Al ritmo de su pluma (y del incienso)

Supongo que sí, que todo comienza con la mirada.

La que establecí con Diálogos con el vacío se dio antes de leerlo, en la pasada feria del libro del Zócalo, luego de que –precisamente– Gerardo Castillo presentara su poemario: Poemas del desamparo (también de Vodevil Ediciones, 2019) junto a otro poeta que quiero y respeto desde hace mucho tiempo, Alejandro Rojas, junto a la también poeta Carmen Saavedra, a quien conozco de hace años, como autora, por lo que en realidad no la conozco, y Libia Ennedi, a quien ese día tuve el placer de conocer, de estrechar su mano, ella escritora y difusora de la literatura juvenil; todos ellos dieron, vaya, cátedra sobre qué se trataba eso de escribir y de escribir poesía. Aunque decían que no, aunque modestos preferían hablar sobre lo que no era, iluminaron en mí eso que me pregunto, eso que uno se pregunta cuando trata de hablar sobre qué es la poesía, sobre qué es lo poético.

Sobre cómo escribirla.

Pero antes de entrarle a eso, les digo que, ya en el stand de la editorial, vi el título que hoy nos congrega. Imagino que era una impresión de prueba, de muestra, qué sé yo, pero no había visto anuncio alguno en las redes sociales de Vodevil sobre él, y por supuesto no conocía a su autora. Es hasta hoy, hasta este momento, que tengo el gusto de verla cara a cara, de saludarla frente a frente, algo que, bueno, celebro, aunque eso no siempre salga muy bien que digamos (a ver si aquí me da chance de decir por qué).

Vi, pues, el libro, inédito en aquel entonces, de Jess AF reposando junto a los otros, y el título fue lo que primero llamó mi atención. Pensé, debo decírselo hoy, aquí, de frente, porque los títulos son algo que a mí, como autor o como editor cuando me toca, son algo que me importa mucho. “Dame el título y te diré el poema”, decía justamente alguien, no me acuerdo quién, no me acuerdo dónde, y es más, no me acuerdo si era así, pero la idea se le parece. Entonces pensé: qué chingón está, me habría encantado que se me ocurriera a mí. Y luego, por consiguiente, miré la portada. No sabía en ese momento que fue diseñada por Óscar Carmona, que si no me equivoco ya ha trabajado en otras portadas, quizá las más bellas, de la editorial, y a quien tampoco conozco en persona (insisto en que eso está muy bien). La portada, por supuesto, y aunque esté de acuerdo con que a un libro no debe juzgársele por eso, es muy importante. Puede generar ese gancho visual indispensable (cuando se lee, por principio, no podemos negarlo, es un acto meramente visual) que te atrape y te haga preguntarte “¿pero qué es esto, de qué se trata?”, y en una de esas, como me ocurrió a mí, conducirte a un libro de poesía, lo cual sería un magnífico golpe de suerte porque la poesía parece un bien indispensable para sobrevivir en estos días.

En fin que, título y portada juntos fueron suficiente motivo para mí para aceptar la invitación de Aydeé Bravo, editora y cabeza de este hermoso proyecto editorial, para presentarlo, cuando estuvo listo, cuando Diálogos con el vacío ya figuraba entre el público. Y aquí quizá sea pertinente decir eso de que no importa tanto, al menos a mí no, saber quién está detrás de estas palabras. Jess AF de por sí ya es un nombre misterioso, que no revela todo de un jalón (como la poesía). ¿Álvarez Flores? ¿Asunción Frías? No sé. Y aunque de inmediato la busqué en el feis para saber solo un poquito más de ella, si acaso la autora tenía un rostro, una cara, no insistí demasiado y me conformé con saber que sí, que ahí estaba, que era una mujer escribiendo poesía.

Una poeta que te regala momentos como:

Varias veces me he salvado:
Pero todo tiene un fin.

Pronto dejaré mi cuerpo
si algo les sirve, tómenlo;
hagan de mi piel tambores que resuenen junto a la fogata
de sueños jóvenes.

(Y aquí le paro porque seguro será ella quien lea sus versos.)

Así que qué importa quién escribe o quién está detrás de la creación mientras te regale un momento, varios momentos, un libro entero, de belleza. Porque me ha pasado antes, quizá a ustedes también, y si no ojalá un día les pase: que se encuentren un libro en un botadero, en las afueras de un metro o en alguna calle, un libro de portada fea, título cuestionable, autor o autora jamás escuchados nombrar. Así me pasó una vez y ese libro, que podría clasificarse como ciencia ficción, ahora es de mis favoritos para siempre, y no sé gran cosa de su autor salvo que ya está muerto, que fue guionista de cine, y no sé nada sobre sus editores, sobre quién hizo la portada, y demás detalles que he mencionado arriba sobre Diálogos con el vacío. Detalles que quizá no importan.

En ese mismo lugar, en aquel tiradero de libros, hallé un libro de Margarita Paz Paredes, poeta mexicana que desconocía hasta que alguien muy especial, que ojalá esté aquí hoy (digo ojalá porque uno nunca sabe, escribo esto antes de estar aquí, como un viajante en el tiempo, un profeta poético) me hizo el favor de mostrarme su trabajo.

Ese libro, que ya no tengo porque se lo regalé a esa persona, titulado Señales, es un compendio poético hermoso el cual lleva una introducción, ya no me acuerdo de quién, y que hablaba, apenas recuerdo también, sobre, justo, lo que implica escribir poesía. Era un texto hermoso de tan simple y concreto, a diferencia de éste, donde el autor rescataba la profunda exploración de Paz Paredes al alma humana, al amor, a lo romántico, al deseo, a la muerte, a la soledad, al querer. Era un elogio que quise imitar aquí para Jess AF, pero que, como pueden ver, no logré hacerlo. (También quise escribirle un poema, pero opté por esto, robándole mejor un ve(r)so, para nombrar mi escrito.)

Así que supongo que sí, que todo comienza con la mirada.

Con mirar aquello que todo el tiempo vemos, pero que no nos detenemos a mirarlo de tan visto; de pensarlo, de sentirlo; el sentir cotidiano, el que se padece por dentro, el sufrimiento diario y el que vemos afuera, el sufrimiento ajeno, el de los otros, que al final es el de uno mismo, que al final es el de todos.

Es la mirada, sí, y la mirada implica sensibilidad, capturar en unas cuantas palabras un momento, una imagen, brindarle al lector regocijo, esperanza, o temor. Hablarle del amor, de las cojidas, del sexo, la lujuria, de la inexistencia e inutilidad de Dios, de la podredumbre callejera, del enfado, del odio. De la madre. Lo que la poeta quiera o intente decir. Lo que la poeta sienta. Lo que la poeta piense. Lo que la poeta diga. Lo que la poeta quiera.

Diálogos con el vacío entonces, es un ejercicio sensible (a últimas he pensado que antes que talento y antes que trabajo, el escritor, cualquiera, debería tener un mínimo de sensibilidad), un libro que nos confronta y nos hace ver hacia el interior de la condición humana, la de un alma joven que se rebela y se revela, la de una autora que sabe mirar, que sabe impregnar en imágenes lo que siente, como la fotógrafa, la dibujante, la pintora o la cineasta.

Diálogos con el vacío está dividido en ocho momentos, cinco numerados y tres que no requieren acotación alguna salvo sus nombres. En el libro uno descubre palabras como disartria (“Dificultad para la articulación de las palabras que se observa en algunas enfermedades nerviosas”, algo así como este escrito), uno descubre palabras y entiende lo que dicen, pues dicen mucho, en cada poema. Porque la poesía de Jess AF es, en ese sentido, cautivadora y libre: uno puede abrir el libro y caer en cualquier página y llenarse en cualquier verso y comenzar el diálogo, y rendirse o no ante el vacío, la palabra recurrente de palabras, la palabra repleta de sí misma, de nosotros, de poemas, de poetas.

De poesía.

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