Ser Feliz o entregarse por completo a la locura (u otra crónica caótica sobre Joker/Arthur Fleck)

La lata repleta de ceniza reposa sobre la mesa. Es una lata sin etiqueta, completamente gris, como las otras latas que invaden la habitación de Rosalinda. Un Delicados sin filtro permanece en los labios de su desdentada boca: la mujer lanza el humo frente a sí, sin dar el toque, y de ese modo el tabaco incinerado cae en volutas sobre la lata, una tras otra, hasta formar una pequeña montaña blancuzca.

Su sobrino, un niño pequeño, de unos seis años, la observa fumar como la ha observado desde que recuerda: Rosalinda mira la televisión sentada en la silla de siempre, en medio de la enorme mesa; detrás de ella hay una vitrina llena de figurillas, platos y tazas que volverán a usarse nunca; la pantalla, a unos ocho metros de ella, reposa sobre un mueble con tres generaciones de existencia.

El paquete de Delicados descansa junto a la lata. Pareciera ser siempre el mismo: jamás lleno, jamás recién abierto, con unos cuantos tabacos, siempre a punto de acabarse.

Rosalinda fuma mirando la tele, quizá una telenovela, una película mexicana en blanco y negro, un noticiario o un programa de concursos. Su mirada de pronto se extravía en algún otro sitio y ahí se queda un momento; navega hacia el techo, va de vuelta a la tele y otra vez a la lata. A veces mira el aparato cuando no está encendido y su reflejo se aparece en el negro cristal de la pantalla.

Su sobrino, sea como sea, la mira reír de repente, a carcajadas, sin razón alguna o motivo aparentes.

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Arthur Fleck se mira al espejo y fuerza una sonrisa con sus dedos. La tristeza de su mirada no contrarresta el entorno, un lugar llamado Ha-has, donde se contratan payasos, que es tan gris como su gesto. No es en balde esa cara: en las calles, mientras trabaja como payaso en las afueras de una tienda de música, unos jóvenes, sin razón alguna o motivo a aparentes, le arrebatan el letrero que reza “Everything must go!” (¡Todo tiene que irse!) y que, al intentar recuperarlo en una corretiza, aquellos jóvenes le dan una buena madrina, a patadas, en el piso, luego de que le rompan ese mismo letrero en el mero hocico.

Al verlo, mientras las inmensas letras amarillas (JOKER) se apoderan de la pantalla, de inmediato pienso en Rosalinda. Cuando salíamos de la casa de la abuela para “dar una vuelta”, es decir, para caminar un rato por las feas calles —como feas son las calles de Gotham— de nuestro viejo barrio, en Ecatepec, y despejarnos así un poco de aquel mundo inconmovible, desaliñado, como el Ha-has, que era nuestra casa.

Apenas avanzábamos unas cuadras y ya el grupito de maleantes de la colonia comenzaba a insultarla. La llamaban de un modo que no pienso repetir, y lo hacían del modo más impune y ruin que he experimentado en mi vida. Yo era un niño entonces, y sentía la enorme impotencia de no poder defenderla, de no poder agarrar a golpes a esos miserables (pues a golpes me harían más pedazos), así que me aguantaba y ambos seguíamos caminando por la calle como si nada, o como escribe Arthur Fleck en su diario de enloquecida caligrafía: como si ella no tuviera una enfermedad mental y tuviera que actuar como el resto de la gente para que la respetaran.

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Nunca me quedé a dormir en casa de mi abuela, pero ella decía que por las noches era imposible hacerlo por la risa de Rosalinda. La imaginaba entonces, acostada en su cama, sumergida en aquella nube de humo gris que era posible distinguir entre las tinieblas; la leve brasa de su Delicados intensificándose a cada calada; escuchaba su risa siniestra a la distancia: aquel era el único sonido posible de aquella casa casi abandonada a pesar de que ambas mujeres vivían ahí.

Ríe, incontrolable, mientras fuma un cigarrillo. Y frente a él, frente a Arthur Fleck, una mujer lo mira con gesto serio y le pregunta cómo se encuentra. Ella, su psicóloga, le pregunta por el diario que le encomendó. Él se lo entrega y le advierte que ha escrito chistes en él porque ha decidido ser comediante. Las páginas pasan muy rápido frente a nosotros y apenas vemos entre dibujos hostiles, recortes de unas mujeres desnudas y rayones, la caligrafía maltrecha del hombre escrita a veces con la mano izquierda y con un bolígrafo de esos cuya tinta tarda un momento en secarse.

Entre basura y pequeños objetos desperdigados junto a las latas, Rosalinda tiene una pila de libros vaqueros, historietas para adultos que lee cuando no mira la tele sentada en el mismo lugar del comedor mientras fuma y la nube de humo comienza a posarse sobre ella. Los lee frente a su sobrino, el niño de seis años, y él a veces los hojea aunque jamás lea sus tramas y solo se detenga en sus dibujos.

Con la cabeza, con la frente, Arthur Fleck golpea el cuadro transparente de la puerta del hospital psiquiátrico donde se hospeda; un recuerdo o una premonición que anhela, parece, ante la hostil realidad que vive en el presente.

—Estuvo un tiempo internada en un hospital —le dice su madre—, pero no nos gustó el ambiente, a tu tía no le gustó, y nos la trajimos de regreso a la casa.

Un día, borracho, mientras fuma, el sobrino, de unos veintisiete años, le pregunta a su madre por el origen del padecimiento de su tía. Lo único que él sabía era que tenía esquizofrenia. Si acaso eso era, porque el diagnóstico fue siempre incierto.

—No mejoraba a pesar de las medicinas —continúa su madre— no sabíamos por qué, y un día, mientras limpiaba su cuarto/

Arthur le pregunta a la mujer, a la psicóloga, si es posible que le den más medicamentos, para sentirse mejor.

—Arthur, tomas siete medicinas al día… alguna debe estar sirviendo— le responde la psicóloga a Fleck.

—…encontré todas las pastillas debajo del colchón —concluye su madre.

Y a partir de ese día Rosalinda jamás volvió a tomarlas. Ni volvió a un hospital. Y permaneció con su madre hasta que murió y las ratas comenzaron a apoderarse de la casa.

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Muchas veces he caminado al modo de Arthur Fleck: con los hombros caídos, el cabello medio largo sobre la cara, la misma chamarra de siempre, subiendo escaleras y más escaleras, avanzando a pie lo necesario hasta llegar a mi destino.

He sentido esa pesadez en cada paso, ese tedio rutinario de la pinche vida diaria sobre la espalda. Lo he sentido yo y lo he visto en otras personas de mi entorno, en amigos, en familiares.

Lo vi en Rosalinda, cuando salíamos a dar la vuelta.

(Quizá lo vi en Armando.)

—¿Quiénes son? —me pregunta mi madre cuando Arthur y Penny Fleck aparecen en la pantalla, juntos, en la cama de ella, mientras miran la televisión en pijama y esa luz los ilumina. Para escribir este texto a gusto adquiero la versión blue ray + dvd del Joker el día de su salida al mercado, y la miro con mi madre, en su casa, acostados los dos sobre su cama, a oscuras, en pijama, mientras la luz de la pantalla también nos ilumina.

—¿Cómo que quiénes son?

A un lado, en la otra habitación, Rosalinda mira otra película. Tendrá unos seis años que dejó de fumar, y ahora vive con mi madre. Su hermana.

—Somos tú y yo —dice mi madre, y suelta una risa. Me rio con ella, ruidosamente, porque es cierto: llevo el cabello de un largo semejante al de Fleck, una cicatriz me atraviesa el labio por la parte superior izquierda igual que a él, y sus dedos chatos son casi tan feos como los míos, aunque mucho menos feos. Y el mentón, si me rasuro la barba, es parecido.

Y mientras yo me identifico con Fleck, él de pronto imagina que asiste al programa de Murray Franklin, el conductor del programa que observan, y que éste lo llama y le da unas cuantas palabras de aliento que lo motivan. Y que lo abraza como si fuese el padre que nunca tuvo.

El padre que Rosalinda y mi madre perdieron cuando eran muy niñas.

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A Rosalinda parecen no molestarle los insultos y sigue su camino. Su sobrino, en cambio, guarda dentro de sí un rencor que acumula junto a otros resentimientos que también tiene a pesar de ser tan pequeño y piensa que, cuando sea grande, se cobrará todo eso muy caro y vengará a su tía de esos cabrones perversos.

Como un justiciero.

Ella no, ella no piensa en venganza, como tampoco Arthur Fleck, aunque reciba un pequeño revólver de un compañero suyo del Ha-has, “para defenderse”, o algo así le dice al entregárselo “de buena fe”, aunque Arthur quizá sepa que es una trampa y lo acepte más por cordialidad que por otra cosa. Hay una bondad inherente en ambos (en Rosalinda y en Arthur) que el resto de nosotros no comprendemos, que somos incapaces de ver; un mundo sin malicia que nos hace tomarlos como seres sin albedrío ni decisión, que harán todo lo que queramos sin rezongar ni rebelarse.

Sin embargo en el sobrino, como también en Arthur, hay una furia que se esconde y que saldrá, no importa cómo, algún día, casi siempre de golpe.

Poco después aparece Sophie y su hija en el maltrecho elevador del edificio donde todos viven, y con ellas viene la explícita referencia a Taxi Driver de Scorsese (una de mis películas más preciadas), cuando con su mano la mujer forma una pistola sobre la sien. Me parece una referencia temprana, sin mucho caso. Su repetición inmediata, en Arthur, unos segundos después, es aún más innecesaria.

Todd Phillips ha dicho que su película por supuesto se vio influenciada por la historia que escribió Paul Schrader (cosa que agradezco y aplaudo, por el bien del cine), como de otras cintas (como cualquier otra película de cualquier otro director). No entiendo muy bien la molestia de los críticos al respecto cuando esta película rinde franco tributo a un grande (en una extraña paradoja, pues Martin Scorsese, lo ha manifestado, no es muy fan que digamos de las películas de superhéroes, en específico de las de Marvel), por lo que no es una copia, ni es una calca (a mi The Irishman me recordó al Padrino, por cierto. Y qué bueno). Phillips admite sus referencias y a partir de ahí crea una nueva obra que está a la altura de éstas sin ninguna bronca. Pero, claro, al hacerlo, al buscar profundizar de ese modo en la condición humana, Joker sobresale entre todas las otras cintas, las que se hacen para un público masivo (o para un público “culto”, también). Y eso lastima, por supuesto, el selecto criterio de los que escriben profundísimas reseñas de cine: Ustedes no han visto nada, qué van a saber, dicen, encolerizados, a sus ignorantes lectores.

JOKER

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La primera bala aparece con el primer baile. Arthur, en soledad, durante la noche, mientras mira una película en su casa, de nuevo imagina una situación: habla con alguien mientras baila, pero termina por disparar, sin haber disparado nunca (o no sabemos) un arma, hacia un muro, o contra sí mismo, contra su propia sombra.

—Feliz, ¿estás bien? —le grita su madre a la distancia, desde su habitación.

Feliz, así le llama Penny Fleck a su hijo Arthur, ese individuo profundamente triste cuyo nombre de payaso es Carnaval (lo dice en algún momento, y la verdad tampoco importa).

Luego del balazo en la sala, se ve cómo Arthur persigue a Sophie, la mujer que se encontró en el elevador con su hija. Quizá sobra ese personaje, pienso, y sobre todo esa situación (no viene mucho a cuento). Así nos ahorraríamos el incómodo momento en que “la imagina”. Si uno quita eso, la historia avanza sin problema. Al fin y al cabo quedará claro que nadie sería capaz de enamorarse de un hombre como Arthur.

—Si quitas a Bruce Wayne tampoco pasa nada —me dice Federico, hombre que fue medicado cuando niño luego de perder a su padre; él, quien ha cuidado de su madre, una mujer mayor. Él, escritor, guionista y músico. Un hombre sensible, pues, me dice lo mucho que le gustó esta película. Es verdad, le digo, no pasa nada si quitas a los Wayne, pero, parece ser que el Guasón no es nada sin su Batman.

Porque —pienso también—, este Joker podría seguir siéndolo sin ser el personaje de DC.

—Podría haber sido cualquier payaso  —me dice mi hermana menor, unos minutos después de ver la película en una sala de cine cercana a mi vivienda.

—Tal vez —le digo.

Ella también vivió con Rosalía.

—¿No te recordó a mi tía? —le pregunto.

—Sí, claro.

Y aunque mi hermana lo dijo a modo de crítica (lo de que el Joker podría ser cualquier payaso), creo que ahí radica su mayor virtud.

Todd Phillips aborda el tema en una de las cápsulas extras que vienen en el blue ray:

—Nunca pensé en hacer una película basada en un cómic. Para mí se trataba más de hacer el estudio de una personalidad, sobre alguien que la gente no tuviera idea de quién se tratara, de qué o de dónde venía. Y surgió de ese modo, no fue: “Quiero hacer una película sobre el Guasón”. Surgió de hacer un estudio de la personalidad y lograr que la gente quisiera verla. Nos desviamos mucho del cómic. Inventamos un personaje nuevo. Le dimos un nombre y lo elegimos de la nada. Y, quizá para disgusto de los verdaderos fans de cómics, no veíamos a Arthur Fleck cayendo en un tanque y volviéndose blanco [refiriéndose a la versión del origen de este personaje que escribió Alan Moore]. No era la película que buscábamos. Queríamos hacer algo que estuviera anclado en la realidad.

Lamento que a veces pareciera que no importa lo que este hombre pueda decir. Los críticos, los que de verdad saben de cine, no se han cansado de vituperarlo. No lo bajan del director de aquellas feas películas cómicas (que por lo tanto es incapaz de dirigir una buena película). No dejan de sobreinterpretarla, de asignarle características que no posee. Porque sí, sí es el mismo hombre que dirigió aquellas películas. Pero también es quien debutó dirigiendo un documental sobre el endemoniado GG Allin, que hay que ver para entender mejor el porqué del Joker, las razones del director, la clara línea que une su primera con su última película.

—Me encantan los malos —dice Phillips en ese mismo especial—. Es divertido decir: ¿Por qué él es así? ¿Qué hizo que fuera así? Ese es el verdadero objetivo de la película. No es una declaración grandilocuente acerca del mundo actual. Se presentan temáticas, pero en realidad es: ¿Qué hace que alguien sea así? Y de Guasón me gustó su idea del desorden y el caos. […] Hablamos mucho de quién sería y de por qué sería así, de su particularidad, y el por qué de su risa, por qué usa maquillaje o no… y empezamos a leer mucho sobre narcisismo y ego, y cosas que creemos se tratan en nuestra versión de Guasón. Es un narcisista, pero a nuestro parecer carece del yo. El yo es Arthur. El yo es lo que intenta controlar al caballo salvaje que es Guasón, pero Guasón es puro ello. Así que pensamos cómo es cuando uno va por la vida detrás de una máscara, algo que le pasa a muchos. Uno lleva una máscara y finge ser de cierta manera, pero Arthur en eso es muy cuidadoso. Sin embargo, se ven esas actitudes que reflejan quién es él en el fondo y qué sucede cuando uno se quita esa máscara, que es lo opuesto en este caso, porque Guasón usa una, o maquillaje, pero la idea es qué sucede cuando uno deja de vivir esa vida para pasar a vivir en la penumbra.

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El segundo baile de Arthur se da frente a unos niños enfermos, en un hospital, cuando de pronto su pistola se le resbala entre los pantalones y ruidosa cae al suelo.

—Son muchos bailes —me dijo, molesta, Angélica, amante del cine, entusiasta de los críticos que he mencionado (siempre los retuitea en su timeline), y se lo concedí al principio. Pero mirando la peli con calma, poniendo pausa cuando se necesita, todo el relato adquiere su lógica y uno logra mirar con más nitidez su sólida construcción (el guion puede leerse aquí). Quizá sean muchos bailes, pero van de la mano con el trabajo del actor, lo que éste quiso decir sobre el personaje: el Guasón baila tanto no para entretenernos, sino porque lo necesita.

Un par de secuencias después Arthur está en el metro, cabizbajo tras ser despedido de su mísero trabajo en el Ha-has. Viaja en aquel convoy tapizado de grafitis, puesto así adrede, al estilo neoyorquino de los setenta/ochenta, y que me recuerda a The Warriors, pero también a Bruce Davidson.

Arthur ríe entonces sin filtro mientras tres sujetos adinerados molestan a una mujer que viaja sola. Los sujetos se van sobre el payaso cuando este se ríe “de ellos”. Como su risa no se detiene lo madrean sin tregua (y sin razón o motivo aparentes, como al principio de la película, o como cuando insultaban a mi tía en la calle, nomás porque sí, nomás porque podían) y el payaso que se carcajea de pronto parece estar llorando, entre las sombras que se cruzan por su rostro y que le dan un aspecto, cómo decirlo, de villano de cómic, de furia pura que bien pudo ser dibujada por Lee Bermejo.

Aunque el villano sean los otros, los que son malos porque sí, no él.

(Sobre la fotografía, por cierto, vale la pena escuchar a quien estuvo a cargo de ella: Lawrence Sher. Sencilla y contundente explicación sobre cómo funciona el color en el cine.)

Desde el suelo, no más inofensivo, Arthur explota y saca el arma que un momento antes le hizo perder el trabajo. Y dispara. El relámpago rompe la oscuridad en la que están todos ellos sumergidos. Y mata a uno, y luego a otro y luego al otro, tras perseguirlo por el andén, ansioso, extasiado, libre finalmente de esa máscara, no de “buen hombre”, sino de “hombre normal”, de “hombre cuerdo”.

Han pasado apenas treinta minutos de las dos horas y cacho que dura la película.

¿Muy pronto?

Quizá.

Entonces, por segunda vez, Arthur corre. Y, tras guarecerse en un ruinoso baño público, la respiración entrecortada por los tumbos de su corazón, baila por tercera vez. La belleza de ese momento, de ese baile con la muerte musicalizado por las cuerdas del infierno, desoladoras, del chelo que va detrás, la iluminación verdoazulada y el lugar en el que se encuentra la cámara, la forma en que se mueve junto con el actor, es cine puro, duro y bello que los más exquisitos —los ya mencionados críticos, sin tocar por supuesto al maestro Ayala Blanco, porque él es Dios— se niegan, necios, en reconocer.

De eso se trata el cine, pues, de conjuntar de esa forma esos tres elementos, cosa que hace esta película todo el tiempo.

(Sobre la música hay que escuchar a la propia compositora, Hildur Guðnadóttir, un portento que además se hizo cargo de la banda sonora de la brutal serie Chernobyl de HBO.)

Cuando termina de bailar, Arthur Fleck se mira al espejo, los brazos abiertos, malévolos, amenazantes: algo ha triunfado en él y no es el ángel que lo protege.

O sí.

Para la siguiente secuencia, cuando se despide del Ha-has, Arthur borra parte de la frase que está por ahí pintada: “Don’t forget to smile”, dejándola en un simple “Don’t smile”.

A partir de ahí él ya no deja de sonreír.

Entonces le dice a su psicóloga:

—Toda mi vida ni siquiera yo sabía si en realidad existía. Pero sí existo. Y la gente está empezando a notarlo.

Arthur se ha liberado de ataduras y su mundo empieza a florecer. Se ha convertido, sin buscarlo (en cine el personaje no siempre obtiene lo que quiere, a veces obtiene lo que necesita), en un héroe de los desheredados, de los olvidados, de los no vistos. De los que nadie quiere ni se atreve a mirar, pero que siempre han estado ahí.

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Camino al modo de Arthur rumbo a casa. Es medianoche. En la esquina un hombre muy alto, calvo, se refugia entre las sombras. Se sienta ahí. Yo llevo el rostro cubierto, no por una máscara sino por una bufanda y una gorra. Observo al hombre un instante, esa cara desvanecida por la oscuridad. Al día siguiente amanece tirado a varios metros de donde lo vi la noche previa. El sol le agrede la piel blanca, que se torna rojiza, y la gente pasa junto a él esquivándolo apenas, como si fuese un bulto de basura, como si no existiera. El hombre reposa en el piso al modo de Arthur Fleck en la secuencia del principio, donde lo quiebran a patadas, casi en posición fetal, con las manos metidas entre las piernas. Su respiración es apenas perceptible. El hombre calvo podría morir ahí mismo, en ese instante, y a nadie le importaría.

(La voz tenue de Arthur me recuerda la tenue voz de Armando. Su caminar delicado, el movimiento de sus brazos. Su cabello. Pienso que esta película, él siendo guionista, cronista y amante del cine, le hubiera encantado.)

—Es muy difícil ser feliz todo el tiempo —le dice Arthur al hombre que resguarda el archivo del manicomio de Arkham, donde se guarecen los documentos de su madre. Arthur corre de nuevo entonces, esta vez para robar esos papeles y leerlos, escondido, en las escaleras de emergencia de dicho lugar. Ahí descubre que fue adoptado por Penny, y posteriormente que fue maltratado y abusado con brutalidad por sus parejas. Seguramente ella también sufrió los mismos abusos.

—¿Cómo fue que Rosalinda empezó a mostrarse así, cómo fue que pasó? —le pregunta el sobrino, fumando otro cigarrillo, a su madre. Alguna vez le contaron que su tía no siempre fue así, que alguna vez vivió sin la atormentada risa permanente, que tuvo un empleo, una vida común y corriente.

—Creemos que fue… algo le pasó en su lugar de trabajo.

Mientras Arthur lee los documentos se sitúa en aquel lugar, un recuerdo imaginado por él, con su madre joven siendo impelida por alguien que lee su expediente. Conforme lee, Arthur ríe. Ríe y los mocos y las lágrimas se le abultan en la cara.

Ríe porque está llorando.

Y yo alcanzo a crear un recuerdo que no es mío, como él, y miro a mi tía perdiéndose en las calles, como según cuenta mi madre que fue, volviendo días después, sucia, perdida en las elucubraciones que solo ella podía oír, a su casa.

Y también lloro.

Bajo la lluvia camina Arthur Fleck a partir de esa lectura dolorosa, brutal, dispuesto a entregarse a su lado más negro, el lado al que, dirán algunos, siempre ha pertenecido. La reminiscencia a Taxi Driver vuelve a aparecer, la del dedo sobre la sien, y quizá éste debió ser el momento más indicado para hacerlo, no antes. Y quizá ese momento, dentro de la casa de su vecina Sophie, la niña durmiendo en la otra habitación, la madre aterrada por la presencia de este hombre extraño, amenazante a pesar de ser su vecino, sentado ahí en su sala, mojado, quizá tuvo que ser la segunda vez en que la viéramos, y así nos ahorrábamos el, insisto, incómodo momento de saber que ella nunca estuvo ahí con él.

Las notas graves y estridentes del chelo acompañan a Arthur de vuelta a su casa, donde solo, ya sin su madre en casa, sentado en el sofá, ríe sin parar mientras se fuma un cigarro. Un vecino, a lo lejos, le grita que se calle.

Yo escucho a mi tía reír, a lo lejos, mientras mira la película. La noche anterior escuchó que mi madre y yo la veíamos. Me pregunta si puede verla. Sí, claro, le digo. Muero por saber tu opinión.

Al oírla reír me pregunto qué habrá sido lo que le causa gracia.

—No he sido feliz ni un maldito día de mi vida —le dice Arthur a su madre en el hospital un momento antes de asesinarla poniéndole una almohada en la cara, para, una secuencia después, asesinarse él, simbólicamente, cuando se pone el revólver bajo el mentón, se “dispara”, y luego se maquilla el rostro de blanco.

Le dice a Penny como despedida:

—Creí que toda mi vida era una tragedia, pero ahora me doy cuenta que es una pinche comedia —y, tras cometer su cuarto asesinato, se acerca a la ventana, aliviado, y el sol, luminoso, le acaricia la cara; es el mismo sol que luego ilumina la ducha donde se baña y la habitación en la que se maquilla, las escaleras de la calle empinada donde majestuosamente baila…

—Está muy triste. Y hay mucha sangre —me dice Rosalinda una vez que termina de verla.

—¿Te pareció muy triste?

—Bueno, no tan triste, pero pobre muchacho.

La escena más brutal de la película, cuando Arthur asesina con unas tijeras al colega que le dio el arma con la que iniciaría ese descenso a las tinieblas (su quinto asesinato), es digna del Joker, del villano de DC cómics por el que todos hemos visto esta película. Una violencia en escalada que nos prepara para lo que venga, en la película en sí misma y en una imaginaria secuela. Nos dice: Sí, este es el Guasón que todos esperaban, su rostro blanco manchado de sangre, el loco al que todos debemos temer. El Guasón habría hecho eso en sus inicios, el Guasón de Azzarello, y el de Nolan.

Y el chiste, la broma asesina con el enano y la puerta. Otro triunfo para esta cinta, para la escritura cinematográfica, un momento culminante que, uno se pregunta, a lo mejor los críticos no vieron por andar en el tuiter.

Y aunque es el momento más aterrador, donde Arthur ya ha dado rienda suelta a su maldad, es también el más tierno, cuando besa la calva de su pequeño amigo y le da las gracias por siempre haber sido bueno con él.

E inmediatamente después hay que subir el volumen. Porque viene un clímax, el del Guasón que baila —no Arthur Fleck—, y baila muy bien en su luminoso descenso al inframundo mientras los dos detectives que lo persiguen lo miran a la distancia. Un momento de gracia dirigido por un director de películas cómicas, actuado por uno de los actores gringos más brillantes de nuestro tiempo.

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—¿Qué obtienes cuando cruzas un solitario enfermo de la cabeza con una sociedad que lo abandona y lo trata como basura? Te diré lo que obtienes: ¡Obtienes lo que te pinche mereces! —le grita Arthur Fleck a Murray justo antes de asesinarlo, con la misma pistola con la que comenzó a matar, con unas líneas que casi casi sintetizan la trama. El balazo en la cara le avienta la cabeza hacia atrás a Robert De Niro. Sexto asesinato. La sangre le salpica el rostro al Joker, y luego su mirada tiembla y él —Arthur sigue ahí, en algún sitio— tiembla otra vez, se levanta, no sabe dónde poner la pistola, no sabe dónde ponerse él mismo, y trata de reír y de bailar, y lo hace, pero aturdido, de nuevo, por lo que acaba de hacer, como si lo hubiera hecho por vez primera.

Ya en la patrulla, con un solo policía custodiándolo a pesar de su peligrosidad, Arthur sonríe como nunca antes, mientras observa el caos que ha provocado en las calles. Luego una ambulancia choca al vehículo policial y libera, un instante, al súper villano: dos hombres con máscara de payaso lo extraen del vehículo como si se tratase de un recién nacido (Federico dixit).

Entonces, por primera vez en una película del universo Batman, no como un recuerdo reconstruido, Bruce Wayne presencia en tiempo real el asesinato de sus padres por un payaso que idolatra al Guasón (Rick Dalton dixit). La cámara, que observa los pasos previos de esa familia al salir del cine, mira la escena desde una esquina incómoda, puesta como si la mirara un artista del cómic.

Entonces, ahí, entre los aplausos de los proscritos, el Joker baila otra vez, con el chelo que rememora las notas de las películas del hombre murciélago: esa atmósfera ennegrecida, detectivesca, que suena de fondo, mientras feliz, con sangre, dibuja su sonrisa.

Hijos de puta

Nos dimos las buenas noches y salí, pensando que era una vergüenza lo que iba a hacerle,
pero reflexioné que el deber de un hijo de puta es hacer putadas.
[Jim Thompson en Hijo de la ira]

Para Luis Aguilar

 

A estas alturas ya no recuerdo cómo fue que esta idea absurda se esparció por mi cabeza: hermanar la lectura de cuatro libros cuyos títulos, en sus traducciones al español, iniciaran con las siguientes dos palabras (sustantivo y preposición, para exquisitos como mi editor): Hijo de.

Cuatro libros concebidos en diferentes circunstancias y tiempos, pero unidos por algunos aspectos que tienen en común la prosa de sus padres: violencia, dolor, locura, desamor, alcohol, drogas. Sueños rotos. Muerte. Maldad.

Humor.

Especialmente por su hijoputez.

La hijoputez es tan abundante, polimorfa y polisémica, que uno puede escoger por dónde empezar a indagar, con la esperanza de llegar al cómo y al porqué de la hijoputez.

Eso dice Marcelino Cereijedo en alguna parte de su ensayo Hacia una teoría general sobre los hijos de puta, un texto muy recomendable sobre este tema al que me he acercado sin tener idea del sórdido agujero en el que me iba a meter.

 

Hijo de Jesús

Acababa de enterarme de su muerte cuando ocurrió el terremoto.

Cerré el ligero volumen de Hijo de Jesús (Jesus’ Son, 1992) que un amigo me prestó hace mucho, y busqué en la red algo más que la información biográfica que ofrece una de las solapas: “Desde la publicación de sus primeras obras fue comparado con Charles Bukowski y William S. Burroughs y se convirtió en un autor de culto en Estados Unidos”.

Recuerdo más o menos el momento en que aquel amigo me prestó ese ejemplar (a sabiendas, por su puesto, de que no volvería a él): como solía hacer, me dijo puros comentarios favorables sobre el también autor de Árbol de humo, a quien yo desconocía, y me lo roló (como también hizo con este libro de Joan Didion; aprovecho este momento para recomendar el documental que ahora circula en Netflix sobre ella).

Eso último -de que mi amigo me prestó el libro nomás de compas– quizá no fue así del todo, el caso es que empecé a leer de inmediato, al día siguiente, esta “crónica visionaria de soñadores, adictos y almas perdidas”, como dice la contraportada.

Porque tal cual es eso. Me recuerdo leyendo a Johnson por la mañana, en el camión hacia el trabajo, asombrado a esas horas por la pureza -y dureza- que sus páginas derramaban desde el principio:

Un vendedor que compartía su botella y perdió el control del auto al quedarse dormido… Un cheroqui lleno de bourbon… Un VW que ya no era más que una burbuja de humo de hachís capitaneado por un estudiante de universidad. Y una familia de Marshalltown que se estrelló y mató para siempre a un hombre que salía de Bethany, Missouri, con rumbo oeste.

La intensidad del primer relato (de esta colección que a veces parece una novela desperdigada), llamado “Accidente durante el autostop”, me obligó a replantearme el sentido de escribir lo que sea si ya se ha escrito semejante portento.

Me recuerdo atónito pero feliz, agarrado del tubo, temblando entre la lectura de cada relato. Sin poder llorar de la conmoción. En aquellos tiempos iba crudo a trabajar, por lo que supuse que era el alcohol lo que me extrasensibilizaba ante estas historias. Pero no: sobrio, al leerlo de nuevo, me pasó exactamente lo mismo.

Denis Johnson fue un autor al que desde entonces traté de seguir, pero que, por supuesto, fracasé en el intento. Ni siquiera me enteré de que murió a principios de 2017. (Acá unas palabras al respecto del New Yorker. Acá otras del New York Times.)

Confieso que quizá por eso, por haberle seguido tan mal la pista, me sentí terriblemente apesadumbrado esa noche, frente a la computadora, cuando me disponía a escribir este texto y empezó a temblar. Pero ésa es otra historia.

Eso sí, entre mis apuntes tenía en claro que citaría el texto que escribió, sobre la novela Ángeles derrotados, un individuo llamado Manuel Gutiérrez Aragón. Así lo haré. Porque son palabras certeras que también podrían aplicar para Hijo de Jesús:

Empezó a entrarme cierta angustia hacia la página 25, no sé si por la digestión o por el horror que se desprendía de sus páginas. Llegué al mareo al establecerse las relaciones entre Jamie y Bill. Unas relaciones sin corazón, sin conciencia, pero sin cinismo -que podría ser al menos un sustituto de la inteligencia-: unas relaciones en la intimidad helada de moteles y autoservicios. Una tragedia en frío. Jamie arrastrando a sus hijitas por bares y estaciones de autobús no me produjo ninguna piedad, pese a que el alcohol lo hace a uno propenso a la ternura. El autor nos ha negado toda posibilidad de compasión. Cuando me fui a la cama pensé que no me había sentido tan mal desde una noche semejante leyendo 1.280 almas, de Jim Thompson.

 

Hijo de la ira

Ya tenía tiempo que Eusebio Ruvalcaba (otro enorme escritor hijo de puta, maestro, amigo que también murió a principios de 2017) me había recomendado la lectura de Jim Thompson, en su taller literario, pero no lo leí hasta que esta idea se me aferró en la melena como garrapata. Cuando supe que la última novela de este autor se llamaba Hijo de la ira (Child of Rage, 1972) corrí por ella sin tomar en cuenta que los libros de Thompson no son fáciles de conseguir. Para mi suerte era el único que había disponible en librerías. (Por cierto, luego de que me agarrara un aguacero, el libro se mojó por todo el extremo inferior y quedó, ya sabrán, un poco ondulado.)

Para mi mala suerte, me decepcionó el enorme autor detrás de The Killing y The Getaway (cuya relación con el cine -con esos otros hijos de puta que eran Kubrick y Peckinpah- se esboza en este texto), principalmente porque su protagonista, Allen, es descaradamente malvado e inteligente para su juventud. No me la creí.

En alguna parte dice, por ejemplo:

Era una posición indignante para alguien como yo, el dictador de los destinos del prójimo. Para mí, que deben reconocer que era el rey de reyes, el hijo de puta de los hijos de puta, era mucho más humillante que cualquier humillación que yo hubiese infligido a los demás.

Para mi buena suerte un bloguero llamado Héctor Jerez reflexionó un poco más a fondo (solo un poco más) sobre la trama de este libro (que había olvidado casi al cien):

Es una crítica a una sociedad absurda liderada por un protagonista abyecto que vive una vida miserable. Es un reflejo de un mundo, el norteamericano, que a finales de los sesenta y principios de los setenta todavía tenía latente la segregación racial. Pero también es una radiografía general de toda la podredumbre que rodea a nuestra especie.  

Es verdad. Hijo de la ira es una novela en la que Allen es violentado por su contexto y que se revela en algún momento, con toda su brutalidad, contra quienes tiene a la mano:

Vi muy pocos negros en los pasillos o en las aulas a las que pude asomarme. Había quizás uno por cada cincuenta blancos. A mí la verdad es que me importaba un pito, como comprenderán. Me limito a citarlo como dato informativo. No me importaría un carajo que todos los negros hijos de puta del país se murieran de almorranas sangrantes.

Cierto, es una novela breve no solo repleta de sexo y agresividad explícitos, sino de un humor liviano y punzante como, debo admitir, lo es el transitar de sus páginas. Así lo resalta acertadamente Jerez (aunque quizá exagere) en su reseña:

No es una novela negra al uso. Yo diría que es como leer El guardián entre el centeno mezclado con Henry Miller y Bukowski.

 

Hijo de Satanás

Bukowski es un hijo de puta verdaderamente chingón.

Por aquellos días en que la idea de este texto me rondaba con más fuerza tuve la suerte -otra vez- de encontrarme con este libro en casa de una amiga. Y de, embriagado hasta el culo, robarlo. Porque, pensé, por algo se me había aparecido ahí: tenía que leerlo y escribir sobre él a como diera lugar.

El título de este libro de cuentos siempre me pareció absolutamente transgresor: Hijo de Satanás (Septuagenarian Stew, 1990). Algo bueno, pensaba, debía tener para llamarse así.

Oye, hijo de puta, no te mueras, yo no quería matarte, de verdad. Si te mueres, lo siento. ¡Pero si no te mueres y alguna vez se lo cuentas a alguien, entonces seguro que te rompo el culo! ¿Has entendido?

Simpson no contestó.

Eso se narra en el relato principal (llamado así, “Son of Satan”). Lo tengo marcado junto a: “La vida de un vagabundo”, “La venganza de los malditos”, “El jockey”, “Fama”, “Hacia arriba sin alas”, “Mala noche” y “No hay canciones de amor”. En ellos se despliega la conocida (y, por desgracia, choteada) genialidad y prosa honesta de Bukowski que, como a mí, cautivó al siguiente booktuber, llamado Saúl, cuya camisa y peinado podrían causar un poco de desconfianza al principio, pero que se quita al escuchar sus francas opiniones:

A la mayoría, a muchas personas (me atrevería a apostar inclusive) pueden asegurar que el estilo de Bukowski no vale la pena, que es muy malo, que es corriente, que no tiene nada de especial, pero créanme: es esa sencillez y a su vez lo deprimente, lo corriente de su estilo, lo que le da la genialidad. Puedo garantizarles que me he llegado a sentir más identificado con muchas de las historias que se han presentado en este libro que con varios de los héroes y personajes principales que aparecen en los otros libros que he reseñado. Es esta tendencia que tiene Bukowski de adentrarse en los temas de los derrotados, los fracasados, los marginados, los borrachos, el mundo bajo, etc. […] todos, y raro el que diga que no, la gran mayoría hemos sido testigos de casos donde no nos salen las cosas de la manera en que deseamos, hemos experimentado problemas financieros, problemas familiares, entre otro montón de cosas desagradables. Temas de los cuales siempre está hablando Bukowski.

La ironía en la tragedia del desamparado lo hace a uno carcajearse. E identificarse. El humor mezclado con una prosa simple, sencilla, directa, sin rodeos, da como resultado una escritura explosiva (para corroborarlo, favor de leer los relatos antes mencionados; al final esto no es más que una invitación a la lectura). Cualquiera podría pensar entonces que Bukowski nomás era un simple, descarado e irrespetuoso hijo de puta, y seguro sí, pero nadie como él (bueno, querido editor, yo sé que es discutible) dota a sus personajes de la humanidad y sencillez que, como dice el buen Saúl, nos conmueven de tan ciertas.

 

Hijo de Dios

La última vez que vi a Eusebio Ruvalcaba hablamos de este libro y le prometí que se lo iba a prestar. También comentamos la adaptación cinematográfica que de él hizo James Franco -quien, por razones para mí desconocidas, ha estado abordando con su cine la vida y obra de otros autores gabachos cabrones, entre ellos, justo, Bukowski-. No recuerdo si a Eusebio le gustó o no la película. Yo pensé que pudo ser peor (bah, no está tan mal).

Una cruenta historia en la que Cormac McCarthy da la vuelta al sentido del título creando una escalofriante trama protagonizada por un hombre cuyas frustraciones se incrementan a medida que trata de relacionarse con un entorno que le repudia sin motivo aparente, a la vez que nos ofrece la recreación literaria de un período de Estados Unidos en el que se anticipa ya la problemática de una sociedad tan poderosa como desorientada.

Ahora sí retomé casi toda la contraportada de Hijo de Dios (Child of God, 1973), como hice con otro breve fragmento de esta novela que, como me pasó con Denis Johnson e Hijo de Jesús, me parece despedazada, con grandes saltos en el tiempo y el espacio que impiden un relato lineal; me refiero a que no hay -necesariamente- una continuidad en la historia, entre un capítulo y otro, y en una de esas podría leerse de forma salteada.

Como sea, una de las insoslayables cualidades que posee es la poderosísima prosa sello de la casa:

En la puerta del establo hay un hombre que, por otra parte, se encarga de observar todo lo que acontece en la bucólica, enmudecida y singular mañana. Es menudo, va sucio y sin rasurar. Camina por la paja seca, entre el polvo y los rayos de luz, con una agresividad obligada. Sangre celta y sajona. Un hijo de Dios más o menos como tú.

Supe de Cormac McCarthy hace ya algún tiempo, gracias a un profesor de la universidad al que admiraba mucho. Tuve que entrevistarlo para una tarea, y entre otras cosas le pregunté: ¿Qué novela está leyendo en este momento? La carretera, me dijo, y desde entonces este autor al que desconocía se convirtió en uno de mis predilectos.

[…] alejado del glamour de los círculos literarios, Cormac es huraño y huidizo, como Salinger o Pynchon, rehuye las entrevistas y hace lo imposible por mantenerse al margen; descarta la crónica social y la ironía del reportero y elige poner siempre el dedo en la llaga individual, en el traicionero dominio del alma humana […]

Esto escribió sobre McCarthy, a propósito de esta novela, alguien llamado Javier Aparicio Maydeu para Letras Libres. Sobre el estilo del autor, profundiza en algo que le resulta importante a este complaciente lector:

[…] escarba en la conciencia de tipos despreciables que se mueven en los aledaños del sistema, como fósiles de una sociedad ya obsoleta —[…] como depravados proscritos de la comunidad, que deambulan por el paisaje inhóspito, reprimidos y lujuriosos, y así el inadaptado Lester Ballard en Hijo de Dios, un relato escalofriante acerca de la depravación humana y la violencia entendida como modo de vida.

(Valdría la pena seguir citándolo, pero mi editor, ese hijo de puta, me ha exigido terminar con este suplicio a como dé lugar.)

Recuerdo que tardé un buen rato en conseguir tanto La carretera como Hijo de Dios (este es otro autor un tanto complicado de hallar), en sus ediciones de bolsillo. En las pedas solía contar las tramas a mis amigos, antojándoles su lectura (como he pretendido acá). Con algunos lo logré, con otros no. Lo que sí es que no se quedaban indiferentes, especialmente en los momentos más crudos, que procuraba detallar, como cuando Lester Ballard (spoiler) hace el amor con el cadáver de una joven muerta.

Luego regalé aquella edición de bolsillo que tenía de La carretera a un buen amigo, y poco después aquel otro buen amigo que me regaló Hijo de Jesús robó para mí, de un librero de un jefe que tuvimos en la editorial antes mencionada, la edición “normal” de la misma, ejemplar que ahora reposa en mi cabecera junto a todo lo que se ha traducido al español de este autor. Junto a Hijo de Dios.

Cómo me hubiera gustado que no estuviera ahí y que se hubiera ido con Eusebio.


Texto originalmente publicado en Kaja Negra.

Las muchas cabezas de la bestia Metallica

Duerme bajo los mares negros, esperando;
yace soñando con la muerte.
Duerme bajo el agitado cosmos;
las estrellas le otorgan su aliento.
Se despierta cuando el mundo muere gritando;
todos los horrores llegan.
Se levanta dando a la Tierra su sangrado;
pura locura viva.
Y te persigue
y ata tu alma
y te aborrece
y lo reclama todo.
Dream no more», Metallica]

 

A la hora del almuerzo salía de la fábrica hacia su automóvil; tomaba su guitarra y se ponía a tocar los riffs en los que había estado pensando desde la mañana. Quizá lo hacía en el instrumento que su madre le había regalado, tras mucho pedírselo, en los años de instituto: una Gibson SG del 69 que un compañero suyo que tocaba jazz vendía por entonces —en 200 dólares— y que de inmediato empezó a usar en una banda de covers que armó con algunos de sus compañeros y que se llamaba Obsession. Así lo recuerda James Hetfield 35 años después de que formó Metallica.

Y yo imagino a aquel joven rubio de creciente cabellera ondulada que escuchaba los discos de su medio hermano diez años mayor, Dave, encerrarse en su vehículo para componer las letras y música que en ese entonces, y como hasta hoy, lo hacían sentirse vivo. Lo imagino pensando, mientras volvía a sus horas de trabajo, en qué demonios haría de su vida después de eso: si seguiría como obrero, si jugaría futbol o si le dedicaría su existencia a aquello que le apasionaba. No a los covers, sino a lo que Black Sabbath, la banda que se volvió su favorita, hizo: levantar la incontrolable voz que le exigía salir de sí mismo para manifestarse a través un amplificador.

Se decidió por la música.

—No lo sabía entonces —reflexiona Hetfield—, pero desde luego que fue la elección correcta.

___

Tendría 13 o 14 años. Por entonces me dedicaba a jugar Play Station con mi hermana. Entre otros tiítulos, nos recuerdo divirtiéndonos horas con uno de carreras muy peculiar: Hot Wheels Turbo Racing. En el intro sonaba una canción muy locochona que tarareábamos gustosos, pero que no sabíamos quién interpretaba [como nos pasaba con todas las otras canciones que aparecían en el juego]. Eso no importaba, por supuesto. No tanto. Apenas íbamos haciéndonos de nuestro propio criterio musical, rompiendo el que la familia nos impuso —como pasa con casi todas las familias—; un criterio que no era muy amplio y que, pues sí, todavía nos gusta.

No mucho tiempo después un amigo de la colonia me invitó a su casa para presumirme el sistema de sonido que había instalado en su habitación. Tenía bocinas incluso abajo de su cama; retumbaba cada rincón de aquel sitio. Y en la pantalla de televisión aparecía un concierto.

—¿Quiénes son? —le pregunté.

—Son Metallica, con la Orquesta Sinfónica de San Francisco.

—¡Ah, Metallica, claro!

Yo no tenía idea.

Era extraño: en la niñez, el tío que me enseñó las bases del heavy metal jugaba con mi desde entonces pequeña humanidad haciendo guitarra de aire mientras escuchábamos Napalm Death, pero de Metallica ni sus luces. Con los años [o con los meses] sabría que, en efecto y a pesar de que escuchábamos todo tipo de metal extremo, Metallica no sonaba en la casa de la abuela materna [donde vivíamos todos] porque, a decir de él, y como miles de otros habían dicho, «se habían vuelto muy fresas».

—¿Qué tal el audio? —me preguntó mi bróder.

—Cabrón, la neta. Esa suena chido.

Tengo aterradóramente claro que se trataba de «Of wolf and man» . Y sí que lo era porque [cotejando ahora mismo con el disco, el S&M] luego le sigue «The thing that should not be» y después… los motores replicándose en los violines.

—Oye, esa la conozco… ¿cómo se llama?

Mi amigo tampoco la ubicaba, creo, así que inventaré que revisó en la contratapa del DVD.

—«Fuel» , dice aquí.

Era la rola del Hot Wheels.

F-u-e-l, pronuncié en español y corrí a contarle a mi hermana mi nuevo descubrimiento.

___

Mientras escribo estas patrañas escucho el nuevo disco de Metallica, el Hardwired… to self-destruct. A sabiendas de mis gustos, un colega me sugirió reseñarlo en cuanto el video de la canción casi homónima, «Hardwired», comenzó a viralizarse en las redes, alcanzando las millones de vistas en YouTube a los pocos días, quizá horas, de su estreno. Pero dudé en hacerlo. Lo dudé al grado de escribir este texto de inasible naturaleza porque escribir sobre Metallica, para mí, es escribir sobre una de las cosas más importantes en mi vida. Una situación nada original y que le pasa, seguramente, a sus millones de fanáticos alrededor del mundo.

Así que, a pesar de que mis primeros pasos tecleando ideas los di reseñando discos, y de que leyendo reseñas me decidí por esta profesión, justamente en los años que narro en el apartado previo, hacer una sobre este álbum me resulta una tarea por lo menos abrumadora: no puedo liberarme de mi fanatismo, ni de los mitos, ni de las ideas sobadas que durante años se han dicho sobre Metallica; ni puedo ser objetivo.

Ni nada de eso.

Tampoco puedo olvidarme de mi propia historia con la banda.

Pero, como dice Hetfield, escuchar un disco es sobre todo una experiencia íntima, personal. Así que hago a un lado el miedo, le subo al valemadrismo [y al CD] y escribo tras haber leído varias entrevistas con la banda y con los productores sobre el proceso creativo y la grabación del álbum [que demoró año y medio y que también puede verse en videos como este]; tras haber visto varias entrevistas y reseñas en YouTube sobre el mismo tema, entre ellas cuando estuvieron en México hace poco para promocionar este nuevo trabajo [medios internacionales se dieron una vuelta y aprovecharon para entrevistarlos]; tras escuchar y leer las opiniones de gente cercana que gusta de ritmos frenéticos y machacantes [u otras en absoluto cercanas]; y tras oír la opinión de mi madre después de escuchar este disco doble con ella, en su estéreo, luego de que me acompañara a comprarlo cerca de su casa el día del lanzamiento. A sus sesenta años, y siendo gustosa de todo menos del metal, comentó sonriente que era un discazo, y que se notaba la larga trayectoria de quienes lo habían grabado.

Estuve de acuerdo con ella.

Pero al oírlo completo por primera vez me pareció un desastre.

Como todos los que esperamos ocho años el Hardwired… to self-destruct [la espera más larga que sus fans hemos tenido que soportar entre disco y disco; en el inter hubo, entre otras ocurrencias, una película, un concierto silencioso en la Antártica, un festival, un álbum con el finado Lou Reed —con todo y videoclip de Darren Aronofsky—, sin olvidar el maravilloso EP con sobrantes del disco anterior, Death magnetic, llamado Beyond magnetic], ya había escuchado las canciones «Moth into flame», que Hetfield escribió a partir de haber visto el documental Amyy «Atlas, rise!» , cuyos videos salieron semanas antes del estreno del álbum, el 18 de noviembre de 2016 [fecha de cumpleaños de mi mejor amiga y de Kirk Hammett, el guitarra solista de la banda que en este disco apenas participó].

Todo era tan prometedor: tres canciones rápidas, pesadas, repletas de riffs que rememoraban sus primeros trabajos; agresivas, deseosas de desmadrar a quien las escuchara. Tenía rato, en este momento de mi vida, en que no me sentía tan gratamente ansioso por cualquier cosa: este disco sería, sin duda, el mejor de sus últimos tiempos, y podría patearle el culo a cualquiera de los de antaño.

Eso pensaba.

 

Pero un día antes del 18 de noviembre Metallica decidió sacar un videoclip de cada una de las canciones del nuevo disco. Sí, aquellos cabrones que habían jurado jamás grabar un videoclip.

Las escuché de madrugada, entre desamor y alcohol. Mala combinación, supongo, porque el disco me bateó, me decepcionó al momento. Y me sentí más triste de lo que estaba. Cómo era posible. Cómo que ni Metallica me levantaba el ánimo. Cómo que se atrevieron a bajarle así de huevos. Pinches blandengues de mierda, balbuceaba mientras daba un largo trago a la pequeña botella de mezcal que tenía, y mientras escuchaba cada uno de los temas: muchos medios tiempos sin gracia, tarolas por doquier, canciones que me sonaron iguales entre sí y que me resultaron propicias para incrementar la de por sí inmensa fortuna de esa empresa llamada Metallica.

Después escuché «Spit out the bone», la última de todas las piezas, y de buenas a primeras pensé que era la mejor canción thrashera que habían compuesto nunca. Aún lo pienso [y no dejo de matear al oírla]: ya quisieran sus contemporáneos, quienes han publicado discos recientemente, componer una, una nomás, canción tan perfectamente ponchada.

Pero tras acabar con el mezcal y con el padecimiento de escuchar esa desgracia, pensé que Metallica lo habían vuelto a hacer: nos habían esperanzado a todos para decepcionarnos de nuevo.

___

Es curioso: afuera de la calle donde todavía vive aquel amigo que me presumió su equipo de audio hubo un tiempo en que una señora se ponía a vender discos piratas de distintos géneros. Una vez, mientras chacoteaba entre aquel material, sonó una canción que de golpe estremeció mis entrañas. Como ninguna había hecho hasta entonces, y como hasta ahora no me ha vuelto a suceder con ninguna otra.

—Disculpe, ¿qué disco es ese? —le pregunté  a la marchanta.

Me lo mostró. Se trataba de una de esas compilaciones de baladas hard rock en inglés. Como del listado no sabía quiénes estaban sonando, me inventaré que también le pregunté a la señora qué número de pista era.

—Es la cuatro —dijo.

Aquella canción era «The unforgiven». Una pieza que me ha marcado al grado de tatuárme el título, y que cada que la escucho me rompe la madre. No solo por el impecable trabajo de los instrumentos [aquí definitivamente me enamoré de Lars Ulrich y su modo tan intenso de darle a los tambores], o por su producción. Sobre todo por la letra y por la interpretación de Hetfield. Ese aspecto, lo recuerdo perfectamente, fue el que me hizo memorizar, en aquel momento con la señora de los discos, el nombre de la canción para luego buscar el álbum completo. Para saber definitivamente quiénes eran estos cabrones maestros.

Aquí habrá quien diga que yo era fácil de impresionar… y tendrá razón. Aún lo soy.

Y así como busqué y encontré el S&M en un puesto de discos piratas que por entonces había en la ruidosa y polvorienta avenida, no pasaron muchos días para que buscara este material en el tianguis [aún soy pobre, pero a esa edad lo era más] luego de haber investigado sobre él en un café internet. Lo tenían, por suerte [en ese momento no sabía que a ese álbum homónimo de la banda, Metallica, le decían de cariño «Black album», y que era uno de los más vendidos de la historia del rock], y de inmediato escuché la citada canción, una y otra vez, con el Play Station conectado a la televisión que se encendía con una perilla y que se escuchaba de la fregada. Las otras rolas me importaban un carajo. Aquí me inventaré que busqué la letra y que la traduje en la red porque no recuerdo qué fue lo que hice exactamente. Solo sé que así se me reveló esta banda en todas sus dimensiones. En toda su maravillosa monstruosidad.

___

The many heads of the Metallica beast —le dice James Hetfield a su interlocutor, quien le muestra al cantante y guitarrista la portada del nuevo disco, tras haber visto una serie de imágenes y reír o recordar a partir de ellas. Hetfield continúa diciéndole, entre otras cosas [como que le encanta el artwork, en el que estuvo muy involucrado Lars Ulrich, aunque no nos agrade a casi nadie], que hay muchas maneras de leer este trabajo, que contiene diferentes emociones que expresan, con libertad, algo de cada uno de sus integrantes. Las capas que los cubren, las capas que los forman.

—Quise combinar Kill’ em all y el «Black album», de alguna manera. Les puse capas, armonías y simplicidad —dice en otra entrevista. Y estoy de acuerdo con él, aunque parezca ser la misma que le han hecho a partir del lanzamiento del Hardwired.

En todas esas breves conversaciones responde un Hetfield sereno, sobrio. Cruza la pierna cuando se sienta, habla con cautela y amabilidad al que se le ponga enfrente aunque le haga la pregunta que le acaban de hacer o que han hecho ya muchas veces todos estos años. Su peinado es perfecto. Sonríe. Ya no es aquel furioso cabrón que incitaba a la audiencia con agresiones verbales; aquel que se desgarraba la garganta en cada canción de cada concierto. Aquel que escupía cerveza por aquí, por allá. Hoy supera el medio siglo de vida, tiene hijos cada vez más grandes, esposa de muchos años, y más millones de dólares en el banco. Ha logrado prácticamente todo lo que los enanos de espíritu [Eusebio Ruvalcaba dixit] creen que debe lograrse en este mundo, que es tener fama y fortuna, y aún así sigue haciendo, con humildad, lo que siempre quiso: componer música.

Pienso que por esa simple razón sigue siendo el mismo de siempre aunque no lo sea más: aquel que se trepaba un momento en su coche para tocar aquello que le quemaba por dentro y que hoy, sin problema, brinda una entrevista en la que nuevamente se desnuda y abre su corazón.

Por eso cada vez menos trato de entender a quienes se ofendieron tanto [y a quienes siguen haciéndolo] con los cambios que ha sufrido la banda: para mí Metallica siempre han sido auténticos; han creado un estilo propio, inigualable [no por virtuosismo: ojo, bandas virtuosas hay por todas partes] y nada que no sea Metallica suena a ellos. Y a pesar de que comparto, como alguien comentó en un video de estos, que sin rabia, furia, molestia, dolor, no hay metal [o no hay arte], a su vez pienso que Hetfield es un músico privilegiado, tocado por algún dios que le permite componer música agresiva, honda, bajo cualquier circunstancia [sí, incluso en Lulu, con Lou Reed] y que nada de eso ha muerto en él. Ni morirá. Nunca.

Como dice aquí el escritor mexicano Guillermo Arriaga: «En el arte no hay progreso ni voluntad» , refiriéndose a que un artista no controla su obra, no tiene voluntad sobre ella [como un monstruo indómito, sí]. No se puede decir: «Aquí lo haré mejor que la vez pasada». Si eso fuera posible, dice el creador de Amores perros, el último trabajo de cualquier creador sería mejor que el anterior, o que el primero, o que el que lo encumbró. Y los clásicos, digo yo, no tendrían sentido. Por lo tanto no hay progreso. Metallica jamás dirán: «Sentémonos a hacer el disco que derrumbe a nuestros tres primeros», aunque lo diga Hetfield, aunque declare que siempre buscan hacer su mejor disco: en el arte no se hace lo que se quiere, se hace lo que se puede, dijo también alguien una vez.

Y así ocurre con Hardwired…, como lo ratifica en esta charla Lars Ulrich. En ella el baterista, al que también le copié sus dos arracadas en la oreja derecha, explica el proceso creativo de este material: simplemente pasa. Simplemente se juntan y empiezan a tocar, a componer. No planean en una mesa, reunidos, lo que resultará.

Y llama a Hetfield the riff God.

Porque aunque pretenda ser uno de nosotros, James, insisto, es un compositor genio. The riff God lo es no solo por su dominio de las seis cuerdas o su desempeño vocal, también lo es como escritor. A la altura de HemingwayLovecraftTrumbo o Sendak, autores en los que de algún modo se ha basado para crear sus propias letras. Un hombre cuyo dolor ha podido exorcizar magistralmente a través de las palabras, más allá de la música.

Aquel joven rubio de ondulada cabellera y cutis maltrecho que se encerraba en su automóvil en la hora del almuerzo para crear música inspirada en Black Sabbath, pese a los millones de dólares y los años que han transcurrido sigue siendo ese genio-hombre sencillo que hoy compone «Dream no more», su hasta ahora canción favorita del Hardwired… Y también la mía, como puede verse en el epígrafe: su oscura tonalidad, su riff tan denso como los sueños de Cthulhu, me tienen hipnotizado.

Y él junto con Ulrich siempre han sido el alma de esta banda, y lo son nuevamente en este nuevo disco.

Así que si algo he de resaltar en este afán de reseñista fallido, y que sería lo único que me gustaría hacer, es la interpretación vocal de Papa Het en estas 12 nuevas canciones. Lo que hace aquí, en «Here comes revenge», no tiene madre tanto en la guitarra como en la voz y en la letra. Ni qué decir del hermoso y aterrador videoclip animado de Jessica Cope: el mejor video que he visto en cualquier género en mucho tiempo. Su impecable trabajo con Steven Wilson la trajo hasta aquí.

Claro, habrá quien diga que soy fácil de impresionar y que me hacen falta muchas lecturas [y escuchas y miradas]. Y tendrá razón.

Pero quien lo diga habría de echar un verdadero vistazo a lo que Hetfield hizo en los discos LoadReload y en los covers del Garage Inc; elementos que retoma en este nuevo álbum y que destazan los oídos con el filo de la ponchadez que solo James sabe sacarle a su guitarra y a su voz. Sigo sin entender cómo fue que aquellos discos de los noventa hicieron llorar a algunos fans de tanta rabia; por vendidos, por cortarse el cabello, por pasar radicalmente del thrash metal a un «rock sureño suavecito», cuando en estos trabajos la influencia de Black Sabbath es aún más pronunciada que en cualquier otro, cuando la producción es perfecta, cuando las letras de Hetfield son sus mejores letras y su voz es su mejor voz: la que lo caracteriza, la que le es tan propia y distintiva [no en sus primeros tres discos; fue hasta el …And justice for all que empezó a encontrarla]; podríamos decir, entonces, que el Hetfield más auténtico se encuentra en el «Black album», Load y Reload. El que todavía nos cimbra hoy: esos discos resuenan en cada resquicio de este Hardwired… to self-destruct.

Pero así fue desde siempre, dice el propio Ulrich en la entrevista citada líneas arriba. Desde la canción cuatro de su segundo disco, «Fade to black» , hubo quienes les tacharon de vendidos, de fresas, por componer una balada. Aquí resalto de Metallica su actitud incomplaciente con el público metalero: «así es como va a ser», refirió Ulrich aquí desde hace veinte años lo que reafirma hoy.

Sé que no pocos estarán en desacuerdo, pero mi intención no es evangelizar. Por lo que solo recomendaré, a propósito, la escucha de tres canciones que posiblemente ejemplifican bien esto que digo del Hetfield letrista y vocal: «Low’s man lyric», «The outlaw torn», «Fixxxer» y una más, «The house that Jack built» [y «Turn the page» de una vez]. Todas ellas, como dicen en inglés, very underrated songs [porque no, la neta «Seek and destroy» no es mejor canción que éstas, por donde se le vea].

A ese listado podría agregar «The unforgiven II» , pero esa es otra historia: otro amigo vecino, al verme tan clavado en «The unforgiven» y en la banda por esas fechas, me reveló que existía esa segunda parte [todavía no existía la tercera, gracias a Dios]. Y que venía en ese disco llamado Reload. Y que él lo tenía. Original.

Diría que me lo prestó, pero nunca quiso hacerlo.

___

Todavía eran tiempos de la televisión. Mi mejor amiga, la que cumple años el mismo día que Kirk Hammett, me llamó por teléfono [yo todavía hablaba por teléfono] y me dijo extasiada:

—¿Ya oíste la nueva canción de Metallica?

—¡¡No!! ¡¡¡¿Cuándo?!!!

—¡Hoy!

En putiza agarré mi bici y me lancé a su casa.

Diré que la grabó en un VHS y que me la enseñó al llegar.

Era «St. Anger» .

Metallica en un videoclip crudísimo tocando en una prisión de verdad. Con dobles bombos, sin solos. Pura pinche violencia para aquellos cabrones cuya última canción, antes de esa, había sido uno de los temas para una película de acción.

—Han vuelto —pensé y eché unas lagrimillas de emoción.

Luego compré el disco original [por primera vez] junto a un colega de la secu, en una tienda de discos de rock y metal que aún existe y que queda cerca del barrio de la infancia. Era un disco difícil, pero lo escuché con avidez. No tenía concesiones. No daba respiros ni te hablaba bonito [al contrario, James te ordenaba kill, kill, kill en «All within my hands»]. Su aspereza me fascinó. Como hace hasta ahora.

Por ese disco formé mi propia banda de metal en la que me empeciné en mal tocar la batería.

Pero en el mundo exterior todos decían que era una mierda. Un falso intento por volver a las raíces. No entendía.

Cinco años después, y también regido por el desamor y el alcohol, esperé religiosamente el disco Death magnetic. Recuerdo el Mixup donde lo compré. Ya no existe. Llegué a la casa materna, donde todavía habitaba, y lo escuché con atención, en soledad. Puse una silla frente al estéreo y escuché. Metallica dándole al thrash, al heavy, al metal en toda regla. Canciones largas, con solos, dobles bombos, cambios de ritmo frenéticos, la herencia directa del .…And justice for all, mi disco favorito, por cierto también tatuado en alguna parte.

—Han vuelto, ahora sí —pensé y eché unas lagrimillas de emoción.

Pero en el mundo exterior todos decían que era una mierda. Un falso intento por volver a las raíces. No entendía.

Hoy el mundo exterior dice que Hardwired… to self-destruct es «el regreso de Metallica», cuando por «regreso» se sobreentiende una vuelta a la velocidad y a las canciones más thrasheras, propias del Ride the lightning y el Master of puppets.

Creo que finalmente lo entiendo: ¡Eso ya había ocurrido antes con St. Anger y Death magnetic! ¡Y eso se esperará siempre hasta que no se acepte que este material, su décimo disco, experimenta con cada una de sus facetas, con cada una de las cabezas de la bestia, como han hecho con cada nuevo lanzamiento!

Y que han cambiado, sí, pero que siguen siendo los mismos.

Ya, ya entendí.

Metallica nunca volverá. Porque Metallica no se ha ido a ninguna parte.


Texto publicado originalmente en Yaconic y Kaja Negra.

No hay hombre en el mundo que se salve (carta a Stieg Larsson)

Stieg,

Sé que tu deseo era escribir bestsellers para ganar el dinero suficiente que permitiría continuar labrando tus sueños. Tu seguro de pensión, dijiste. Sé que tu único deseo, finalmente, era escribir. Porque eras un hombre sencillo que no aspiraba a la riqueza sino a cambiar el mundo ruin en el que vivías. En el que, debo decirte, aún vivimos. Eras un hombre que se alejaba de los reflectores, que prefería no salir en televisión, que prefería que sus colaboradores firmaran sus textos por él. Que escribía libros de no ficción en coautoría. Un hombre que no luchaba por obtener fama sino que luchaba por la libertad. Por el respeto y los derechos de los demás. Esto lo sé, sí, porque leí el libro que tu hermano menor -como llamabas al también periodista Kurdo Baksi- escribió sobre ti: Mi amigo Stieg Larsson. Quizá ya has oído algo al respecto. Quizá ya lo leíste y seguro discreparás de él. Dudo que el guerrero que eras se haya muerto con tu cuerpo. Es curioso: poco después de que opté por escribirte esta carta a ti y no a Hemingway o a cualquier otro clásico escritor fallecido, me encontré con un ejemplar de ese título en un tiradero de libros en La Lagunilla, acá en la Ciudad de México. Pagué unos pocos pesos por él -muchos menos de los que pagaría en librerías; además de que ya es difícil de conseguir- y de inmediato comencé a leerlo. No me pareció una casualidad: como diría mi padre, por algo pasan las cosas. Y es que estaba un poco preocupado, honestamente, por la fuente de la que abrevaría para escribir sobre ti, para escribirte en un tono más íntimo más allá de tu famosísima trilogía Millenium, de la que sólo he leído el primer tomo (suficiente para mí, por cierto: es una cátedra de cómo se debe contar una historia) y de tu faulkneriano libro de crónicas y artículos periodísticos La voz y la furia. Así que fue una fortuna hallarme con el libro de Baksi porque resulta insuficiente la información biográfica que ofrecen las solapas de esos gruesos volúmenes de novela negra que escribiste en algún momento, quién sabe cómo, durante años por las noches, y que han leído ya millones de personas alrededor del mundo. Que escribiste dentro de tu horario de nueve a cinco (nueve de la mañana a cinco de la mañana), porque sólo así podías vivir, Stieg, de qué otra forma: al límite de aquel cuerpo que paulatinamente fuiste descuidando entre toneladas de cigarrillos, café y falta de ejercicio. Tienes razón: de qué sirve ese caparazón si en algún momento hemos de morir. Eso no lo dijiste tú, cierto, pero de algún modo es algo de lo que me transmiten las páginas que Kurdo escribió con tanta emoción sobre ti y que irremediablemente me provocan la mayor admiración por quien eras: un periodista, un hombre, plenamente comprometido con su causa antirracista, feminista, a favor de los derechos humanos, de la democracia. Un periodista comprometido con su escritura, con el rigor del oficio; un escritor comprometido fervientemente con la ficción. Un ejemplo a seguir porque somos muchos los que pretendemos dedicarnos a la escritura, ya sea periodística, ya sea de ficción, o las dos cosas al mismo tiempo como hacías tú, pero que lo hacemos, francamente, a medias, muy mediocremente. Me avergüenza, al leer tu historia, la forma en la que supuestamente estoy comprometido con ese oficio que compartimos todavía: el de aporrear teclas con el fin de que sean, simplemente, leídas por otros. Me avergüenza faltarle así al respeto a alguien que literalmente ofreció su vida, una vida amenazada constantemente no solo por sus excesos de insomnio sino por aquellos para los que tu escritura representaba un peligro. No puedo decir ahora, como Baksi escribe de ti, que estoy dando mi mayor esfuerzo o que lo hago lo mejor que puedo; sé que esto que le he dado a la palabra escrita no es nada y por eso, entre la enorme vergüenza, me sobreviene un enorme deseo de imitación de lo que has hecho. Eso me pasa, Stieg. Seguro le pasa a todos: suelo desear ser como quienes admiro. Y ahora pienso que tu historia de vida bien sirve de ejemplo para ilustrar aquel título de un libro de Ryszard Kapuscinski, el de Los cínicos no sirven para este oficio. En tu caso el célebre periodista polaco tendría razón. En el mío no, desde luego. He sido tan asquerosamente infame que no sería una persona con la que quisieras platicar; es más, podrías incluirme en el costal de Los hombres que no amaban a las mujeres. Tú lo dijiste: no hay hombre en el mundo que se salve de esa condición de aplastar a la mujer por el simple hecho de serlo. Va más allá de culturas y latitudes. Insistiré, como tú: no hay hombre en el mundo que se salve de esa vil condición. Si supieras que el barrio en el que crecí, Ecatepec, es hoy el sitio más peligroso para ser mujer en México… ya lo estarías reporteando. Allí me crié, justamente, entre mujeres. Y aunque fue así no hubo día en que no sufriera, yo, como hombre, maltrato o alguna otra forma de violencia. Entre otras atrocidades, me peleaba a muerte con mis hermanas, con mi abuela, con mi madre. Recuerdo mi niñez siempre rodeada de lágrimas. Después reproduje eso con mi mujer. La mujer que hoy he perdido porque la maltraté y por otras estupideces que cometí. Y no me enorgullece porque me juré que no volvería a pasar por eso. Que yo no sería así. Pero mírame… Me avergüenza, Stieg. Estoy derrotado, hundido en el arrepentimiento. Y me duele mucho porque, por otro lado, y seguro te parecerá imbécil que lo diga, amo a las mujeres. Casi a todas, a mi pesar. Con las que viví la desdicha: a mi madre, a mis hermanas, a mi mujer… Te digo, yo sería objeto de tu aversión y de tu escrutinio periodístico, y del escrutinio de cualquier estudioso de las contrariedades. Y aunque definitivamente estoy de acuerdo contigo en que la mujer ha sufrido una histórica alienación por parte de este sistema patriarcal y machista que subyuga al mundo, no puedo, por mi historia personal (tanto de esa niñez violenta, como la de mi juventud y actual momento) dejar de lado el hecho de que en las mujeres también habita el mal. De que hay mujeres hijas de puta que también merecen, como muchos hombres hijos de puta, por qué no, la muerte. Vaya, no creo que tuviera el valor de decirte esto de frente. Por eso te escribo, porque además, ya te has dado cuenta, soy un cobarde. Discúlpame, Stieg (aunque sé que no lo harás): quería preguntarte otras cosas, esas preguntas de las que te libraste, suertudo tú, con la muerte. Esas preguntas que tu amigo Kurdo Baksi también se hizo y trató de responder en el perfil periodístico que construyó a partir de la amistad que mantuvieron durante años; preguntas que de pronto se reducen a una sola: qué habría sido de ti si hubieras conocido los frutos de tu trabajo literario. Es una desgracia que no los hayas siquiera saboreado, si bien te imaginaste y confiaste que tus novelas podrían repercutir. Si bien imaginabas el éxito que te esperaba. Es una desgracia que todo el dinero que ha generado la historia de Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist no lo pudieras ver, como soñaste en vida, invertido en tus proyectos periodísticos y de lucha social. Me alegra un poco, sin embargo, ver que te libraste también de lo que tanto rehuías: hoy que eres un autor mundialmente conocido seguro te habrían cazado para entrevistarte, para fotografiarte. Quizá habrías evitado eso (aunque Baksi piensa que quizá lo pensarías), y te habrías vuelto uno de esos escritores que nunca aparecen en la prensa, cosa que me haría respetarte más, sin duda, aunque igualmente habrían hablado de ti como todavía se habla. Quizá ya sabes que incluso continuaron tu saga en manos de otro autor, David Lagercrantz, contratado por tus herederos. No creo que eso te moleste, pues nunca tuviste problema en compartir tu talento. A mi me molesta un poco, como a tu inseparable pareja, Eva Gabrielsson, pues ¡qué pinche afán de ganar dinero! Un afán tan contrario a ti… Habría sido maravilloso leer esa continuación pero basada en tus borradores, aquellos que versaban sobre las muertas de Ciudad Juárez, acá en México. En fin. ¿Pudiste ver las películas que hicieron basadas en tus novelas? Seguro que sí. Personalmente prefiero, porque admiro su trabajo, la versión de David Fincher (para mí el mejor director contemporáneo para adaptar argumentos novelescos) con La chica del dragón tatuado, pero las versiones suecas no están nada mal. Cuando leí tu novela hace varios años en cierta clase de periodismo en la universidad, me imaginaba cada una de las situaciones que en ella narraste y llegué a pensar: esto sería una gran película. Ahora que leí Mi amigo Stieg Larsson pienso algo parecido: tu vida bien podría ser llevada al cine. Como documental o como ficción. O ambas. Si así ocurre espero volver a escribirte. Y también espero que para entonces ya haya leído La chica que soñaba con un cerillo y un galón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire.

postdata


Texto escrito para el libro Post Data / Post Mortem, Vodevil ediciones, 2016.

Víctimas de la prohibición, sobre Bryan Cranston y Trumbo (o al revés)

I

Cuando supe que Bryan Cranston había interpretado a Dalton Trumbo en una película, lo primero que pensé fue: Dios mío. Quise verla de inmediato. Pronto. Con urgencia. Para entonces Trumbo no se había estrenado aquí en México [y no supe si finalmente lo hizo], así que acudí a la red para ver a Hal de Malcolm in the middle, a Walter White de Breaking Bad, interpretar al famoso guionista de cine norteamericano. Antes de confesar mis crímenes [como que recién vi la famosa y adictiva serie del profesor de química que se pone a preparar metanfetaminas] quisiera decir que el personaje del padre de familia disfuncional clasemediera norteamericana lleva fascinándome un tiempo. Hace ya varios años que la serie se transmite en la televisión abierta y casi desde entonces la vi en su entereza. Siempre me pareció que el actor que interpretaba el personaje de Hal [en aquel entonces, cuando recién la veía, no tenía en claro su nombre] era el mejor de esta serie que de por sí aún me parece que posee un humor excepcional. Qué sé yo, sin embargo, sobre actuación o sobre cinematografía. O sobre humor. Simplemente me parecía que aquel hombre actuaba formidablemente; honesto, sincero [sus gestos, sus movimientos corporales, cómo corría, cómo se enfadaba, cómo tenía miedo, felicidad, deseos por su mujer] y cierto día, después de mucho verlo en la pantalla, me aprendí su nombre. Después, cuando Breaking Bad se estrenó acá [tras un rato de éxito en EU], vi que Hal se había inmerso en una nueva aventura. Y que había sido exitoso: en mis redes la gente no dejaba de hablar de la serie, de cambiar su foto de perfil por alguna imagen de los personajes, de alabarla, de decir cuán adictiva era. No sé, quizá fue eso lo que me alejó de ella. Aunque debo aclarar que tampoco es que repudiara la idea de un día sentarme y verla. Fue justo hasta hace poco, cuando vi Trumbo, que tomé la primera temporada en dvd que una amiga me había prestado [tras decirme cuánto me iba a gustar], y una noche me la puse a ver. En primer lugar, me sentí con la obligación de hacerlo si pretendía escribir un texto al respecto de esta película de la que se supone estoy escribiendo; y en segundo, me sentía en deuda con Hal, con la admiración y respeto que decía profesarle. Desde ese día hasta hoy no he dejado de ver la serie y ahora me faltan las últimas dos temporadas [crimen número dos]. Las deseo como nada, debo decir, pero he procurado retrasar ese placer, dejarlo para un poco después. Es que algo tan bueno no puede durar tan poco. Algo tan bueno como las actuaciones de Bryan Cranston. Ya lo ha dicho Hellen Mirren [quien en Trumbo interpreta a la antagonista: la columnista y actriz Hedda Hopper], este hombre es:«uno de los actores estadounidenses vivos más grandes». Yo, que no sé nada de actuación apoyo esa aseveración por completo y es por él que he visto esta película [dudo que hubiera sido el mismo éxtasis con otro actor, aunque también la habría visto por el personaje] y es por él que escribo estas líneas. Si por mí fuera Cranston hubiese ganado el Oscar por mejor actor. Ninguno de los otros me parece que haya hecho mejor trabajo que él en Trumbo. Caray, pero qué sé yo de los criterios que llevan al jurado a elegir al mejor de entre esos cinco hombres. Es un hecho, me gana la emoción, pero tras haber visto todas las cintas [el resto de ellas en el cine], mi opinión permanece intacta y honestamente esperaba que así hubiese sido [y que DiCaprio hubiese estado lejos de la estatuilla; fue un poco triste que el chiste que circulaba en redes no se cumpliera: Leo obtendría el Oscar a través del actor que interpretara su vida; si Cranston lo hubiese conseguido, hermosa casualidad, Dalton Trumbo habría cumplido ambas situaciones]. En fin, pienso esto sobre todo tras haber visto los detrás de cámaras de aquel dvd de la primera temporada de Breaking Bad que me prestaron: escuchar al propio Cranston hablar sobre su quehacer como actor reforzaba mis expectativas. En ese apartado del disco el actor comenta cómo es que busca la esencia de los personajes, lo que más pueda motivarles a hacer las cosas que hacen para interpretarlos lo mejor posible. El odio, el miedo. En el caso de Walter White, dice, se le complicó un poco porque el personaje mismo no tenía claras sus prioridades. No es un error del guion, ni mucho menos, aclara. Al contrario, es un acierto. Cranston lo dice: su actuación le resultó sencilla por lo bien que estaba escrita la historia. Su aportación principal, que se dio durante las audiciones, fue proponer la apariencia de Mr. White: un hombre que vestía en tonos marrones, un bigote insulso, con cierto sobrepeso, sin ilusiones. Un hombre derrotado. Cranston logró plasmar una tras otra esas características del personaje en los inicios de la serie, hasta transformarlo en ese otro que estaba oculto en él. En Scarface, dice. Tan lo logró que no sólo el guionista-director de la serie [Vince Gilligan] estaba seguro de que él era quien tenía que hacer este papel, sino que sus propios colegas alabaron su trabajo histriónico. Lo tacharon de camaleón. Un actor al que le puedes poner cualquier papel en frente. Me pareció un adjetivo adecuado, que ayuda a responder la pregunta: ¿Cómo interpretaría Bryan Cranston a Dalton Trumbo? Para mí implicó una doble motivación para ver la cinta: la apasionante vida del guionista interpretada por un tipo apasionado por la actuación.

II

Cuando supe que Dalton Trumbo había sido interpretado por Bryan Cranston en una película, lo primero que pensé fue: Dios mío. Quise verla de inmediato. Pronto. Con urgencia. Supe de Trumbo en mis años de adolescencia gracias a Metallica [como ocurre con otros descubrimientos que he tenido]. En su videoclip –su primer videoclip– para la canción «One» intercalan fragmentos de la obra Jhonny Got His Gun, novela y película de Trumbo, con sus trallazos metaleros en blanco y negro. El single del disco …And Justice For All está basado justamente en este trabajo del escritor. Fue por eso que supe que existía un hombre llamado así. Pasó un tiempo y fue hasta la facultad que volví a oír su nombre [y vi Papillon sin tener idea], cuando un profesor nos habló sobre elmacartismo, la «persecución anticomunista impulsada por el senador Joseph McCarthy durante el período de la guerra fría»; una cacería de brujas contra los comunistas [o sospechosos de serlo] que llegó hasta Hollywood y que, entre sus muchos afectados, estuvieron los guionistas. Y el más famoso de entonces, Dalton Trumbo, encabezó su lista negra, los diez de Hollywood a los que se les negó toda posibilidad de trabajo, cambiándoles la vida en muchos casos para mal y para siempre. Es en este periodo [de 1947 hasta 1960] que se sitúa esta película, a su vez basada en el libro del mismo nombre, autoría de Bruce Cook. En la cinta [guion de John McNamara, aplaudido por Cranston] vemos cómo Trumbo pretende, primero, hacer entrar en razón a los tribunales acerca de sus acusaciones injustas, irracionales; vemos cómo fracasa y es encarcelado [sin cometer crimen alguno] un año, y cómo, tras salir de prisión, su estrategia consiste en escribir desde las sombras, con sobrenombres, para sustentar a su familia y a las de los miembros de esa lista negra, a los que nombraré las víctimas de la prohibición: aquellos cuya sangre se derramó en las dos estatuillas doradas que Trumbo obtuvo durante su anonimato. Me detengo: contar cada uno de los detalles que ignoraba sobre todo lo que rodeó a Dalton Trumbo en aquel momento de su vida sería echar a perder gran parte del platillo. Porque ahí radica la magia de esta película: en revelarle al espectador un personaje nuevo en su totalidad, un individuo en todas sus dimensiones posibles, especialmente en aquella que concierne a su vida privada: cómo fue que afrontó este individuo semejante adversidad sin ser vencido. «Cuando trataron de silenciarlo, él hizo que el mundo lo escuchara», reza uno de los eslóganes promocionales. Parte de esta travesía también es contada en el filme Trumbo y la lista negra, escrita por el hijo de Dalton, Christopher, y dirigida por Peter Askin. En este documental de extraña estructura vemos de primera mano a ese hombre cuya foto escribiendo en la bañera resulta una imagen imborrable [lo hacía por una razón de acuerdo con esta entrevista: pasaba tanto tiempo escribiendo que requería aliviar su espalda en la bañera, de tal modo que se llevó el trabajo diario de escritura hasta ahí]. Lo vemos dando entrevistas, discursos, y vemos a ciertos actores interpretar algunas de las cartas y demás textos que escribió a su mujer y a su familia mientras estuvo preso. Vemos a Michael Douglas, a Paul Giamatti o Liam Neeson leer, interpretar magistralmente, una selección de esos textos. Y uno apenas puede contener las lágrimas. Este documental también resulta revelador para quien vea primero la película que protagoniza Bryan Cranston: supe por él que Trumbo estuvo una temporada en la Ciudad de México, un par de años, después de la cárcel. Sin embargo su plan de establecerse acá, quizá trabajando para nuestra industria cinematográfica, fracasó ante la precariedad económica que hasta hoy persiste y tuvieron que volver a su patria, la patria que los denigró. Situación que se omite en Trumbo a secas. En fin que la segunda cinta que menciono, me parece, puede complementar a la primera. Es más, para quien en su vida haya visto u oído hablar sobre Dalton Trumbo, el documental de su hijo sirve incluso como corroboración por si caben dudas sobre la impecable actuación de Bryan Cranston: vemos cómo el actor encarna la forma de hablar, de masticar y escupir las frases; de gesticular, de escribir, que tenía el oriundo de Colorado. Sobre todo de escribir. No sé, no me había pasado antes con alguna película, pero no había sentido tantas ganas de escribir como cuando vi esta cinta dirigida por Jay Roach [el director de las películas del espía Austin Powers, que jamás he visto]. Uno ve a Trumbo dar cada segundo de su existencia por la palabra escrita, cada respiro, cada trago de whisky o benzedrina; su vida toda era escribir. Ese verbo tan hermoso en inglés que es typing, llevado al éxtasis. Me emocionó mucho cómo sin contemplaciones hace lo que tenga que hacer con tal de no soslayar aquello para lo que nació: contar una historia, aún fuera una donde un alien viola a una colegiala o aquella que finalmente le daría un Oscar. Qué emocionante es ver a un hombre que ganó todas sus batallas detrás de su máquina de escribir.

III

Cuando supe que Bryan Cranston había interpretado a Dalton Trumbo en una película, lo primero que pensé fue: Dios mío. Y al ver Trumbo quedé plenamente satisfecho, así que la vi un par de veces seguidas más, y quizá otra [quizá no], para poder escribir esto. Todo ese periodo oscuro, negrísimo, por el que tuvo que atravesar el protagonista [y que pareciera irreal pero que no lo fue], encarnado por Cranston, está plasmado en una película que supera las dos horas pero que en ningún momento aburre, que en ningún momento cansa, sino que mantiene al espectador interesado. No, no lo tiene al filo de la butaca y esas cosas, pero lo tiene allí, dispuesto a saber qué sigue, de una forma amena, clara, precisa, donde no hay cabida para la confusión aun para los más ignorantes [como yo], aun para aquellos que no tenían idea de que existía este hombre, o el macartismo, o la lista negra. Uno aprende mientras se entretiene, mientras disfruta. Mucho de este mérito se lo lleva quien estuvo nominado a un Oscar como mejor actor: la simpatía que Bryan Cranston transmite a través de la pantalla, camaleónica, única, sostienen los ciento veintitantos minutos de este largometraje dramático. Uno ve a Hal, a Walter White, y no ve a ninguno de los dos; uno ve a Bryan Cranston y no lo ve porque sobre todo está ahí Dalton Trumbo con sus gafas gruesas y su prominente bigote encanecido, no la caricatura que el propio actor temió personificar [puede que alguien diga que lo hizo]. Como espectador veo el respeto que mostró por ese personaje que no era ficcional [por lo tanto más difícil, pues implica una mayor responsabilidad, según él, según lo que contó en aquel material extra de Breaking Bad respecto a lo sencillo que puede ser adecuar un personaje ficticio a las posibilidades histriónicas]: Cranston leyó sobre Trumbo, se acercó a sus hijas, estudió cada uno de sus movimientos [cómo movía el cigarrillo mientras hablaba, por ejemplo] para conseguir una representación fiel que su propia familia, y quienes lo conocieron y siguen con vida, pudieran reconocerlo. En esta entrevista le preguntan a Cranston qué pensaría Trumbo sobre la película que hicieron sobre él. Responde: creo que la amaría. Porque tenía su ego, y le encantaba hablar con la gente, y hablar de sí… Yo también lo creo. Y siento [vaya términos para un texto que pretende hablar sobre una película] que no había mejor actor para interpretarlo que él. Dios mío, vaya que no hay uno mejor.


Este texto fue publicado originalmente en Kaja Negra.