Todo era hermoso y nada dolía (carta a Kurt Vonnegut)

Para mi hermana Fer

Querido Kurt:

Tenía unos meses que quería escribirte y mira: ya casi se acaba el año. Pero no podía dejar este texto para 2023. Porque qué mejor que ahora, cuando celebramos (hablo en plural porque sé que somos muchos -alrededor del mundo- los que te queremos) cien años de tu nacimiento.

No hay mejor pretexto, ¿o sí?

Seguro te habría encantado que una persona te escribiera una carta en 2022 (tú, para quien no lo sepa, te fuiste en 2007; hace quince años). Quiero pensar que alguien te escribiera desde el futuro habría sido uno de los tópicos de tus novelas. Quizá lo fue.

Antes de decirte que tu escritura cambió mi vida, te cuento que hace unos años escribí una carta a un autor muerto para el primer libro de la antología Post data/Post mortem que editó Vodevil (aprovecho para promocionarlo). Pensé algunos días -no tantos- a quién podía escribirle. Quise alejarme de los clásicos. Quise alejarme del lugar común (la pretensión de todo escritor, la batalla que siempre ha de librar, perdida de antemano). Así que terminé escribiéndole a quien estaba leyendo en ese momento, a quien hacía eco de lo que sentía por entonces: Stieg Larsson. No sé si te tocó conocerlo, saber de él. Tal vez sí (su trilogía Millenium, al parecer, resonó por todos lados).

Te confieso que ahora, si tuviera la oportunidad de participar otra vez en aquel libro -del que ya existe un sucesor, con dedicatoria a ciertos músicos fallecidos-, te escribiría a ti. No quiero, sin embargo, y a pesar de ya no tener esa posibilidad, dejar de escribirte.

Porque sí, tu escritura cambió mi vida. Pocos son los libros, me imagino, que consiguen eso (con cualquier persona). Porque pocos son los libros que uno puede leer en la vida (por más que se lea), en ese mar inabarcable de publicaciones que existe.

Entonces, cuando me topé contigo, pensé que era muy afortunado.

Y lo fui.

Ocurrió más o menos como escribí en una reseña que -bienvenida la redundancia- escribí hace poco y que me hizo el favor de publicar la Langosta Literaria (de la cual tomé la imagen que ilustra este texto; gracias por las no represalias al respecto).

Fue en una librería de viejo (aunque ya había visto tu nombre por los pasillos donde libreros ambulantes -dedicados de lleno a eso o no- venden o cambian libros usados). Dados mis prejuicios, que son muchos, pensaba que -como erróneamente pensé sobre Bukowski- eras un autor pedante. Un mamonazo. Un fulano del cual era mejor alejarse.

Lo que me animó fue el precio. Tu libro, Matadero cinco (la primera edición de Anagrama en Compactos), no rebasaba los cien pesos. Aquella era una tarde soleada, agradable, de esas que lo ponen a uno de buenas. Y cuando estoy así suelo darle una oportunidad a algún libro que no tenía pensado.

Fue tu caso.

Tan pronto me subí al metro (aquella librería está cerca de una estación de la línea azul de la Ciudad de México) empecé a leerlo. Se me cayeron los tompiates (y los prejuicios). La baba, en realidad. Qué estilo. Qué humor. Qué gracia. Qué candidez para contar atrocidades y tristezas.

Qué ligereza y claridad.

Qué ganas de hacerle pasar al lector un rato agradable (más no superfluo, por el contrario).

Nada, hasta ahora, me ha causado esa (tan grata) impresión (lugar común). En ningún otro autor. Entiendo, desde luego, que me quedan muchas lecturas por hacer.

Celebré tanto haberme encontrado contigo que quería gritarle al mundo (lugar común) que todos debían conocerte. O casi todos. Así que, cierta noche, mientras conversaba con Marsi, con quien he compartido mis días hasta hoy, que me di cuenta que debía regalarle aquel ejemplar (como otros que he deseado darle; casi todos he podido dárselos).

Luego, por azares del destino (lugar común), me volví a encontrar con un ejemplar de esa misma edición en esa misma librería. Fue poco antes de dárselo a ella. No lo compré. Pensé que era demasiado tener dos ejemplares de un mismo libro y, especialmente, que alguien más tenía que tener la misma oportunidad que tuve yo.

¡Qué afortunado era por toparme con ese libro por segunda vez!

Está claro que no supe apreciarlo.

Aún así, tiempo después, una vez que nos citamos, antes de ver a Marsi en un café, me encontré con la edición de Grijalbo, setentera, cuya portada es igual a una de sus ediciones en inglés:

Pasta dura con sobrecubierta, como dicen en el mundo editorial. No muy desgastada. No muy cara. Con tu foto en la contraportada. Con olor a viejo (más viejo que tú. ¿A qué olerías, Kurt? Yo creo que a tabaco y loción -lugar común-).

Tan pronto lo tuve, coloqué dicho ejemplar en uno de mis libreros, espacio que aún ocupa pues de pronto salió la edición de Blackie Books.

Marsi y yo saltamos de gusto (lugar común): a ambos nos había encantado la edición que hicieron de Instrumental, de James Rhodes (especialmente en su formato de pasta dura, pero también en el de blanda).

Fue así que compramos un par de ejemplares -casi en preventa-. Llegaron desde Estados Unidos a través de Amazon. Como si se aproximara el fin del mundo (¿no se aproximaba?), no queríamos quedarnos sin nuestra copia. Luego los vimos por montones en las librerías de México (la edición en pasta blanda, por desgracia, la misma que compramos. . .).

Comencé a leerlo tiempo después (la mera neta. Ya me pasa muy seguido: compro libros y, como tengo muchos, me es difícil leerlos. No es pretexto. O tal vez sí).

CHÁN CHÁN: no recordaba que el protagonista fuera un optometrista (además de soldado participante en la segunda guerra mundial).

Me maravillé (lugar común).

Y es que, Kurt, no me lo vas a creer (lugar común), pero (y esto te va a encantar): ¡Mi hermana es optometrista! (además de ingeniera en geofísica y exexcelente futbolista, entre otras cosas).

Fuiste tú quien dijo (en alguna conferencia, o en algún libro, creo que en Payasadas) que el escritor debía tener en mente por lo menos a un lector. Uno solo. Uno al que le escribiera con la confianza y la complicidad suficientes. Al que pudiera hablarle con sinceridad.

Y tú hablaste de tu hermana, a quien perdiste en algún momento del camino (triste lugar común). La querías mucho y pensabas en ella en cada uno de tus escritos, como tu hipotético lector.

Saberlo fue importante para mí pues también suelo pensar en mi hermana cuando escribo (ella, de haber querido, bien pudo dedicarse a esto. Por alguna razón ambos poseemos esa gracia -iba a decir talento, pero mejor no-, esa facilidad. Supongo que viene de tanto ver películas y jugar videojuegos cuando éramos niños). De algún modo ella funge como reflejo de mis anhelos.

¿Le gustaría esto?, pienso a veces, aunque no sepa su opinión sobre nada de lo que escribo.

Y no importa.

Pensé en ella, pues, cuando vi que Billy Pilgrim, el protagonista de Matadero cinco era (¿es?) optometrista. Kurt, ¡no hay novelas sobre optometristas! ¡Y mi hermana resultó ser una! Qué maravillosa coincidencia, pensé. Y le regalé el libro (la edición de Blackie). Espero de corazón (lugar común) que le guste.

Otra coincidencia. Cuando a Marsi y a mí se nos apareció, cierta tarde en el Spoty, uno de los discos recientes de Moby (el nieto de Hermann Melville que a ambos nos gusta), el que se llama como esta entrada y que también es frase de dicha novela: Everything was beautiful. . . and nothing hurt.

Una chulada (lugar común) ese LP.

O como cuando, cierta tarde (cierto mediodía), mientras caminaba a un costado del paradero de Indios Verdes, en camino al Mexibús, un enorme local de amplios ventanales, una gigante venta de garage, llamó mi atención. Y es que sí, Kurt, soy un entusiasta de las chácharas (como también lo es Marsi) y suelo detenerme a ver esos lugares, especialmente si hay libros de por medio. Estoy convencido, me ha pasado muchas veces, de que ahí es posible hallar invaluables joyas (lugar común).

Así fue esta vez.

Como fragmentos a su imán (¿lugar común?, Ruvalcaba dixit), el lomo amarillo de Slaugterhouse five (sí, de la edición en inglés) pareció gritarme ¡aquí estoy!. Tu apellido, en letras negras que, siento, fueron garabateadas por ti, se destacaba entre los otros tomos. De inmediato lo reconocí y no podía creer que estuvieras ahí, en ese lugar tan inusitado. Tan cercano a mí.

Entonces te tomé entre mis pequeñas e inmundas manos (disculpa que hable de tu libro como si fueras tú) y tampoco pude creer el precio: menos de cien pesos. El ejemplar estaba en condiciones de uso inmejorables (lugar común), prácticamente nuevo. No dudé en llevármelo, a pesar de que no llevaba efectivo.

—¿Acepta tarjeta, señorita? —le pregunté a la dependienta, una bella y sonriente joven universitaria a la que luego le pregunté si esos libros que vendía eran suyos. Dijo que algunos. Esperé que ese tuyo, Kurt, fuera parte de.

—Solo transferencia. . . —dijo. Para mi mala suerte no tenía internet en el teléfono (a estas alturas de la historia de la humanidad, Kurt, los teléfonos móviles ya tienen internet; quizá alcanzaste a ver algo de eso).

—Puedes conectarte en el Wifi de la CDMX —dijo ella, luego de escuchar mi inconveniente.

Nunca antes (lugar común) me había podido conectar en el Wifi de la CDMX. De tal modo que esta chava me enseñó cómo hacerlo y, finalmente, pude hacer la transferencia. Hasta compré un par de libros más: uno sobre foto y otro para Marsi sobre la historia de los humanos en el mundo (creo que no te he dicho, Kurt, que ella es bióloga -entre otras cosas- y está interesada en esos temas. Como tú).

Antes de reunirme con ella le conté y, al igual que tú (espero), no lo pudo creer. Tras preguntarle qué libro creía que me había encontrado a un precio irrisorio, y de decirme cuál, no sé, le envié esta horrible foto (es preciso, Kurt, decirte que en la actualidad se pueden enviar mensajes de texto, con imágenes y videos, en el teléfono móvil. Incluso se pueden hacer videollamadas, en tiempo real, entre una persona y otra, o varias, con video de más o menos alta calidad, en cualquier parte del mundo. Increíble, ya sé).

Casi pude ver su cara de sorpresa. Como cuando, hace unos días, le regalé el libro que Ginger Strand escribió sobre ti y tu hermano, titulado, acertadamente (lugar común), Los hermanos Vonnegut. (Espero poder leerlo pronto. La introducción promete demasiado.)

En fin.

Mientras tanto te mando un enorme abrazo (ya me prolongué un chorro en esto, creo, pero ya te dije todo lo que quería decirte -por el momento-), sea cual sea tu paradero en alguna de las varias dimensiones que los tralfamadorianos pueden discernir.

No es necesario que respondas: tu mensaje lo has dejado desperdigado por aquí y por allá con tus libros (y en todo esto que te he escrito). Prometo que, cada que me encuentre contigo, sonreiré. Como habrías querido.

🙂

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