1961 Funerales

*Por Fernanda Pivano

La mañana del jueves 6 de julio de 1961 el pequeño pueblecito de montaña de Ketchum, en Idaho, se vio sorprendido por una agitación que no tenía nada que ver con la habitual afluencia turística. Cuatro días antes, la madrugada del 2 de julio, Hemingway había puesto fin a su vida, y de todas partes del mundo llegaron amigos, periodistas y curiosos que venían a decirle adiós por última vez. La viuda, Mary, dijo a la prensa que había sido un accidente: hasta 1966, en una entrevista de Oriana Fallaci publicada el 6 de septiembre en Look, no admitió el suicidio. Cuando la vi en Venecia me dijo que había vivido durante años como en las tinieblas de un túnel y me contó que Hemingway había conseguido entrar en la cantina donde ella tenía escondidos todos los fusiles, había cogido una escopeta de doble cañón que durante años había usado para el tiro de pichón, seleccionado algunos cartuchos, vuelto a cerrar la puerta con llave, atravesado la sala de estar, apoyado la escopeta en el suelo y se había disparado dos cartuchos en la frente. El techo quedó salpicado de fragmentos de su cabeza.


*Fragmento de su libro Hemingway.

Ideas que debo suprimir de mi destino

*Por Malcolm Lowry

No para de leer este poeta en ciernes que un día
quizás figurará en esta misma antología

–es decir, dentro de diez años, en su versión revisada
lo que da a nuestro poeta buen tiempo para crecer–

lee y lee pero no comprende,
extraño incluso en su propia tierra.

Lee más como si escribiera entre sus versos
en los que adivina escaso sentido o locura.

Frente al genio de todos esos hombres su inteligencia
equivale a la del fogonero frente al marino.

Lee pero no alcanza a comprender.

Excepto en un fragmento de biografía,
que indica: “murió por propia mano”.


*Poema incluido en su libro Un trueno sobre el Popocatépetl.

El gozo de escribir

*Por Eusebio Ruvalcaba

UNO

Que el arte de escribir es la escritura misma. Que el gozo de escribir es la escritura misma. Cualquiera otra razón es vacua. Por eso el escritor, el verdadero escritor, goza pergeñar una línea tras otra, enhebrar párrafos, hilvanar las cuartillas. Por eso goza al momento de sentarse a escribir. Mira la hoja en blanco que parece llamarlo como la nieve al alpinista. Mira la hoja y agradece a Dios el don de la escritura. No por lo que vaya a decir, que eso no está en sus manos. Que eso se lo dicta la vida misma. No por el resultado, que si es bueno o malo, de cualquier modo está condenado al olvido. Sino por el acto escritural, es decir, por el viaje.

En la habitación más modesta, en el jardín o en el mundo, se da un paso y luego otro y luego otro y otro más y se termina por regresar al punto de donde se partió. A cero. Lo mismo pasa con la escritura. Que siempre se parte de cero. Que por más obra que haya atrás inexorablemente se parte de cero. Tal vez por eso el escritor escribe y vuelve a escribir, porque asomarse al abismo es fascinante, como la contemplación del fuego.

Creo que hay escritores reblandecidos a quienes la crítica desfavorable lastima profundamente; si por un segundo esos escritores reflexionaran que el resultado de la obra no depende de su voluntad, que asomarse al interior del alma humana va mucho más allá de cualquier acontecimiento volitivo, que el único, el verdadero placer de escribir —su única razón de ser— estriba en eso, precisamente en escribir; y que eso es algo que crítica alguna podrá quitarles. Este tipo de escritor se siente mal, muy mal, cuando advierte que el mundo literario no lo comprende. Gran error: porque está apostando por el resultado de su esfuerzo, por la obra en sí misma. Habriase de limitar a escribir. A escribir y escribir, que en ese momento está desafiando su propia mediocridad. Que en ese momento está construyendo. Levantando casas, tendiendo puentes, arrojando cimientos. Esos escritores deberían comprender que, se haga lo que se haga, las obras maestras no es posible proyectarlas., calcular sus dimensiones, sus secretos, sus pasadizos. Si aquello que se está escribiendo es una obra maestra, pues entonces solo les restará mirarse las manos y advertir lo desnudos que están, percatarse de que no tienen nada aún después de eso. Si aquello que están escribiendo es una vil y sórdida bazofia, no obsta para que no gocen el acto de escribir, para que no se emocionen y deleiten con las palabras, con los personajes, con aquella entidad que se va creando palabra tras palabra, como todo lo creado poco a poco, gota a gota. Paso a paso.

Abundan los escritores a la expectativa de premios, distinciones, reconocimientos. Les gusta ser adulados, que los lleven en los hombros de la lisonja. Muy en alto. Escritores que prefieren un mil y una vez ser elogiados por la crítica y no por cualquier lector común y corriente; escritores que desprecian la opinión del lector de la calle, pero que buscan —presos de un nerviosismo estúpido— lo que se habla de ellos en suplementos o revistas especializadas. Les gusta ser enaltecidos, cuando el más alto elogio no alcanza, ni por asomo, a compararse con aquella experiencia de la mano escribiendo. Quizás por eso vuelven a escribir, porque los elogios son efímeros. Y más bien esos señores son adictos del acto escritural, del ejercicio de la escritura. Quizás ahí han echado el ancla. En ese mar embravecido de la palabra escrita. ¿Cómo saberlo? Quién sabe qué evoquen tales escritores en el lecho de muerte: la premicación, la lisonja, el homenaje, o su persona misma escribiendo, concentrada en lo suyo, ajena al hambre, al calor, al frío o al amor mismo, semejante a aquel gambusino que cava y escarba con verdadero furor en lo que él supone la veta —y a quien asimismo podría preguntársele qué se lleva al averno: la riqueza o la búsqueda del oro.

Hay escritores modestos cuya obra —piensan— no merece la atención de nadie. Y entonces se suman en ostracismos delicuescentes; son los que dan lástima, que si se llevan unas monedas sueltas dan ganas de arrojárselas. Inutilmente son modestos, porque su obra no depende de ellos; porque si es buena o mala se debe —ya se dijo hasta el cansancio— a un misterio inextricable; perono el placer de haberla escrito, razón suficiente para sentirse dichosos y caminar con garbo. Como cuando se acaba de hacer el amor, que todo el mundo parece notarlo. En efecto, el placer de haber escrito esa obra morirá en ellos mismos, olvidados o no, enaltecidos o no. ¿Por qué ser modestos?, ¿a quién puede avergonzarle viajar alrededor de su recámara, del jardín o del barrio?

Pero por supuesto, no podían quedar fuera los escritores inoculados de envidia. Que, como se verá, es de lo más absurdo. Toda vez que el placer de escribir se reduce pues, ese viaje, ¿cómo puede sentir envidia?, ¿cómo envidiar a alguien que hace exactamente lo mismo?, ¿quién puede decir que tal viaje es superior o inferior, si no se mide por el resultado sino por la mera experiencia?

Ahora, ¿qué se requiere para emprender un viaje por la recámara? Muy simple: humildad, voluntad, entusiasmo. Porque sin humildad no se es capaz de pararse en un sitio, en cualquier punto de esa recámara, contar de forma regresiva del diez al uno y emprender la marcha; sin voluntad, nadie puede dar el siguiente paso, y el siguiente y el siguiente. La voluntad es eso: querre algo, desearlo. Y sin entusiasmo nadie es capaz de emprender nada. Porque gracias al entusiasmo aquella empresa —dar un paso, un solo paso— resulta arrojado, emocionante, única. Por algo, en su origen, entusiasmo significa inspiración divina.

DOS

a. Si el acto de escribir —la escritura misma— es el acontecimiento no solo más gozoso sino aquel que reclamaría toda la atención del escritor, lo demás se desparrama, siguiendo una inequívoca ley de la gravedad, hacia abajo. Es decir, pierde toda importancia.

Por ejemplo, el libro mismo. Porque aunque publicar sea la consecuencia de escribir, el escritor, al momento de estar escribiendo, nunca escribe —o no debiera, por más absurdo que se oiga— por publicar. En primer término, porque significa una conseción, y en segundo, porque publicar no se compara, en lo absoluto, con el acto exultante y exacerbado de escribir. La escritura misma es independiente del acto de publicar (es decir, la escritura misma es autónoma de esa gran maquinaria llamada literatura). Un escritor se concentra en lo suyo. Se divierte, sufre, inventa, doma palabras, arma párrafos, edifica cuartillas, a sabiendas de que publique o no aquello. Tal vez ningún editor se percate del talento de ese escritor, tal vez lo desprecien. Tal vez le repitan un no inexorable. O tal vez le ocurra al revés, que los editores lo busquen, lo localicen para exigirle su palabra de que en cuanto termine eso que está escribiendo se los proporcionará completito. Da igual. Sea un escritor cotizado o no. Y aquella visión de su mano escribiendo permanecerá como tatuaje indeleble, en esa extraña zona donde corazón e inteligencia se empalman. El libro mismo será una nulidad ante aquel acontecimiento. Y el libro con todo lo suyo: cuartas de forros, solapas, fotos, portadas. Por eso el escritor verdadero se admirará del libro, porque nada habrá estado más lejos de su cabeza al escribir que el libro mismo como objeto. Y también por eso se asombrará y verá en ese libro un privilegio inmerecido. Porque bien sabe que por publicarle a él se ha dejado de publicar al otro; porque tiene bien claro lo relativo de los juicios editoriales y, más que nada, porque está consciente de la lejanía que representa el libro del acto escritural.

b. Lo que más le conviene al escritor es permanecer alejado de todo aquello que apeste a literatura. En el orden que se desee: presentaciones de libros, círculos de elogios mutuos, revistas y suplementos literarios, dependencia editorial, solapas zalameras, etc., etc.

—presentaciones de libros. Constituyen el trago más amargo para un escritor. Desde el hecho de telefonear a la gente, al amigo, a la amante.”Fíjate que voy a presentar mi libro”, dice, y la cara habría de caérsele de vergüenza. Ya le echó a perder la vida a alguien: esa persona estaba muy quitada de la pena y ahora tendrá que sacrificar la tarde del viernes, o, peor todavía, soplarse el libro. Hay que desconfiar de todo ese mundo; por más que los anime la buena fe de las opiniones de los presentadores (es la noche del escritor, su fiesta), que van del elogio a la verdadera apología (y es natural, la literatura no es tan importante como para joderle su boda a esa novia diciéndole, por ejemplo, que se hubiera puesto a dieta o que straje está muy visto); hay que desconfiar de las entrevistas que se generan a partir de esos eventos, en las que generalmente se suelen decir puras sandeces; y asimismo hay que poner en tela de juicio los aplausos de los asistentes, movidos más por un acto de conmisceración que por un convencimiento profundo. Desde luego que se entiende el propósito de dichas presentaciones: finalmente el editor necesita promover su producto, darlo a conocer; él ha apostado su dinero, tiempo, prestigio… o cuando menos su sueldo. Basta considerar un solo punto para advertir el significado actual de las presentaciones: cada vez tienen que ser más escandalosas, insospechadas, originales…

—dependencia editorial. Cuando menos en dos sentidos, el escritor habrá de mantener su independencia respecto del editor. El primero, en lo tocante a las regalías. Conforme los esritores viven de las regalías, hacen conseciones, dan su brazo a torcer. Cuántas veces el editor propone temas que se ajustan más al diseño comercial que a los sueños del escritor. Si el autor es lo suficientemente talentosos, mantendrá su propia voz por encimas de estas vicisitudes; pero solos cuando posee verdadero talento. El otro asunto en el que un autor habrá de mantenerse independiente del editor, es en lo referente a la publicación de su obra. Siempre será mejor contar con dos o más editores que con uno solo, y esto es mero sentido común. Tener dos —o más, se insiste— editores le facilitará las cosas; por ejemplo, reírse de sí mismo cuando finalmente haga cuentas y se percate de que no le bastó un solo editor por decepcionar; que se llevó cuando menos dos en su estrepitosa caída;

las revistas y suplementos literarios. Generalmente, constituyen la trinchera de los resentidos y los amargados; casi nunca, la fiesta de la literatura. Cuando a los críticos les da por indicarle a la gente qué leer, y a los escritores qué escribir, es síntoma claro de este afán mesiánico, tan caro a este tipo de suplementos. El escritor que se acerca a estas arcas de Noé se contamina; y a menos que tenga a la mano un revólver cargado, va dejando en el camino arrojo y frescura, dos virtudes más volátiles que las volutas del cigarro;

—solapas zalameras. Casi nadie se salva de esto. Las solapas y las cuartas de forros que parecen describir la más grande de las obras maestras y el más ínclito de los escritores. Hasta se sobrecoge el alma de solo agarrar esos libros, de tanta e inefable belleza que, ay, contienen… Carajo, quien fuera falible entre los hombres de letras, alguien podría preguntarse. O quien escribiera un poquito regular.


*Texto publicado originalmente en su libro Primero la A, bajo el título de “Creo”.

Notas sobre Poetry

Por Raymond Carver*

Hace años, allá por el 56 o el 57, apenas había dejado atrás la adolescencia y ya estaba casado. Me ganaba la vida como recadero de una farmacia de Yakima, una pequeña ciudad del estado de Washington. Una vez fui en coche a llevar unos medicamentos a la parte alta de la ciudad. Me invitó a entrar un hombre con aspecto lúcido, pero muy viejo, que llevaba puesta una chaqueta de punto. Me pidió que, por favor, esperara en el salón mientras iba a buscar su cartera.

En el salón había muchos libros. Por todas partes, encima de las mesas, en el suelo, junto al sofá, todas las superficies útiles se habían convertido en sitios disponibles para dejar libros encima. También habí una pequeña biblioteca en una de las paredes de la sala. (Nunca había visto una biblioteca privada, hileras de libros colocados en estantes en la residencia privada de alguien.) Mientras esperaba, me fijé en que encima de una mesa había una revista con un nombre sorprendente: Poetry. Sorprendido, le eché un vistazo. Era la primera vez que veía una revista de esas que llaman “de poca circulación”. También me llamó la atención un libro que se titulaba The little review anthology, edición al cuidado de Margaret Anderson. (Debo añadir que en aquel momento para mí era un misterio lo que significaba “edición al cuidado de”.) Leí unas cuantas páginas de la revista y, tomándome más libertades, eché un vistazo al libro. Había muchísimos poemas, pero también fragmentos en prosa y comentarios de cada poema seleccionado. Nunca antes había visto un libro así, ni tampoco una revista como Poetry. Pasaba la vista de una cosa a otra y, en secreto, tenía muchas ganas de quedármelas.

Cuando el anciano terminó de rellenar el cheque, dijo, como si me leyera la mente: “Puedes llevarte ese libro, hijo. A lo mejor encuentras algo que te guste. ¿Te interesa la poesía? Puedes llevarte también la revista. A lo mejor algún día llegas a escribir algo. Si lo haces, tienes que saber a dónde mandarlo.”

Dónde mandarlo.

Noté algo, no sé exactamente qué, pero sí que me estaba sucediendo algo importante. Tenía dieciocho o diecinueve años y estaba obsesionado con la idea de “escribir”. Ya había hecho algún intento fallido con la poesía. Pero, la verdad, nunca se me había ocurrido que pudiera existir un sitio al que uno pudiera enviar esos esfuerzos con la esperanza de que los leyeran e incluso, algo perfectamente factible por increíble que pareciera, pensaran en publicarlos. Allí mismo tenía en mi mano la prueba de que existían personas en ciertas partes del vasto mundo que se dedicaban a publicar  lo que otros hacían. Una revista mensual de poesía. Estaba pasmado. Para mí era una revelación. Le di varias veces las gracias al viejo y salí de su casa. Le entregué el cheque a mi jefe y me llevé a casa el ejemplar de Poetry y la antología. Así empezó mi formación.

No recuerdo el nombre de todos los autores de la revista. Posiblemente se tratara de unos cuantos poetas de prestigio junto con otros más o menos nnoveles, como sucede actualmente en la revista. Yo no sabía nada de ninguno de ellos, ni había leído nada moderno, contemporáneo, o como se dijera. Recuerdo en que me fijé en que la revista la había fundado en 1912 una mujer llamada Harriet Monroe. Recuerdo ese dato porque era el mismo año en que había nacido mi padre. Aquella misma noche, cansado ya de leer, tuve la sensación muy clara de que mi vida estaba a punto de verse alterada de un modo muy significativo, incluso, con perdón, magnífico.

La antología, por lo que recuerdo, incluía un artículo sobre el modernismo en la literatura y el papel que jugó en ello un hombre con el extraño nombre de Ezra Pound. Incluía también poemas suyos, cartas y ensayos sobre lo que se debe y no se debe hacer en la escritura de poemas. Me enteré también de que al principio había sido el corresponsal de la revista en el extranjero. Pound había sido fundamental  a la hora de introducir nuevos autores a la revista, como H. D., T. S. Eliot, James Joyce, Richard Aldington, por citar solo unos pocos. Se añadían análisis de movimientos poéticos como el imagismo, cuyos autores estaban presentes tanto en Poetry como en la antología. La cabeza me daba vueltas. No sé cuánto dormiría aquella noche.

Esto ocurrió allá por 1956 o 1957, como dije antes. ¿Cuál es la razón por la que he tardado veintiocho años o más en enviar un poema a Poetry? Ninguna. Lo asombroso es que en 1984, cuando alm fin mandé varios poemas, la revista seguía viva y estaba dirigida, como siempre, por personas cuyo objetivo era mantenerla con dignidad. Una de esas personas me escribió en calidad de director alabando mis poemas y confirmándome la publicación de seis de ellos a su debido tiempo.

¿Me siento orgulloso de ello? Por supuesto que me siento orgulloso. Creo que debo estarle agradecido a aquel anónimo y encantador anciano que me regaló el ejemplar de la revista. Puede que lleve tiempo muerto y sus libros estén dispersos por librerías de segunda mano. Aquel día le dije que leería los dos ejemplares y que volvería para comentarle qué me habían parecido. No lo hice, claro. Sucedieron demasiadas cosas. Fue algo que prometí gratuitamente y que sabía que no haría desde el momento en que la puerta se cerró a mis espaldas. Nunca lo volví a ver y no sé cómo se llamaba. Lo único que puedo decir es que el encuentro fue real y de modo muy parecido a como lo he descrito aquí. Entonces yo solo era un mocoso, pero nada puede explicar un momento así, en el que me fue concedido generosamente lo que más necesitaba.

Nada remotamente parecido me ha vuelto a pasar.


*Fragmento de su libro Todos nosotros, que compila por primera vez su trabajo poético en español. La anécdota me resulta sumamente emotiva y familiar. Supongo que todo escritor tendría que pasar por algo así. 

Piedras heridas

Por Eusebio Ruvalcaba*

Antes que de palabras y preposiciones,
los hombres estamos hechos de huesos
y vísceras. Recordamos a nuestro padre
y las lágrimas sobrevienen. Antes
de reflexionar que aquel desencantado viejo
fue nuestro padre.
Pocos, escasísimos poetas resisten la prueba
de fuego de ser leídos durante una cruda mortal.
Ordena uno su trago,
se abre el libro donde caiga,
o, si se trata de un libro conocido,
se lo abre en uno de los poemas favoritos,
justo ahí donde está el separador o el subrayado.
Y de pronto aquel poeta se reblandece.
Se va haciendo agua hasta que gota a gota
va a dar al suelo.
Naturalmente que nadie somete la poesía a estas
pruebas. La poesía es sublime.
Tan grande, tan solemne, tan importante,
que no es para leerse en una cantina
donde todo es vulgar, procaz, inhóspito. La poesía
debe leerse en las aulas universitarias,
las alcobas cuando han sido prolijamente aseadas.
O también en el avión
o, a lo más, en el café. La feroz cruda todo lo echa
a perder. Pero también ayuda. Esto es extraño.
¿Cómo va a ayudar una cruda? Simplemente
coloca al lector en el umbral de la muerte.
Algo que un abstemio nunca podrá sentir.
Entonces se lee sin complacencias.
Porque no hay atrás de ese acto de leer un afán
que vaya más allá del acto de leer.
Nadie se preocupa por someter
la poesía a un análisis riguroso.
Sencillamente se trata
de no quedarse dormido, de que la poesía
te dé una mano,
te ayude a entender que estás vivo,
de que entre poesía y cruda
sacudan tu espíritu
levanten tu mano y te permitan
ordenar la siguiente.
La cruda no se deja sobornar –la poesía sí.
No admite concesiones.
Nada de quedarse
en la superficie del lenguaje,
por más apacible y sugestivo que parezca.
De algún modo la cruda te obliga a ser honesto.
Los crudos nunca dicen cosas importantes,
pero sí profundas. De dos centímetros
de profundidad. Cosas hechas de jirones
de vida, resabios de una existencia
que está por irse. Los crudos se sienten miserables.
Los persigue una angustia que no los deja
ni marcar el teléfono. Sudan
todo el tiempo.
Las manos les tiemblan, y lloran a la menor
provocación. Creen que el mundo se va a acabar
a la vuelta de la esquina. Por eso desconfían de todo.
Porque no saben
dónde se va a producir
el primer golpe. Y, acaso por eso, aquilatan como
nadie la dulzura
y la comprensión. Aunque sea unas cuantas gotas.
Porque si no le entra la desconfianza.
Leer en una cantina aísla más al individuo.
Lo pone más en contacto con su mundo interior.
Una cantina no es una biblioteca. Y digo que aísla
más al individuo porque es él y el libro.
Afuera el mundo bulle. En forma de violencia o de
arte, de desplomes
financieros o de encuentros amorosos
afuera nadie se detiene a pensar
en ese lector encontrándose con la poesía.
Un encuentro intrascendente.
Aquí no hay suplementos ni canales
culturales para tomar nota.
Nadie le pide una entrevista
a un crudo
para saber cuáles son sus libros de cabecera.
Nadie se acerca a un crudo para mirarle los ojos
mientras lee. Para captar en su mirada
esa chispa de misericordia divina,
de que aún le está permitido leer ese poema.
El crudo no tiene más elementos para gustar
de un poema de los que tiene un niño.
Ambos sienten en carne propia el misterio
de la poesía. Ambos levitan cuando escuchan
o leen ese poema.
Tal vez por eso un crudo lee un poema como si
fuera el último.
Porque está harto de palabras.
Quiere hechos. Quiere sentir.
Quiere que el poema le haga sentir cosas.
Sentir alivio o conmiseración. Si ya siente
sobre sí toda la podredumbre humana,
es justo que el poema le retribuya piedad.
Una cruda reduce a un hombre a su condición
verdadera: la de un insecto.
Un bicho que puede ser aplastado
de un pisotón. A su lado, todo es grandioso y
vale la pena de ser enaltecido y ponderado.
Un crudo sabe que una brizna de hierba
tiene más importancia que la que él podrá
cosechar algún día. Un crudo lo sabe y no opone
resistencia. Por eso lee con fruición.
Porque el poema no le exige cuentas.
Lo acepta como es. Sin reparos.
Menos que una brizna de hierba.

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*Poema incluido en su libro El frágil latido del corazón de un hombre, titulado como un poema de Malcolm Lowry.

Imagen: fotograma del documental De cuatro cuerdas.

Una obra con una forma inhabitual

Por Arthur Miller*

Una simple ojeada a Vidas rebeldes [The Misfits] nos permitirá apreciar que se trata de una obra con una forma inhabitual: no es novela, ni obra de teatro, ni guion de cine. Quizá sea necesaria, pues, cierta aclaración: ésta es una historia concebida para el cine, y todas y cada una de sus palabras tienen el propósito de indicarle a la cámara lo que hay que ver y a los actores lo que hay que decir. Sin embargo, la peculiaridad de este relato difícilmente podría transmitirse por medio de la naturaleza telegráfica y diagramática de un guion, puesto que su sentido depende tanto de los matices de los personajes y del lugar donde se desarrolla la acción como de su trama. Se hacía necesario, por tanto, algo más que indicar simplemente los acontecimientos; había que suscitar por medio de las palabras las emociones que la película, una vez concluida, debía poseer. Era como si la película ya existiera y el escritor estuviera recreando todos sus efectos a través del lenguaje, de manera que, como resultado de un intento puramente funcional de ofrecer a los demás una visión clara de una película, de una película que tan solo existía hasta ese momento en la mente del escritor, se hubiera sugerido gradualmente una forma de ficción, una forma híbrida quizá, pero que en mi opinión ofrece vigorosas posibilidades de reflejar la existencia contemporánea [y aquí yo podría decir que el autor se refiere con esto a lo que ahora llamamos “argumento”]. El cine, la forma artística más extendida del planeta, ha creado, nos guste o no, una forma particular de ver la vida, y sus rápidas transiciones, sus súbitas síntesis de imágenes dispares, el inevitable efecto documental de la fotografía, su economía narrativa y su concentración en la acción muda han permeado tanto el estilo novelístico como el teatral –especialmente este último– de manera inconfesada o, en ocasiones, incluso inconsciente. Vidas rebeldes confiesa utilizar las perspectivas fílmicas con el propósito de crear una ficción que quizá posea la peculiar inmediatez de la imagen y las posibilidades reflexivas de la palabra escrita.


*Introducción de su libro Vidas rebeldes.

Lo duro que es seguir siendo escritor

Por Haruki Murakami*

A pesar de que resulta fácil subir al ring, no lo es tanto permanecer en él. Eso es algo que los escritores saben bien. Escribir una o dos novelas buenas no es tan difícil, pero escribir novelas durante mucho tiempo, vivir de ello, sobrevivir como escritor, es extremadamente difícil. Me atrevo a decir que casi resulta imposible para una persona normal. No sé cómo explicarlo de forma precisa, pero para lograrlo hace falta algo especial. Obviamente se requiere talento, brío y la fortuna de tu lado, pero por encima de todo se necesita determinada predisposición. Esa predisposición se tiene o no se tiene. Hay quienes nacen con ella y otros la adquieren a base de esfuerzo. Respecto a la predisposición, todavía no se sabe gran cosa de por qué existe, y tampoco se habla mucho de ello al no tratarse de algo que se pueda verbalizar o visualizar. Sea como fuere, la experiencia nos enseña a los escritores lo duro que es seguir siendo escritor.


*Fragmento de su libro De qué hablo cuando hablo de escribir.

El taller de escritura

Por David Sedaris*

No sé quién inventó el modelo de taller de escritura, pero quienquiera que fuera parece haber alcanzado el equilibrio perfecto entre sadismo y masoquismo. Ahí tenemos un sistema diseñado para eliminar el placer para todos los implicados. La idea es que un alumno aporta un relato, que es leído y concienzudamente criticado por el resto de la clase. En mi experiencia el proceso como tal funcionaba: es decir, las historias se entregaban, fotocopiaban y distribuían para todos. Dobladas, entraban en bolsos y mochilas, pero a partir de ahí el sistema tendía a colapsarse. Cuando llegaba el momento de la crítica, la mayoría de los alumnos se comportaba como si la tarea hubiera sido confinar los relatos en un área oscura y cerrada y evaluar su reacción ante la privación sensorial. Incluso cuando se leían en voz alta en clase, las discusiones tendían a ser breves, ya que la cmbinación entre buenos modales y una absoluta falta de interés evitaba que la mayoría de los participantes expresara su sincera opinión…

Con algunas notables excepciones, la mayor parte de los cuentos eran velados relatos de lo que sucedía al autor en los días en que él o ella trataba de terminar el cuento. Los compañeros de cuarto no paraban de salir de la ducha, y las camareras aparecían como por arte de magia para servir los aros de cebolla y los burritos del desayuno que manchaban las páginas de los manuscritos. La falta de originalidad me molestaba, pero no tenía dónde quejarme. Era una escuela de arte, y el taller de escritura era famoso por suponer la forma más fácil de superar los créditos obligatorios de lengua inglesa. Mis alumnos habían sido admitidos por su habilidad de pintar, esculpir o grabar en video sus cuerpos hasta el más mínimo detalle, ¿acaso no bastaba con eso? Explicaban historias divertidas y conmovedoras sobre sus vidas, pero consignar los detalles en papel era, para ellos, más una obligación que una aspiración. Tal y como yo lo veía, si mis alumnos deseaban fingir que yo era el profesor, lo menos que podía hacer era devolverles el favor y fingir que eran escritores.


*Fragmento de su cuento “La curva de aprendizaje”.

Las palabras

Por Margarita Paz Paredes*

Las palabras tienen un sabor definido,
una envoltura táctil,
una vital presencia,
un color, un peso, una fragancia.

Nosotros, los culpables,
casi nunca sabemos
en qué molde podemos acogerlas,
retenerlas, darles calor y vida,
tierra donde germinen,
ramas donde florezcan,
brisa que las envuelva.

Cuántas, cuántas palabras muertas
al iniciar su vuelo.
Cuántas, cuántas palabras
en busca de horizonte,
mudas y aniquiladas
por un absurdo miedo
de mostrar su inocencia.
Ahora que se me agolpan insistentes
en el túnel del alma;
que tengo en la garganta
su sabor agridulce;
qué insólitas, dibujan con sus manos etéreas
el nombre ya cotidianamente acostumbrado
a mi vigilia,
o acompañándome
en los breves instantes sustraídos
al tiempo malogrado;

ahora que repentinamente se rebelan;
me exigen su cálida morada,
la redoma que guarde su perfume,
el eco que responda a su mensaje,
la boca que las guste,
el pecho que sea templo y campanario
para su comunión y su aleluya.

¿Cómo explicarte entonces, este hallazgo?
Las palabras ahora, mis palabras,
tienen un dulce peso acompasado
al temblor de tus brazos;
su forma delicada
puede llenar el molde de tu frente;
su languidez sonora
esparcirá su música en tu oído,
y habrá de estremecerte su secreto,
cuando por fin, henchido de preguntas,
ávido y presuroso a recibirlas,
abras de par en par las puertas de la esfinge.


*Poema incluido en su libro Señales.

52 tips para escribir claro y entendible

*Por Eusebio Ruvalcaba

  1. Cuando sientas que la mano te tiembla al escribir, estás en el camino correcto.
  2. Las palabras son los ingredientes del platillo. Hay que dosificarlas. Cada quien a su gusto. Como cualquier cocinero.
  3. Escribir no es difícil –lo difícil es arrojar las palabras que sobran al cesto de la basura–.
  4. Entre dos palabras que signifiquen lo mismo, escoge la más corta.
  5. Imagínate a un lector de lo que escribes –si no tienes imaginación, asiste a un taller de creación literaria, o bien, contrata a alguien que te escuche (y deja a la literatura en paz)–.
  6. Sé flexible en el seguimiento de los preceptos literarios –sin dejar de ser firme; como el arco de un violinista maestro–.
  7. Cuando te atores, da la vuelta. No te detengas jamás. Prosigue siempre. Muchos escritores se pasan la vida esperando el modo de salir del paso. Aunque el obstáculo es la guía. Indica algo importante para ti.
  8. No quieras deslumbrar a nadie. Nadie te leerá. Cuando el lector siente que lo quieren impresionar, siempre sale decepcionado.
  9. Se llega a la sencillez cuando los demás caminos se agotan.
  10. Ten un espejo cerca de ti al momento de escribir. Para que los humos se te bajen. Eso te evitará que seas grandilocuente –y, por ende, excesivo–. Que creas que descubriste el hilo negro en literatura.
  11. Enamórate. Una persona enamorada escribe con pasión –de pronto esa persona quiere ser más que clara, clarísima, para que el sujeto de su amor la entienda–.
  12. Imagínate que eres un niño de cinco años y que tienes que entender lo que acabas de escribir. Si no lo entiendes, nadie lo va a entender; si así es el caso, reescribe todo de principio a fin.
  13. No muestres nada de lo que hayas escrito hasta que no te quede clarísimo. Tú eres el lector más capacitado para criticar lo que escribas.
  14. La gente siempre tiene prisa. No canses al lector. Son preferibles los párrafos cortos y precisos a los párrafos largos y profusos.
  15. A una idea, una emoción; a una emoción, una idea. Lo dijo Tolstoi. No divagues ni te disperses. Sé preciso. Como cuando el pecador se confiesa. Como cuando expone su crimen ante el confesor, que es Dios.
  16. Las frases cortas ayudan. Inmediatamente buscan su nicho en el cerebro. Y ahí se quedan. Además de que se leen más rápido, y eso ayuda a su entendimiento. Apóyate en una redacción simple para lograrlas. Y, mejor aún, en una corrección implacable. Como la que practican los correctores de estilo –en cuyo trabajo hay que detenerse–.
  17. El camino está hecho. Apóyate en la lectura. Lee lo más que puedas. Lee todo el tiempo. Siempre lleva un libro bajo el brazo. Te salvará de muchas cosas. A nadie le interesa asaltar a un lector.
  18. Vigila la puntuación. Es fundamental. Cuando se domina la puntuación se dominan muchas cosas. Pero no la conviertas en una diosa.
  19. Los adjetivos son como los caballos desbocados; si no te puedes trepar, déjalos pasar.
  20. La mitad del chiste de escribir consiste en pensar; la otra mitad, en tachar lo que se escriba. Hasta volverse loco. Hasta emparentar la literatura con la lectura.
  21. Cuando escribas ponte cómodo; vas a necesitar estar descansado al momento de revisar lo que has escrito. Tachar es lo que más tiempo lleva. Lo más arduo. Porque se tacha uno a sí mismo. Y eso pocos lo soportan.
  22. No te enamores. Porque el amor estorba al momento de escribir -y a veces también después–.
  23. Una frase bien escrita vale oro. Que diga algo consistente, que suene bien. Que se entienda. Lástima que esas frases no las venden en las joyerías. El escritor tiene que fabricarlas.
  24. Lograr la concentración lleva mucho tiempo, y perderla es cosa de segundos. Sea como sea, sin concentración nadie escribe. La concentración cuenta casi tanto como la ortografía. Por cierto, una ortografía excelente no se obtiene sin concentración. Hablemos de la ortografía.
  25. Ten siempre a la mano un diccionario, y consúltalo cuando hayas terminado lo que estés escribiendo. Por buscar la palabra se te puede ir la idea. No se te olvide. Los diccionarios son eficaces, pero estorban. A la hora de escribir –y de acomodarlos–.
  26. Al momento de escribir, los escritores se ponen un chaleco antibalas que los protege del ridículo. Si quieres escribir en serio, deja tu chaleco antibalas colgado en el clóset. O póntelo cuando salgas a las 2 de la mañana.
  27. No uses más palabras de las necesarias. La literatura está llena de palabras que sobran.
  28. A la mayoría de los escritores no les basta con la Secretaría de Gobernación que censura lo que escriben. Basta con desabotonarles la camisa para descubrir la Secretaría que llevan dentro. Aún más severa.
  29. Viajar no es imprescindible para escribir. Vivir sí. “Quédate en tu rancho”, dijo Tolstoi. Allí está todo lo que necesitas. La novela vendrá por sí misma. Si tienes suerte. Y arrestos.
  30. Adáptate a la sintaxis; la sintaxis nunca se va a adaptar a ti.
  31. No dejes que tu literatura se corrompa. Huye de las presentaciones de libros, de los círculos de elogios mutuos, de los suplementos culturales, de las revistas literarias, de las solapas zalameras. Huye de las frases huecas. Tanto como de las manzanas recubiertas de azúcar cristalizada. Terminan por empalagar, y por crear lombrices en el estómago y en el cerebro.
  32. Un escritor no debe aspirar a escribir obras maestras. En primer lugar porque las obras maestras no se planean –el escritor que descubriera la fórmula no dejaría de escribirlas–. En segundo porque no va a poder, y en tercero porque siempre es mejor perseguir un sueño que consumarlo.
  33. Entre la literatura y la vida hay semejanzas felices. Se da un paso, y otro, y otro más, y así sucesivamente hasta darle la vuelta al mundo y regresar al punto de partida. Del mismo modo se escribe una palabra, y otra, y otra más, y así sucesivamente hasta terminar un libro, que es quedarse exactamente en cero, es decir, en el mismo punto en el que ese libro se originó. Porque el escritor ignora lo que ha hecho, desconoce el secreto de lo que ha hecho. De ahí que en la escritura, como en la vida, lo importante, lo verdaderamente importante, es el viaje.
  34. Si quieres ser músico, sé músico, si quieres ser escritor, sé escritor, si quieres ser músico y escritor, selo; que hay un punto en que la música y escritura se unen –y no en “la música de las palabras”–, y otro (punto) en que la música y las escritura se separan como dos universos que corrieran paralelos. Digo yo, en esta declaración de principios.
  35. El título debe suscitar interés, despertar la curiosidad del lector; no ser la síntesis de lo que se va a leer.
  36. El uso de los aumentativos y de los diminutivos exige cierta malicia. Paradójicamente se nace sabiendo su práctica. Y es tremendamente fácil ser excesivo y recurrir a ellos en casos innecesarios. En realidad, el aumentativo y el diminutivo son las armas que el niño empuña para abrirse paso.
  37. Hay escritores modestos, cuya obra –piensan– no merece la atención de nadie, ni siquiera de ellos mismos.
  38. Escribe lo que se te ocurra. Como los siguientes aforismos. No sabes lo que pueda pasar. Como cuando una bala perdida se incrusta en la frente de un hombre que camina despreocupadamente hacia su casa. Que le da y lo mata. Porque le tocaba, dirán algunos. Porque atrás de cada bala perdida hay un acto de justicia, dirán los menos. Escribe lo que se te ocurra. Como los siguientes aforismos. No te exijas más de la cuenta.
  39. Como se le mire, escribir es evadirse de la realidad. Pero el escritor no debe olvidar que su misión es conmover a lectores de carne y hueso. Tan reales como una leona al acecho de una gacela. Matar a esa gacela le permitirá sobrevivir a esa leona, y permitirá que sus cachorros sobrevivan. Lectores tan reales como esa cacería son a los que hay que conmover.
  40. Cada texto tiene una extensión diferente. Propia. Pero nunca la extensión define la eficacia narrativa. No porque un cuento sea extenso es bueno. No porque un cuento sea breve es bueno. ¿Cómo debe ser un cuento para que sea redondo?
  41. Escribe tu historia. No la cuentes. Si la escribes luego de contarla, sentirás que pierde fuerza –y acaso sentido; sobre todo si te gusta más hablada que escrita–. Estás en tu derecho de que te guste más de un modo que de otro. Aunque en ese caso te vendría mejor un manual para contar cuentos, no para escribirlos.
  42. La carne cruda semeja la pasta narrativa con la que el escritor trabaja. Antes de comerse habrá de sazonarse y cocerse; tal como lo hace el escritor con las palabras que las deja listas. Y que está a punto de compartir con sus invitados.
  43. El corazón y el estilo. El escritor que siente que finalmente ha escrito una línea que sobrevivirá se engaña. No estaría en su mano reconocerlo. Exactamente como el amor; quienes se sienten amados se engañan. Y Dios, que es magnánimo, les concederá vida para confirmarlo.
  44. ¿Qué significa concentración en literatura? Significa concentrar la pasta del lenguaje y darle forma de una esfera –de ese amasijo de varas que corre al paso del viento–. Sin fisuras, sin fracturas. Que no sobre ni falte nada. La concentración obliga a un esfuerzo inusitado. Más otro tanto de sudor y maldiciones.
  45. Si no tienes talento, trabaja. Si lo tienes, trabaja el doble. No te dejes engañar por el talento. El fokin talento, del cual hay que saber desprenderse para avanzar. Hay que disciplinarse como si se fuera el más zafio de los escritores. No el más talentoso.
  46. Escribe una novela breve. ¿De verdad te parece imposible escribir una novela de largo aliento? Pues no tienes que esperar mucho. Escribir una novela breve es tentador. Una tentación que se presenta en la vida de todo escritor.
  47. Hay un mil 351 millones de novelas. Tú puedes escribir la un mil 352 millones. Apúrate antes de que sea la un mil 353. Pero detente en la estructura y el estilo. Ahí está todo. Más la pasión. Sin pasión no hay novela posible. Porque la pasión se transmite cuando se escribe, y es lo que les gusta a los lectores. Lo que leen los lectores: la pasión. Ese nervio que va del corazón a la palabra.
  48. Es preferible ser un escritor descuidado, maltrecho, burdo y despreciado, que ser un escritor inofensivo. Porque el único modo de abrirse paso es cuesta arriba.
  49. Los escritores que se toman en serio ven su nombre escrito en la historia de la literatura. A partir de ahí la literatura los estará educando. Ya no son como son. Sino como la leyenda que quieren ser.
  50. La imaginación nace con correa. Hay que aprender a soltarla. Pero no tanto. El escritor se siente enormemente complacido cuando “deja volar su imaginación”. Nada más peligroso para un narrador. Si no la sabe controlar, cuando su imaginación vuela, aquel autor escribe los ejemplos más conmovedores de la estulticia.
  51. Sé un hombre de letras, hasta las últimas consecuencias.
  52. Nadie tiene la última palabra. 10102019-image

    *Los 52 tips para escribir claro y entendible vienen desglosados y detallados en el libro del mismo nombre, editado por Lectorum en 2011. Imagen: Fotograma del documental De cuatro cuerdas.