Los motivos del monstruo (o La noche más oscura del reportero)

1.

 

–Voy a ser franco, don Leobardo –Denegri cruzó la pierna con desenvoltura–. No le pedí esta entrevista para hacerle preguntas sobre su gestión como gobernador. Se la pedí porque he recibido noticias muy alarmantes de los malos manejos de su administración.

–Ah, caramba –Reynoso frunció el ceño–. Debe tratarse de algún infundio.

–Me temo que no –Denegri sacó de su portafolio una carpeta azul–. Los datos que tengo son fidedignos, de lo contrario no lo molestaría. Ya tengo escrito el artículo donde expongo los desfalcos y los abusos que me han reportado.

Le extendió un par de cuartillas engrapadas, con el título “Rapiña zacatecana”. El recuento de corruptelas empezaba con una denuncia de los desfalcos a los bancos Agrícola y Ejidal, que sólo concedían créditos a los amigos del gobernador, mencionados con nombre y apellido, dejando en el abandono al resto de los agricultores. […]

La cara de Reynoso pasó del verde al morado y al terminar la lectura soltó un ronco gemido. 

–La información que usted maneja es falsa. Mi gobierno ha justificado hasta el último centavo de las erogaciones presupuestales ante la autoridad competente. 

–Obran en mi poder pruebas documentales de todo lo que afirmo –Denegri lo traspasó con una mirada de gavilán–, y tengo en la incubadora una segunda parte del artículo, en la que denuncio su enriquecimiento de los últimos años, con los registros notariales de su hacienda en Juchipila, la casa de Polanco, las dos que tiene en Cuernavaca, su yate fondeado en la bahía de Acapulco y los dos hoteles de paso que ya abrió en la Ciudad de México: el Canadá y el Marlowe. Pero tranquilícese, licenciado, no vine aquí en pie de guerra. Si quisiera perjudicarlo ya habría publicado todo lo que sé de usted. Yo no lastimo la reputación de nadie sin darle una oportunidad de negociar. También escribí un artículo donde usted sale muy bien parado. Léalo, por favor.

Era un panegírico donde ensalzaba las virtudes cívicas de un “zacatecano ejemplar” que en los cuatro años de su gobierno había impulsado la agricultura, la minería y la industria hasta colocar a su estado en los primeros lugares de productividad a nivel nacional. […]

Cuando el gobernador terminó de leer le volvieron los colores al rostro y con un pañuelo se limpió el sudor de la frente. En tono de marchante mefistofélico, Denegri le propuso un trato “conveniente para ambas partes”:

–Usted decide cuál artículo quiere que publique. El primero es gratis, el segundo le saldría en cincuenta mil pesos. 

Transcribo y retomo este largo fragmento de El vendedor de silencio (escena, por cierto, con la cual yo iniciaría la película o la serie basadas en esta obra literaria, guiño guiño de un guionista desempleado para quienes estén interesados en hacerlo), porque me resulta indispensable para ejemplificar una de las formas en las que el novelista Enrique Serna muestra cómo el periodista Carlos Denegri amasó una fortuna al ejercer, quizá, la forma más oscura y rapaz que haya dado el periodismo en México a mediados del siglo XX (y porque la neta descreo un poco de las reseñas –a pesar de que esto sea un intento de una–: nada recomienda mejor una novela que la novela misma. Aunque, si habría que leer alguna sobre este libro, es ésta. Bueno, y ésta).

Denegri fundó una empresa chantajeadora que también sumaba a sus arcas el dinero de juniors no tan poderosos ni visibles como ciertos políticos hijos bastardos de la revolución, que buscaban un espacio, una mención suya entre las líneas que el periodista tecleaba para su columna en Excélsior –entonces el diario más importante del país; el periódico que solía ser poco antes de que lo dirigiera Julio Scherer (uno más parecido al bodrio de la actualidad) quien por cierto liquidó a Denegri justo cuando Denegri ya era obsoleto, desechable, insostenible–, para con esto ser, finalmente, respetados por otros individuos como ellos: machines soberbios hijos de su capitalista padre.

Fue el propio Scherer quien escribió sobre Denegri, en su libro La terca memoria –una obra que por supuesto consultó Serna en su vasta investigación previa escritura–, las siguientes líneas que corroboran el fragmento con el que empecé este texto:

Dotado como ninguno para nuestro oficio, protegido de sus borracheras sin control por el gobierno que lo usaba a su antojo, Denegri se comportaba como le venía en gana. En la redacción sabíamos por cierto que más de una vez se había presentado ante un funcionario para mostrarle dos textos sobre un asunto delicado. El reportaje de la izquierda costaría tanto si se publicaba, y el de la derecha tanto si no aparecía en letras de molde. El funcionario elegía.

Sí, de ahí que se llame El vendedor de silencio, porque se refiere a cómo Carlos Denegri podía lucrar más con lo que callaba que con lo que publicaba. Más adelante, sobre la bipolar personalidad del personaje, Scherer agrega:

Pero aún si hubiera habido muchos en la corte, no había quien pudiera compararse con Carlos Denegri. Era el espectáculo, hiciera lo que hiciera. Genial en la primera plana de Excélsior, toda para él, era cruel e insensible en su vida personal. A las señoras, las suyas, las trataba de putas y a algunas prostitutas llegaría a ofrecerles el lecho conyugal. No podría hablarse de la vida privada de Carlos Denegri, borracho cuando de beber se trataba, y trabajador cuando de trabajar se trataba. Muchos querían ser como él, reportero sin paralelo, aun si fuera necesario soportar uno que otro de sus desmanes. Sin alcohol era muy simpático, todo él historia. Mirarlo con su sombrero de lado, solo eso, podía ser la noticia del día.

Y continúa:

No conocí la casa de Carlos Denegri, la plenitud, la gloria, de saberse reportero irrepetible, pero sí conocí al personaje. Xavier Olea Muñoz, su amigo y abogado, me contaba que era muy lujosa. Enormes espacios en las paredes hacían honor a las victorias periodísticas del señor. Cuidada acaso como un patio de Dios, había una capilla cuajada en oro. 

–Carlos se reconocía como un pecador. Lo era. Pero también era un hombre bueno –me dijo Xavier. 

–Sin alcohol.

–Pero podía ser bueno.

Luego Scherer narra, en ese libro de memorias (donde también devela algunos de sus propios tropiezos, jamás tan atroces), cómo le rechazó al tal Olea Muñoz la publicación de una oración fúnebre, días posteriores a la muerte de Denegri, que contenía momentos que glorificaban al personaje. Momentos como los siguientes:

Carlos Denegri no quiso ser nunca, a pesar de su cultura y reconocida vitalidad, nada más, ni nada menos, que un reportero. 

Carlos Denegri fue un hombre del Renacimiento. Traído a vivir en nuestra época; por ello, para algunos, no fue debidamente comprendido.

Él era pecador, un pecador cristianamente arrepentido de la vorágine de su talento. 

Querido Carlos, tu vida fue hasta el último momento una noticia de ocho columnas.

Y vaya que lo fue, al grado de convertirse en el pretexto perfecto para que Enrique Serna escribiera una novela histórica que abarca los puntos trascendentales de su existencia (y del tiempo en la que ésta se enmarcó); momentos que también resalta Scherer en su libro, y que dilapida en unas cuantas líneas:

El gobierno se ponía al servicio del diario para que fluyera en sus páginas la información privilegiada, pero se cobraba a sus anchas. Encuentro de compromisos, negocio para el uno y para el otro. El contubernio entre la política y el periodismo llegaba a extremos, desafío a la profesión y a la ética. Carlos Denegri gozaba de la misma impunidad que el presidente de la república. En su vida no existían límites. Los escándalos públicos eran privados y los privados asunto de la intimidad. 

Una novela histórica que escarba en las profundidades de la condición humana, en las oquedades más oscuras de un personaje repleto de sinsabores y uno que otro atisbo de luz, que atrajo a Enrique Serna desde el momento en que supo de su existencia. Un personaje al que unánimemente se le puede calificar de abominable, pero que para otros, por eso mismo, puede resultarnos revelador.

 

2.

 

Mientras leía la novela (que me llevó un buen rato terminar; trataré de contar durante las siguientes líneas por qué) no dejaba de pensar en el título del libro de Ryszard Kapuscinski: Los cínicos no sirven para este oficio. Porque Carlos Denegri desafía y transgrede ese principio. Él diría, lo imagino, vaso de whisky en mano: “Los cínicos no solo servimos, mírenme: nosotros escribimos las reglas del periodismo”. Esa primera impresión queda tras leer El vendedor de silencio, y pareciera que esa impresión, la cual es cierta (de que Denegri representa lo más aberrante del periodismo de su época, una aberración que instauró el imperio del chayote; modus vivendi que se niega a morir y que perdura hasta nuestros días) la comparten algunos otros personajes relacionados de una u otra forma con el periodismo y que han atravesado sus ojos por las páginas de este novelón (lo digo tanto por su grosor físico –de casi quinientas páginas– como por su hechura portentosa), y que, a propósito, han conversado con Enrique Serna.

Este locutor de radio, por ejemplo, lo corrobora lo que dura su cacofónica plática. O este conductor de televisión, quien con un suspiro afirma, hacia el final de la charla, que hasta él se siente una buena persona si se le compara con Denegri; o esta conductora, también de televisión, conocedora de los tejes y manejes del mundo del periodismo de la pantalla chica, quien le confiesa a Serna no haber terminado de leer la novela, pues, vaya, qué importa, al fin ella sabe perfectamente de lo que habla (como también este otro conductor de tv).

Siendo honesto, me parece que casi ninguno de los entrevistadores se salió del tópico evidente sobre esta novela, lo que bien puede saberse con solo leer la cuarta de forros. Y no es que no sea así, insisto. Pero esta historia va mucho más allá, mucho más al fondo de lo que se aprecia en la superficie.

Bueno, casi todos reincidieron en lo mismo salvo Cristina Pacheco.

De las conversaciones que me chuté para saber más sobre el libro, para conocer los pormenores que me pudieran arrojar luz sobre su elaboración, la de la enorme entrevistadora de la televisión mexicana me dejó el mejor sabor. Me puse de pie y le aplaudí. Ella sí que es una eminencia para la conversación, y puso a Serna en su debido sitio de entrevistado (él, sabedor de a quién tenía enfrente; el resto, no sé, me parece que hasta le tenían cierto miedo… y no es para menos: yo, siendo muy chavo, lo entrevisté a propósito de La sangre erguida temerosa y chafamente, pero esa conversación me regaló una enorme experiencia de vida que le sigo agradeciendo al escritor, como el que haya escrito El miedo a los animales, La doble vida de Jesús o Amores de segunda mano). Fue Cristina Pacheco la única, a mi parecer, que reflexionó sobre los pormenores del alma atormentada que Serna plasmó en las páginas de una historia que le tomó cinco años escribir, desde su concepción hasta que le puso punto final.

–Me dio mucha tristeza –le dice Cristina a Enrique, con su ejemplar repleto de banderitas a un lado suyo.

Y es hacia ahí hacia donde quería dirigir este texto. Hacia la profunda tristeza que puede provocar un personaje como Denegri, que mueve no solo a la repulsión y desaprobación inmediatas, sino a la desolación, y al mismo tiempo hacia cierto tipo de… conmiseración. De compasión (o a lo mejor solo soy un buen cristiano sin quererlo, al fijarme primero en los pecadores, en los condenados, antes de en aquellos que ya tienen garantizado el reino de Dios).

Bien lo explica el autor en alguna de esas entrevistas: su interés por este personaje, rico en claroscuros (sin duda en más oscuros que claros), le brindaron la posibilidad de crear drama. Son esos personajes los que le interesan como escritor. De los que cree que vale la pena abrevar para contar una historia. Los malos. Los cínicos. Los detestables. Porque detrás de ellos subyace, quizá, la respuesta a una pregunta indispensable: ¿Por qué, por qué son así? (¿Por qué somos así?) Valores narrativos que, por cierto, defiende el nuevo periodismo, el que ejerció Kapuscinski, el que disecciona todas las aristas de un personaje y no lo sojuzga a priori, por más indefendible que éste sea o pueda parecer. Las novelas, en su caso (aunque el periodismo tampoco), no buscan cambiar el mundo de facto: buscan primero entenderlo.

Y aquí quizá cabe decir por qué me tomó tanto tiempo leerla: no solo por su longitud (dividida en tres actos, quizá sea la más larga de la también larga trayectoria del autor), ni porque esté mal escrita (para nada, aunque de pronto me derrotara la demasiadisísima adjetivación (ja) y la mucha información que ofrece –nombres de lugares y características físicas de personajes; momentos, fechas, no sé si todos necesarios o indispensables–) sino por la densidad del personaje, y por lo tanto del relato. Se trata de un villano por demás antipático que puede complicarle al lector, a primera instancia, el poder aproximarse a él, sentirse identificado con sus actos (a veces de plano es imposible). Y aunque estoy claro de que no necesariamente nos tiene que agradar un personaje para entrarle de lleno a una lectura o a una película, sé que eso facilita el acuerdo no dicho entre lector y escritor. A pesar de que el ritmo vertiginoso engancha sin remedio y uno es capaz de avanzar una página tras otra con rapidez, la brutalidad de lo narrado quizá agota. Porque es una fechoría tras otra, sin descanso, del pinche Denegri. Un camino hacia una autodestrucción sin retorno que no da tregua.

Confieso que por eso estuve a punto de abandonarla. Pero es hoy que me alegro de no haberlo hecho.

 

3.

 

Termino la lectura, exhausto.

Cierro el libro y de inmediato los ojos. Echo el cuerpo hacia atrás, sobre el respaldo.

Suspiro.

Me invade el desasosiego. La indecencia, la animadversión. Algo ha muerto dentro mí, pero también algo está más que vivo.

Pienso: si así estoy yo como lector, no imagino lo que Serna debió vivir como escritor (aunque dé un atisbo, al final del libro, en los agradecimientos, cuando le da las gracias a su esposa por no haberlo dejado caer en los momentos más difíciles, en los momentos en los que fue poseído por el demonio de Denegri).

Es el desgaste que implica un personaje que es capaz de extralimitarse, de perder el control a la primera, la sensatez, su humanidad misma, como pocos que hayamos visto en la literatura mexicana reciente, volviéndose así, como señala aquí esta conductora, la mejor novela del 2019 (juicio que quizá sea cierto, yo qué sé: no he leído ni leeré toda la producción literaria mexicana del año pasado ni la de ningún año; lo que sí se vislumbra es lo difícil que alguien pueda lograr lo que Serna logró con este trabajo). Y es plausible que este escritor se atreva a hacerlo: abordar a un personaje aborrecible cuando un nuevo canon pareciera dictar lo contrario: hablar solo desde la perspectiva amable o luminosa de la existencia y acallar todo aquello que de buenas a primeras nos avergüenza: nuestro lado oscuro.

No, aquí el escritor mexicano (quizá el máximo exponente de su generación, si se me permite el lugar común) se lanza de lleno al vacío, al lado más vil de un individuo para revelarnos los motivos de monstruo. O para al menos intentarlo.

Y yo se lo celebro, se lo aplaudo. Se lo agradezco.

El último centenar de páginas son arolladoras (y aquí invito al lector arrojado a descubrirlo por sí mismo): las cosas no solo van hallando su cauce inevitable hacia el abismo, sino que pareciera que, de uno u otro modo, incluso para Denegri, hay un poco de esperanza (y claro, eso implica que la hay para el resto de nosotros): hasta podríamos desearle que se salve de las garras del infierno (o que se pudra en ellas, por qué no). O quizá sea demasiado tarde para él, lo sabemos por la Historia, por las notas periodísticas de la época, pero al encargarse de darnos los pormenores, de desgranarlo, de diseccionarlo en esta novela a lo largo y ancho de varios miles de palabras, lo dudamos; por eso Enrique Serna apuesta por el arte que te confronta, que te incomoda, que te hace moverte de lugar. No el que te regaña o intenta conciertizarte casi a la fuerza, sino el que lleva subyacente el mensaje, que es múltiple, complejo, ambiguo. Pero que te exige y abofetea, que te arrastra con él a las entrañas del desconsuelo. A compartir con Denegri su noche más oscura: una pesadilla forjada durante muchas noches como esa.


Texto publicado originalmente en Langosta Literaria.

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