La triste osadía del Señor Segovia (XIII)

Me quedé solo en la habitación. En torno, ni un ruido. 

Coloqué mis maletas en el pequeño espacio donde había un tubo horizontal en el que se podía colgar la ropa. Luego colgué mi chaqueta de vagabundo y un momento después me senté sobre la cama recién tendida por aquella mujer. 

Imaginé que su perfume seguía en el aire, que su nombre

jamás se me olvidaría, que

su rostro, su cabello, sus manos 

permanecerían para siempre 

en mí

pero ahora que escribo estas letras, casi cuatro años después, apenas guardo un fulgor, un atisbo de ella. Un recuerdo 

que bien podría ser 

producto

de mi imaginación

Es entonces que recibo un mensaje de texto de Nayeli, mi editora, quien me dice:

Dónde andas.

Le explico dónde. 

El cruce de aquellas dos mujeres en mi cabeza en realidad es un choque que me levanta del colchón y me aproxima a la ventana, desde la cual logro ver que nadie pasa 

por la calle. 

Voy a presentar un libro, continúa en otro mensaje. Ojalá puedas venir

De algún lugar de mi mochila extraigo el programa de la feria –ya arrugándose, por el traqueteo del trayecto– y busco, busco su nombre. Lo encuentro en alguna parte, pequeñito, como el nombre de los participantes de casi todos los eventos, y leo la información: Nayeli estará en la mesa junto a uno de sus grandes maestros: un viejo cascarrabias, historiador, que la está regañando cuando llego y tomo un lugar en la sala, en la segunda fila.

Ella me mira, desde mi arribo, antes de sentarme, un instante, con sus ojos con ojeras permanentes, los pómulos enhiestos y desmaquillados y 

sonríe.

Le sonrío. 

—Pon bien el deste, ¿no? —dice el viejo historiador, cascarrabias y –probablemente– chimuelo, refiriéndose al letrerito que, doblado sobre la mesa, permite leer su nombre (un nombre que he olvidado, por cierto. Es más, creo que ese señor ya se murió… y con él sus libros).

Ella lo atiende, sin chistar. Sumisa y cabizbaja, como jamás la había visto.

No puedo evitar cabecear en cuanto la presentación comienza. El libro es un mamotreto insufrible, texto academicista cuyo título (que también olvidé) es imposible que se le antoje a quien sea.

Incluso al autor, pienso.

Nayeli interviene en determinado momento. Toma el micrófono con delicadeza. Suspira y luego da un brevísimo discurso. Un párrafo, acaso, que el autor en cuestión prácticamente ignora para dar paso a los otros ponentes, viejos sabios (y arrugados) como él. 

Me acerco a ella entonces, cuando termina la ponencia. Le doy un abrazo que el académico mira de reojo. 

—Estuviste muy bien —le digo, sonriente.

—Gracias.

—¿Qué haremos después de esto?

—Norman —dice— debe estar presentando su nuevo libro en este momento. ¿Lo quieres conocer?

Le digo que sí, aunque habría preferido decirle que no. Seguía somnoliento y deseaba irme a dormir, pero Norman (así le llamaré) fue quien sugirió que la novela, finalmente, se llamara Metal. Al principio no me gustó la idea por una simple razón: si escribí dicha historia había sido por el título, que tomé prestado de una canción de la banda española Ángeles del infierno: ‘Maldito sea tu nombre’. 

Pensé: qué chingón título, carajo, como para una novela, cómo es

que no se le había ocurrido

a ningún otro

escribidor.

—Es un título que en realidad no tiene que ver con la historia. Metal, por el contrario, conjuga todo —escribió Norman en un texto donde abogó por el cambio que, por cierto, le comuniqué a los talleristas del taller literario en el que trabajé la historia. El taller de Armando Vega Gil, quien dijo:

—¡Metal suena de huevos!

Los demás lo secundaron.

Fue en ese momento en que me di cuenta. De que sí. De que no había mejor nombre para la novela. 

Cuando llegamos a donde estaba Norman una enorme fila de gente lo esperaba para que les firmara un ejemplar de su libro. Nayeli y yo nos formamos también.

De algún rincón de su bolso ella sacó el susodicho título de Norman. Lo publicaba una editorial no tan importante como otras en las que ha publicado, aunque también importante. Me lo mostró y lo tomé. Definitivamente el título no me llamó para nada la atención (lo olvidé) y la cuarta de forros era una invitación a no leerlo. Se trataba de un libro de cuentos.

—De cuentos snobs —le dije—. Artificiosos y sin corazón. 

Ella, aunque poquito, asintió. 

—La verdad no lo he leído —dijo. 

—Lo sé —dije—. Lo sé. 

Entonces llegamos. Norman recibió a Nayeli con una enorme sonrisa (una sonrisa impecable, pulcra) y un abrazo. Luego ella le comunicó quién era yo. Norman abrió los ojos a modo de sorpresa, siguió sonriendo y también me abrazó. 

Nos abrazamos. 

El editor de Norman estaba a su lado. Era un hombre bajo, muy bajo (más bajo aún que yo), español, barbado, al que llamaré así: El editor de Norman. 

—Mucho gusto, tío —dijo, luego de saludar a Nayeli, mi editora.

Luego Norman aseguró que se moría de hambre, que quería ir a cenar. Por su atuendo carísimo, intuí que no quería ir por tacos.

De pronto ya estábamos, los cuatro, en el elevador de un lujosísimo hotel. Mucho más lujoso que el hotel donde me había hospedado al principio de este (mal)viaje. En cuanto se abrieron las puertas (que no hicieron ningún ruido) Norman y su editor avanzaron delante de nosotros, hacia el restaurante. 

Ahí noté algunos rostros conocidos. Quiero decir, rostros de autores conocidos. No hacía falta ser muy listo para percatarse de que ahí estaban hospedados los escritores de élite, los bestsellers. Los más acá. 

Yo, con mi chaqueta de vagabundo, avancé junto a Nayeli tan jorobado como siempre. Ella, erguida, pisaba el suelo alfombrado con sus botas; sus pasos firmes y largos eran como los de una modelo en la pasarela de algún importante diseñador.

Tomamos asiento junto a uno de los enormes ventanales. Desde ahí podía verse a plenitud la explanada del centro de convenciones que albergaba a la Feria. Miré a las personas avanzar, lentamente, felices, en grupos, por aquella acera. 

Un mesero se aproximó a nosotros. Norman pidió un vino espumoso y una comida ligera, japonesa tal vez, que contenía una especie de ensalada que se comió con unos palillos. 

—Oye, por cierto, debes corregir la forma en la que habla El Español. Así no hablan los españoles —dijo Norman. Estábamos sentados uno al lado del otro—. Te lo digo yo, que he estado tanto tiempo en Barcelona. 

Nayeli pidió unos tacos y una cerveza artesanal tipo porter. La secundé. El nombre de aquella cerveza lo recuerdo muy bien, pues su sabor, cuerpo y consistencia ha sido de lo mejor que he probado de chela en mi vida, además de que su nombre es muy literario: Páramo. Ocho grados, según recuerdo, de alcohol. 

—De acuerdo —le dije a Norman, y asentí, pero nunca hice dichas correcciones.

—Salud —dijo Nayeli luego de que todos en la mesa tuvieran su bebida en la mano. Noté, en ese momento, cómo la miraba Norman, y ella a él. Ambos eran, más o menos, de la misma edad; él era, pensé, un tipo ideal para ella: joven (apenas superaba los cuarenta), exitoso, con un hermoso cabello largo y una barba que lo hacían parecer el Cristo más bello jamás retratado; inteligente, además, con su hermoso acento sudamericano… 

…algo que yo jamás podría ser. 

—Oye, lo que sí, de tu novela me encantó el Tío Muerte —dijo Norman, y ahora me sonrió—. Tiene cosas muy lindas, la novela, pero aún le faltan otras, que irás aprendiendo conforme avance tu trayectoria. 

Me imaginé por un momento en el lugar de él, diez años después, con varios éxitos al hombro. Aún joven, aún con pelo, con unas cuantas canas por aquí y por allá, sin panza, cenando en un lujoso hotel con una bella editora y mi editor de siempre, fiel, a un lado, dándole consejos a las jóvenes promesas que, como yo, harían cambiar la historia de la literatura latinoamericana. 

Luego me vi ahí, con mi chaqueta de vagabundo, mi joroba, mi chaparrez, mi prietez, mi fealdad, e intuí que de ningún modo ocurriría. 

Le di entonces un trago profundo a mi cerveza. Y me juré que de ningún modo me embriagaría esa noche, o las cosas podrían salir muy mal. 

Entonces vibró mi celular. Del otro lado, con un mensaje de texto, estaba Sonia Soares. 

Dónde estás, preguntaba. 

La imagen de la poeta portuguesa se unió a la de las otras dos mujeres. Las tres de una belleza exterior imponente. 

Le contesté que estaba cenando en un lujoso hotel, con un lujoso autor, frente a la Feria. 

Ella me contestó casi de inmediato que estaba dentro de la Feria, a punto de salir; me preguntó si tenía algo qué hacer después de estar en el lujoso hotel con el lujoso autor…

Entonces volteé a ver a Nayeli: ella no miraba a Norman, quien conversaba algo con su editor sobre el seguro éxito de su libro de cuentos. Volteó a verme y me sonrió. Su labio inferior, grueso, contrastaba con el superior, que era delgado, de un rosado natural, tenue, sin rastro alguno de labial, y que contrastaba con el moreno intenso de su piel.

Me quedé mirando esa zona de su cuerpo. Sin querer. (Lo juro.)

Vi a esos, sus labios, decirme en voz baja:

—Discúlpame por hacerte perder el tiempo con esto.

—No, para nada —le dije, mirando hacia el frente, y sujeté mi cerveza—: por el contrario: nunca había estado en un lugar así. Gracias por esto.

Y brindamos.

Un momento después le contesté a Sonia Soares que no podríamos vernos…

Bueno, dijo. Mañana tengo una presentación de mi poemario, continuó y me mandó el cartel. Lo vi: no sería en la Feria, sino en algún otro rincón de Guadalajara. 

Le contesté: A esa sí me lanzo.

Y ya no volvió a contestarme.

Luego Norman tomó de nuevo la palabra. De alguna parte sacó un recipiente de plástico transparente que resguardaba un pastel de un rosa intenso. 

—Esto es lo que no me gusta de los fans —dijo—, te dan este tipo de cosas.

Luego se puso de pie y continuó: 

—Permítanme un momento. 

Se dirigió hacia el baño y… 

…volvió poco después.

—Listo —dijo, sonrió y sacudió las manos. Ya no estaba el pastelito. 

Me le quedé mirando, atónito. Nayeli miraba hacia otra parte, lo mismo que El editor de Norman, ambos evitando hacer cualquier tipo de comentario. 

Di otro trago a mi chela y dije:

—Compermiso. 

Caminé hacia el baño. Aquel lugar se me reveló más limpio y lujoso que cualquier baño en el que hubiera estado, incluído el baño del lugar en el que trabajaba (y eso que también era limpio y lujoso). Busqué en cada uno de los botes de basura que había ahí, pero no encontré el pastel rosado. 

—Mierda —dije. 

Regresé luego de unos minutos de inspeccionar en el suelo y en los retretes, sin hallarlo. ¿Dónde habrá dejado Norman el pastel? No lo sé. ¿Se habrá ido al baño a comérselo? Lo dudo: en algún lugar habría tirado el recipiente de plástico. ¿Se lo habrá dado a algún mesero en su camino al sanitario, o algún trabajador notó lo que yo y fue tras él y al ver la evidencia se deshizo de ella, llevándosela?

No lo sé.

Volví a mi asiento. Nayeli y Norman charlaban y se reían. Él la sujetaba por las manos. El editor de Norman había pedido otro trago y lo bebía en silencio, mirando hacia el ventanal. 

Lo primero que hice al sentarme fue darle otro trago a la Páramo y permanecí en un silencio cómplice con el editor. 

Qué demonios

hago aquí, volví a preguntarme. No sé

si este es mi lugar, si acaso

los lujos y el dinero

me importan. Nunca

me ha importado

el dinero         es todo

lo que no necesito

es por eso que escribo, para vivir

miserablemente, para vivir

libre, sin ataduras,

sin reparo alguno; vaya

insensatez la mía:

si tan solo pudiera

tener peor criterio.

En ese momento pensé en unas líneas parecidas a esas y quise tomar una servilleta para anotarlas, pero no llevaba conmigo un bolígrafo. Pensé en pedirle uno a El editor de Norman (o a Norman mismo, seguro traía), pero soy incapaz de alterar el silencio 

ajeno. 

Me quedé entonces, como él, mirando hacia el ventanal, mirando por si de casualidad pasaba por ahí Sonia Soares, pero no pasó.

—¿Estás bien? —me preguntó Nayeli, tocándome el hombro que tenía a su alcance: el izquierdo. 

—Simón, solo que ya tengo algo de sueño —le dije. 

—Ya, ya vámonos —dijo. 

Y no mucho después se terminó la cena, la charla sobre la vida y obra de Norman, quien no dejó de recomendarme comprender mejor los hilos del mundo editorial. Que tenía que estar listo. Que esperaba verme en el futuro. 

Luego sacó su billetera repleta, tanto de billetes como de tarjetas. Por un momento pensé que Norman pagaría la cuenta, la cual no era tan grotesca, pero cada quien terminó pagando su consumo, como ocurre en cualquier fokin bar.

Y resultó que ni Norman ni su editor estaban hospedados en aquel hotel, sino en otro, también lujoso, que estaba a unos pasos. Se despidieron de nosotros en el breve trayecto que separaba a ambos edificios (Norman abrazó estrechamente a Nayeli) y yo acompañé a mi editora hacia su hotel, que era el mismo al que llegué cuando llegué a Guadalajara y que estaba más o menos a una cuadra y media de ahí.

Antes de siquiera llegar al lobby, aún afuera, me preguntó:

—¿Quieres un cigarro? —dijo y comenzó a buscar una cajetilla en su bolso. En cuanto levantó la mirada y se colocó uno en los labios, le dije que sí. Me extendió el paquete, tomé uno y lo puse entre mis labios. Cubriendo con ambas manos el encendedor, se acercó hacia mí. Sentí el calor de la pequeña llama próxima a mi boca, sentí

su calor.

—¿Y dónde te vas a quedar esta noche? —me preguntó Nayeli esta vez. Di una calada y pensé lo mejor que pude mi respuesta. Lo primero que quise fue decirle la verdad, lo segundo fue preguntarle si podía quedarme con ella, a sabiendas que había dos camas en la habitación… pero me avergoncé de inmediato de mí mismo y pensé que solo en caso de llevar media botella de alcohol encima me hubiese atrevido a preguntarle eso, así que me callé y finalmente le dije:

—Encontré un hotel barato a unos minutos de aquí. 

—¿Y está bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí…

—Bueno…

Y entonces, tras terminar de fumar los cigarros, nos despedimos. Mientras observaba a Nayeli irse hacia el lobby sin mirar atrás, pedí un Uber (pasaban las diez de la noche y entorno ya no había camiones). 

Llegué en, aproximadamente, diez minutos a la casa roja. La calle lucía muy tranquila. Eso era: una calle muy tranquila. 

Las luces del patio estaban encendidas. Desde fuera logré distinguir a unas personas que conversaban en la cocina. Así, a través de la ventana, me vieron también. Miré cómo aquellas personas se apuraban a irse conforme yo encajaba las llaves en la chapa del blanco zaguán. Entré a la casa por una puerta que había atrás porque por la delantera no logré abrir. Noté en ese momento cómo se apagaban las luces del interior. 

Cuando entré ya todo estaba a oscuras. Los inquilinos no contaban

con que sé navegar entre tinieblas

y así avancé hasta mi habitación, cuya puerta cerré tras de mí. 

Lo primero que hice fue quitarme la chamarra de vagabundo y lanzarla contra la cama. Luego me quité las botas de Bob y me lancé al colchón. El silencio hizo que hasta el más mínimo resorte se escuchara, seguramente, en las otras habitaciones, donde los inquilinos probablemente dormían o escuchaban, atentos

al demonio

que los invadió

La luz de la calle entraba por la enorme ventana del cuarto, tasajeada por las persianas, que estaban entreabiertas. Iluminaba, así, en columnas verticales, toda la habitación. Pensé que aquella podría ser una buena fotografía y probé con la cámara de Arcelia utilizando el gran angular. Tomé varias fotos: la poca luz y mi inexperiencia utilizando esa cámara (cualquier cámara, en realidad), me impidieron tomar las fotos como me las imaginaba. 

El resultado me dejó insatisfecho, aunque lo publiqué en mi cuenta de Instagram (así como las fotos del hostal en el que me había hospedado).

Tan pronto acabé la breve sesión, volví a recostarme sobre la cama. Me dormí no mucho después y algo habré soñado, quizá un sueño premonitorio en el que se anunciaba el fin.


Texto publicado originalmente en Cancerbero.

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