobre la sien. Me parece una referencia temprana, sin mucho caso. Su repetición inmediata, en Arthur, unos segundos después, es aún más innecesaria.

Todd Phillips ha dicho que su película por supuesto se vio influenciada por la historia que escribió Paul Schrader (cosa que agradezco y aplaudo, por el bien del cine), como de otras cintas (como cualquier otra película de cualquier otro director). No entiendo muy bien la molestia de los críticos al respecto cuando esta película rinde franco tributo a un grande (en una extraña paradoja, pues Martin Scorsese, lo ha manifestado, no es muy fan que digamos de las películas de superhéroes, en específico de las de Marvel), por lo que no es una copia, ni es una calca (a mi The Irishman me recordó al Padrino, por cierto. Y qué bueno). Phillips admite sus referencias y a partir de ahí crea una nueva obra que está a la altura de éstas sin ninguna bronca. Pero, claro, al hacerlo, al buscar profundizar de ese modo en la condición humana, Joker sobresale entre todas las otras cintas, las que se hacen para un público masivo (o para un público “culto”, también). Y eso lastima, por supuesto, el selecto criterio de los que escriben profundísimas reseñas de cine: Ustedes no han visto nada, qué van a saber, dicen, encolerizados, a sus ignorantes lectores.

JOKER

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La primera bala aparece con el primer baile. Arthur, en soledad, durante la noche, mientras mira una película en su casa, de nuevo imagina una situación: habla con alguien mientras baila, pero termina por disparar, sin haber disparado nunca (o no sabemos) un arma, hacia un muro, o contra sí mismo, contra su propia sombra.

—Feliz, ¿estás bien? —le grita su madre a la distancia, desde su habitación.

Feliz, así le llama Penny Fleck a su hijo Arthur, ese individuo profundamente triste cuyo nombre de payaso es Carnaval (lo dice en algún momento, y la verdad tampoco importa).

Luego del balazo en la sala, se ve cómo Arthur persigue a Sophie, la mujer que se encontró en el elevador con su hija. Quizá sobra ese personaje, pienso, y sobre todo esa situación (no viene mucho a cuento). Así nos ahorraríamos el incómodo momento en que “la imagina”. Si uno quita eso, la historia avanza sin problema. Al fin y al cabo quedará claro que nadie sería capaz de enamorarse de un hombre como Arthur.

—Si quitas a Bruce Wayne tampoco pasa nada —me dice Federico, hombre que fue medicado cuando niño luego de perder a su padre; él, quien ha cuidado de su madre, una mujer mayor. Él, escritor, guionista y músico. Un hombre sensible, pues, me dice lo mucho que le gustó esta película. Es verdad, le digo, no pasa nada si quitas a los Wayne, pero, parece ser que el Guasón no es nada sin su Batman.

Porque —pienso también—, este Joker podría seguir siéndolo sin ser el personaje de DC.

—Podría haber sido cualquier payaso  —me dice mi hermana menor, unos minutos después de ver la película en una sala de cine cercana a mi vivienda.

—Tal vez —le digo.

Ella también vivió con Rosalía.

—¿No te recordó a mi tía? —le pregunto.

—Sí, claro.

Y aunque mi hermana lo dijo a modo de crítica (lo de que el Joker podría ser cualquier payaso), creo que ahí radica su mayor virtud.

Todd Phillips aborda el tema en una de las cápsulas extras que vienen en el blue ray:

—Nunca pensé en hacer una película basada en un cómic. Para mí se trataba más de hacer el estudio de una personalidad, sobre alguien que la gente no tuviera idea de quién se tratara, de qué o de dónde venía. Y surgió de ese modo, no fue: “Quiero hacer una película sobre el Guasón”. Surgió de hacer un estudio de la personalidad y lograr que la gente quisiera verla. Nos desviamos mucho del cómic. Inventamos un personaje nuevo. Le dimos un nombre y lo elegimos de la nada. Y, quizá para disgusto de los verdaderos fans de cómics, no veíamos a Arthur Fleck cayendo en un tanque y volviéndose blanco [refiriéndose a la versión del origen de este personaje que escribió Alan Moore]. No era la película que buscábamos. Queríamos hacer algo que estuviera anclado en la realidad.

Lamento que a veces pareciera que no importa lo que este hombre pueda decir. Los críticos, los que de verdad saben de cine, no se han cansado de vituperarlo. No lo bajan del director de aquellas feas películas cómicas (que por lo tanto es incapaz de dirigir una buena película). No dejan de sobreinterpretarla, de asignarle características que no posee. Porque sí, sí es el mismo hombre que dirigió aquellas películas. Pero también es quien debutó dirigiendo un documental sobre el endemoniado GG Allin, que hay que ver para entender mejor el porqué del Joker, las razones del director, la clara línea que une su primera con su última película.

—Me encantan los malos —dice Phillips en ese mismo especial—. Es divertido decir: ¿Por qué él es así? ¿Qué hizo que fuera así? Ese es el verdadero objetivo de la película. No es una declaración grandilocuente acerca del mundo actual. Se presentan temáticas, pero en realidad es: ¿Qué hace que alguien sea así? Y de Guasón me gustó su idea del desorden y el caos. […] Hablamos mucho de quién sería y de por qué sería así, de su particularidad, y el por qué de su risa, por qué usa maquillaje o no… y empezamos a leer mucho sobre narcisismo y ego, y cosas que creemos se tratan en nuestra versión de Guasón. Es un narcisista, pero a nuestro parecer carece del yo. El yo es Arthur. El yo es lo que intenta controlar al caballo salvaje que es Guasón, pero Guasón es puro ello. Así que pensamos cómo es cuando uno va por la vida detrás de una máscara, algo que le pasa a muchos. Uno lleva una máscara y finge ser de cierta manera, pero Arthur en eso es muy cuidadoso. Sin embargo, se ven esas actitudes que reflejan quién es él en el fondo y qué sucede cuando uno se quita esa máscara, que es lo opuesto en este caso, porque Guasón usa una, o maquillaje, pero la idea es qué sucede cuando uno deja de vivir esa vida para pasar a vivir en la penumbra.

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El segundo baile de Arthur se da frente a unos niños enfermos, en un hospital, cuando de pronto su pistola se le resbala entre los pantalones y ruidosa cae al suelo.

—Son muchos bailes —me dijo, molesta, Angélica, amante del cine, entusiasta de los críticos que he mencionado (siempre los retuitea en su timeline), y se lo concedí al principio. Pero mirando la peli con calma, poniendo pausa cuando se necesita, todo el relato adquiere su lógica y uno logra mirar con más nitidez su sólida construcción (el guion puede leerse aquí). Quizá sean muchos bailes, pero van de la mano con el trabajo del actor, lo que éste quiso decir sobre el personaje: el Guasón baila tanto no para entretenernos, sino porque lo necesita.

Un par de secuencias después Arthur está en el metro, cabizbajo tras ser despedido de su mísero trabajo en el Ha-has. Viaja en aquel convoy tapizado de grafitis, puesto así adrede, al estilo neoyorquino de los setenta/ochenta, y que me recuerda a The Warriors, pero también a Bruce Davidson.

Arthur ríe entonces sin filtro mientras tres sujetos adinerados molestan a una mujer que viaja sola. Los sujetos se van sobre el payaso cuando este se ríe “de ellos”. Como su risa no se detiene lo madrean sin tregua (y sin razón o motivo aparentes, como al principio de la película, o como cuando insultaban a mi tía en la calle, nomás porque sí, nomás porque podían) y el payaso que se carcajea de pronto parece estar llorando, entre las sombras que se cruzan por su rostro y que le dan un aspecto, cómo decirlo, de villano de cómic, de furia pura que bien pudo ser dibujada por Lee Bermejo.

Aunque el villano sean los otros, los que son malos porque sí, no él.

(Sobre la fotografía, por cierto, vale la pena escuchar a quien estuvo a cargo de ella: Lawrence Sher. Sencilla y contundente explicación sobre cómo funciona el color en el cine.)

Desde el suelo, no más inofensivo, Arthur explota y saca el arma que un momento antes le hizo perder el trabajo. Y dispara. El relámpago rompe la oscuridad en la que están todos ellos sumergidos. Y mata a uno, y luego a otro y luego al otro, tras perseguirlo por el andén, ansioso, extasiado, libre finalmente de esa máscara, no de “buen hombre”, sino de “hombre normal”, de “hombre cuerdo”.

Han pasado apenas treinta minutos de las dos horas y cacho que dura la película.

¿Muy pronto?

Quizá.

Entonces, por segunda vez, Arthur corre. Y, tras guarecerse en un ruinoso baño público, la respiración entrecortada por los tumbos de su corazón, baila por tercera vez. La belleza de ese momento, de ese baile con la muerte musicalizado por las cuerdas del infierno, desoladoras, del chelo que va detrás, la iluminación verdoazulada y el lugar en el que se encuentra la cámara, la forma en que se mueve junto con el actor, es cine puro, duro y bello que los más exquisitos —los ya mencionados críticos, sin tocar por supuesto al maestro Ayala Blanco, porque él es Dios— se niegan, necios, en reconocer.

De eso se trata el cine, pues, de conjuntar de esa forma esos tres elementos, cosa que hace esta película todo el tiempo.

(Sobre la música hay que escuchar a la propia compositora, Hildur Guðnadóttir, un portento que además se hizo cargo de la banda sonora de la brutal serie Chernobyl de HBO.)

Cuando termina de bailar, Arthur Fleck se mira al espejo, los brazos abiertos, malévolos, amenazantes: algo ha triunfado en él y no es el ángel que lo protege.

O sí.

Para la siguiente secuencia, cuando se despide del Ha-has, Arthur borra parte de la frase que está por ahí pintada: “Don’t forget to smile”, dejándola en un simple “Don’t smile”.

A partir de ahí él ya no deja de sonreír.

Entonces le dice a su psicóloga:

—Toda mi vida ni siquiera yo sabía si en realidad existía. Pero sí existo. Y la gente está empezando a notarlo.

Arthur se ha liberado de ataduras y su mundo empieza a florecer. Se ha convertido, sin buscarlo (en cine el personaje no siempre obtiene lo que quiere, a veces obtiene lo que necesita), en un héroe de los desheredados, de los olvidados, de los no vistos. De los que nadie quiere ni se atreve a mirar, pero que siempre han estado ahí.

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Camino al modo de Arthur rumbo a casa. Es medianoche. En la esquina un hombre muy alto, calvo, se refugia entre las sombras. Se sienta ahí. Yo llevo el rostro cubierto, no por una máscara sino por una bufanda y una gorra. Observo al hombre un instante, esa cara desvanecida por la oscuridad. Al día siguiente amanece tirado a varios metros de donde lo vi la noche previa. El sol le agrede la piel blanca, que se torna rojiza, y la gente pasa junto a él esquivándolo apenas, como si fuese un bulto de basura, como si no existiera. El hombre reposa en el piso al modo de Arthur Fleck en la secuencia del principio, donde lo quiebran a patadas, casi en posición fetal, con las manos metidas entre las piernas. Su respiración es apenas perceptible. El hombre calvo podría morir ahí mismo, en ese instante, y a nadie le importaría.

(La voz tenue de Arthur me recuerda la tenue voz de Armando. Su caminar delicado, el movimiento de sus brazos. Su cabello. Pienso que esta película, él siendo guionista, cronista y amante del cine, le hubiera encantado.)

—Es muy difícil ser feliz todo el tiempo —le dice Arthur al hombre que resguarda el archivo del manicomio de Arkham, donde se guarecen los documentos de su madre. Arthur corre de nuevo entonces, esta vez para robar esos papeles y leerlos, escondido, en las escaleras de emergencia de dicho lugar. Ahí descubre que fue adoptado por Penny, y posteriormente que fue maltratado y abusado con brutalidad por sus parejas. Seguramente ella también sufrió los mismos abusos.

—¿Cómo fue que Rosalinda empezó a mostrarse así, cómo fue que pasó? —le pregunta el sobrino, fumando otro cigarrillo, a su madre. Alguna vez le contaron que su tía no siempre fue así, que alguna vez vivió sin la atormentada risa permanente, que tuvo un empleo, una vida común y corriente.

—Creemos que fue… algo le pasó en su lugar de trabajo.

Mientras Arthur lee los documentos se sitúa en aquel lugar, un recuerdo imaginado por él, con su madre joven siendo impelida por alguien que lee su expediente. Conforme lee, Arthur ríe. Ríe y los mocos y las lágrimas se le abultan en la cara.

Ríe porque está llorando.

Y yo alcanzo a crear un recuerdo que no es mío, como él, y miro a mi tía perdiéndose en las calles, como según cuenta mi madre que fue, volviendo días después, sucia, perdida en las elucubraciones que solo ella podía oír, a su casa.

Y también lloro.

Bajo la lluvia camina Arthur Fleck a partir de esa lectura dolorosa, brutal, dispuesto a entregarse a su lado más negro, el lado al que, dirán algunos, siempre ha pertenecido. La reminiscencia a Taxi Driver vuelve a aparecer, la del dedo sobre la sien, y quizá éste debió ser el momento más indicado para hacerlo, no antes. Y quizá ese momento, dentro de la casa de su vecina Sophie, la niña durmiendo en la otra habitación, la madre aterrada por la presencia de este hombre extraño, amenazante a pesar de ser su vecino, sentado ahí en su sala, mojado, quizá tuvo que ser la segunda vez en que la viéramos, y así nos ahorrábamos el, insisto, incómodo momento de saber que ella nunca estuvo ahí con él.

Las notas graves y estridentes del chelo acompañan a Arthur de vuelta a su casa, donde solo, ya sin su madre en casa, sentado en el sofá, ríe sin parar mientras se fuma un cigarro. Un vecino, a lo lejos, le grita que se calle.

Yo escucho a mi tía reír, a lo lejos, mientras mira la película. La noche anterior escuchó que mi madre y yo la veíamos. Me pregunta si puede verla. Sí, claro, le digo. Muero por saber tu opinión.

Al oírla reír me pregunto qué habrá sido lo que le causa gracia.

—No he sido feliz ni un maldito día de mi vida —le dice Arthur a su madre en el hospital un momento antes de asesinarla poniéndole una almohada en la cara, para, una secuencia después, asesinarse él, simbólicamente, cuando se pone el revólver bajo el mentón, se “dispara”, y luego se maquilla el rostro de blanco.

Le dice a Penny como despedida:

—Creí que toda mi vida era una tragedia, pero ahora me doy cuenta que es una pinche comedia —y, tras cometer su cuarto asesinato, se acerca a la ventana, aliviado, y el sol, luminoso, le acaricia la cara; es el mismo sol que luego ilumina la ducha donde se baña y la habitación en la que se maquilla, las escaleras de la calle empinada donde majestuosamente baila…

—Está muy triste. Y hay mucha sangre —me dice Rosalinda una vez que termina de verla.

—¿Te pareció muy triste?

—Bueno, no tan triste, pero pobre muchacho.

La escena más brutal de la película, cuando Arthur asesina con unas tijeras al colega que le dio el arma con la que iniciaría ese descenso a las tinieblas (su quinto asesinato), es digna del Joker, del villano de DC cómics por el que todos hemos visto esta película. Una violencia en escalada que nos prepara para lo que venga, en la película en sí misma y en una imaginaria secuela. Nos dice: Sí, este es el Guasón que todos esperaban, su rostro blanco manchado de sangre, el loco al que todos debemos temer. El Guasón habría hecho eso en sus inicios, el Guasón de Azzarello, y el de Nolan.

Y el chiste, la broma asesina con el enano y la puerta. Otro triunfo para esta cinta, para la escritura cinematográfica, un momento culminante que, uno se pregunta, a lo mejor los críticos no vieron por andar en el tuiter.

Y aunque es el momento más aterrador, donde Arthur ya ha dado rienda suelta a su maldad, es también el más tierno, cuando besa la calva de su pequeño amigo y le da las gracias por siempre haber sido bueno con él.

E inmediatamente después hay que subir el volumen. Porque viene un clímax, el del Guasón que baila —no Arthur Fleck—, y baila muy bien en su luminoso descenso al inframundo mientras los dos detectives que lo persiguen lo miran a la distancia. Un momento de gracia dirigido por un director de películas cómicas, actuado por uno de los actores gringos más brillantes de nuestro tiempo.

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—¿Qué obtienes cuando cruzas un solitario enfermo de la cabeza con una sociedad que lo abandona y lo trata como basura? Te diré lo que obtienes: ¡Obtienes lo que te pinche mereces! —le grita Arthur Fleck a Murray justo antes de asesinarlo, con la misma pistola con la que comenzó a matar, con unas líneas que casi casi sintetizan la trama. El balazo en la cara le avienta la cabeza hacia atrás a Robert De Niro. Sexto asesinato. La sangre le salpica el rostro al Joker, y luego su mirada tiembla y él —Arthur sigue ahí, en algún sitio— tiembla otra vez, se levanta, no sabe dónde poner la pistola, no sabe dónde ponerse él mismo, y trata de reír y de bailar, y lo hace, pero aturdido, de nuevo, por lo que acaba de hacer, como si lo hubiera hecho por vez primera.

Ya en la patrulla, con un solo policía custodiándolo a pesar de su peligrosidad, Arthur sonríe como nunca antes, mientras observa el caos que ha provocado en las calles. Luego una ambulancia choca al vehículo policial y libera, un instante, al súper villano: dos hombres con máscara de payaso lo extraen del vehículo como si se tratase de un recién nacido (Federico dixit).

Entonces, por primera vez en una película del universo Batman, no como un recuerdo reconstruido, Bruce Wayne presencia en tiempo real el asesinato de sus padres por un payaso que idolatra al Guasón (Rick Dalton dixit). La cámara, que observa los pasos previos de esa familia al salir del cine, mira la escena desde una esquina incómoda, puesta como si la mirara un artista del cómic.

Entonces, ahí, entre los aplausos de los proscritos, el Joker baila otra vez, con el chelo que rememora las notas de las películas del hombre murciélago: esa atmósfera ennegrecida, detectivesca, que suena de fondo, mientras feliz, con sangre, dibuja su sonrisa.

Conocí a Vicente Leñero (una vez)

Para Gonzalo Trinidad Valtierra

 

I.

El escritor les dice:

–Lo conocí, una vez, cuando conocí a Julio Scherer, a quien le dediqué mi primer libro, que era un libro de poesía –y da un largo trago a su copa de vino, hasta vaciarla–. Scherer conocía el prodigioso trabajo de mi padre en el violín. Le gustaba Brahms. Yo era muy joven entonces, como ustedes.

Sentados alrededor de él, los alumnos del escritor, todos con una copa de vino en las manos, escuchan atentos el relato. Hace poco que Vicente Leñero ha muerto y le han preguntado a su maestro si lo conoció en persona; le han preguntado qué opinión tiene sobre su trabajo como escritor. Como escritor jalisciense, además.

–Era bueno. Tiene un cuento chidísimo que se llama… –se lo piensa un momento, tocándose la barbilla; esa barba canosa, como su cabello–…la Cordillera. Sí, la Cordillera.

–Muy bueno –interviene uno de sus alumnos.

–¿Verdad que sí? Viene en uno de sus libros de cuentos, en uno que se llama…

Gente así –dice el alumno.

–Exacto, Gente así. El cuento versa sobre una novela que Juan Rulfo nunca terminó; en la trama un chavo escritor muy talentoso le hace creer a un investigador, especialista rulfiano, que el texto que escribió durante meses en realidad pertenece al autor de Pedro Páramo; con eso busca cobrar una fortuna por aquel tesoro –dice el escritor. Otro de sus alumnos le sirve entonces otra copa de tinto.

–¿Leñero bebía, maestro? –le pregunta ese otro alumno mientras le sirve, aprovechando el silencio de los demás. Es uno de los más prometedores talleristas. Alto, de barba y gafas. Boina de guerrillero africano. Fuerte, como su novela sobre marineros acapulqueños.

–Ese día bebió poco y se fue temprano. Apenas crucé palabra con él –dice el escritor mirando a su alumno a los ojos.

–¿Y volvió a verlo?

–Nunca.

Una mujer toca el piano a un lado de ellos. Es una mujer joven, rubia, bellísima. El cabello ensortijado a lo Marilyn Monroe. Los labios rojos y el vestido casi blanco. Las piernas gruesas, también blancas, y los tacones puntiagudos. La mujer toca con impecable agilidad un concierto de Rachmaninoff.

–Pero cada libro que publiqué lo lancé al patio de su casa –continúa el escritor–. Me acuerdo que investigué su dirección y yo iba y me asomaba ahí de vez en cuando. Jamás me atreví a tocar el timbre para darle los ejemplares personalmente. Me parecía obsceno. Así que pasó una de dos: o veía mis libros, los hojeaba, o de inmediato los tiraba al bote de la basura. Me inclino por lo segundo, porque hice eso unas veinte veces, que es más o menos el número de libros que tengo.

Eso dice el escritor y levanta su copa. Sus alumnos lo secundan.

–¡A salud del maestro Leñero!

 

II.

Vicente Leñero tipea en su máquina de escribir. Una Smith-Corona desvencijada que utiliza solo por nostalgia: al fin y al cabo, en cuanto termine, ha de pasar en limpio todo ese material a su computadora. Fuma un Pall Mall largo, blanco, y junto a su encendedor tiene un cenicero sobre el que apenas posa una colilla. La primera del día.

–Vicente –le dice en un susurro su mujer, a sus espaldas.

–¿Qué pasó, Estela?, te dije que me hablaras hasta el mediodía. Estoy con este pinche cuento que nomás no queda…

–Llegó otro libro…

–¿De qué me hablas? –le dice Vicente sin voltear, conforme fuma ese segundo cigarrillo.

–Llegó otro libro al patio…

Vicente detiene el tecleo. Voltea y mira a su esposa. Se levanta de su lugar.

Afuera de su casa, en el patio, siendo ésta una mañana reluciente y fresca, Vicente y Estela miran el ejemplar en el suelo. Va envuelto, como las otras veces, en un sobre amarillo que se cierra con un pequeño cordel rojo. Vicente lo toma del suelo e inspecciona los datos del remitente.

–Sí, es Ruvalcaba otra vez –le dice a Estela conforme abre el paquete. Dentro se aparece un ejemplar del libro Banquete de gusanos, que en la cuarta de forros dice: Luis Enrique Escamilla se ha convertido en un escritor de pasquines novelísticos de éxito rotundo. Gracias a su talento e intuición, ha descubierto el mejor modo de poner la literatura al servicio de más oprobiosos intereses mercantiles...

Afuera, por la rendija de la puerta que da a la calle, Eusebio Ruvalcaba observa a Vicente Leñero. Ve cómo devuelve el ejemplar de su último libro al sobre y cómo lo lleva consigo, bajo una de sus axilas, mientras entra con su esposa Estela de nuevo a la casa.

Entonces Eusebio se va.

A unas cuantas cuadras de ahi, ingresa en la primera cantina que se encuentra. Ésta, sin nombre visible en la entrada, le resulta un lugar agradable. Toma la mesa más alejada, lo más alejada de una rocola que toca a todo volumen una canción de los Bee Gees, More than a woman; lo más alejada de una pantalla de televisión que cuelga de una pared y que transmite un resumen noticioso/deportivo.

Un mesero pronto se aproxima a él y con un trapo rojo limpia la mesa.

–Qué le sirvo, señor.

–Un JB con agua mineral, por favor.

El mesero asiente y de inmediato se encamina hacia la barra. Entonces, de una pequeña maleta que lleva consigo, Ruvalcaba extrae un libro. Es Pedro Páramo. Abre el ejemplar en la página donde dejó el boleto del trolebús que lo condujo a casa de Leñero, y continúa la lectura un momento. Será la quinta vez que lee la que él, como muchos otros, considera la más grande obra de la literatura mexicana. Por lo menos una de las más grandes. Lee un poco más hasta que el mesero se aproxima con su bebida y en silencio la coloca sobre la mesa.

–Gracias, joven –dice Eusebio, y el mesero, vestido de blanco y negro, se aleja como llegó: sin decir palabra.

Ruvalcaba bebe al momento un gran sorbo del JB y continúa con su lectura. En su mente las palabras del maestro Rulfo (como le dice él, pues fue su alumno alguna vez) suenan con esa voz calmada que se estira al máximo a través del labio inferior del también autor de El llano en llamas.

Así transcurre un rato, entre tragos de whisky y canciones que otros clientes programan en la rocola. Hasta que, de pronto, en contraluz, se apersona en la puerta de aquella cantina maltrecha Vicente Leñero, acompañado de otro hombre, chaparro, pronunciada barba, con sombrero. Ruvalcaba los mira aproximarse, ocultando un poco su mirada detrás de las páginas de Pedro Páramo. Se sientan a unas cuantas mesas de distancia de donde él está.

El acompañante de Leñero pide un tequila al mismo mesero, y don Vicente pide un agua mineral. Ambos miran la pantalla del televisor un instante y luego se miran entre ellos para platicar. Ruvalcaba no alcanza a escuchar lo que conversan.

Hasta que…

–¿Ubicas a este autor? –le pregunta Vicente a su interlocutor. Pone el sobre amarillo que cierra con hilo rojo en la mesa. Extrae el ejemplar. El hombre toma el libro y se le queda mirando.

–Mmm, sí. Cómo no.

–No vas a creerlo, pero lleva unos quince libros que me avienta al patio de mi casa. No sé qué quiere.

–Que lo leas, me imagino. O que lo recomiendes.

–¿A tí qué te parece? ¿Lo has leído?

Ruvalcaba observa a esa breve distancia que lo separa de ambos hombres. El libro que el chaparro barbón de sombrero sostiene entre sus manos es, sí, el ejemplar de Banquete de gusanos que Eusebio lanzó hace un rato al patio de Leñero. Por lo que de un trago culmina lo que resta de su whisky, hace una seña al mesero para que le dé la cuenta y, cuando el barbón le relata su opinión a Leñero, una canción suena tan fuerte en la rocola que Ruvalcaba no puede escuchar nada de lo que se están diciendo.

Y sonríe.

Tras pagar la cuenta, Eusebio sale del lugar. Pasa a un lado de Leñero, pero éste no se da cuenta de su presencia. Ni su acompañante.

 

III.

–Era bueno. Tiene un cuento chidísimo que se llama… –Eusebio se lo piensa un momento, tocándose la barbilla; esa barba canosa, como su cabello–…la Cordillera. Sí, la Cordillera.

–Muy bueno –interviene uno de sus alumnos.

–¿Verdad que sí? Viene en uno de sus libros de cuentos, en uno que se llama…

Gente así –dice el alumno.

Ese alumno soy yo.

Poco después le regalé ese volumen a un colega de aquel taller que aquel día se aventó un tremendo espectáculo alcohólico/boxístico. Qué iba a imaginarme que luego yo leería, también, Más gente así, y que a ese par de libros de relatos, crónicas entremezcladas con cuentos, un goce narrativo completo, los pondría en la cabecera de mi cama, junto a mis otros libros favoritos.

Hoy se les une el tercero, que se publicó póstumo, hace casi un par de años, llamado (por qué no) Mucho más gente así. Un libro que hoy vengo a recomendar a partir de este relato, de esta crónica. De este recuerdo que me temo adulterado.

Y de una invención.

Como hizo Leñero, a quien nunca conocí, con esos tres libros que tanto quiero.


Texto publicado originalmente en Langosta Literaria.

Entre mudanzas, mis abuelas, sus casas y el olvido

Mi primer nombre es el de mi abuelo paterno, y cuenta la historia familiar que hubo un día en que compró el predio que está en la esquina que une las calles de Dvorak y Leon Cavallo, en la colonia Vallejo, al norte de la Ciudad de México. Cuando murió, ese terreno se lo repartieron entre varios de sus hijos, los cuales, de los dos matrimonios que tuvo, sumaron más de diez (digo sumaron porque muchos ya se murieron; si no me equivoco, ya solo viven los hijos del segundo). Yo pasé ahí mi primer año de vida, con Lucero y Abraham, mis padres, en un pequeño cuarto de azotea construido encima de la casa que habita mi abuelita Chenchita (abuelita paterna) desde hace setenta años (llegó ahí a los catorce; al momento en que escribo esto tiene ochenta y cuatro).

Crescencia Zamora Camilo es su nombre completo, y de lo poco (o mucho) que sé de su historia es que nació en Temascalapa, municipio del Estado de México, lugar al que la familia paterna solemos llamarle, de cariño, el Pueblo.

Hace poco fuimos juntos. Ella, su hija Ruth (tía paterna), los hijos de Ruth, Domingo y Andrea (primos), y yo. Como hasta el día de ayer viví en una de las casas que conforman el domicilio de Dvorak 54, una que está junto a la de Chenchita, y como Ruth suele ir a visitarla para monitorear, entre otras cosas, su estado de salud (Ruth es médico), ese fin de semana que fueron al Pueblo me les pegué. Y aunque esa es otra historia, tenía más de quince años de no ir, y como esas ocasiones suelen ser así de distantes, opté por acompañarlos para tomar algunas fotografías.

A primera vista el Pueblo es un lugar hermoso y apacible, aunado a que fuimos en días de la feria municipal, lo cual le dio ese toque aún más ‘pintoresco’, por sus habitantes y comerciantes conviviendo en sus calles, en su centro.

No pude evitar comentarle a mi abuelita, una vez que llegamos a casa de la tía Félix (sobrina de Chenchita), y tras degustar rico pollo con arroz:

–Usted que siempre vive encerrada… debería venirse para acá, abue, con su gente, al campo…

–No, no me gusta, nunca me ha gustado –dijo, seca, y quienes estábamos en torno suyo, además de la tía Félix, su nuera y sus nietos, enmudecimos y no dijimos nada más.

Y es que de esos setenta años que lleva viviendo en Vallejo, entre sus plantas y sus pájaros, con la poca luz del sol que entra ahí (una novia que tuve y que me acompañó un par de veces ahí, al ver el lugar dijo que aquella era la casa de Aura, personaje y novela de Carlos Fuentes), y a pesar de que mi padre, o mis tíos o yo estamos al pendiente, creo que mi abuelita Chenchita ha ido cayendo, con su casa, en una especie de (¿inevitable?) abandono y soledad que, vaya, supongo, no son buenos para una persona mayor.

Qué más me encantaría que estuviera apacible en su pueblo (al que cada vez visita menos), en el campo, en el sol, sin preocuparse de mucho. Pero creo que ni siquiera imagino lo que para una persona debe ser vivir en el mismo sitio siete décadas (o por qué no le gustaría volver al sitio que alguna vez dejó). No sé si algún día podré entenderlo.

Así que opté por irme con Domingo a dar el rol para tomar unas cuantas fotos en la feria. Porque las fotografías, así como las historias, la narración oral de anécdotas ‘heroicas’ (¿heroizadas, debería decir?) del pasado, han acompañado mi vida, especialmente del lado de mi familia paterna (y, recientemente, de la familia materna, con el desempolvamiento –y por lo tanto redescubrimiento– de algunas fotos que estaban arrumbadas por ahí).

He visto fotos de mi abuelita Chenchita donde se le mira muy joven. Una, especialmente, en la que aparece junto a mi abuelo paterno, quien le llevaba más o menos cuarenta años. Una inmundicia propia de la época, la del hombre blanco ojiverde que acude a un pueblo, ‘enamora’ a una muchacha y se casa con ella. O se la roba, que es casi lo mismo.

Se le mira, insisto, muy joven, acaso alegre.

Dicen que me parezco a ella.

En los ojos.

En el tono de la piel.

He visto algunas otras fotos suyas, pero no muchas más. Son fotos de la época más reciente, de los últimos treinta años, los años que, digamos, tengo de conocerla. En muchas de esas fotos mi abuelita Chenchita sonríe, y su sonrisa es de las más bellas que he visto (ojalá yo tuviera su sonrisa).

En fin que luego de vivir ese primer año de existencia en Dvorak 54, nos mudamos a Ecatepec. La razón, al menos la que me han contado mis padres, es que mi abuelita materna, mi abuelita Mari (quien falleció hace ocho años, postrada en una cama, dejándose arrastrar por sus ensoñaciones) se ofreció para cuidarme. A mí y a Martha, la hermana menor que estaba en camino. A mí y a Cindy, mi hermana mayor (media hermana), a quien ya cuidaba desde seis años antes.

A partir de entonces mi abuelita Mari nos recibió, a mis hermanas y a mí, en su casa de Melocotón 20, en Jardines de Ecatepec, Ecatepec, Estado de México. Nos cuidó hasta que tuvimos la edad necesaria para ya no necesitarlo (por ay de los quince años), y murió cuando yo rondaba los veinticinco, cuando poco a poco dejó de recordar quiénes éramos aquellos con los que vivió tanto tiempo.

Lo último que me dijo, su cuerpo inerme aunque apacible sobre la cama de mi madre Lucero (porque mi abuelita Mari, sin duda, fue como una madre para todos), era que me quería mucho. Y me dio un beso.

El día de su funeral, borracho de whisky en anforita, al amanecer, visité Melocotón 20 con quien entonces era mi pareja. Entramos (se podía entrar usando prácticamente cualquier llave), y recuerdo haberme dirigido a cada rincón de esa casa, una casa que ya daba grandes visos de abandono (que mantuvo los ocho años posteriores). Me recuerdo hincado en el baño, llorando como pocas veces he llorado, y recuerdo haberme ido de ahí despidiéndome de una vecina suya, de la edad de mi madre, quien aún vive casi enfrente y quien me abrazó como nunca me había abrazado.

Un año antes de eso, a los veinticuatro, me mudé a Dvorak 54 en mi primer intento por ser libre, independiente. Adulto. No tenía idea, desde luego (como seguro no la tengo ahora de lo que viene por delante), del fracaso que atravesaría, pero bueno, por aquel entonces me recuerdo muy entusiasta al respecto. Y es que cuando uno vive en Ecatepec se ve propenso, además de a ser asaltado en el transporte público, a llegar tarde a su destino por los terribles problemas de tránsito que provoca la sobrepoblación (de automóviles). Así me ocurrió en mi primer trabajo formal (llegué una hora tarde, el primer día. Obvio me regresaron), por lo que no quería que me pasara otra vez. Al no poseer ingreso alguno (parecido a la actualidad), y al saber que el pequeño cuarto de azotea en el que viví mi primer año de vida estaba, digamos, disponible para usarse, hablé con mi padre sobre esa posibilidad. Aceptó, y me mudé tan rápido como pude (al tampoco tener recursos para pagar una mudanza, me recuerdo llevándome mis pocas cosas poco a poco; una de esas veces salí de Ecatepec a Dvorak 54 un domingo en la noche, en una combi, con mi mochila llena de triques. Puedo decirlo ahora: me sentí un tanto desamparado, triste, melancólico; como suelo ser, pues, pero un poco más agravado por la sensación de no saber si estaba haciendo lo correcto. En el fondo pensaba que sí, en el fondo ansiaba que así fuera).

Creo que estuve ahí menos de un año cuando empecé a salir con quien fue mi pareja, quien se mudó conmigo no mucho después. (Muy temprano en la relación, quizá, pero no me arrepiento.) Del cuartito de la azotea donde vivimos nuestro primer año no pasó mucho para que nos mudáramos a la casita a un lado de la de mi abuelita Chenchita, donde viví hasta ayer.

Creo que fue en ese tiempo, tras prácticamente jamás haber convivido con ella, con Chenchita, en el que pude platicar y conocer más aspectos de su vida pasada; de pronto degustábamos una copita, o lavábamos algo en el patio, en nuestras respectivas piletas, al mismo tiempo, y ahí se suscitaba la conversación. A mi abuelita Chenchita siempre le ha gustado platicar (con mi pareja platicó mucho), sin embargo suele ser una mujer seria, dura, hermética. De pronto no tiene ánimos ni de saludarte. Y creo que,  en el fondo, siempre ha sido así. Y es absolutamente comprensible: llevar setenta años ahí en Dvorak 54, su vida entera desde que era una adolescente, en las circunstancias en las que lo vivió: enviudando en sus treintas, enfrentando las chingaderas de los parientes de su esposo (quienes nunca, en realidad, la aceptaron), trabajando cincuenta años en un mercado vendiendo escobas para sacar a sus hijos adelante, y demás asuntos turbios que seguramente desconozco, simplemente me hace entrever (porque estoy seguro de que jamás lograré comprenderlo del todo, ni aunque escribiera sus memorias) el dolor por el que ha atravesado esta mujer.

Un dolor que también atravesó mi abuelita Mari, quien enviudó dos veces.

Un dolor que atravesó la que fue mi pareja al vivir conmigo.

El dolor que infringe el machismo, sin duda, en los tres casos, motivo por el cual, en el nuestro, en el de mi pareja y yo, nos separamos hace casi cuatro años (honestamente ya no sé el día, ni la fecha. La he ido olvidando entre el dolor.) Vivimos un par de años, o tres, o cuatro, en Dvorak 54, y yo viví un poco más ahí solo, quizá el doble. Ahora que hago la cuenta me sorprende. Demasiado para mí, pues fue muy pesado el fracaso que conllevó todo ese tiempo (y que es materia de otro texto), tiempo en el cual no le había tomado una sola foto a mi abuelita Chenchita. Le había tomado al espacio (que es una especie de vecindad, pero sin serlo), a sus pájaros, a las ventanas, a su casa por fuera, pero nunca a ella.

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Y ni queriéndolo hacer pude. No como hubiera querido. Es decir: sé que mi abuela es renuente, quisquillosa, desconfiada. Y aunque quizá no se habría negado a que le tomara un retrato frontal, autorizado, busqué, como fotógrafo en ciernes que me considero, tomarla al natural, en su entorno.

Así lo intenté.

El resultado son las fotos que acompañan este texto.

Al verme tomarle una, y luego otras a los rincones de su casa, como un invasor, como un intruso (por más discreto que pretendí ser), me preguntó:

–¿Para qué las quieres?

Como un novato no supe bien qué decir.

Creo que me resultaría más fácil explicarle a un desconocido que a un familiar con el que, a pesar de vivir siete u ocho años juntos, el hielo de la relación no terminó por derretirse del todo.

–Para un artículo de una revista sobre personas de la tercera edad que acompañaré con este material, abuela, si me lo permites –quise decirle, pero balbuceé alguna otra cosa que ella aceptó porque no alcanzó a distinguir lo que dije. (De tal modo que, ante mi tranza, acudió a mi padre para preguntarle para qué quería yo esas fotos, si para subirlas al feis –su hija Ruth usa feis y sube fotos, por eso mi abuelita topa– o pa qué. En fin que yo espero que este texto no le moleste –ni las fotos, que le compartiré junto con el escrito si acaso se publica–.)

Creo que en uno de los retratos que le hice alcanzó a reír luego de que ella misma dijera que iba a ‘salir como una momia’. Espero que no sea solo mi impresión y logre verse esa hermosa sonrisa suya de la que ya he hablado. Una que me regaló como despedida hoy, cuando fui a verla a su casa, a un lado de la mía, para darle las gracias por todo el tiempo compartido (por su arroz rojo, el mejor de la vida), por todas las atenciones que tuvo conmigo. Le dije que finalmente me mudaría (ella ya lo sabía, pues me dijo: será para bien, ya verás) a Melocotón 20, la casa que fuera de mi otra abuelita, Mari, un espacio al que, no sé por qué, siempre quise rescatar del abandono.

Del olvido.

Tal parece que hoy que tecleo esto (en mi segunda mudanza, con el vacío natural del primer día, con el firme propósito de dedicarme aquí a escribir), en este lugar que hasta hace no mucho solo era polvo y escombros (hoy limpio y lleno de luz), jorobado frente a mi nuevo escritorio (aunque en la misma compu), lo estoy haciendo.

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Etgar Keret, la escritura como plan B

Tomé mi lugar en la fila, a la hora señalada, una hora antes de lo anunciado, y como el resto de la gente que iba llegando, esperé. Unos días antes anunciaron que Etgar Keret (Official) estaría cotorreando con sus lectores un rato, hablando sobre su trabajo como escritor, en la Conferencia “La escritura como plan b” por Etgar Keret, organizada por Editorial Sexto Piso, quienes lo publican en México. Ahí estaría firmando su nuevo libro, titulado, chingonamente, ‘La penúltima vez que fui hombre bala’. “¡Tomen todo mi dinero!”, expresé muy emocionado, y deposité el varo requerido para tener acceso a tan exclusivo evento, y como el adolescente lleno de barros que fui (¿o sigo siendo?) me sentí todo un fan del autor israelí, aunque quizá no lo sea. (Lo digo porque apenas he leído un par de libros suyos: ‘Extrañando a Kissinger’, libro de cuentos, donde viene uno especialmente supremo llamado “Buenas intenciones”, y el libro de no ficción ‘Los siete años de la abundancia’, que disfruté enormidades, literal, como un chiquillo jugando Nintendo. Lo que sí es que su estilo ha influenciado mucho mi propia escritura.) Nos pasaron, pues, en Librerías Gandhi sucursal Quevedo, a un pequeño auditorio que tienen en el segundo piso tras darnos el ejemplar nuevísimo del mencionado título, y fuimos sentándonos. Llevaba yo, como ya siempre, mi cámara colgando del pescuezo por si podía tomarme una foto con él, pero especialmente por si podía tomarle una foto a él solo, así que traté de colocarme lo mejor que pude. Esperamos unos minutos más en lo que se llenaba el lugar con cien asistentes –según me dijo la cifra una de las organizadoras– hasta que Keret llegó, con la advertencia de que estaba malón de la garganta, por lo que tenían que bajarle al aire acondicionado. A mi lado había un joven rollizo cuya apariencia me resultó muy agradable, quien empezó a sudar, en efecto, mientras el escritor hablaba (traductor instantáneo mediante, su editor en México) de experiencias que ha narrado antes, en otras entrevistas o de plano en su propio libro de casi memorias, haciendo muy feliz a todos, casi siempre moviendo a risa. Como en las historias que escribe. Al final hubo preguntas –muy interesantes– del público, que constó casi de puros jóvenes, muy sonrientes todos ellos, entusiastas, felices, no mamalones intectualoides que suelen pulular en este tipo de reuniones, y que por desgracia a veces conozco. Ni siquiera un joven (bueno, no tan joven) que estaba hasta adelante, y quien declaró a Keret su amor y su agradecimiento porque por él él también se dedicó a escribir (con becas y todo, dijo) sonó arrogante; al contrario, se vio muy emocionado al grado de sonrojarse, por lo que todo mundo le aplaudió. Yo hasta quise abrazarlo, pero luego de que su autor amado le firmara su libro y se tomara una foto con él, se fue corriendo (bueno, la verdad es que sí lo vi en la tienda, abajo, viendo libros, cuando yo también bajé con mi ejemplar firmado, pero ya me dio penita hablarle). Cuando tocó mi turno de saludar a Keret, libro y cámara en mano, luego de tomarle una foto al joven rollizo que me cayó bien (y a quien ayudé a tomarle su respectiva foto con su cel para el recuerdo –espero que le haya gustado–), y tras pensar en qué le diría a Keret, acaso un muy pinche “I’m also a writer”, con mi aún más pinche inglés que tanto mal me ha hecho en público, Keret se me adelantó cuando le apunté con mi Nikon: “¿Eres fotógrafo?”, preguntó. Me quedé un poco helado y le dije que sí, que uno bastante malo. Es cuestión de intentarlo, me dijo sonriente, tras darme la mano y empezar a dibujar algo en una de las páginas iniciales del libro, donde está el título, y luego de escribir mi nombre arriba de él. Así de cerquita no noté la enfermedad que dijeron que tenía, por lo que le di un medio abrazo, que consistió en mi fea mano puesta sobre su espalda. Qué tipo tan sencillo y agradable, pensé. Es un placer conocerte, le dije al despedirnos, y él dijo que lo mismo, y ambos nos sonreímos. Así nos quedamos un momento más, le di otra vez la mano, y me marché.

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Texto también publicado en Neotraba.

La familia

Me mostró la herida que le atravesaba el vientre, una rajada que le engrapaba el estómago y que se hizo al caer sobre una máquina en horas de trabajo. Me pidió que lo ayudara a trasladar las únicas pertenencias que tenía en esta vida, señalando la parte alta de la estación. Sus cinco niños y su esposa rondaban el andén vacío, y el hombre y yo fuimos bajando uno a uno los carritos. El primero llevaba bolsas de basura, iba más o menos lleno, el segundo iba repleto de más bolsas, y el último llevaba a un bebé sonriente y semicalvo, descalzo de un pie. Las nueve veces que subimos y bajamos escaleras y convoyes lo miré fijamente al beibi y él a mí; el pequeño disfrutaba el zarandeo tanto como yo lo padecía. Al final le pellizqué delicadamente una mejilla, cuando esperamos el último vagón de la noche aquella familia y yo, el cual nos llevaría finalmente a nuestras viviendas, si es que ellos llegarían a alguna. ¿Y usted a qué se dedica, joven?, me preguntó el hombre, 50 años, diez más que su esposa. Él de Oaxaca, ella de Guerrero. Le dije lo que le contesto a últimas a toda la gente, y como que no entendió cómo era que sobrevivía dedicándome a lo que me dedicaba. ¿Y usted?, le pregunté en respuesta. El hombre y su esposa se miraron sin saber muy bien qué decir; los niños, en cambio, se sentaron en el piso para ver la pantalla del metro como si fuera la sala de su casa: en ella un hombre sin piernas, negro, musculoso, se sobreponía a su condición provocada por una extraña enfermedad. Miren, niños, es un ejemplo, le dijo el hombre a sus cuatro hijos, quienes no despegaron la mirada del aparato todo el rato hasta que arribó el metro. La mayor, la única niña, tenía nueve años, le seguía uno de siete y luego uno de seis y luego uno de cuatro. Apenas y sabían sus edades y sus nombres. Aquel vagón venía vacío y todos pudimos sentarnos juntos, con los tres carritos estacionados a un lado nuestro, en los pasillos. Qué habría hecho si no me ayuda usted, joven, me dijo el hombre, la barba canosa, unas entradas y un rostro endurecido que me recordó al mío propio, el del futuro: usted debe tener veintitantos años, me dijo el hombre por cortesía en una de las vueltas que dimos con los carros rellenos de inmundicia. Díganle al joven que les cuente una historia, él sabe de eso, les dijo a sus hijos, y los cuatro se sentaron en torno mío, ansiosos por escuchar algo. Tenía siglos que no veía a personas tan ávidas por escuchar de boca de alguien cualquier cosa, sin necesidad de un dispositivo de por medio. Uno de ellos, el de siete, quien me vendió una virgencita de plástico por cinco pesos, me dijo que les contara la historia del Chuqui. Sus hermanos lo celebraron. Pero les va a dar miedo y no podrán dormir, les dije, pensando que aquellos pobres niños seguro se morían de hambre y de sueño. Entonces un vago con un bastón, semidesnudo del torso, se subió al vagón y miró a la familia como si mirara nuevamente a la suya: una sonrisa, quizá la más reciente de los últimos años, se dibujó en su cara puteadísima y chimuela. Lo reconocí: alguna vez lo vi vendiendo rosas y le pedí permiso para tomarle una foto. A cambio le compré una flor. En la mirada de aquel hombre no había atisbo de que recordara aquella anécdota, y en cambio miró a aquellos niños sin dejar de sonreír. Luego le dijo quién sabe qué cosa, bajito, a la voz que escuchaba desde hace mucho. No nos da miedo, me dijeron casi todos, excepto el más pequeño, que con rostro angustiado me dijo: a mí si me da miedo. Lo abracé y le di un beso en su frentesita. Díganle al joven que les cuente una fábula, dijo ahora el hombre conforme su esposa dormitaba en el asiento reservado, y los niños repitieron: Sí, cuéntanos una fábula, y yo pensé que no me sabia más que la del escorpión, y que quizá era la menos indicada. El vago se bajó de pronto, parloteando. Que se invente una el joven, dijo el hombre, y que se las lea, remató, y yo no tuve de otra al mirar a aquella niña que ansiosa esperaba que cumpliera mi palabra de escritor. ¿Sabes leer?, le pregunté apenado, y con un gesto asintió. Así fue que saqué un cuaderno y una pluma y empecé a inventarme cualquier cosa, una pinche piltrafa, pero no había forma de detenerse y corregir: en dos estaciones habría de bajarme. Le enseñé el título a la niña y le pregunté qué decía. Deletreó sin mucha dificultad, y entonces continué escribiendo. Los otros me miraban, expectantes. Cuando terminé de caligrafiar aquellas letras arranqué la pequeña hoja y se la entregué a ella, diciéndole: Toma, guárdala… Y cuando llegue a mi casa la leo, completó la frase, con una sonrisa que espero no olvidar nunca.

Enamorarse, cada vez

Cada vez que te enamoras, es claro que no es suficiente. Y enfrente de ti, mientras bailas esa canción, como nunca antes, como siempre quisiste, un cielo atormentado sirve de escenario para quienes la tocan, para Cigarettes After Sex. Los relámpagos se coordinan entonces con las luces blancas que de pronto los iluminan, que casi te sacan del letargo sensual, melancólico, que recorre tu espalda y te acaricia el alma como hace mucho nadie lo había hecho. Y bebes y bailas entre aquellas sombras que te abrazan, entre esos nubarrones grises que anuncian una imposible tempestad, entre los rostros de mujeres con lágrimas y otras imágenes que se despliegan detrás de los músicos que ahí tocan, sin moverse apenas, siempre en la misma posición, y de los cuales no conoces sus nombres, porque prefieres no conocerlos. Es mejor así, piensas, a veces es mejor no saber y es mejor imaginar que quien canta es en efecto una mujer, como cuando los conociste, hace tiempo, una noche en la que, como otras noches, tratabas de apagar tus infiernos a base de tragos de puro fuego. Así, la noche transcurre lenta, deliciosa, en ese tempo pausado, el mismo que suena si escuchas con paciencia las manecillas del reloj y aplaudes a su ritmo; un tempo que te acompasa el corazón y que, si estás frente al ser amado, te enardece la sangre y te sosiega el sufrimiento. Por eso te sumerges en su cabello, en su cintura, en su olor, en su voz cuando te habla al oído, en la mirada que te revela su amor profundo; quisieras gritarle al mundo, en ese concierto en El Plaza, espacio repleto de espectros como tú, que te va a estallar el corazón de tanto gozo, que quieres morirte ahí mismo, que no es posible volver a estar tan pleno, pero, como ellos, mejor solo te mueves de un lado a otro, hipnotizado por la melodía de John Wayne, K., Apocalypse, o de la misma Each Time You Fall In Love. Y de otras que no sabes su nombre pero, como ya dijimos, no importa. Lo importante es estar ahí y jamás mirar el teléfono, mejor a veces echar un vistazo a los rostros de los otros, a los ojos que se pierden en ese cielo blanco/negro, gris, y que, como tú, son tan felices al menos por ese momento.

Rojo y negro

Para Fer

Entre más rojo el horizonte quiere decir que la noche se hará cargo de todo muy pronto. Rojo. Un color que relaciono siempre con Interpol. Será porque la única camiseta que tengo de ese color lleva el logo de esta banda neoyorquina estampado en negro; una combinación que por supuesto me recuerda a la sangre. La traigo puesta. Por mí, su primer álbum pudo llamarse Turn on the red lights. Rojo. Rojo y negro, como la portada de ese disco. Rojo y negro, como la novela de Stendhal que perdí el mismo día que empecé a leerla. (En realidad nunca la empecé: la abandoné en algún banco de alguna calle para que alguien más lo hiciera.) Este horizonte rojizo es amplio, amplísimo; algunas nubes se extienden plenamente sobre él y le brindan algunos tonos de naranja, de amarillo, de azul. Camino junto a ella. Lleva roto el corazón y una camiseta negra. Yo, yo no tendría que estar aquí, a su lado, caminando entre el terregal y las alfombras de este sitio que alguna vez fue un aeropuerto. Eso piensa ella, pienso, pero aún así caminamos juntos, y para cuando llegamos a uno de los escenarios la noche ya ha caído sobre nosotros de lleno. Una mujer con peluca y vestido negros canta en este momento; canta como cantan muchas otras, y azuza a los fans de Interpol diciéndoles ahorita nos toca a nosotros, dejen de estar chingando. Ahorita me toca a mí, quiso decir; yo soy la dueña del escenario, mírenme; miren cómo me meneo, miren cómo todos me aplauden por hacerlo. Es así que pedimos un par de tragos. No, no tendría que estar aquí, pienso, en zona vip, caminando a gusto entre gente que de verdad pudo pagar por esto. Vemos a la diva parloteando un momento más, con nuestras respectivas bebidas en las manos, hasta que ya no la soportamos y cambiamos de escenario. Entre el torbellino de polvo y la oscuridad es posible distinguir a los miles que están aquí caminando, en todas direcciones; todos a todas partes y a ninguna. Ahora pienso en un hormiguero. Un hormiguero rojo y negro, sin organización. Nos detenemos un instante entonces, para tomarnos una foto; el flash resplandece un momento entre las tinieblas y luego yo le tomo una foto a ella sola, pero no me queda bien a pesar de que más de una vez lo intento. Así que mejor brindamos: por estar aquí. No habíamos viajado nunca juntos, le digo en el camión de camino hacia acá. Claro que sí, me dice. Nunca solos, le digo. Es verdad, me concede. Qué mejor que para ver a Interpol, le digo. Sabía que no te resistirías, me responde. Sonrío. Por supuesto que no, pienso. Han venido un par de veces antes. O tres. No tengo idea, pero nunca alcanzo boleto, le cuento. Tiene poco que los escucho. Desde que casi por casualidad vi el video de “All the rage back home“. Digo que casi por casualidad porque el título me pareció asesino. Melancólico, brutal, para corazones oscurecidos, destrozados. O enardecidos por la existencia. Embriagados por la vida. Así que le piqué y escuché. Así era. Así era el video, así era la canción. Así era Interpol. Por lo que comencé a escuchar sus discos. Todos, en desorden. Sin distingo. Eso le cuento, y esta noche, luego de ver a un payaso salir al escenario desde uno de esos sanitarios portátiles azules, insultar al público y al público celebrarle sus insultos y sus sintetizadores; luego de ver a una leyenda mexicana del rock como Caifanes (jamás los había visto, con todo y su Saúl Hernández cuyo peinado me recordó al de mi abuelita fallecida), escuchamos ella y yo juntos a Interpol, de pé a pá. Entre traguitos de ron y cerveza los miramos, como todos los asistentes de este festival (al menos eso parece la marea de gente que se arremolina para verlos: todos los asistentes del festival), con absolutos fruición y deseo. Del set list que se avientan, una canción no identifico. No lo digo por fan o por sabiondo, al contrario: me temo que no soy ni una ni otra aunque me gusten mucho. Porque tampoco recuerdo los títulos de varias rolas aunque las conozco; y no canto todas las partes de todas las canciones porque no me sé todas las partes de todas las canciones; no recuerdo los nombres de los integrantes excepto por Paul Banks (no canta tan feo como en algunos videos en vivo que había visto, le digo), y me sé, acaso, el nombre del baterista (más no su apellido), pues es mi tocayo. Sabrá Dios quién es el bajista que los acompaña y que toca tan macizo. Ni hablar del guitarrista que a veces también toca medio gachito. Pero salto, grito y hasta mateo (en “Roland” casi me rompo el cuello) con toda la devoción que puedo la casi hora que se echan al ruedo. Ella también. Y por un momento su pesar desaparece hasta casi extinguirse en el aire junto a los papelitos que vuelan un instante sobre la gente y que se pierden en la negritud del cielo. Para luego caer.

Bajo mi propia piel

—En ese disco me chingué la voz —me dijo aquél día el Lagarto conforme conducía (yo) el Topaz guinda de mi padre, un auto que nunca fallaba en poncharse de una llanta para dejarme botado estuviera donde estuviera. Esa vez íbamos casi todos los Asedio y el vocal de Garrobos hacia el estudio casero del George, donde grabaríamos nuestro primer material, demo homónimo, en el cual incluimos la canción No matarás, para la que Miguel aceptó echarse unos coros.
El prrragghh que hizo el neumático fue tan acá que se escuchó sobre los gritos de Chris Barnes de Six Feet Under en el disco Maximum Violence, redondo que por cierto jamás abandonó aquel estéreo pues un día simplemente no quiso salir de ahí.
—¿Fuimos nosotros? —preguntó Miguel, y como yo ya sabía la respuesta me orillé como pude estando en medio de Insurgentes norte, poco antes de la Raza, dirección sur.
—¿Traes refacción y gato? —me preguntó una vez me detuve del todo en las afueras de un supermercado.
—Sí —le dije, y nervioso abrí la cajuela. Ahí estaban, para mi alivio, la llave de cruz, la refacción y el gato.
—A ver, amigo del rock —expresó Miguel al tomar el gato y la llave, y de inmediato puso manos a la obra mientras nosotros lo observábamos.
—Hay que aprender a hacer esto en chinga cuando estás en la carretera —nos dijo a todos, quienes en nuestras vidas habíamos cambiado una llanta con semejante habilidad y rapidez.
Una vez más, el Lagarto era nuestro ejemplo.
Mi hermana mayor nos había invitado a la fiesta que un amigo suyo, trovador de bar, había organizado por su cumpleaños (cumpleaños de él). Recién habíamos formado la banda y aún maltocábamos covers de rock en español. La casa era cerca del Puente de fierro, Ecatepec, ése armatoste abandonado a pesar de que el mismito de la Torre Eiffel parisina lo diseñó.
Fue en el patio, donde habían por mucho diez personas.
Por mucho.
Ese día tocaba la banda de punk que tenían los dueños de la emblemática tienda de rock Virus, ubicada en el centro de San Cristóbal. Tocamos después de ellos nuestras inmundicias mezcladas con Master of Puppets y Seek and Destroy. Entre el público estaba Miguel. El Lagarto.
—Miren, es el vocal de Garrobos —nos dijo alguien, no recuerdo quién.
—Un honor —dijimos todos, aunque no teníamos puta idea de quiénes eran los Garrobos.
—Si quieren tocar metal, metal es lo único que tienen que tocar: sacar rolas propias, centrarse en lo suyo —nos aconsejó Miguel a petición de la misma persona que nos lo presentó. Fue muy respetuoso a pesar de nuestras evidentes deficiencias, pero sin saberlo nos alentó de tal modo que todavía es fecha en la que lo mencionamos como uno de nuestros mentores.
Al fin de semana siguiente lo vimos cantar en la televisión, creo que en el 22 (las redes no eran lo que son hoy) y apoderarse como pocos del escenario; los Garrobos eran una banda de una brutalidad natural como no habíamos visto nunca, por lo que emocionados, cuando compusimos aquella rola del demo, decidimos invitarlo a cantar en agradecimiento y él muy amablemente aceptó. Lo único que pidió fue que lo lleváramos con nosotros. Por aquellos días yo era el amo del volante (y así como manejaba dejé de hacerlo), y por aquellos días yo había descubierto la que para mí (pos sí) es la obra maestra de Garrobos: su cuarto disco, el Jinetes Calavera. Creo que el cráneo rojo que ilustra la portada se me apersonó uno de esos días en un local donde todavía venden rock urbano en el mercado de Indios Verdes, y sin titubear demasiado (en aquel tiempo era más pobre, pero todavía suelo derrochar mis centavos sin pensarlo mucho en discos, libros y pelis) lo compré. Puedo decir que desde la primera escucha me maravilló. Una producción limpia, melódica, poderosa, llena de fuerza descarnada en sus ritmos thrasheros inyectados de hardcore, armónicos, y sobretodo letras que de inmediato incendiaron mis venas, mi corazón todo. La forma en que el Lagarto las grabó, literalmente dejando la voz en cada track, desgarrándose lo que las rolas le exigían, fue un hecho sin precedentes para mí al escuchar a una banda nacional (cosa que no me ha vuelto a pasar, por cierto, ni siquiera con cualquiera de los otros discos garroberos. No de ese modo).
—En ese disco me chingué la voz —me dijo Miguel, contestando a una de las preguntas que yo trataba de hacerle como el reportero en ciernes que quería ser, mientras lo miraba por el espejo retrovisor. Aquel material, el último de su formación original (del cual Garrobos tocó tres temas en un poderosísimo show en el extinto Hard Rock live de Polanco; un concierto que recién descubrí pero que demuestra ese pinche poderío ecatepense del que he tratado de hablar) se grabó en 2004, tres años antes de que Asedio naciera. Miguel quizá no lo sabe, pero influyó de tal modo en mí que dos canciones nuestras han heredado algo de sus líricas: Batalla contra la esperanza y Sangre inocente. Y es que el Jinetes Calavera posee canciones que se entierran en el alma, se incrustan y permanecen ahí para siempre; van desde un mundo distópico cimentado por nuestras chingaderas, hasta un clásico de clásicos amoroso como Estoy hambriento, un rolón apasionado, propicio para dedicarlo y cantarlo a la persona que te vuelva locx. Jinetes Calavera, pues, sobra decirlo, se convirtió desde entonces en uno de mis discos favoritos entre mis discos favoritos, sin importar género, nacionalidad ni ninguna de esas nimiedades. Lo llevo bajo mi propia piel.
Decía que traté de sacarle al Lagarto lo más que pude la sopa sobre el origen de cada canción en lo que llegábamos al estudio, preguntándole sobre mis favoritas: Fantasmas, Suelten bombas, El juez, Telarañas, y él trató de contestarme lo más que pudo pues en la vida habíamos platicado, aunque fue como si nos conociéramos de siempre (quizá así era). El Lagarto grabó su parte, sorprendido por lo mucho que logramos con tan poco (pequeño estudio, buen demo), y de ahí celebramos en la casa donde ensayábamos entonces, bebimos harto Tonayan, fumamos como locos Delicados con filtro y tocamos improvisadamente Sacude el cráneo, clásico de esta banda que covereamos mucho tiempo en cada toquín al que íbamos, también en agradecimiento, pero sobretodo como el mayor de los tributos que podíamos hacerle a un músico que nació, como nosotros, en el sórdido municipio de Ecatepec, y cuya música perdurará cuando ninguno de nosotros siga vivo.

Steve Rothery (o de todo lo que perdimos pero seguimos recordando)

Inventaré que sueño.

Y que cuando miro al frente está el mar.

A un lado mío, construida sobre la arena blanca, hay una enorme tortuga.

Y frente a ella, tú.

Sobre el caparazón escribes nuestros nombres.

Conforme las olas golpean nuestros pies, el polvo infinito y las rocas, me miras sonriendo.

Solo estamos tú y yo en ese sitio: a nuestras espaldas una ciudad devastada, poblada por fantasmas, nos observa a nosotros.

Luego miras hacia el frente y ahí, al fondo, teñido de rojo, está el cielo.

Tu cabello, dorado por la luz, cubre la sonrisa de tu rostro.

Inventaré que al acercarme a ti hago a un lado el mechón que atraviesa tu mejilla y que ese sitio de tu rostro es el que beso.

Luego me abrazas.

Inventaré que al hacerlo alcanzo a percibir tu olor, pues un hueco en el corazón que no he logrado aniquilar del todo me despierta sin remedio.

–Notalgia, éste álbum va de eso. De la niñez, de aquél verano, de cuando teníamos cabello, de todo lo que perdimos pero seguimos recordando –dice Steve Rothery, sonriendo, a quienes lo vemos desde unas sillas negras de metal, numeradas por detrás con un brochazo amarillo. O acaso es cinta de ese color.

Acaba de tocar ‘Morpheus’, el track abridor de su álbum debut como solista: The ghosts of Pripyat.

O quizá acaba de tocar ‘Old man of the sea’, el tercer tema de aquel disco y segundo de este set list. Lo digo porque aquella ensoñación en la playa de arena blanca sería, sin duda, musicalizada por esta pieza que de inmediato me transporta a un bote sobre el mar en el que se rema frente a la persona amada mientras el cielo, nublado, amenaza con tormenta.

–¡De cuando estabas delgado! –le grita a Rothery un sujeto a mis espaldas.

O te recuerda a Hemingway, como también lo hace ‘Ocean cloud’, de Marillion, la banda que este hombre (sí, gordo y calvo) fundó cuarenta años atrás.

Así lo resalta el flyer de este concierto, que anuncia también un abridor, llamado Gabriel Agudo, guitarrista argentino que ha colaborado con Rothery, entre otros destacados músicos del mundillo progresivo.

–¡Trovador de metro! –le grita a este guitarrista otro sujeto, que está precisamente a un lado del que gritó primero.

En una de mis manos llevo una bolsa de plástico rosada, dentro de la cual hay una playera negra con el estampado del álbum Brave de Marillion, pero con el logo de la era Fish, imagen que la banda usó en su discografía hasta el Seasons end, por lo tanto también en el último larga duración que grabó con ellos el legendario vocalista (aunque prefiero a Hogart), el Clutching at straws, que para mi absoluto regocijo y sorpresa tocará la Steve Rothery Band en su integridad esta noche.

En la otra mano llevo unos cacahuates japoneses que compré también afuera, por diez pesos, luego de comprar el disco y la playera. Los devoro con sigilo tras haberlos depositado en una de las bolsas del saco que llevo puesto; los hombres que están detrás de mí continúan haciendo chistes y comentarios de los que solo ellos se ríen.

El disco que está en la bolsa rosa de plástico es un sencillo de ese álbum de Marillion que casi es mi favorito si no existiera Marbles: Alone again in the lap of luxury. Un cd que hallé por cien pesos. Los vendedores foráneos ya solo tenían esos materiales: sencillos extraños y discos en concierto también raros; material que solo los coleccionistas compran. Y aunque no me considero uno muy serio, husmeo junto a ellos en búsqueda de algo que engrose mi pequeña colección, la cual aún carece de un par o tres títulos de la discografía de esta banda inglesa que esta noche de viernes, tranquila y huachicolera, ha congregado a un montón de encopetados individuos.

Y es que los hombres que están detrás de mí parecen ser de esos coleccionistas de los que hablo. Sujetos con la cartera repleta que ya alcanzan el medio siglo y que conversan sobre bandas míticas, impronunciables, inalcanzables para el resto de nosotros: mortales cualesquiera que hemos de escuchar sus sabios comentarios, que hemos de apreciar su exacerbado fanatismo.

Individuos que visitan el tianguis del chopo cada sábado para intercambiar sus valiosísimos viniles o solo para hablar de ellos.

Yo lo único que quiero es golpearlos.

Bueno, no tanto, pero estoy a nada de pedirles amablemente que se callen.

(Y ahora mismo recuerdo que la primera vez que vi a Marillion, en el Metropolitan, precisamente iba agarrarme a golpes con un individuo, en la fila de entrada, no sé por qué motivo.)

–Esta canción habla de un momento muy importante para mí, un parteaguas en mi vida: hace un año exactamente tuve un accidente de automóvil que casi me cuesta la vida y la de mis hijas… –dice Agudo, el guitarrista, y pide al público que aprecie sus composiciones, las cuales toca él solo en compañía de su guitarra electroacústica.

–¡Échate la de ‘Señora de las cuatro décadas’! –grita un tercer sujeto, aunque quizá sea alguno de los dos primeros.

Volteo a mirarlos.

En efecto, están en la cincuentena, llevan cada uno una cuba repleta en las manos, ropa deportiva y jeans de marca; estos individuos se regodean de conocer músicos mucho más capaces -técnicamente- que Agudo, quien espera que al público, es decir a ellos, a mí y a todos los que estamos, le lleguen sus canciones tanto como a él le llegaron al componerlas.

–Pinche Bon Jovi, este wey, me cae –dice, sin gritar por fin, para su compañero, uno de los dos. Ambos ríen, brindan y beben.

Yo coloco el vaso de chela y la bolsa rosa en el piso, por si acaso es necesario usar las manos, pero la música de Agudo nomás no me llega. Odio darme cuenta de eso de inmediato, y de inmediato lo lamento por él: lo observo tocar sus rolas con entusiasmo, pero mejor recupero la cerveza del piso y la bebo tranquilamente luego de empinarme dos cacahuates, sentado, al ritmo de sus melancólicos aunque fríos acordes. Lo bueno es que aquí, en el Auditorio Blackberry, hay quienes le aplauden más o menos eufóricos; quizá se trate de las mismas personas que momentos antes también aplaudieron a los organizadores, quienes por iniciativa propia y con apoyo de nosotros, fans de Rothery, según dicen, a la manera de Marillion (precursores del crowdfunding) trajeron a la banda solista del guitarrista solista.

–¡Este aplauso es para ustedes! –dice un organizador y la gente aplaude.

Yo no.

Demasiado optimismo para mí.

Porque también invitan al público a apoyar ésa y otras causas nobles que organizan. “Ahí afuera hay un stand con toda la información, entren a nuestra página web, a nuestras redes sociales…”. Escucho eso mientras un hombre mayor me conduce en la incipiente oscuridad hacia mi asiento. Le rolo diez pesos que encuentro en mi bolsillo trasero del pantalón y le doy las gracias. Mi lugar está entre dos individuos, en un espacio por el cual nuestras piernas necesariamente se rozan.

Gabriel Agudo inicia unos cinco minutos después. Se presenta, presume su currículo, y toca tres canciones. O cuatro. O dos. Todas con un discurso de preámbulo que aborrezco. Luego invita al tecladista de la Steve Rothery Band a subir con él al escenario, y luego invita al hombre por el cual estamos todos aquí esta noche.

El autor de The ghosts of Pripyat.

Ese disco reposa en una de mis repisas junto a la discografía incompleta de Marillion. En algún lugar debo tener la nota que lo acompañaba, si es que lo acompañaba alguna nota. Una felicitación por mi cumpleaños, quizá la última que recibí de tu parte esa fecha.

Tú, la mujer a la que sueño en la playa, con una tortuga y nuestros nombres en la arena blanca.

Lo tengo ahora, junto a mí, mientras tecleo estas palabras. No recordaba que salió a través del sello Inside Out, el cual recordaba solo metalero o para bandas metaleras progresivas, como Evergrey.

El arte, a cargo de Lasse Hoile, evoca de inmediato a la ciudad fantasma ucraniana de Pripyat, la cual fue devastada en un accidente nuclear. El diseño gráfico y las fotografías que ilustran el booklet también son un viaje melancólico (este sí cálido, pese a la imperante agonía y desolación que muestran) que pronuncia la fuerza de la música de Rothery y sus colegas.

Música que no requiere de palabras que la acompañen.

Nunca.

Apenas de una sucinta presentación:

–A continuación, uno de mis tracks favoritos del álbum: ‘Summer’s end’ –dice Steve y el público aplaude.

Yo también.

No sé por qué, pero en ese momento me da la impresión de que no todos están muy familiarizados que digamos con dicho material, y que muchos están aquí porque se trata del guitarrista de Marillion celebrando las cuatro décadas, éstas sí, de una señora banda. Razón suficiente, sin duda, pero ni los señores que están detrás de mí, todos unos conocedores, parecieran estar al tanto de estas composiciones o de sus músicos, porque cuando Yatim Halimi al bajo, Leon Parr en la batería, Riccardo Romano en los teclados, y Dave Foster en la guitarra rítmica (a quien estos mismos simpatiquísimos hombres apodan ‘Aguinaga’ con tan solo verlo) suben al escenario, nadie parece reconocerlos.

–Qué diferencia, luego luego se siente el poder –dice uno de ellos y esta vez, para mi desagrado, coincido con él. Y aunque no se callan por completo, de inmediato la Steve Rothery Band acapara la atención del silencio. Al terminar el primer track, Rothery anuncia que en total tocarán tres temas de su disco solitario, seguido por el cuarto larga duración de Marillion en su totalidad. (Y algunas sorpresas para el encore, como ‘Afraid of sunlight’.)

La limpieza en la ejecución de quienes están sobre el escenario retumba en cada una de las sillas numeradas por la espalda de color amarillo; entre los vendedores de cerveza que, como si estuvieran en el Foro Sol, pasean con sus charolitas gritonenando su producto; la potencia del bombo sí golpea los rostros de los señores expertos en rock progresivo y a los jovencitos que frente a mí miran atentos a este maestro de las seis cuerdas del que probablemente sus padres -también presentes- les hablaron.

Un virtuoso que va más allá de lo técnico.

Sé muy poco de guitarras, y lo que Steve Rothery toca no se mira tan complicado como lo que hacen otros muchos guitarristas solistas; por lo que su potencia reside en el punch, en la consecución de las notas que toca. En aquello que no se ve, de lo cual no se teoriza porque es imposible de enseñar. Ese algo que podríamos llamar talento. O feeling. Los dos juntos más una maestría propia del trabajo continuo durante cuarenta años.

Es el cómo lo hace.

Rothery suele permanecer en un su lugar casi quieto, y acaso cuando se estremece mira hacia el cielo con los ojos cerrados conforme sus dedos se desplazan con soltura por el diapasón de la guitarra, desgarrando con ello la piel de quienes lo escuchan.

Erizándosela.

Invitándola a soñar.

–Recuerdo la última vez que estuve en México y vi a gente en el público llorar cuando tocaba los solos de ‘The Great Escape’ –dice Rothery en esta entrevista. El periodista, Juan Carlos Villanueva, le pregunta de inmediato qué se siente trastocar de ese modo a su público.

Rothery dice:

–Abrazar al prójimo desde el alma. Si tan solo puedes hacer eso con tu música, será uno de los actos de comunicación más nobles y hermosos que puedas hacer como ser humano.

No fueron pocas las veces que bebí frente a mi computadora, solo, escuchando la música de este hombre y su banda insuflado por la pérdida y el dolor. Un alma ensombrecida con deseos de arrojarse por la ventana oyendo una y otra vez, precisamente, “The great escape”.

–Siempre he creído que nos reflejamos en el dolor. La sensación de aislamiento y de congoja son emociones universales. Esa es la base melódica de la música que he hecho junto a Marillion. No se trata de un drama, sino de compasión: el acto de reflejarse en el otro. Es una catarsis. Cuando hicimos Brave, muchas personas, sobre todo mujeres, nos agradecían porque ese disco las había salvado del suicidio –agrega Rothery.

A mí también me salvó.

Por lo que me sirvo un trago y en las mismas circunstancias (no las emocionales, sino las de las tinieblas y mi escritorio) escucho y observo este video de mis dos canciones preferidas del Clutching: ‘Warm wet circles’, que en algún momento dice:

Ella se desnudó nerviosamente
en los danzantes rayos del faro de Fidra
entregándolo todo
antes de que sea demasiado tarde.
Dejará a una lengua amante moverse
en un cálido círculo húmedo
entregándolo todo
sin mostrar vergüenza…

y ‘That time of the night’:

Así que si me preguntas
cómo me siento por dentro
podría sinceramente decirte
hemos tomado un muy largo viaje.
Y si mis dueños me dejan tener
algo de tiempo libre algún día
con toda la buena intención
probablemente escaparía…

Y así, otra vez solo frente a la única luz del monitor, su fuerza poética, tanto de las líricas como de los solos de guitarra, me arranca las lágrimas sin contemplaciones.

Por lo que trato de llorar sin hacer mucho ruido.

Le subo al volumen de los audífonos.

Mientras, los señores a mi espalda y otras personas se levantan hacia el frente del escenario para tomarle fotos a Steve y su banda, sin importar ya la asignación de lugares, en el momento en que muy viejos temas de Marillion inundan el recinto (de cuando Rothery era delgado y con cabello). El final se siente cerca.

Es cuando me retiro al baño y desde ahí escucho.

Pienso que es buen momento para irme.

Salgo del lugar junto a otros dos hombres, y el frío y solitario pasillo nos conduce a la fría, oscura y con algunos vendedores ambulantes calle de la ciudad.

Abordo el transporte público con la sensación de que me he perdido de algo.

Y esa noche, luego de un par de tragos y de llorar, deseo soñar con el mar y la arena blanca, pero lo único que sueño es un todo negro.

Como rockstar, divinidad y presidente

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Tan pronto Andrés Manuel López Obrador comenzó su discurso, abandoné el estadio.

El solo hecho de imaginarme a toda esa gente -la capacidad del Azteca y mucho más, aunque quizá muchos menos de los que habrían ido al Zócalo- queriendo hacer lo mismo, cuando acabara todo, me obligó a decidirlo.

Qué incómodo resulta el Azteca para escaparse, pensé.

Qué incómodo que se celebre el fin de una campaña antisistema en la casa del sistema.

Qué incómodo celebrarlo en donde los adversarios de los dos sexenios pasados también lo celebraron (aunque dudo que en ambos casos haya ido tanta gente).

Así que miré avanzar a Andrés a través de las pantallas, entre la gente, dando abrazos, saludando a todas esas manos que, como el rockstar, divinidad y (casi) presidente que es, buscaban tocarlo, poseer un momento de su gracia. De su grandeza.

Como lo hice yo alguna vez.

Ya había pasado el 2012. Era la presentación de uno de sus libros. Por la Bombilla, en San Ángel, en la Ciudad de México. El recinto estuvo, vaya sorpresa, atascado. Pero no de este modo. Y cuando todo terminó, Andrés y los suyos caminaron por la pequeña explanada. Era de noche: recuerdo al príncipe de Macuspana caminando lento, entre las sombras. Y me recuerdo a mí pensando: acércate, es ahora o nunca. Me recuerdo acercándome. Nadie se me interpuso, aunque por un momento pensé que eso sucedería.

El recuerdo se distorsiona ahora.

Quizá le tomé el hombro y el antebrazo, la mano, y le dije: Mucho gusto, presidente. Él sonrió, quizá puso su mano sobre mi hombro y sujetó mi antebrazo. Y siguió su camino: ahora avanzaba iluminado por una luz que lo seguía por todo aquel trayecto del Azteca también repleto de tinieblas hasta que arribó al estrado en el que ya estaba todo su equipo.

Al menos eso imaginé, pues me encontraba muy lejos de él a diferencia de aquella vez: a espaldas del escenario, en una grada lejana.

Y entonces habló Claudia Sheinbaum, la todavía candidata para gobernar la CDMX que un día gobernó -y bien- Andrés, pero sus palabras se me extraviaron entre el rebote de las estructuras pambolísticas y el estruendo ensordecedor de toda esa gente que no paraba de gritar: Presidente, presidente.

Y salí.

Conforme abandonaba el estadio la voz del tres veces postulante al ejecutivo se fue perdiendo junto con la algarabía de sus seguidores, y así cada vez más hasta que me acerqué a la escalera que conduce a la estación del tren ligero homónima del recinto casa de la bipolar Selección Mexicana de Futbol (acertadísimo, un colega puso en sus redes: El mundo al revés: fútbol en el Zócalo, y política en el Azteca). Pensé que ahí afuera me encontraría, como había rumorado la gente cuando llegué cuatro horas antes, con unas pantallas que estarían transmitiendo el evento ahí afuera. Pero no, al parecer todo el que tenía que entrar entró; incluso hubo algunos que apenas llegaban, corriendo, vociferando que no querían perderse a Andrés Manuel.

Yo tampoco quería perdérmelo, por lo que accedí a escribir esta crónica (ojo: que no por eso se me considere periodista, no; como puede leerse, acaso soy un chismosín que balbucea) y me alisté para encontrarme nuevamente con López Obrador. Pero como no quería chutarme el cartel completo que compondría el Amlofest, procuré salir de casa a la hora en que el espectáculo dio inicio: a las cuatro de la tarde. Supe de otros colegas (ellos sí, periodistas en toda regla) que ya estarían ahí cubriendo, gafete de prensa en cuello, desde temprano. Yo, en cambio, caminé muy relax hacia el metro y antes de sumergirme hacia los torniquetes me detuve a comer en un puesto de tortas donde además venden comida corrida y otros antojitos. Pero ya no había menú, así que pedí de la carta unas quesadillas de papa y unos tacos dorados de pollo. Ya había visto ese puesto antes, pero nunca me había detenido a comer ahí. Lo atienden tres mujeres de tres generaciones distintas. La más grande ya estaba levantando todo y me miró feo. La de enmedio fue la que me atendió amablemente: la comida estuvo maravillosa. La más joven, quien me preparó un licuado de fresa, era también un poco malencarada. Regañó a su hijo (bueno, al mocosín -literal- que estaba ahí) por comerse las piedras que le sobraban a la pared de la casa ruinosa que estaba frente a ellas.

—¿Desde qué hora están aquí? —le pregunté a la mayor, mientras levantaba una lona y yo mordía las quesadillas. Me miró feo y me dijo:

—Desde las siete de la mañana.

Entonces pensé en aquella inmensa mamada (perdóname, lector) de que el cambio radica en uno mismo. Algo tendrá de cierto, puede ser, pero estas mujeres, pensé, rifándose el físico desde las siete a eme, todos los días, preparando una deliciosa comida, apenas y sobreviven.

Y pensé: ¿Pos qué más quiere uno de uno mismo?

Bienestar. Un poquito de bienestar, pienso.

Y entre otras cosas eso ofrece Andrés Manuel. (Los otros también, pero se lo han pasado siempre por el arco del triunfo de la corrupción.)

Cualquiera puede decir: acabar con la corrupción no acabará con todos nuestros problemas. Puede ser. Pero será un avance. Un cambio. Que hará que en cincuenta, en cien años, quienes vengan no padezcan como nosotros.

Los que padecemos.

Los que viajamos en el metro en el que ya voy a bordo. Releo El club de la pelea. Su idea de la anarquía me invade lo que dura el trayecto hasta Tasqueña. Cuando llego guardo el libro porque en el tren ligero las cosas ya están pesadas: un chingo de gente aborda el mini convoy hacia el Estadio Azteca. Va directo y sin escalas. En el camino observo a las personas que van apretujadas junto a mí: por ejemplo, un par de ancianos que se dirigen hacia allá (todos vamos hacia allá). Van comentando, emocionados, lo que les espera, la inminente victoria de su candidato. En el exterior una gasolinera de una empresa privada se vislumbra; unos camiones de acarreados estacionados en hilera, uno tras otro. La gente que por voluntad propia camina hacia allá.

Salimos a duras penas. El puente peatonal está repleto y hacia la explanada del estadio se aprecia un océano de caminantes. Alguien expresa: Nunca se había visto algo así aquí. Me desplazo entre la gente con la habilidad de quien ya ha experimentado otros conciertos: en ese sentido el Amlofest es como cualquier otro: hay playeras, gorras, tazas, carteles, bolsas, plumas, máscaras y toda la parafernalia imaginable en torno al Peje.

Me adentro en aquella marea de gente: hay filas por doquier, así que me dejo llevar.

Tomo algunas fotografías.

No todos tienen boletos -que son gratuitos- y cuando alguien osa repartirlos -organizadores o almas caritativas- las olas embravecen y todo el mundo se abalanza por ellos.

Yo no tengo.

La “fila” en la que voy avanza hacia la entrada del estadio. Llevo la mochila a cuestas. Tomo más fotografías. La gente alrededor platica muy entusiasmada por estar ahí, por ser parte de un hecho histórico. Que no quepa duda, pienso, López Obrador hace tiempo que hizo historia (de Anaya y Meade nadie va a acordarse en seis años, pienso también). Y lentamente avanzamos. Me detengo en un punto, en una carpa que es puesto de dulces, chicles, refrescos y cigarros. Desde ahí tomo otras fotos mientras espero por un boleto. Unas personas intercambian algunos; precisamente traen playeras de los partidos de la coalición Juntos haremos historia. No me atrevo a pedirles uno (insisto en que no soy reportero). Aguanto un poco más hasta que alguien grita: ¿Alguien necesita boletos? Y alzo el brazo, lo pasan mano a mano hasta que llega a mí y avanzo con ellos. Alguien me dice de pronto: Traes abierta la mochila. Mierda. Supuse que pasaría por llevarla así. Reviso, pero al parecer no me robaron nada. Avanzo. Avanzamos. Se lanzan algunos cánticos, mezclas de lo que se canta cuando juega el América aquí, en su casa, con los que se cantan en los mítines de AMLO, y que ahora se me escapan los dos juntos (gracias a Dios).

Cuando llegamos a la reja de entrada ahí hay más gente pidiendo boletos. Solidaricémonos con quienes no tienen uno y rolen, por favor, dice un hombre trepado en las alturas de algún sitio. En cuanto la gente entra, en cuanto entramos, en la explanada que ya conduce directo al estadio la gente se dispersa, se abre, y cada quien trata de ir hacia la entrada que marca su boleto. Para entonces ya es un desmadre y los guardias, a diferencia de los conciertos de a deveras, son flexibles y dejan pasar casi por donde sea. Pienso entonces en la inutilidad de los boletos. En que quizá debieron dejar abiertas las puertas y ya.

Tomo fotos.

Retumba el sonido en las estructuras del estadio; la música se hace más nítida conforme me acerco. Entro por cualquier pasillo y vislumbro, ya en las altas gradas, un asiento. Margarita, la diosa de la cumbia, se está rifando en el escenario. Una pareja solitaria, en la lejanía, baila bajo su ritmo.

Tomo asiento y tomo fotos.

El cielo amenaza con lluvia: algunas gotas comienzan a caer pero el agua brinda una tregua y no ocurre sino hasta la medianoche, cuando todo ya ha terminado. Cuando ya estoy en casa, hecho polvo pese a las pocas horas ahí; más por los apretujones, el gentío, los gritos, y el entusiasmo que por otra cosa. Quizá por el hartazgo que finalmente vislumbra su fin.

El tiempo se pasa rápido y de pronto Belinda ya está arriba. Como una amiga posteó en sus redes, no sabía que tenía un set list tan vasto. Conozco un par de sus canciones (aunque desconozco los títulos) y, no puedo negarlo, su belleza me cautiva por primera vez (nunca me había cautivado). Será que soy un observador solitario.

Tomo fotos.

Belinda cierra el concierto con su hit ‘Sapito’, seguido de un cover a Alejandro Fernández y la previa aparición de un artista del que no supe su nombre pero que todo el mundo ovacionó.

Y arriba el cielo comienza a oscurecerse.

Pienso que la cosa va a extenderse mucho más, a sabiendas que el señor López viene de algún lugar del interior de la república, pero no, ya está por llegar. Así lo anuncia el presentador. Así lo anuncian las pantallas.

Es que la gente se levanta.

Y, en cuanto llega, los miles que están ahí aplauden y le gritan a Andrés Manuel López Obrador: Presidente, presidente.

Es cuando abandono el estadio.

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Texto publicado originalmente en Kaja Negra.