Mr. Romantic (o en un mundo donde todos quieren ser estrellas)

Se desabotonó la camisa luego de que terminó su set. Sudaba demasiado; en aquel lugar, a pesar de estar al aire libre, hacía mucho calor. La suya era una camisa color guinda, imitación de seda, que había comprado cierto día en el centro de la ciudad. Hecha a su medida, con ella interpretaba las canciones de Chayanne y Juan Gabriel mientras, sensual, bailaba bajo sus ritmos. De ahí que sudara tanto. Era ese un aspecto de sí que le incomodaba al grado del autodesprecio: tenía que secarse las manos cada vez que saludaba a alguien, o retacarse las axilas de desodorante para que no se notara la excesiva transpiración. También había probado limón y bicarbonato. Pero nada servía para detenerla. Era como una maldición. Algunas mujeres se lo habían hecho notar y, a su juicio, al juicio de este individuo llamado Amado Romo, esa era la razón por la cual se encontraba soltero a sus cuarenta y dos años, de los cuales llevaba cinco dedicándolos a imitar a sus cantantes favoritos, a los que había escuchado desde siempre, desde que sus recuerdos comenzaron a gestarse en lo que entonces era una masa blanda a punto de ser cerebro. Así pues, había tenido que trabajar en la imitación desde que lo despidieron de la gerencia de un supermercado que se hallaba a varios kilómetros de ese restaurante en el que se encontraba ahora. Ni de broma quería encontrarse con sus excompañeros de trabajo. Qué dirían de él. Sabía que estos acostumbraban ir a restaurantes como ese a la hora de la comida, especialmente los viernes, cuando podían beber de corrido hasta la madrugada. Sin duda era mejor estar muy lejos, se decía Amado Romo, y entonces algunas personas le aplaudieron y echaron algunas monedas en la alcancía en forma de corazón que había dispuesto justo enfrente del letrero que anunciaba su espectáculo:

MR ROMANTIC

AMOR EN VIVO

Les agradeció de palabra, haciendo una breve reverencia. Y cuando volvió a levantar el rostro observó frente a sí, en realidad a unos cuantos metros, la mirada de Isabela Dávila. Ella había sido su jefa en aquel supermercado. Y había sido su novia. En realidad su amante, por unos cuantos meses. Porque Isabela tenía marido y cuatro hijos (cada cual de hombres diferentes). Siempre le había dicho a Amado que solo lo usaba para distraerse de la rutina y del hastío que implicaban el hecho de estar casada con un octogenario, y que por eso le regalaba ropa y discos. Vinilos de Raphael.

—Veo que todavía te queda esa camisa —dijo ella, pues había sido ella quien en realidad se la había comprado, en cuanto se aproximó a Amado con unos taconazos que resonaron por todo el piso del restaurante, el cual se encontraba a la mitad de su capacidad.

—Isabella —dijo él, y sintió cómo sus manos comenzaron a chorrearle en cuanto la mujer vio el letrero de “Mr Romantic”. Ella soltó una carcajada que dejó ver sus enormes dientes incrustados en una igualmente gigantesca encía, los cuales la hacían parecer una potranca sufriendo algún tipo de infarto.

—No me digas… —dijo ella, cuando pudo volver a hablar.

—Qué… —dijo él. 

—No, no me digas… —dijo ella, y siguió riéndose. Luego dijo, señalándole las axilas al cantante—: Pobre de ti, ya te manchaste todo.

Alrededor la gente comía apacible, con música de latin jazz de fondo.

Fue así que un hombre muy bajo, de canas sobre una calva llena de repugnantes verrugas y lunares, bastón curvado de la punta, traje y sombrero blanco, camisa de seda morada, se aproximó a Isabella y estiró su brazo para que lo tomara. Ella lo tomó y ambos se alejaron lentamente de ahí; la mujer volvió a reírse y señaló a sus espaldas la cartulina rosa rotulada con plumón negro.

Amado bebió la cuba que tenía servida a un lado suyo procurando levantar lo menos posible los brazos; el vaso, con los hielos prácticamente derretidos, se le resbalaba un poco de las manos por el sudor. Bebió así la mitad casi de un golpe conforme miraba el avance de aquellos dos hasta que se detuvieron y el viejo octogenario dio media vuelta. Isabella hizo lo mismo, con un gesto de sorpresa y un leve tropiezo con la cola de su vestido. Amado se empinó la cuba un instante antes de que ambos llegaran de nuevo con él y de que el viejo le dijera:

—Tiene usted talento.

Isabella se quedó mirando a su marido, primero, y luego a su examante. Con una mano temblorosa, digna de la falla de San Andrés, el viejo extrajo del bolsillo delantero de su impecable saco una tarjeta. Y dijo:

—Llame a este hombre.

En la tarjeta se podía leer:

PLÁCIDO HUACHIMINGO

REPRESENTANTE

—Es usted una estrella. Una de verdad —continuó el viejo. 

Amado se le quedó mirando, luego a la tarjeta, luego a Isabella (quien también lo miraba, sorprendida), y de nuevo al viejo.

—Gracias —logró decir. Su frente rezumaba aquel líquido salado. Lo mismo que su culo.

El viejo no dijo nada más, ni Isabella, quien había abierto un poco los labios, dejando ver la punta de sus grandes dientes antes de marcharse de ahí, tal y como se habían marchado unos minutos antes.

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