Post Data/Post Mortem en Panteón San Fernando

Compartir, no competir. Ese, más o menos, sería el lema de Post Data – Post Mortem (cartas a músicos), dijo ella. Recién lo habíamos platicado: en escritura no hay competencia, le dije (por más que los escritores quieran competir). Media hora antes el sol aún quemaba las frentes. Y un joven guitarrista-eléctrico tocaba sus canciones (aunque, tras agradecer el apoyo de los presentes, se fue luego de pronunciar el clásico: ‘ya me tengo que ir’, y no se quedó a ver la presentación). Marcela, Israel y Ricardo subieron al estrado entonces. La mesa los iluminaba bien; el público, me dijo ella, se veía oscuro desde ahí. Cartas a músicos muertos presentadas en un panteón. Qué mejor. Algunas lápidas arrumbadas por ahí. Algunos gatos paseándose. Un mantel morado. Faltan unas calaveras, le dije a Zindy, la anfitriona. Atrás hay unas, me contestó, y sonrió como suele hacer. Entonces los escritores no escritores (¡qué sacrilegio!) conversaron. Ella, Marcela, intervino después de Israel (vestido con un saco hermoso; voz cavernosa de borracho mítico, aunque tierno), quien con todo derecho leyó el texto introductorio (pues él lo escribió); ella, Marcela, me había dicho una noche antes que estaba nerviosa. Emocionada. Pues no sabía muy bien qué iba a decir. Yo permanecí en silencio. Relájate, le dije luego, lo harás muy bien. Y es que confío en ella especialmente para estas cosas. Entonces se soltó. Las palabras emergieron de su boca, esa que dibuja su maravillosa sonrisa, con toda la naturalidad y el profesionalismo posibles; esos que le ha dado la docencia, las mesas que ha moderado, las lecturas, las conversaciones académicas. Habló y movió las manos y el público (sí, cautivo) le aplaudió mucho y yo le aplaudí aún más. Tenía el corazón henchido (hinchado). Qué pinche emoción. Ricardo terció el momento. Sonrisa y peinado de galán, habló con toda la soltura de un hombre que se define a sí mismo como un no-melómano, pero que escucha tanto a Pink Floyd como a Rigo Tovar (a quien dedicó su carta). Ella, Marcela, se la dedicó a Charles Bradley. Ambos leyeron fragmentos de las mismas, privando a su público del deleite completo. Si hubiese estado arriba, pensé, los hubiese obligado a leerlas. Pero estaba abajo, donde me corresponde -a veces-, tomando fotos, presenciando el momento que de pronto se ensordeció entre rayos y truenos; un chubasco que apenas duró unos minutos.

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