El mejor día de reyes de mi vida (o a diez años de El sufrimiento de un hombre calvo)

En la pequeña habitación solo había una cama y un escritorio. 

El escritorio estaba desarmado en dos partes: una base de hierro oxidada y una tabla de triplay resquebrajándose. 

Sobre esa tabla, por las noches, comencé a escribir mi primera novela en una laptop que no tenía mucho que me había regalado mi tía Ruth, a quien adoro. 

De eso hace diez años. En realidad un poco más. 

Y es que se empieza a escribir, me temo, poco antes de teclear las primeras palabras. Toma uno una idea (porque las ideas se toman, se cachan, no se le ocurren a nadie porque ahí están, en el aire) y uno se entusiasma, mastica dicha posibilidad, piensa en su pertinencia, en si le apasiona o no… y en muchas otras cosas de las cuales la más difícil es sentarse a escribir.

Y me senté.

La calvicie como tema vino varios años antes. Mi padre es calvo y el primer pelo que perdí fue a los quince, tal como le ocurre al protagonista de esta historia. Me estaba peinando, como de costumbre, para ir a la escuela, usando algo de gel y… ahí se quedó el primer vélico cadáver. Me asusté. La certeza de que me quedaría sin cabello próximamente me cimbró. Como me han cimbrado muchas otras cosas en la vida. 

Así, resignado a mi destino fatal –que mi padre aceptó con dignidad–, continué mi vida y pasados mis veintes comencé a escribir en forma asistiendo a un taller literario impartido por el mejor mentor que pude tener: Eusebio Ruvalcaba. 

Y fue, justamente, acompañando al autor de Un hilito de sangre a Guadalajara, su tierra natal, que me animé (que algo dentro de mí se animó) a escribir esta historia. 

Ahí estaba, en la pared de una solitaria oficina de cultura municipal, la convocatoria que rezaba “Primer concurso de novela breve de humor”. Ofrecía algo de información, que apunté. Luego la corroboré en internet. Faltaban algunos meses para el cierre. Quizá tres. 

Nunca antes me había propuesto entrar a un concurso ni mucho menos, pero algo me dijo que aquella podía ser la oportunidad o el pretexto perfecto para terminar aquel libro. 

Así que, como nunca antes había hecho, me puse a escribir. Día y noche durante un mes. 

Recién había renunciado a mi primer empleo formal, en el que duré un par de semanas. Precediendo a la generación de cristal –o encabezándola– sentí que me trataron muy mal y no aguanté. Lloraba durante la hora de la comida en vez de comer. (Aquello no era lo que pensaba, era mucho peor de lo que pensaba y de lo que los adultos me habían dicho sobre el mundo laboral.)

Así que necesitaba asirme con fuerza de algo que me dijera: este es tu camino. Este eres tú. Sigue por aquí. 

Aquella convocatoria me dio la pauta. Y escribí. 

Conforme lo hacía fui llevando la novela al taller, para calarla. Ahí, al principio, tampoco me fue muy bien. Escritores mucho más experimentados hacían gala ya de un estilo, de una escritura mucho más contundente que la mía, incipiente entonces, débil, amater. Y hacían pedazos mis textos. Lo cual todavía agradezco.

En el camino pensé que nadie más había escrito sobre la calvicie, pero ya lo había hecho, desde luego, un escritor: el holandés Arnon Grunberg, cuya novela Cómo me quedé calvo me encontré un día y me sirvió de motivación. De inspiración. De señal divina. No era la novela que esperaba (en ninguna de sus páginas habló de la calvicie), por lo que me propuse escribir eso que, a mi parecer, le había faltado. (No he vuelto a leer a Grunberg por cierto, pero prometo hacerlo pronto con alguna otra de sus publicaciones.)

Por lo que mi novela emergió con una fuerza inusitada, que sentía cada vez que tecleaba. He tecleado ya varios cientos de miles de palabras hasta hoy y, creo, no me he sentido nunca igual. Nunca con tanta vehemencia. 

La novela gustó, en general. Los comentarios eran favorables, y acaso se detenían en detalles de tipo gramatical. Pocos sobre la trama. 

El sufrimiento de un hombre calvo “corría sobre una autopista”, como decía Eusebio. 

Y así, sin haberla terminado de leer en el taller, la mandé a concursar. Imprimí, engargolé y envíe a través de un Estafeta el manuscrito a Tamaulipas, la ciudad donde se celebraría el premio. 

Luego procuré olvidarme de él. 

Hasta que cierto día, formado en una fila del banco, recibí una llamada telefónica. Contraviniendo la regla de que no se puede contestar el celular en dichas circunstancias, lo hice. Una mujer me dijo algo al otro lado del auricular. Apenas escuché la palabra “Tamaulipas” lo supe.

Había ganado. 

Salí de la fila turbado. 

Aquel era un 6 de enero.

El mejor día de reyes de mi vida. 

Pasó más o menos un año para que el libro se publicara. 

Antes, asistí a la premiación en mi primer viaje en avión al norte del país. 

Ahí me dieron un cheque gigante en cuya cara frontal mostraba la mayor cantidad de dinero que había tenido en mi vida. 

Era rico, literal, en cualquier aspecto.

Un día llegó una caja con cien ejemplares de la novela a la casa de mi madre, mi dirección postal infalible. Sigo sin saber expresar esa emoción. Supongo que es como ver a tu hijo recién nacido tras los cristales de una clínica (más o menos así me lo ha platicado mi padre, respecto de mí). 

Y este hijo, casualmente, había nacido el mismo día que yo. Un 15 de diciembre de hace diez años, según el colofón de dicha edición. Lo celebré hace un par de días. Al día de hoy tengo treinta y cinco. Entonces tenía veinticinco años y la vida parecía decirme: ¿Quieres escribir? ¡Pues escribe!

Le conté a Eusebio que gané el concurso un día, antes de una de sus presentaciones. Me abrazó emocionado. Luego le pedí que si me hacía el honor de escribir el texto de contraportada. Lo hizo y, puntual como era, me lo entregó poco después. Ese texto permanece en la cuarta de forros de esta tercera edición. 

Él fue quien me sugirió que lo presentara. Hasta ese momento no había pensado nunca en una presentación. Me habló de un lugar, donde un amigo suyo era el dueño. Un café-librería llamado El Espejo de la Luna. Le dije que sí, que claro, pero que solo si él me hacía el favor de presentarlo. Aceptó y así lo hizo, junto con Emiliano Pérez Cruz. 

Padrinos de lujo. 

La parte del tiraje de esos mil ejemplares que me correspondió la regalé en su mayoría. A todo aquel incauto que se dejara le enjareté un ejemplar. 

Aydeé Bravo fue una de mis víctimas. En un bar, la noche en que la conocí. 

Ella fundó su editorial, Vodevil Ediciones, un tiempo después. Sus tres primeros libros compartieron estilo en las portadas. Me encantaron. 

Yo ya no tenía ejemplares y no sabía muy bien qué seguía después para mí. Tenía, eso sí, un empleo en donde me trataban bien y la mera verdad había dejado de escribir. (Un premio puede hacerte creer que ya no es necesario hacerlo.) 

Un día le escribí a Aydeé preguntándole cómo podía hacerle para publicar en Vodevil. Ella me dijo que mi novela le había gustado. (Ni siquiera imaginé que la hubiera leído.) 

Finalmente quedamos en que la publicaría. 

Y aunque habían pasado cinco años de la primera edición, pedí permiso en Tamaulipas para sacar esta. Ellos, gustosos y amables como han sido conmigo hasta ahora, me dijeron que no había ningún problema. 

Fue así que presentamos la novela algunas veces, una de ellas en la Feria del Zócalo, en el 2017, con Juanito Podrido, colega escritor que me dijo: “Tu novela no tiene nada de música a pesar de que eres músico”. No había reparado en eso, pero aquel comentario fue el germen de lo que se convertiría en Metal, mi segunda novela (cuya historia no contaré esta vez). 

Fue por esos días en que dejé el trabajo en el que me trataban bien para dedicarme de lleno al oficio de escritor. Decisión de la que, pese a todo, aún no me arrepiento. 

El sufrimiento de un hombre calvo es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida y estoy contento de que llegue a su tercera edición. Me alegra presentarla ante ustedes. 

No solo por el premio que tuvo y los generosos comentarios de los lectores que se han acercado a ella, de los cuales, un par de ellos, la traducirán o ya la han traducido a otro idioma. Es el caso de Coralie Pressacco, quien la tradujo al francés, y de Francisco Benavides, aquí a mi lado, quien espero concluya con su traducción al inglés (si no llega a ocurrir, Pako querido, no hay ningún problema). Él, Pako, escribió hace casi diez años una increíble reseña que por fin recupero acá:

A ambos, siempre, les agradezco con todo mi cariño. 

También le agradezco mucho a Aydeé el amor y la dedicación que le ha brindado a este trabajo. A Eusebio, donde quiera que esté, por haber creído tanto en ella y por haberme impulsado del modo en que lo hizo. A mi padre, quien en vez de enojarse al leerla (pensé que lo haría), me felicitó por haberla escrito. Por su apoyo incondicional.

Agradezco también a los artistas que se han involucrado en la creación de las diversas portadas que ha tenido esta historia. A Marco Verazaluce Vinnie; a Óscar Carmona y a Nurivan Viloria. 

Agradezco a Rod Longoria por haber hecho la videoreseña más hermosa que he visto sobre este libro (no es la única). 

Y, en fin, a todos aquellos cuyos nombres no menciono por mi mala memoria. 

Ojalá nadie se ofenda por eso y, en su lugar, se atrevan a reír. A reírse de sí mismos como yo lo hice con esta historia.

Una respuesta a “El mejor día de reyes de mi vida (o a diez años de El sufrimiento de un hombre calvo)”

  1. […] que leímos: él su breve párrafo y yo la primera parte de un texto que empezó a hacerse largo. (Este.) Mejor me detuve y seguimos la conversación. La gente volvió a oírnos. Pako dijo que El […]

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